Reap & Sow (Reap & Sow 1) Capítulo 23 #2
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Capítulo 23 #2

Eda se ajustó el manto alrededor del cuello mientras se encaminaban a la ciudad.

Los Aceros habían tomado las calles. Había tres cuarteles repartidos por Blackbridge; todos ellos debían de estar vacíos hoy, a juzgar por la gran cantidad de patrullas con las que se cruzaron.

Y después de que les hubieran robado a dos prisioneros en las narices, seguro que también habían redoblado la vigilancia en la fortaleza de Fell.

Le sudaban las manos con cada destello rojo y plateado, con cada golpe de unas botas contra los adoquines.

Avanzaban más despacio a pie, pero Kit no era tan tonto como para adoptar su forma equina.

A estas alturas, el imponente pura sangre negro los habría delatado.

Se mantenía pegado a sus talones disfrazado de gato, que al parecer era su forma favorita.

A pesar del amargo regusto del miedo en el ambiente, había trabajo que hacer.

Sirvientes y lavanderas, cocineros, tintoreros y jornaleros.

Un niño pequeño mendigaba monedas en una esquina, alargando un gorro gastado.

Todos pertenecientes a la plebe, arrojados a las calles hostiles mientras los nobles se encerraban en sus casas.

Los estómagos hambrientos no dejaban de rugir solo porque los monstruos acechasen entre las sombras.

Quizá por eso Eda estaba de un humor irascible cuando llegaron a la casa del alto gobernador.

Atravesar las majestuosas puertas fue más sencillo que la última vez.

Cuando la acompañaron al despacho de Abelard Wolfram, Eda se limitó a fruncir el ceño mientras la puerta se cerraba a su espalda.

La habitación estaba tan ricamente amueblada y era tan hermosa como recordaba, repleta de alfombras de lana y candelabros bruñidos.

Las ventanas estaban deliberadamente cerradas.

Al verla, Wolfram abrió los ojos de par en par. Eda no se había molestado en despojarse del manto. Su trenza estaba revuelta por el viaje. «Que vea a una bruja si eso le induce a tomarme en serio».

—¿Pretende no hacer nada mientras los monstruos de Florian Fane merodean por sus calles, alto gobernador?

Wolfram frunció los labios.

—Ándate con cuidado, jovencita. Arriesgo mucho con solo permitirte cruzar el umbral.

—¿Pretende entregarme?

—Eso depende totalmente de Kit’rath. ¿Todavía insiste en amenazar a mis hijos?

Kit resopló.

—No me hace ninguna falta. Vamos, Abelard. No me digas que no quieres que se resuelva este asunto de los infernales. Te importa Blackbridge. Florian Fane es tanto una afrenta a tu sentido moral como una amenaza a tu posición.

Wolfram no lo negó. Se alisó la parte delantera del jubón de tonos burdeos y dorados —colores que le apagaban la tez, pensó Eda— y se puso en pie. Rodeó su escritorio.

—¿Cuáles son tus verdaderos motivos, Kit’rath? ¿Por qué persigues la caída del obispo? —Miró a Eda—. ¿Y por qué lo hace ella?

—La naturaleza de nuestro acuerdo no tiene nada que ver contigo. Te aseguro que yo no estaría aquí si no me viera obligado.

La expresión de Kit era tan impávida, su tono sarcástico tan displicente, que era difícil no creerle.

«No estaría aquí si no me viera obligado».

Cierto, pero Eda recordó la firmeza de su voz y la calidez de sus ojos cuando él se había comprometido a permanecer a su lado solo porque ella se lo había pedido.

Las palabras de Ben resonaron con fuerza en sus oídos. «Los demonios no hacen nada a menos que les beneficie».

Wolfram levantó una mano.

—Está bien. Tus maquinaciones no me conciernen.

—Las del obispo, sí.

—Sí. Por eso he hecho averiguaciones.

Wolfram había descubierto que algunas personas en el seno de la Fe cuestionaban el supuesto «poder divino» de Fane.

Y aún eran más los que despreciaban su pequeño ritual de protección.

Pero el obispo gozaba del favoritismo del propio Patriarca, y se le había visto ahuyentar a los infernales en público en numerosas ocasiones.

Puede que fuera un truco, pero no podía ser más eficaz.

¿Quién lo acusaría públicamente de mala conducta sin pruebas contundentes?

Nada que no fuera eso impediría que Blackbridge acudiera a él en masa en busca de protección.

—El obispo Florian es astuto —meditó Wolfram—. No ha tardado nada en meterse a la gente en el bolsillo, y en la opinión pública reside el verdadero poder. Ese hombre sería un político competente.

Kit resopló.

—Hablé con Martine Tenelle —continuó el gobernador—.

Me pidió mi opinión sobre el asunto de un modo un tanto directo.

Los dos coincidimos en que Fane es sospechoso, pero Tenelle no actuará contra un clérigo de la Fe si no tiene pruebas.

—Paseó la mirada de uno a otro—. Si habéis venido a ofrecérmelas, os escucharé.

Puede que Abelard Wolfram fuera un intrigante de moral un tanto dudosa, pero era perspicaz. De no haber sido el hijo de un humilde comerciante, tal vez nunca habría necesitado la ayuda de Kit para alcanzar su posición.

—El espejo —dijo Eda—. El Portal que una vez nos perteneció a mis hermanos y a mí. Fane no habrá permitido que los Aceros lo destruyan. Lo necesita para acceder al señor Noche.

—¿El señor Noche?

Ella se ruborizó.

—Es el nombre del demonio con el que negocia. El verdadero poder detrás de los infernales.

Wolfram la miró fijamente, analizando lo que oía. Eda pensó que le preguntaría cómo sabía todo eso, pero el hombre se limitó a levantar la barbilla.

—¿Por qué no atraer y matar a este demonio, pues? Parece el método más directo para acabar con esta locura de una vez por todas.

Kit se tensó.

—Esa no es una lucha que vayas a ganar.

—Pero contando con la colaboración de Tenelle y todo el poder de los Aceros…

—No ganarás.

—Muy bien. Centrémonos en el Portal, pues. ¿Estás segura de que el obispo lo está ocultando?

Eda asintió.

—No puede ser de otro modo. Sin duda lo guarda en algún lugar seguro. Si lo encontramos, podremos demostrar que lo ha conservado para poder utilizarlo.

—Mmm. Según los informes de Tenelle, fue imposible recuperarlo de la tienda de tu familia.

—Se fijó en la sorpresa de Eda—. Florian afirma que, mientras esperaban refuerzos, un demonio atravesó el Portal y atacó a sus hombres.

Tuvieron que retirarse. A su regreso, descubrieron que el Portal había desaparecido.

Los Aceros de su compañía corroboraron la historia.

Tenelle se vio obligada a aceptarla, pero creo que eso fue lo que la indujo a sospechar de él.

Una sensación ardiente ascendió por el pecho de Eda.

—Está mintiendo. ¡Ha comprado a esos hombres!

—Quizá. Todo son conjeturas. Los hechos son los siguientes: el espejo está en paradero desconocido y dar con él no es suficiente. Fane debe estar relacionado con el objeto, y tiene que ser Tenelle quien lo descubra.

Tenía razón. Si Tenelle descubría al obispo en posesión del Portal, la comandante sería testigo de su culpabilidad. Ni siquiera el Patriarca podría desdeñar un hecho tan condenatorio.

Eda reprimió una mueca. En caso de que Tenelle se quedara con el espejo, Lich consideraría que Eda no había cumplido su parte del acuerdo. ¿Cómo contactaría entonces con el señor Noche para poner fin a su pacto?

Deuda tras deuda.

Miró a Wolfram.

—Este plan requiere conseguir que la comandante Tenelle colabore con nosotros.

—Contigo, que acabas de liberar a dos prisioneros delante de sus narices y que confraternizas con un demonio a la vista de todos. Sí. —Esbozó una sonrisa irónica—. Una situación endiablada.

—¿No podría convencerla?

—Sospecho que su deseo de descubrir al culpable supera su orgullo, pero debo plantearle la idea con sumo tiento.

Tu plan es sólido: encontrar el espejo, informar a la comandante.

Los Aceros podrían acechar a Fane y pillarlo con las manos en la masa.

Ayúdanos a detener las matanzas del obispo y haré todo lo posible para que se retiren los cargos contra ti y tu familia, señorita Shaw. Serás una mujer libre.

Eda tragó saliva. «Si dejo que Tenelle se quede con el espejo, Ben y Lawrie serán libres. Pero eso implica olvidarme del acuerdo con Lich».

Se estrujó los sesos. No veía una solución clara al entuerto, pero zanjar de una vez por todas su asunto con el señor Noche era lo más urgente de momento.

—De acuerdo —asintió—. Tenelle debe de tener alguna idea acerca de dónde puede haber escondido Fane el espejo.

—Todos los ataques han tenido lugar dentro de los límites de la ciudad —dijo Kit—.

Si el obispo controla a los infernales, ¿adónde van una vez que han sembrado el terror?

Proceden del espejo. Debe de estar en algún lugar de Blackbridge, lejos de miradas indiscretas. Y no en terreno sagrado, apostaría.

Wolfram asintió.

—Las casas templo cuentan con hogueras de advertencia y encantamientos destinados a llamar la atención sobre la actividad demoniaca. Pero… Florian es predecible. Tenelle afirma que solo se desplaza entre la fortaleza de Fell, la Gran Casa Templo y su parroquia local de Crowgate.

Eda se mordió el interior del carrillo.

—En ese caso, el Portal tiene que estar en algún lugar de ese triángulo.

—Es probable. Los Aceros de la comandante no pueden seguirlo a todas partes. No sin alertarlo de que está siendo observado. Quizá a un demonio metamorfo y a una chica con una capa mágica les vaya mejor.

Ella ignoró el tono mordaz.

—Lo encontraremos.

«Tenemos que hacerlo».

El alto gobernador la miró con una expresión indescifrable.

—Por tu propio bien, señorita Shaw… Ruego que así sea.