Capítulo 22 #3
Los colmillos le mordisquearon el labio inferior.
Eda le devolvió el mordisco. Kit lanzó otro gruñido.
La vibración la hizo zumbar de placer. Las garras de él se enredaron en sus rizos mientras su otra mano le aferraba la espalda para tenerla más cerca.
Como si temiera que ella recuperase el sentido común y se apartase.
Eda no tenía la menor intención de marcharse.
Su piel ardía allí donde él la tocaba y aun así quería más.
El deslizamiento de sus labios sobre los de Eda era tan dolorosamente excitante que temió perecer en ese instante de placer.
Abandonó su boca inquisitiva para besarle la punta de la oreja.
Kit se estremeció. Volvió a hacerlo, ahora rozándola con los dientes.
Él le mordió la mandíbula a modo de reprimenda antes de borrar el mordisco con la lengua.
Eda jadeó y él le apartó la barbilla con la nariz para depositarle besos calientes y húmedos a lo largo del cuello.
—Nunca… —Eda se apresuró a ordenar sus pensamientos—. Nunca habías pasado tanto rato callado.
—¿Prefieres que siga hablando?
Kit le deslizó los colmillos por su clavícula sin hacerle daño.
—Depende de lo que me digas.
—Mmm. ¿Por dónde iba? —La mano de Kit buscó su trasero. La atrajo contra su rigidez, erecta y bien definida—. ¿Quieres que te cuente de cuántas formas distintas te he imaginado desnuda?
Se interrumpió para besarla.
—¿O que yazgo despierto en el lecho, incapaz de dormir, porque estoy duro como una roca pensando en algo tan trivial como la forma de tu cintura?
—Pervertido —susurró ella.
—Eso parece —respondió él también en susurros.
La besó de nuevo.
La mente de Eda había abandonado su cuerpo.
Le frotó las caderas sin poder evitarlo, desesperada por más fricción.
Él emitió un sonido delicioso. La mano de Kit se deslizó por debajo de su camisa y recorrió su columna vertebral.
El contacto sobre la piel desnuda no se parecía a nada que ella recordara.
¿Cómo podía una simple caricia proyectarla a las estrellas?
Con Wymond nunca había sentido eso.
Cerró unos puños temblorosos sobre el jubón de Kit.
Más, suplicaba Eda con cada beso, y Kit accedía con vigor.
Le empujaba los labios con la boca, una y otra vez, reacio a separarse.
Finalmente se echó hacia atrás, sin despegarle los labios, mientras la arrastraba con él. Unas garras le pinchaban las caderas.
Cuando por fin se separaron, él estaba tumbado sobre la piedra, mirándola con ojos peligrosamente oscuros. Como si fuera ella la poderosa.
Eda se disponía a besarle de nuevo, pero un búho ululó con fuerza a través de la oscuridad. De súbito Eda vio las ramas que se balanceaban y el resplandor de las hogueras, y recordó dónde estaban.
«¿Qué estamos haciendo?». Dudó, con las manos apoyadas en su pecho.
Kit se incorporó de inmediato. Su forma mortal se materializó, como si pensara que eso la complacería más.
—¿Qué pasa?
Su voz ronca le provocó escalofríos. Él debió de sentirlo: posó un beso suplicante en la mejilla de Eda. «Quédate —susurraba el contacto—. Quédate, quédate, quédate».
—Necesito saberlo —murmuró ella—. ¿Tienes intención de ayudarme después de que consigamos el espejo? ¿Hasta que haya hundido al obispo? ¿Vas a…?
«¿Quedarte?».
Eda no se atrevió a pedir más. ¿Qué futuro podía esperarles a los dos? A ella le quedaban unos pocos años, a lo sumo. Y él era el responsable.
«Siempre has sido propensa a cometer terribles errores —se burló esa voz negra como el alquitrán—. Este podría ser el más nefasto de todos».
Algo ensombreció el rostro de Kit, que frunció el ceño.
Tenía los labios y las mejillas enrojecidos.
Ella pensó que se proponía despacharla, decirle que solo había ansiado un breve flirteo hasta que el pacto expirara y él se marchara.
Pero entonces él la abrazó con más fuerza. Le besó la mejilla de nuevo.
—Me quedaré si tú lo deseas, querida. Eres demasiado entretenida como para marcharme.
Que ella fuera entretenida no podía ser la única razón, pensó Eda, pero, aun así, contuvo un suspiro de alivio.
—¿Más entretenida que un convento de las Hermanas Sagradas? Una vez mencionaste que te gustaría explorar sus braguitas…
—Desvergonzada. —Le mordisqueó la barbilla—. Debería tirarte abajo.
—Como cuando me tiraste al río.
—Ahora que lo mencionas, la ropa se te adhería de un modo irresistible…
Eda le pegó los dedos a la boca. Él se los mordisqueó.
—Deberíamos volver antes de que mis hermanos vengan a buscarnos.
Kit la ayudó a levantarse con manifiesta renuencia, sin poder disimular del todo un mohín. Cuando llegaron a la orilla del río, al abrigo del resplandor de las portillas de la Oriana, Eda decidió darle un beso de despedida.
Kit se aferró a ella. Ella lo empujó sonriente.
—Ahora viene esa parte en la cual, como el caballero que eres, me permites volver a mi camarote.
—Pensaba que ahora venía la parte en la que tú me permitías poseerte a orillas del río.
Eda se mordió el labio.
—Buenas noches, Kit’rath.
Se obligó a no mirar atrás mientras desaparecía en el camarote. Pero de todos modos sintió su mirada clavada en ella.