Capítulo 24
VEINTICUATRO
L ich no le había facilitado a Eda modo alguno de ponerse en contacto con él. Solo había dado a entender que su gente estaría esperando noticias suyas. Eso implicaba que debía ser ella la que acudiera a su cuartel general, supuso.
—¿El alcantarillado? ¿De veras? Demasiado obvio para un sórdido señor del crimen. ¿Y con qué derecho se autodenomina «señor», por cierto?
La indignación de Kit rayaba en lo cómico. Eda descendió con cautela por la boca de la alcantarilla, cuya tapa él había arrancado sin esfuerzo.
—Solo es un título ridículo que emplea su gente para halagarle el ego. Ejem… No le digas que he dicho eso.
Una vez que hubieran recuperado el Portal, los Shaw podrían acudir al señor Noche y saldar su deuda: mediante los años de Ben o los de otra persona, Eda aún no estaba segura.
Le traía sin cuidado lo que fuera del espejo una vez que ella y sus hermanos se libraran de él, pero la voluntad de Tenelle sería que lo destruyeran.
Lich lo quería para sí mismo. «Entregárselo a la primera nos granjearía la libertad.
Al segundo, nos ahorraría la ira de un señor del crimen. Complacer a uno, enfurecer al otro».
Existía, comprendió, una tercera opción. Pero eso significaba jugar a ser la titiritera cuando su papel siempre había sido el de marioneta.
Eda descendió por los desarticulados travesaños, encogiéndose cuando las palmas de las manos le resbalaron contra el metal húmedo.
Hacía frío allí abajo y la oscuridad era completa.
Hillock la había guiado a la superficie por ese camino, pero Eda estaba segura de que debía de haber otras rutas menos lúgubres.
Dudaba que Severin Lich se arrastrara por esas asquerosas alcantarillas con sus mejores galas.
Kit descendió en su versión avícola. Eda esperaba que le ofreciera la mano cuando se transformara al llegar abajo; en cambio, la agarró por la cintura. Lanzó un gritito cuando él la depositó en la estrecha pasarela, más pegado a ella de lo necesario.
—Te tomas muchas confianzas —le dijo ella, aturullada.
—Me puedo tomar más, si lo deseas.
La sujetó con más fuerza. Sus ojos brillaban en la oscuridad como faros en el mar.
—Tentador…, pero el entorno actual no se ajusta a mi idea del romanticismo.
Fue una débil protesta, en el mejor de los casos.
—Dejé de escuchar después de «tentador» —murmuró Kit inclinándose hacia ella…
—¡Tenemos que continuar!
Él suspiró contra su frente.
— Dir lhaesan van mir’hisak ek mir’tarez .
Un idioma áspero y gutural, pero en boca de Kit sonaba casi sensual.
—¿Qué significa eso?
No esperaba una respuesta directa. Se sonrojó cuando él le susurró al oído:
—Tus antojos son mi deleite y mi tortura.
—Oh —Eda no supo qué responder. No estaba acostumbrada a ser objeto de una admiración tan manifiesta. Wymond solía mostrarse casi tímido, pero Kit era cualquier cosa menos eso—. Deberíamos… Por aquí.
Ella encabezó la marcha mientras se abrían paso por el canal.
Todo parecía igual que la última vez. Eda sabía que el cuartel general de Lich se encontraba en algún lugar bajo las calles de Crowgate, y ahora estaban en las inmediaciones de Pitchford.
Había un buen trecho entre ambos puntos.
Si tomaba un desvío equivocado, podían acabar dando vueltas por siempre como ratas extraviadas.
Las oyó: las ratas. Grititos y correteos sobre la piedra.
Los tenues rayos de luz que se colaban por una rejilla del techo iluminaron a dos de ellas, que se dieron media vuelta y escaparon de inmediato.
Según la experiencia de Eda, los roedores de Blackbridge tenían tendencia a morder, pero quizá habían percibido la presencia del demonio.
—Deben de saber que puedes convertirte en gato —bromeó ella mientras palpaba la pared—. Es obvio que…
Kit la detuvo.
—Tenemos compañía.
Al principio, ella no entendió a qué se refería. No oía nada más que el chapoteo del agua y los sonidos de los roedores. Entonces llegaron a sus oídos. Pasos, reverberando lánguidos en la oscuridad. Un momento después, brilló una luz en un pasillo lateral, delante de ellos.
Un rostro conocido los observaba, espectral al resplandor amarillento de una lámpara de aceite. Los ojos del hombre se esforzaban por enfocarla.
—Ah. Me alegro de volver a verla, señorita Shaw.
—¿Hillock? —Ella se acercó con cautela—. ¿Sabías que veníamos?
Kit se pegó tanto a su espalda que podría haberlo usado como abrigo.
—Lord Lich y tú tenéis un acuerdo, jovencita. Puesto que estás aquí, daré por sentado que no lo has olvidado.
—No sé cómo habría podido. Me has estado vigilando.
—Mmm. —Los ojos del corpulento hombre se posaron en Kit—. Has estado ocupada.
—Quiero hablar con el señor Lich sobre nuestro acuerdo.
Hillock señaló el fondo del túnel.
—En ese caso, seguidme.
Los guio por pasillos diversos hasta que llegaron a la vasta cueva con su foso de agua dulce.
El cuartel general de Lich no había cambiado: corredores de apuestas, pilluelos de la calle correteando de un lado a otro.
En esta ocasión Eda no agachó la mirada.
No se sentía tan intimidada estando en compañía de Kit.
Él había insistido en acompañarla, y ahora ella se alegraba de haber accedido.
Al llegar al balcón que albergaba el despacho, Hillock apartó la cortina y los invitó a entrar.
—Señorita Shaw.
Severin Lich no se levantó.
Eda tomó asiento. No había ninguno para Kit, pero él parecía conforme con quedarse merodeando sin más, como una sombra siniestra.
Cuando Hillock corrió la cortina que había cruzado para entrar, el tapiz que decoraba la pared posterior, situado detrás de Lich, se agitó con la corriente de aire.
Era el que representaba a un unicornio en mitad de un frondoso bosque.
No estaba fijado al suelo, como los demás.
Quizá no tuviera importancia, pero la mente de Eda se aferró al detalle como una lapa al casco de un barco, convencida de un modo intuitivo de que se trataba de un dato trascendente. Apartó la mirada.
El señor del crimen dio una calada a su pipa. Un aroma dulzón y amaderado inundó la estancia, tan intenso que Eda tuvo ganas de toser.
—El misterioso residente de Harecourt Road, deduzco. Al fin y al cabo, Wolfram firmó un pacto.
Lich escudriñó a Kit con tanta atención que Eda se sintió casi invisible. Si al señor del crimen le inquietaba la presencia de un demonio en su despacho, no lo dejó entrever.
—Fascinante, de veras. Nunca había conocido a ninguno de tu especie que se interesara en nuestro mundo, dejando aparte los años que puedan extraer de él. Y, sin embargo, aquí estás, viviendo entre nosotros desde hace veinte años. ¿Señor…?
—Kit’rath.
—¿No tienes apellido?
Kit hizo un gesto despectivo.
—Ninguno que vaya a compartir contigo.
Lich no se inmutó.
—De acuerdo. Al fin y al cabo, mis cuentas pendientes no son contigo.
Se volvió a mirar a Eda.
—Parece ser que has encontrado la ayuda que necesitabas para liberar a tus hermanos, señorita Shaw. Bien hecho. Pero no es por eso por lo que estás aquí.
—Estoy a punto de dar con el Portal. Se encuentra aquí, en el centro de la ciudad —dijo Eda—. Tan pronto como conozca la ubicación exacta, necesitaré un modo de avisarle para que pueda recuperarlo antes de que el obispo descubra lo que tramamos.
—Habrá un contacto en la taberna Knight and Knave, de la calle Farthin. Allí esperarán noticias de la ubicación del espejo. Pero tendrás que darte prisa.
—No te preocupes —canturreó Kit—. Yo seré el mensajero, y puedo ser muy eficiente.
—Hum. —Los ojos oscuros de Lich clavaron a Eda en su silla—.
Cuento con que estés presente cuando recuperemos el Portal, jovencita.
No querría que nos empujaras a una búsqueda inútil mientras tu familia y tú os escabullís en plena noche.
—Esbozó una sonrisa poco amistosa—. Y conste que no te creo tan necia.
Algo crispado y peligroso recorrió a Kit cuando se acercó a Eda mirando a Lich con renovada atención.
—Qué comentario tan interesante. Prácticamente ha sonado a amenaza. —Sus ojos destellaron—. «Y conste que no te creo tan necia».
La mano de Hillock se crispó sin que abandonara su posición junto a la pared.
Lich dejó de sonreír, pero no se retractó de sus palabras.
—Lo entiendo —dijo Eda—. Me quedaré dondequiera que esté el espejo una vez que lo encontremos, hasta que llegue su gente. El Portal será suyo. —La promesa le sabía a tierra en la boca—. ¿Entiendo que en ese momento nuestro trato habrá concluido?
Lich ladeó la cabeza. Sonrió sin despegar los labios.
—No veo por qué no.
Ni una confirmación ni una negación.
Hillock los acompañó de regreso a través de la oscuridad de los túneles y los dejó donde los había encontrado. Su lámpara se alejó bamboleándose en las tinieblas hasta que la negrura se la tragó por completo.
—Solo por tenerlo claro —murmuró Kit—. ¿Todavía tienes previsto avisar a los Aceros cuando encuentres el Portal?
—Pretendo condenar a Fane, de modo que sí. Una vez que encontremos el espejo, solo será cuestión de tiempo que el obispo regrese. Tenelle no tendrá que hacer nada más que estar allí para atraparlo.
—Y también pretendes llamar a los hombres de Lich, como le has prometido.
—Si Tenelle está al acecho y casualmente atrapa a la gente de Lich junto con Fane…, bueno, supongo que tendrá que hacer hueco en sus celdas.
Estaba demasiado oscuro para ver la expresión de su rostro, pero Eda oyó el bufido jocoso de Kit. Le rozó el cabello con la nariz.
—Todos capturados de una tacada. Qué desvergonzada. Careces del más mínimo escrúpulo.
—Fuiste tú quien me dijo que debía olvidarme del honor y la misericordia cuando tratara con personas poderosas.
—Y decía bien. No me malinterpretes, querida. —El aliento de Kit le hacía cosquillas en la nuca—. Adoro verte maquinar.