Capítulo 22 #2
Las pupilas de él eran enormes y redondas, pupilas negras que lo abarcaban todo salvo un fino anillo de fuego. Exactamente igual que cuando se sentaron entre las sombras del Maiden’s Lyre. Esta vez no había ningún disfraz que ocultara su piel cenicienta ni sus orejas afiladas como cuchillos.
Kit dijo lentamente:
—Justo cuando creo que ya nada puede sorprenderme, el asombro vuelve a hacer presa en mí.
—¿Ante la estupidez de los mortales?
—Ante tu valentía.
Ella buscó en su rostro algún indicio de ironía.
—Yo no soy valiente.
—Lo eres.
Kit parecía casi enfadado. Paseó los ojos por el rostro de Eda.
—¿Qué harás cuando nuestro pacto haya expirado? —Ella tragó saliva—. ¿Volveré a verte alguna vez?
Él se quedó muy quieto.
—¿Querrías verme?
—Supongamos que sí.
Él bajó la mirada, perdido en pensamientos que escapaban a la comprensión de Eda.
—Podría decirte que no lo sé. Pero sería mentira. —Los nudillos de Kit rozaron los de ella, vacilantes: un contacto deliberado. Una pregunta. Una invitación. Eda dejó de respirar—. Una vez que nuestro pacto esté saldado, nada me unirá a ti. Y, sin embargo…
Sus dedos se extendieron con repentina avidez para enroscarse en torno a su muñeca.
Sus garras la pincharon sin hacerle daño cuando arrastró la mano de Eda hacia él.
La giró a un lado y al otro, deteniéndose en la delgada cicatriz rosada de la palma de su mano.
Bajó los párpados hasta entornarlos. Con suma lentitud, como si temiera que ella se apartara, se inclinó para depositarle en la palma un beso ligero como una pluma.
La recorrió una explosión de calor embriagador. Eda apenas se atrevía a respirar, por miedo a romper aquel extraño hechizo.
—Pues dime la verdad —susurró.
«¿Estoy temblando?».
—¿La verdad?
Ella asintió. Kit cerró los ojos. Volvió a besar su cicatriz.
—La verdad es que, desde el instante en que irrumpiste en mi casa, no he pensado en nada más que en ti.
Puede que Eda emitiera un sonido. No estaba segura. Kit le apretó la mano y habló más rápido, como si una presa hubiera reventado. Como si nunca fuera a tener otra oportunidad.
—Podría decirte que, cuando me coges de la mano, ya temo el momento en que la soltarás.
Que deseo escuchar todo lo que dices, incluso cuando parloteas de tonterías sin sentido.
Que ansío tu risa. Quiero mostrarte obras de teatro, música y obras de arte si eso te hace sonreír como hiciste el otro día.
—La miró con gravedad—. Dime que deje de hablar.
El corazón de Eda latía ahora a un ritmo errático. Unas cuantas greñas negras caían sobre la frente de Kit; ella estaba deseando retirarlas.
—¿Hay más?
—Mucho más. Y no tengo derecho a decirte nada de esto. Te arrebaté años de vida. Deberías despreciarme. Y puede que lo hagas. Pero en ocasiones siento que no me desprecias en absoluto. Y eso me conduce al paroxismo.
Enroscó la cola a la pantorrilla de Eda. Le mordisqueó los nudillos.
—¿Me… me devolverías mis años? Si pudieras.
—Sí. —Lo dijo sin titubear—. Sé que es triste en un demonio, mas te daría infinitas cosas. Si pudiera.
Le dio un beso suave en la cara interna de la muñeca. Luego otro más intenso. Y otro más brazo arriba.
—Kit —jadeó Eda. Esperó a que él la mirara—. Sigue hablando.
Él se quedó paralizado. Hasta entonces, ella solo le había pedido que se callara.
De repente, la atrajo hacia sí, hasta que Eda acabó prácticamente en su regazo.
—¿Qué más deseas que te confiese? —le preguntó con voz gutural—. ¿Que desprecio cada instante en que tus ojos no se posan en mí? ¿Que sería capaz de postrarme ante ti, únicamente para que me dispensaras otra mísera migaja de tu atención?
Recorrió la mejilla de ella con la nariz, recorrió la mandíbula.
Cuando le depositó un beso vacilante justo debajo de la oreja, Eda dejó de respirar.
Él interpretó su silencio como un consentimiento y lo repitió, ahora con la boca abierta.
Un calor líquido floreció entre las piernas de Eda. Se aferró al hombro del demonio.
—Aceptaré lo que quieras darme —prosiguió él entre besos febriles—: tu ira, tu repugnancia, tu desdén. Cualquier cosa menos tu apatía. Ese es el problema de los demonios: somos codiciosos en exceso.
Ella le enredó una mano en el cabello y tiró con suavidad. Kit echó la cabeza hacia atrás, obediente. Estaba jadeando, aunque ella apenas había hecho nada, y sus ojos eran dos carbones ardientes.
Con sumo tiento, Eda le deslizó la fría nariz por la mandíbula en un gesto exploratorio. El sonido que se le escapó no parecía una protesta.
—¿Aceptarías mi afecto? —susurró ella.
Incapaz de resistirse, depositó un beso en su cálida garganta. Sonrió al notar el pulso desbocado de Kit.
Entonces sus labios buscaron los de Eda.
Ella jadeó de la sorpresa. La ansiosa presión de su boca se disolvió rápidamente en un resbalar lento y ardiente.
Era inexplicable: raro, delicioso y abrumadoramente encantador.
Le tenía tan cerca… Pero no lo suficiente.
El ángulo le resultaba un poco incómodo y apenas el pensamiento se le pasó por la mente, él la atrajo directamente a su regazo.
Eda se sentó a horcajadas sobre él y le rodeó el cuello con los brazos. El demonio gruñó de placer.