Reap & Sow (Reap & Sow 1) Capítulo 24 #3
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Capítulo 24 #3

El anillo de rubí de Kit estaba frío cuando ella le apretó la mano. Ocultaría su presencia al señor Noche, y una parte de ella deseaba que lo usara, que insistiera en quedarse cerca. ¿Lo haría? ¿Si ella se lo pidiera?

Pero Kit se limitó a enderezar los hombros y a asentir apretando los labios. Se apartó. Desolada, Eda le vio partir.

«Los términos de nuestro pacto han expirado. No tiene por qué volver».

Tres pasos y luego Kit se detuvo. Hundió los hombros. De repente, se dio media vuelta y se abalanzó sobre ella, con una especie de rendición atormentada grabada en el rostro.

El beso fue feroz. Ávido. Eda no pudo hacer nada más que erguirse para recibir la embestida.

No se asemejaba en absoluto a las caricias suaves y dolientes de la otra vez.

Aquellas fueron súplicas, besos dulces y embriagadores destinados a vencer sus resistencias.

Ahora la boca de Kit sobre la suya se le antojaba un acto desesperado.

Era exigente. Unas garras le recorrieron el cabello.

Él se balanceaba hacia ella con cada beso, como si pretendiera, de alguna manera, acercarse más de lo que la piel le permitía.

Eda se aferró a la túnica del demonio para no elevarse en el aire.

Atrás habían quedado la brisa, las hojas caídas y la vigilante luz de la luna.

Por un momento, nada existía salvo la piel que buscaban las manos.

Ella se apartó jadeando para tomar aliento.

Él la siguió aturdido, con los párpados pesados, y volvió a atrapar sus labios.

Kit se había transformado sin que ella se diera cuenta; y quizá él tampoco.

Piel cenicienta, cuernos imponentes. Ojos feroces y brillantes como magma.

La imagen despertó su deseo de arrastrarlo al suelo allí mismo, pero el sentido común se impuso.

Eda le acarició el rostro.

—¿A qué ha venido eso? —susurró con desconcierto.

Él la miró como si nunca la hubiera visto.

—A nada —susurró—. A todo.

Con evidente esfuerzo, Kit se despegó de ella mientras trataba de recuperar algo de autocontrol.

—Volveré, mir’han.

Se había esfumado en un remolino de plumas antes de que ella pudiera preguntarle qué significaba « mir’han » .

A solas, con el mausoleo a la espalda como unas fauces oscuras, Eda hizo de tripas corazón.

Tardó un momento en acostumbrarse a la oscuridad del interior.

Pequeñas claraboyas bordeaban el techo abovedado.

Dejaban pasar una luz escasa, suficiente tan solo para destacar las características básicas de la sala.

No había mucho que ver. Suelo empedrado, paredes enlucidas.

Antiguas inscripciones wéslicas grabadas a lo largo de la cornisa desmoronada, incomprensibles en la oscuridad.

No había nada en absoluto en el interior, salvo un gran ataúd de piedra que destacaba orgulloso en el centro de la sala.

La efigie de san Leoric reposaba sobre el sarcófago, tallada en la pálida piedra de la tapa.

Eda se acercó con sigilo. Se fijó en su característica barba bifurcada y en el vaporoso sudario.

Una mano yacía abierta sobre su pecho, la otra vuelta hacia fuera con gesto conciliador.

Tan absorta estaba en estudiar los desvaídos pigmentos azules y rosados que estuvo a punto de pasar por alto el hecho de que yacía ligeramente inclinado. Había un pequeño hueco en forma de cuña entre la tapa y el sarcófago, lo bastante grande como para dar cabida a unos dedos.

Eda contuvo el aliento, pues había hendiduras en la piedra que parecían arañazos. Pensó en los demonios y sus afiladas garras. «De modo que es aquí donde te tiene encerrado…».

Resiguió las marcas con el dedo, ásperas y frías. Afianzando los pies en el suelo, Eda intentó apaciguar su errático corazón. Luego empujó.

La tapa se movió, pero el proceso fue lento y complicado.

Gruñó por el esfuerzo. Debería haber obligado a Kit a ocuparse de esta parte.

Tuvo que parar dos veces a descansar, pero pronto comprendió que, si seguía empujando, la efigie caería al suelo.

Respirando con dificultad, Eda se echó hacia atrás para mirar.

Donde deberían haber reposado en paz los huesos de un santo patrón, había un espejo tan negro e insondable como un vacío.

Se estremeció al reconocerlo. Eda se agarró a los bordes del sarcófago como si temiera caer dentro.

La luz translúcida de la luna apenas lograba mostrar las serpientes siseantes y las flores espinosas que bordeaban el marco del espejo, pero divisó al caballo colmilludo de inmediato.

Siempre había considerado ese relieve uno de los más inquietantes. Ahora le recordaba a Kit.

Se le revolvieron las tripas. Estaba aquí. Lo había encontrado.

«¿Pero vendrá él?».

Con cautela, se agachó y tocó la suave obsidiana. Estaba tan caliente como siempre, como si llevara un rato bajo el sol del mediodía.

—Señor Noche, yo te invoco. —Tras una breve vacilación—: Por favor.

Temía que el espejo no la reconociera. Que el tiempo transcurrido desde su separación y la interferencia de Florian los hubieran convertido en extraños. Pero la superficie se onduló bajo sus dedos de inmediato, viscosa y familiar.

Eda suspiró aliviada y luego se tensó.

Voces.

Se giró hacia la puerta. «No. ¡Ahora no!».

El pánico le aceleró el corazón, que ahora latía con furia.

Rodeó el sarcófago a toda prisa y se escondió detrás, con las rodillas pegadas a la barbilla.

Pasado un instante, la puerta se abrió de golpe.

Eda se tapó la boca con una mano. La sangre le rugía en los oídos.

«Mierda». Sin duda notarían que alguien había estado allí…

o que aún estaba dentro. Y no tenía adónde huir.

Silencio. Luego, una voz que despreciaba por encima de cualquier otra:

—No me obligue a sacarla a rastras, señorita Shaw. Será humillante para usted.

«Abandonó los jardines. Le vimos marcharse». Eda cerró los ojos con fuerza. El manto. El manto la ocultaría. Tal vez se limitara a echar un vistazo rápido. Si se quedaba muy quieta, muy callada…

Fane suspiró.

—Prendedla.

A Eda se le cortó la respiración. Los pasos reverberaron en la pequeña cámara. Desenvainó su cuchillo justo cuando las sombras se abalanzaban sobre ella. Túnicas blancas y marrones, el destello de una espada, manos extendidas.

Saltó.

Eda cortó la mano más cercana con su cuchillo y a cambio recibió una maldición.

Nada menos que cuatro hombres la rodeaban, todos ataviados con hábitos clericales.

Todos armados. Eda nunca había visto a hombres de la Fe empuñando armas igual que los soldados, pero tal vez no fueran clérigos en absoluto.

Volvió a arremeter contra los rostros que se cernían sobre ella. Un puñetazo en el estómago la dobló de dolor. Eda tosió, aturdida.

La levantaron a rastras, un hombre a cada lado.

Otro empuñaba una ballesta. La mantuvo en su punto de mira mientras la arrastraban alrededor del sarcófago y la dejaban caer ante Fane como un cordero de sacrificio.

De rodillas, Eda maldijo sus ojos llorosos mientras jadeaba, agarrándose el dolorido costado. Se obligó a mirarlo con ira.

Fane tardó un momento en poder enfocarla con la mirada. Parpadeó.

—Un truco ingenioso. Me pregunto si tejiste tú misma esa capita. Puede que realmente seas una bruja.

Hizo un gesto con la mano y los hombres le arrancaron el manto de los hombros. Dos de ellos se apostaron junto a la puerta, detrás de Fane, prestos a esgrimir cuchillos invisibles.

—Eres aún más abominable de lo que pensaba —jadeó Eda—. ¿Perturbar a un santo patrón y vestir a soldados a sueldo con el hábito de los Hermanos? Si no supiera que eres capaz de enviar monstruos a matar niños inocentes, me sorprendería.

La sonrisa de Fane se crispó. Se acarició el anillo de oro con el pulgar.

—Vaya con la ratita entrometida. Y descarada, además. ¿De verdad pensaste que podías hacer negocios con hombres como Severin Lich para burlarme? Me pareció un insulto, pero a él le pareció divertido.

A Eda se le heló la sangre en las venas. ¿Lich… y Fane?

«No. Eso no tiene ningún sentido. ¡Lich quiere apropiarse del espejo!».

—¿Te dijo que yo estaba buscando el espejo?

—Justo a tiempo, por lo que parece. Eres rápida.

Eda se estrujó los sesos. Esto significaba que Lich no tenía intención de venir a buscar el Portal.

Seguramente no había nadie esperando a Kit en el Knight and Knave.

Lich había optado por advertir a Fane sobre el plan de Eda a fin de darle al obispo la oportunidad de proteger el Portal. Pero ¿por qué?

—No se muestre tan ofuscada, señorita Shaw. No es tan lista como cree.

Se agachó y la aferró con brusquedad por la mandíbula. Eda resopló sorprendida e intentó zafarse… El ballestero la pinchó a modo de advertencia.

—Cuando tu demonio vuelva a ti, puta, le estaremos esperando.

A Eda se le encogió el corazón. Ahora lo recordaba. El señor Noche le había ofrecido a Fane una gran recompensa si mataba a Kit. ¡Piensa, Eda, piensa! Tal vez Lich fuera una causa perdida, pero si conseguía retener a Fane un poco más, Tenelle aún podría arrestarlo.

—No podrías matarlo ni aunque lo intentaras —le escupió.

—Oh, disiento. Incluso los demonios temen a los infernales, por lo que me han dicho, y las bestias obedecen mis órdenes.

—Con un poder que no te pertenece. —Eda hizo un gesto de rabia—. Me llamas puta, pero apuesto a que te agacharías tan pronto como el señor Noche…

La bofetada la dejó sin aliento. Le escocía la mejilla, pero Eda se sorprendió riéndose a carcajadas. «Supongo que he tocado una fibra sensible».

Los ojos azules de Fane la miraban desmesuradamente abiertos y rebosantes de odio. Levantó la mano de nuevo.

Unas garras le aferraron la muñeca. Fane se sobresaltó.

Los ojos del señor Noche eran tal y como ella los recordaba, fríos y brillantes como mercurio.

—Hola de nuevo, mi dulce Eda —canturreó el demonio.