Reap & Sow (Reap & Sow 1) Capítulo 23
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Capítulo 23

VEINTITRÉS

–¿E stás enfadado?

Enfrentarse por la mañana a la mirada incrédula de Ben al otro lado de la mesa fue peor de lo que Eda había imaginado.

Habían llevado a Lawrie al dormitorio de Robin para que pudiera descansar: un gesto inesperado de bondad por el que habría abrazado a la mujer con todas sus fuerzas.

Estando Robin en la orilla recogiendo menta para las infusiones y Lawrie bajo cubierta, parecía el momento adecuado para hablar.

El silencio de Ben no era alentador.

—Sé que es difícil de entender, pero tengo que hacerlo —prosiguió ella.

—¿Por qué? ¿Por qué exactamente tienes que hacerlo? Olvídate de Fane, olvídate de Lich, olvídalo todo. Podríamos estar en un barco rumbo al Golfo Durmiente esta misma noche si nos marchamos ahora…

—¿Y qué hay del señor Noche? Todavía le debemos diez años.

Él cerró la boca de golpe.

—Le daré diez de los míos. Solo tenemos que encontrarle y poner fin a esto de una vez.

—No puedes hacer eso, Ben.

—¿Pero tú sí? —Sus ojos color avellana destellaron—. Ni te atrevas, Eda. No después de lo que has sacrificado. Miró hacia la puerta de la cabina. Al otro lado, en alguna parte, Kit les estaba acechando. Al menos les había concedido la ilusión de privacidad.

—Mira, Severin Lich tiene contactos desde aquí hasta el continente.

Si no cumplo con nuestro trato, me perseguirá como un perro a una liebre.

Esa ira podría extenderse a ti y a Lawrie incluso después de que yo haya muerto.

Lo sensato es proporcionarle el espejo. Una vez que lo tengamos, podemos usarlo para hablar con el señor Noche sobre nuestra deuda.

—Y desenmascarar al obispo por ser un truhán que se codea con demonios como el resto de nosotros. Muy bien. —Cerró los puños a ambos lados de la tetera pintada de Robin—. Eso sí que es sensato, ¿verdad?

—Es arriesgado, pero tenemos que cumplir el pacto. Necesitamos el espejo. Si podemos conectarlo con Fane, mucho mejor.

La expresión de Ben vaciló.

—Aún podríamos irnos. El señor Noche no te ha visitado, ni a ti ni a ninguno de nosotros, desde que nos capturaron. No puede; fue padre el que pactó. Nuestra sangre nunca se derramó. No puede encontrarnos sin ella.

—Si Lich puede seguirnos el rastro a la antigua usanza, ¿crees que un demonio como el señor Noche no podría?

—La mirada hosca de Ben respondió por él—.

Ben, por favor. No estaremos a salvo de nadie hasta que cumplamos los acuerdos que hemos firmado.

Si, ya puestos, conseguimos que Fane pague por todo lo que ha hecho… Tenemos que intentarlo.

Él negó con la cabeza.

—¿Acaso no has aprendido nada? Cuando no agachamos la cabeza y no vamos a la nuestra, pasan cosas malas. ¿O ya te has olvidado de nuestro encarcelamiento?

Eda apretó los dientes.

—Supongo que salvarte nunca compensará eso, ¿no es cierto?

—No intento que te avergüences, Eda. Cometiste un error. Eso puedo perdonarlo, siempre y cuando hayas aprendido de él. No estoy seguro de que lo hayas hecho.

Llevaba menos de un día de nuevo en su compañía y Ben ya la hacía sentir como siempre: la hermana pequeña que necesitaba que se lo dieran todo hecho.

Los desvelos de su hermano la irritaban tanto que se había vuelto impulsiva, temeraria en su desesperación por hacer algo a su manera, y lo había pagado muy caro.

Pero Eda no estaba siendo imprudente ahora.

Nunca había meditado nada con tanto cuidado.

Si hacían las cosas como ella proponía, se salvarían. ¿Por qué Ben no se daba cuenta?

—No vas a detenerme. Lo hago por todos nosotros, y lo haré con o sin tu aprobación. Kit y yo vamos a volver a la ciudad.

—¿Vas a confiar en él? Tu pacto es la única razón por la que te ofrece ayuda. Los demonios no hacen nada a menos que les beneficie.

—Y hasta ahora, nosotros tampoco. —Eda se puso en pie y echó mano de su nueva capa—. Él no es el señor Noche. Eso ya lo tengo claro.

Ben le agarró la muñeca.

—Te acompaño.

—No. Tengo el manto, y Kit puede disfrazarse. Si vienes tú, nos costará más pasar desapercibidos.

—No te dejaré a solas con él.

—Llevo semanas a solas con él. Y sigo viva y coleando. —Se zafó de su mano—. Ya no soy una niña, Ben.

—Entonces me quedaré aquí, ¿te parece bien? Cuidando de Lawrie. Uno de los dos debería hacerlo.

Eda cerró la puerta de la cabina con más fuerza de la estrictamente necesaria. Ben estaba enfadado por el pacto que ella había firmado. Eso lo entendía. Pero no se esperaba que eso le hiciera mostrarse tan irracional.

Caminó con rabia hacia la borda de la Oriana.

—¿Adónde vas, querida?

La ira se desvaneció, abrumada por la visión de la figura oscura e imponente de Kit, que la estaba esperando.

Eda le tomó la mano, electrizada por el roce de su piel, mientras él la ayudaba a desembarcar.

Había algo diferente en su tacto. Antes era un misterio, un tentador signo de interrogación.

Pero esta mañana no había nada misterioso en el calor de la palma de su mano, en el gesto de sus dedos al curvarse en torno a los suyos.

La pregunta había mudado en una promesa.

—¿Vas a fingir que no estabas escuchando a hurtadillas? —preguntó ella.

—¿Preferirías que lo hiciera?

Se adentraron en la ribera del río, lejos de miradas indiscretas.

Eda intentó soltarle la mano, como dictaba la costumbre, pero esta vez Kit no se lo permitió.

Le apretó los dedos. El corazón de Eda aleteó mientras caminaban.

El brazo herido de Kit por fin estaba bien vendado bajo su jubón negro, y él le aseguró que no le dolía demasiado.

La condescendencia de Ben aún le escocía. Eda se sintió invadida por la repentina necesidad de hacer algo —cualquier cosa— que él pudiera desaprobar.

—¿Estás lo bastante recuperado como para que te monte?

Sus ojos se clavaron en los de ella con repentino interés.

—Tendrás que ser mucho más específica.

Eda resopló.

—Quítate esas ideas sucias de la cabeza.

—Imposible. Pero sí, puedo llevarte.

—¿Puedes ir rápido?

—¿Tenemos mucha prisa?

—No. Pero solo te he cabalgado mientras huía para salvar mi vida. Nunca he tenido la oportunidad de disfrutarlo. —Eda bajó la voz—. ¿Me impresionas?

Los ojos de Kit brillaron como alegres llamas.

El chillido de Eda ahuyentó a una bandada de mirlos: una oscura explosión de estrellas contra el cielo líquido de la mañana. Quizá antes hubiera envidiado a Kit, pero ahora ella también sabía lo que era volar.

—¡Más rápido! —gritó.

Debajo de ella, Kit sacudió su enorme cabeza equina.

Las pezuñas azotaban la tierra con fuerza.

Los terrones salían disparados a su paso.

Los músculos se ondulaban como un furioso mar negro, pero Eda apenas se desplazaba en la grupa.

No se atrevía a soltar la crin, que sujetaba con los nudillos blancos, ni a relajar los muslos alrededor de los flancos, pero supuso que podría hacerlo. Si quisiera.

«No dejaré que te caigas», le había dicho él.

«Lo sé», había respondido ella.

Siguieron la orilla del Embel como el mismísimo viento.

Las ensortijadas aguas se difuminaron, y en el reflejo distorsionado Eda vio lo que otros podrían ver: un corcel fantasmal cuyos cascos apenas rozaban el suelo, con una salvaje de cabello dorado montando a pelo.

¿Qué pensarían que habían visto? ¿A una muchacha inocente, secuestrada por un kelpie para convertirla en su esposa?

¿A una guerrera cabalgando hacia la batalla?

Quizá hubiera algo de verdad en ambas cosas.

Las aves los acompañaban en lo alto, descendiendo en picado y zambulléndose en el río. El viento rugía en sus oídos. El pecho de Eda se hinchó. Enderezó el cuerpo y aulló de alegría. «Pase lo que pase, esto nadie me lo podrá arrebatar».

Kit redujo la velocidad cuando el irregular horizonte de Blackbridge se agrandó ante ellos.

Los edificios asomaban entre las tierras de cultivo oscurecidas.

Las guadañas ya estaban segando los campos de trigo y grandes fardos del cereal se cargaban en carros para las reservas de invierno.

Se detuvieron al borde de uno de esos campos, detrás de un seto silvestre que bordeaba la carretera de los mercaderes.

—¿Puedo considerarte favorablemente impresionada? —Kit se alisó el jubón.

Sus mejillas sonrojadas debieron de delatarla.

—Sin duda.

—Hum. —El demonio se acercó—. En ese caso reclamaré mi recompensa.

«No prometí ninguna recompensa». Pero Eda no lo dijo. En vez de eso, esperó a que él agachara la cabeza y la besara como la noche anterior, burbujeando de anticipación. Pero Kit se limitó a acercarse los nudillos de Eda a los labios. La miró por debajo de las pestañas.

A Eda le dio un vuelco el corazón.

«Aceptaré lo que quieras darme —le había dicho—. Tu ira, tu repugnancia, tu desdén. Desprecio cada instante en que tus ojos no se posan en mí».

Con toda probabilidad, el enamoramiento de Kit no era más que algo fugaz, fruto de una pasión pasajera.

Puede que Kit hablara en serio ahora mismo, pero Eda no era ninguna necia.

¿Cuántas veces se había cruzado en su camino una mortal atractiva?

¿Cuántas veces había susurrado palabras de afecto al oído de una desconocida, solo para que la llama acabara apagada con la misma rapidez con la que había prendido?

De no estar asomada al foso de una vida corta y peligrosa, quizá Eda se mostraría más cauta.

Se resistiría a entregarse a los crecientes sentimientos que le inspiraba un ser que nunca llegaría a ser suyo.

Era una tragedia anunciada. Eda no sabía si Viola y Crispin conocieron su final feliz, pero ella no tenía una vida para vivirla junto a un gran amor.

Y, sin embargo… Aquí, con Kit, viendo como él la miraba, sentía que la estaba rozando con las yemas de los dedos.

—Vamos.