Reap & Sow (Reap & Sow 1) Capítulo 22
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Capítulo 22

VEINTIDÓS

L as hogueras estaban encendidas, pero la gente del río parecía más sosegada esa noche. Muchos ya se habían retirado a sus barcas. Los que seguían despiertos saludaban a Eda al pasar.

Las rocas de Embel Morrow se encontraban a poca distancia, entre los árboles.

Los antiguos monolitos eran casi tan altos como estos: centinelas silenciosos que custodiaban el bosque en un semicírculo perfecto.

Había mucho debate acerca de cómo se habían transportado allí exactamente unas estructuras tan colosales en una época tan primitiva, y con qué propósito.

A Eda le gustaba el misterio de no saberlo con certeza.

No tenía motivos para pensar que Kit estuviera allí, tan solo un pálpito. Debería regresar a la barca. Las mujeres de los cuentos no sobrevivían mucho tiempo vagando por bosques oscuros en plena noche. Pero eso poco importaba en su caso.

—¿Kit? —La pálida cara de la luna asomó entre las nubes, proyectando una luz nacarada sobre el claro.

Los sonidos que conformaban la melodía de la naturaleza aún le resultaban sumamente novedosos: la brisa susurrando entre las ramas de los cornejos, el canto del ruiseñor, pequeños animales correteando entre la maleza.

Eda avanzó con cautela por la maraña de raíces salientes y hiedra desenfrenada del claro.

La vegetación era tan frondosa que le engullía los tobillos.

—¿Kit?

Las sombras no revelaron nada. Si acaso podía oírla, no quería responder. «Una vez más».

—¡Lord Fantoche!

Un bufido sordo la indujo a mirar a un lado y a otro.

—Aquí arriba.

Lo divisó entonces, acuclillado en esa postura suya tan rara sobre el monolito del centro. Con los cuernos y la cola, parecía una gárgola contrariada que la acechara desde las alturas. Eda estaba segura de que antes no estaba ahí. O quizá hubiera estado bajo una de sus formas pequeñas, espiándola.

Puso los brazos en jarras.

—Me gustaría hablar de cómo has estrangulado a mi hermano.

—¿Cuál es el problema?

—Espero que no me lo preguntes en serio.

—Él ha empezado.

—Ben solo se preocupa por mí. No tenías por qué tomarla con él.

Los ojos de Kit eran dos ínfimas llamas.

—Y tú no deberías tratarle siempre con tanta cautela, como si fuera una olla a punto de desbordarse. Te debe la vida. Debería postrarse a tus pies.

—¿Empeora tu opinión de mí el que no le plante cara?

Él apartó la mirada, empecinado.

—¿Quién dice que antes tuviera buena opinión de ti?

Le escoció como lo haría una ortiga, un roce breve y superficial.

Supuso que solo era el modo que tenía Kit de ahuyentarla.

Había atacado a Ben (con esa tendencia a la violencia que tanto la perturbaba), pero se había detenido cuando ella se lo pidió.

A pesar de tanta sangre y jactancia, no era cruel.

No era despiadado. Su maldición, sospechaba ella, era un corazón que sentía demasiado.

Eda se acercó a la imponente roca. Pasó las manos por los nudos de hiedra que se aferraban a la piedra como una segunda piel.

—¿Puedes bajar?

—¿Por qué?

—Para que hablemos como seres civilizados.

—No.

—Muy bien.

Agarró un puñado de enredaderas y se dispuso a escalar.

—¿Qué narices estás haciendo?

El tono de alarma solo sirvió para animarla.

—Puede que te hayas criado como un señor, pero me niego a postrarme ante tu gran trono de roca. Si no bajas, subiré yo.

—No seas necia, pequeña testaruda del… ¡Para ya!

—¿Por qué? —le remedó ella

Él siseó como una serpiente furiosa. Al punto estaba a su lado, plantado en perpendicular sobre la cara vertical del monolito, como una rama que brota de un árbol. Se agachó y la agarró del brazo.

El aire cobró densidad en un sentido distinto. Los rizos de Eda se precipitaron hacia delante.

De repente se encontró cómodamente arrodillada sobre la pared rocosa en lugar de tratando de escalarla, como si fuera el suelo bajo sus pies.

Plantó los pies donde antes sus manos buscaban un punto de apoyo.

La gravedad de la tierra había cambiado en derredor con un solo toque de Kit.

Extendió los brazos para mantener el equilibrio, temiendo caerse, pero Kit la aferraba con fuerza y su poder era real.

Se preguntó qué pensarían al verlos si alguien se topara con ellos en el claro en ese momento. Sandeces demoniacas, probablemente…, y tendrían razón.

—Podrías haberte caído y partido el cráneo en dos.

Eda echó un vistazo al suelo y luego al vasto firmamento nocturno. Todo estaba torcido. Imaginó que daba un paso al exterior del monolito y caía por siempre a través del bosque.

—Podrías haberte limitado a bajar.

—No estoy acostumbrado a que me den órdenes.

—Yo tampoco.

—Salta a la vista.

Kit le deslizó los dedos por el brazo y los entrelazó con los suyos. Ella se estremeció. Ascendieron por el monolito. Al pisar la cima, la fuerza de la gravedad se restableció, y se quedaron plantados sobre la enorme piedra con la luna en lo alto, como debía ser.

—No sé si me gusta este truco en particular.

—¿Cambiar la propia fuerza gravitatoria te parece un simple truco?

No pudo resistir la tentación de burlarse.

—Tampoco será tan difícil.

—Incluso entre los de mi especie, semejante habilidad es difícil de dominar. —Abrió las manos hacia fuera y dio una vueltecita tonta señalando en derredor. Las estrellas lo rodeaban como mil pequeños fuegos—. ¿Qué sabes hacer tú, querida?

—Se me da bastante bien el punto de cruz.

Una sonrisa curvó los labios de Kit.

Eda se sentó, observando las hogueras que titilaban entre los árboles.

—Quiero detenerlo. Al obispo.

Kit se acomodó a su lado. Si le dolía el brazo vendado, no lo mencionó; quizá ya se estuviera curando.

—Eso es exactamente lo que quiere Baelion, ¿sabes? Que el obispo y tú os peleéis como perros. Marionetas que cuelgan de sus hilos. Se deleitará viendo cuál de los dos sale victorioso.

—Apostaría a que prefiere los tres mil años del obispo a nuestros diez.

Pero aún no ha interferido, así que puede que tengas razón.

Es posible que solo lo haga para entretenerse.

Ni lo sé ni me importa. Voy a desenmascarar a Florian Fane, y cuando le encierren y no pueda cumplir su promesa, el señor Noche le matará.

—Tú y tus hermanos aún le debéis diez años.

—Se los daré de mi propia vida de ser necesario. De los años que me quedan.

Los labios de Kit dibujaron una fina línea.

—No tienes suficientes.

Ah. Por supuesto que Kit sabía cuántos años le quedaban. Todos los demonios que firmaban pactos podían percibirlo. No tenía sentido negociar con un mortal que no pudiera cumplir su parte del trato.

—¿Cuánto… cuánto tiempo me queda?

—¿De verdad quieres saberlo?

No, decidió Eda. Saberlo quizá fuera peor. Más o menos podía adivinarlo: Kit se había quedado cincuenta años, y Eda ya había vivido veinte. Pocas personas en Blackbridge llegaban a cumplir los ochenta. Los años que le quedaban se contaban probablemente con los dedos de las manos. Menos.

Eda se mordió una uña. La brisa de la noche jugaba con su cabello, y allí estaba de nuevo su aroma: algo embriagador y extraño, como las secuelas de una tormenta eléctrica.

Kit continuó:

—Antes no te interesaba provocar la caída del obispo. Solo querías recuperar a tus hermanos. Ahora ya están contigo. Conseguirle a Lich el espejo, darle a Baelion los años restantes y luego huir a alguna costa extranjera. ¿No era ese el plan?

Lo dijo con absoluta naturalidad, en un tono imperturbable. Puro fingimiento. Solo alguien muy interesado en su respuesta preguntaría con tanta indiferencia.

—Lo era. Pero ahora, cada vez que cierro los ojos, veo a esa niña pequeña, a mis hermanos en la celda o la pierna de Lawrie…

—Se detuvo. Respiró hondo—. Ojalá no me importara lo que le está haciendo a Blackbridge.

He pasado buena parte de mi vida detestando ese lugar.

Fane se refirió a la ciudad como un forúnculo purulento y probablemente tenga razón, pero es mi hogar. Es mi forúnculo purulento.

—Una analogía interesante.

—Quiero que Ben y Lawrie vivan una vida larga y feliz. Que sean hombres libres. ¿Para qué he sacrificado la mía, si no? ¿De qué sirve la propia existencia si no la empleas en algo bueno?

Se volvió a mirarle.

Con los ojos de Kit fijos en ella, abiertos y pacientes, las palabras de Eda se precipitaron como una avalancha de rocas.

—He intentado que no me importara, porque eso es lo que siempre hemos hecho los tres: Ben, Lawrie y yo.

Mantenernos al margen del mundo. No podíamos pararnos a pensar en lo que estábamos haciendo, en el hecho de que llevábamos a toda esa gente ante el espejo.

Me convencí a mí misma de que los odiaba.

Me decía que todos eran unos necios, patéticos y codiciosos.

Que ellos se habían buscado lo que pudiera pasarles.

Y quizá eso aún sea cierto, pero en el instante en que la desesperación se apoderó de mí, acudí a pedirte ayuda.

Te llamé hipócrita, Kit, pero… yo también lo soy.

»He cometido muchos errores. Si pudiera hacer que ese obispo mojigato se arrepintiera de haber puesto un pie en esta ciudad, quizá por fin me perdonaría a mí misma.

—Le faltaba el aliento—. Dijiste que los poderosos llegan adonde están velando por sus propios intereses.

Pero quizá también haya poder en preocuparse por algo que no sea uno mismo.

Voy a entregarle a Severin Lich ese espejo, y lo voy a usar para demostrar que Florian Fane es cualquier cosa menos un santo.

No abandonaré Blackbridge hasta que lo haya conseguido.

Eda no se había percatado de que era eso lo que deseaba. No hasta que lo expresó en voz alta.

Había estado mirando a Kit sin verlo realmente, absorta en sus propios pensamientos feroces, y él no había pronunciado ni una palabra. Eda parpadeó. Reenfocó la mirada.