Capítulo 24 #2
Esperaron a que la oscuridad cayera sobre la ciudad como el velo de un doliente.
Asomó una luna menguante, pero brillaba lo suficiente como para dorar los arbotantes de la Gran Casa Templo y reflejarse en las ventanas semejantes a láminas de hielo.
En el Jardín Botánico, intramuros, el ambiente era oscuro e inhóspito.
Pequeños estanques y parterres se ocultaban bajo las copas de pálidos sauces.
La hojarasca cubría el suelo como un manto de color marrón dorado.
Las ramas enmarañadas brillaban desnudas sobre sus cabezas cual huesos mondos.
Los jardines eran una de las zonas mejor conservadas de Blackbridge, frecuentadas por sus habitantes más acaudalados. Sin embargo, en la oscuridad, más se asemejaban a un bosque indómito que a un jardín amurallado, poblado de todo tipo de criaturas agazapadas en la maleza.
Eda no pensaba asustarse. Tenía a Kit.
—No te separes de mí —susurró él antes de transformarse en una ráfaga de sombra.
El gato negro se deslizó en silencio sobre arroyos cantarines y flores marchitas.
Eda lo siguió, crispando el rostro con cada crujido y chasquido bajo sus pies.
No veía razón para retrasar la búsqueda del espejo cuando ya estaban en la ciudad.
Sin embargo, ahora que se encontraban allí, la perspectiva del fracaso le cerraba la garganta como una soga en torno al cuello, amenazando ahogarla.
Tenían que encontrar el Portal y avisar a Tenelle. El plazo para cumplir el pacto con el señor Noche estaba a punto de expirar, y nunca se libraría de Lich ni de Fane a menos que pudiera usar el espejo para demostrar su culpabilidad. Solo este último podía conducirla al objeto.
Allí delante, el obispo en cuestión recorría el sendero del jardín. Era un espectro pálido en la noche que conversaba amistosamente con el jardinero.
El hombre, menudo y entrado en años, estaba cerrando la puerta sur cuando apareció Fane.
Había dejado pasar al obispo antes de cerrarla a su espalda.
Eda y Kit lo observaban todo desde lo alto del muro, donde se habían sentado a esperar que Fane saliera de la Gran Casa Templo.
Sin duda regresaría a Crowgate tras el sermón del día, habían pensado.
Eda no se esperaba emprendiera el camino de vuelta a través del Jardín Botánico. No era la ruta más directa.
«¿Y por qué pensamos que lo ha hecho?», había reflexionado Kit con ironía.
Ahora, mientras le seguían, el obispo no parecía tener mucha prisa. Pasados unos minutos, Fane y el jardinero llegaron a la puerta norte. Hablaron en voz baja; a continuación, el obispo partió solo. El jardinero cerró la verja por dentro.
—¿Se marcha? —Eda negó con la cabeza, anonadada—. ¿Qué han dicho?
Kit se transformó y se encogió de hombros.
—Fane le ha pedido al jardinero que mantenga bien vigilados los jardines las próximas noches. Que le paga lo suficiente. El hombre le ha asegurado que lo haría.
El corazón de Eda latió de forma errática.
—Lo tiene escondido aquí.
—Podría ser.
—Pero la comandante Tenelle debe de haberse dado cuenta de que Fane se pasea por aquí a altas horas de la noche. Le ha puesto vigilancia.
—¿Y qué demuestra esto? ¿Que le gusta tomar la ruta panorámica para volver a casa?
—Kit tomó la mano de Eda como si el gesto le correspondiera por derecho.
Tiró de ella para seguir al jardinero—. Entra por un lado y sale por otro.
Los espías de Tenelle no pueden seguirle los pasos de cerca sin que los pillen husmeando.
La emoción anudó el estómago de Eda.
—Pero nosotros sí podemos.
Puede que los Aceros ya hubieran descartado los jardines, por considerarlos un callejón sin salida, pero Fane era lo bastante astuto como para despistarlos. Quedaba por ver si un manto mágico y un demonio metamorfo podrían pasar más desapercibidos.
El pulgar de Kit recorrió la costura que formaban sus manos entrelazadas.
—Si encontramos el Portal, habrá que celebrarlo.
Eda se preguntó qué estaba sugiriendo.
—Bueno…
—¿Me dejarás hacerte cosas inconfesables en los parterres?
Eda trastabilló.
—¡Tú… no puedes decir esas cosas como si nada!
—Tienes razón. —Kit la atrajo hacia su cuerpo mientras caminaban y le lanzó una mirada pícara—. ¿Me dejarás hacerte cosas inconfesables en los parterres, por favor?
—No es el momento adecuado —replicó Eda automáticamente, mientras estallaban en su pensamiento visiones incandescentes. Descubrió un nuevo nivel de resentimiento hacia sus circunstancias, en ausencia de las cuales quizá ella misma le habría arrastrado hacia los crisantemos.
Kit lanzó un suspiro histriónico.
El jardinero caminaba encorvado, con los andares lentos e irregulares de una persona de edad. No se alejó demasiado. Enfiló por un sendero lateral entre altos tejos y se acercó a un mausoleo enclavado junto al muro del jardín.
Era una casa templo en miniatura, no más grande que una vivienda de una sola pieza.
El paso de los siglos había cubierto de mugre y moho las junturas de las piedras.
Contaba con un tejado a dos aguas de tejas superpuestas, verdes como escamas de pez, y una puerta encajada en un arco apuntado.
Sobre el vértice, un elaborado relieve tallado en la mampostería: una pequeña figura enfundada en un hábito.
Un santo. Eda no supo nombrarlo. Había cuatro mausoleos en los jardines, uno para cada santo patrón de la ciudad.
El jardinero se detuvo. Comprobó el candado de hierro que colgaba de una cadena alrededor del tirador. Traqueteó, pero aguantó. Claramente satisfecho, prosiguió por el sinuoso sendero secundario y desapareció entre los árboles.
Detrás de un arce cercano, Eda y Kit se miraron antes de encaminarse a la puerta.
Parecía un buen escondite para el espejo, si bien era un tanto audaz ocultar un Portal literalmente en las narices de los Aceros.
Pero esconderlo en el panteón de un santo patrón…
Costaba creer que un servidor de la Fe cayera tan bajo.
Quizá la posibilidad ni siquiera se le había pasado a Tenelle por la cabeza.
Eda palpó el viejo candado y echó mano de su navaja.
—Sé que usar las llaves sería más rápido, pero podrías probar con esto…
Kit la cogió. Tras comprobar que el jardinero se hubiera alejado, golpeó el candado con el extremo romo.
Se abrió al instante, abollado por la fuerza bruta del demonio.
Esa demostración de poderío, tan despreocupada, se le antojó fascinante a Eda: los músculos contraídos bajo la manga, los tendones hinchados en el cuello. Miró al demonio con atención.
Ella había besado ese cuello. Había sentido esas venas latir cálidas bajo sus labios, las manos fuertes que acariciaban su piel como un pintor que remata su obra maestra. Una repentina ola de deseo, casi dolorosa, se apoderó de ella.
Kit carraspeó. Estaba esperando para devolverle el cuchillo.
Eda apartó la mirada y lo aceptó.
—Sí, también vale, supongo.
Kit empujó la puerta, que se abrió de par en par por su propio peso. Al otro lado les aguardaba un impenetrable arco de sombras.
«El miedo ya no tiene cabida. No cuando has llegado tan lejos». Eda hizo amago de entrar, pero una mano la sujetó con urgencia.
—¿Qué pasa?
—Está aquí —susurró Kit.
A Eda le dio un vuelco el corazón.
—¿No me digas que el gran lord Ansellis tiene miedo de un pequeño espejo?
Su triste intento de aligerar el ambiente cayó en saco roto.
Kit parecía invadido por las náuseas, como si enfrentarse de nuevo al Portal le hubiera desquiciado: una pesadilla largo tiempo olvidada había regresado para perturbar su paz.
Habían transcurrido veinte años desde la última vez que lo viera.
«Desde que lo utilizó para escapar del señor Noche».
Eda le despegó los dedos de su brazo, con suavidad.
—Ve a buscar a Wolfram. Él avisará a Tenelle. Luego busca al contacto de Lich en el Knight and Knave. Con un poco de suerte, cuando lleguen sus hombres, Tenelle y los Aceros estarán esperando. Solo queda Fane.
Kit volvió a dirigirle una de esas miradas crípticas y penetrantes. Ella comprendió el motivo con un escalofrío.
«Nuestro pacto».
Eda le había pedido ayuda para encontrar el Portal; ahí lo tenía. Eso significaba que todo había terminado. Su acuerdo había expirado. Quizá el semblante descompuesto de Kit también tuviera que ver con eso.
Ahora los años de Eda eran suyos para siempre.
Se miraron fijamente. Ninguno de los dos quería pronunciar la verdad en voz alta.
—Todo irá bien hasta que regreses —logró decir Eda con un hilo de voz—. Tengo el manto.
Kit aceptó la evasiva.
—Pretendes contactar con Baelion. Esta noche.
—Yo… Sí. Puede que no tenga otra oportunidad. Lo sabes.
Sin suficientes años propios que ofrecer y con la cosecha de otoño al caer, Eda esperaba que el señor Noche accediera a reunirse de nuevo con los Shaw a lo largo de los días siguientes para saldar la deuda.
Esta noche era su única oportunidad de pedírselo.
Una vez que llegaran los Aceros, perdería el espejo para siempre.
La expresión de Kit se ensombreció.
—Aún no me has explicado cómo piensas pagarle esos últimos años.
—Ben está dispuesto a cederle diez de los suyos. Espero que se nos ocurra otra cosa antes, pero si no…
Él invadió el espacio de Eda con ojos relucientes.
—Entonces el necio de tu hermano debería estar aquí en tu lugar. Tus tratos con Baelion podrían finalizar esta misma noche.
—Ben no está aquí —replicó ella—, pero yo sí. Está claro que el señor Noche no tiene intención de ayudarnos a cumplir nuestra parte del pacto, pero tampoco puede impedírnoslo. Si le hago una propuesta para pagarle la suma final, la aceptará.
—No puedes fiarte de su palabra.
—Confío en su codicia. Todos los demonios son codiciosos, ¿no fuiste tú el que lo dijo? Le conozco lo suficiente como para saber que preferirá apropiarse de diez años a renunciar a ellos. No gana nada negándomelo.
Ante esto, Kit no replicó.
—Vete. No hace falta que estés aquí cuando le invoque.