Reap & Sow (Reap & Sow 1) Capítulo 21
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Capítulo 21

VEINTIUNO

E da llevaba recorrido la mitad del camino a orillas del Embel cuando Kit volvió a buscarla.

Agotada y helada, le vio aterrizar envuelto en una nube de humo negro.

Hacía rato que había anochecido; el camino rural estaba oscuro y apenas transitado.

Una niebla espectral flotaba muy cerca de la hierba y se arremolinaba en torno a los pies doloridos de Eda.

La luz de la luna, velada por las nubes, era su única guía.

Le ardía el pecho. Tenía la boca seca como arena. Pero la visión de los ojos luminosos de Kit en la oscuridad sacudió a Eda como un rayo que le devolviera la vida.

—Lawrie —jadeó a modo de saludo—, ¿está…?

—Robin se está ocupando de él.

—¿Pero se recuperará? Ha perdido mucha sangre.

—No lo sé. Le mordió un infernal. Esa no es una herida común.

El tono apagado de Kit la inquietó. Se quedó inmóvil: un espectro negro en la oscuridad. Los escasos metros que los separaban se le antojaron un kilómetro.

—Pero… están fuera. Lo conseguimos. Los rescatamos.

—Lo hicimos.

Se miraron a los ojos. «Nuestro pacto está a punto de expirar».

Ella no lo dijo en voz alta; hacerlo lo tornaría real.

Rescatar a sus hermanos era la primera parte del acuerdo.

Una vez que tuvieran el espejo, el asunto quedaría zanjado.

Ya nada les ataría. Quizá si Eda no lo verbalizaba, Kit tampoco lo haría. No quería que él lo hiciera.

El demonio habló.

—Volví tan pronto como pude. Temía… Temía que te hubieran capturado.

—Esta capa es un tesoro. Me escondí detrás de una carnicería y pasaron por delante de mí. Estoy segura de que me habrían visto sin ella, pero… —Se interrumpió. Contuvo un grito—. Tu brazo.

La manga de la camisa había desaparecido. Kit se la había arrancado y atado al antebrazo, empapada de sangre. Eda había pensado que la luz de la luna era la responsable de la palidez de Kit.

—No pasa nada.

—¡No se está curando!

Sus heridas siempre sanaban en un día, como máximo.

—La espada estaba reforzada con plata.

—Pareces a punto de desmayarte.

—Nunca me he desmayado. No pienso empezar ahora.

—Kit, esto es grave. Deberías haberle pedido a Robin que te curara enseguida…

—Tenía que volver a buscarte —replicó él.

Eda guardó silencio. Es por el pacto, se recordó. Se refiere al pacto. Sin embargo, al mirar la expresión feroz que Kit exhibía, no pudo estar segura.

—Podemos volver andando a la barca si te duele el brazo. No puede quedar muy lejos. —Señaló sus botas polvorientas—. Aún tengo pies.

—Irás a caballo.

—Estás herido. Y la forma del caballo es la más agotadora, ¿no es cierto?

—Cuanto antes lleguemos, antes podremos curarnos las heridas. —Su expresión se suavizó—. Transportarte no es ningún sacrificio.

Le tendió la mano.

Un sentimiento de calidez entrañable se apoderó en ese instante de Eda.

Allí, en aquel camino iluminado por la luna, el amanecer parecía muy lejano.

Las sombras eran su destino en la vida y siempre había soñado con dejarlas atrás.

¿Por qué ahora, en su compañía, deseaba que la noche fuera eterna?

La luz del día pondría de manifiesto la realidad de lo que había hecho. Los enemigos que la acechaban.

«No me lleves de vuelta a la Oriana —quería suplicarle una parte de Eda—. Llévame a alguna costa lejana. Tan lejos que ni siquiera el poder del señor Noche pueda alcanzarme. Al lugar donde Viola y Crispin se reunían bajo las estrellas de verano».

Pero sus hermanos la esperaban, así que siguieron cabalgando.

El paso de Kit flaqueaba, mantenía un andar lento y dolorido, pero sus largas patas cubrían más terreno que las humanas.

Eda enredó los dedos en la sedosa crin y se recostó contra su cuello.

Un cariño infinito le oprimió la garganta.

Qué criatura tan fascinante, terrible y maravillosa era Kit.

¿La recordaría cuando ella no fuera más que huesos y polvo?

¿Reservaría algún pensamiento para la mujer mortal con la que bailó una vez y a la que llevó montada a sus lomos a través de la noche?

La Oriana ya no era la barca que habían dejado atrás.

Aunque seguía atracada en los márgenes de la flota de la gente del río, poco más resultaba familiar.

En la cubierta, alguien había volcado una maceta al pasar.

Dentro, la cabina era un caos. Lawrie yacía gimiendo en el banco donde Eda solía dormir.

Robin se había hecho un hueco en el borde para vendarle la pierna desnuda.

Ben estaba sentado frente a ellos, con la cabeza entre las manos. Se levantó de un salto en cuanto Eda entró.

—Eda.

La rodeó con los brazos. Fuertes. Familiares. Ella se concedió un instante para inhalar su aroma. Era distinto al de Lawrie: ligeramente animal y cálido. Olor a heno, tal vez. Había trabajado tanto tiempo en los establos que se le había impregnado en la piel.

—Quería volver a buscarte, pero el demonio juró que te encontraría antes.

—Hiciste bien en quedarte. Aquí estás a salvo. —Eda miró a Lawrie—. ¿Se pondrá bien?

Robin frunció los labios.

—La mordedura es profunda. He limpiado y tratado la herida lo mejor que he podido, pero no soy sanadora. Y aunque lo fuera…

Lawrie respiraba con dificultad. Tenía los ojos enrojecidos y el rostro pálido. Una botella de una bebida ámbar y un montón de trapos ensangrentados cubrían la mesa del comedor. Eda vio una larga aguja de coser con la punta enrojecida. Se le revolvieron las tripas.

—¿Lawrie?

Se arrodilló y le aferró la mano.

—Está intentando decir que podría perder la pierna —dijo él con voz ronca. Sus ojos inyectados en sangre se deslizaron hacia Robin—. O algo peor. ¿Verdad?

—No hay nada seguro. Aún podrías recuperarte por completo.

La afirmación resonó por toda la cabina, un consuelo vacío.

Eda besó la frente de Lawrie antes de permitirse unos minutos para asearse en el cuarto de baño de Robin, desesperada por librarse de la suciedad y el sudor.

Se enfundó la camisa limpia que Kit le había comprado y volvió arriba.

Robin la miró a los ojos y señaló la puerta de la cabina con el mentón. Ben y Eda la siguieron al exterior.

Kit estaba sentado en la borda, con aspecto humano salvo por los ojos. La mirada de Ben podría haber derretido el metal a corta distancia, pero el demonio ni se inmutó. Se limitó a observarles mientras Robin les decía:

—El muchacho ha perdido mucha sangre. He cubierto la herida con ungüentos potentes y la he cosido bien, así que no deberían quedar secuelas a menos que se infecte.

Eda se mordió el labio.

—¿Crees que se infectará?

—Sé muy poco de magia curativa. Me temo que haría falta mucho más que mis insignificantes esfuerzos para contrarrestar los efectos de la mordedura de un infernal. Son criaturas repugnantes desde cualquier punto de vista, pero los mortales carecen de defensas naturales contra esa bilis.

Ben se frotó la cara.

—¿Y las sanguijuelas? El médico de nuestra calle las usa para extraer los humores malignos de la sangre.

—No sirven para nada, aunque imagino que las llamadas sociedades médicas de Wesland desautorizarían mi opinión.

—Entonces ¿qué? ¿Nos limitamos a esperar y ver si empeora?

—Por ahora, eso es todo lo que podemos hacer.

Se hizo un silencio sepulcral. Las hogueras crepitaban en la distancia, y se oían voces que se llamaban de un barco a otro. El agua mecía el casco de la Oriana con suavidad.

Incluso en el centro del peligro, Eda se había sentido ligera como el aire al volver a ver a sus hermanos.

Al saber que realmente los había liberado.

Pero ahora el mismo terror aplastante que había sentido cuando el infernal hundió los dientes en Lawrie volvía a oprimirla.

¿Sería así siempre? ¿Cada pequeña victoria acabaría aplastada por un obstáculo nuevo y peor?

Podría soportar su propia muerte sabiendo que sus hermanos estarían sanos y salvos. Pero si Lawrie…, si él…

—Es culpa mía. —Miró fijamente al otro lado del río, sin ver nada en realidad—.

Debería haber intentado desenmascarar al obispo desde el principio, demostrar nuestra inocencia.

Liberaros de la manera correcta. Pero tenía tanto miedo de que no diera resultado, de llegar tarde.

Solo… quería salvaros de la horca, y ahora Lawrie está…

—No tienes que disculparte por nada.

La voz de Kit la sobresaltó. Se giró con brusquedad y lo encontró mirándola con una tormenta en el rostro.

—Ya has sacrificado demasiado por otras personas. No añadas esta culpa a todo lo demás.

Ben se puso tenso.

—¿Hablas de sus sacrificios? ¿Qué te dio ella a cambio de tu ayuda? ¿Cuántos años?

—Ben.

—Dímelo. Ahora mismo. —Se volvió a mirarla—. Firmaste un pacto con él. No lo niegues. ¿Por qué si no te ayudaría un demonio?

Eda se encogió bajo el peso de la decepción de su hermano, como siempre le sucedía. Pero había estado a punto de perderlo. No se disculparía por haber pactado con Kit. Salvar a su familia había merecido la pena.

—Hice lo que tenía que hacer. Y lo repetiría.

Ben resopló por la nariz.

—¿Cuántos años, Eda?

Eda notó un nudo en la garganta. Se le saltaron las lágrimas por el miedo y una vergüenza ardiente.

Kit respondió por ella.

—Cincuenta.

Ben abrió la boca estupefacto. Su mirada iba y venía entre los dos mientras sus ojos color avellana lagrimeaban tanto como los de su hermana.

—¿Cincuenta? Mierda. Mierda, Eda…

—Necesitaba ayuda —susurró ella—. No sabía de qué otra forma salvaros. No me arrepiento.

—¡Pues deberías, maldita sea!

La ira enrojeció las mejillas de su hermano, pero ella atisbó la desesperación de la que nacía. Estaba entrando en pánico. Tenía el corazón destrozado. Eso no hacía que su rabia fuera más fácil de soportar.

—¿Crees que alguno de los dos quería que sacrificaras la vida para salvar las nuestras? ¡Lo único que has hecho es ponerte la soga al cuello, niña estúpida!

—¿No habrías hecho tú lo mismo por mí?

—¡Esa no es la cuestión!

—¡Claro que lo es! Es absurdo, insensato y terrible, pero es amor. Te quiero, Ben. Quiero a Lawrie. ¿Cómo podría vivir conmigo misma sabiendo que podría haberos salvado, pero que no lo intenté?

—¿Y cómo crees que vamos a sobrevivir Lawrie y yo una vez que te hayas ido? ¿No pensaste en eso? Eres mi hermana pequeña. Se supone que no debes morir antes que yo. No es natural que deba plantarme junto a tu maldita tumba.

Se le quebró la voz. Furioso, se volvió hacia Kit.

—Devuélvele los años.

—Aunque quisiera, no puedo.

—Encuentra la manera. Ahora mismo.

—Ben…

—No puedo —repitió Kit. Se incorporó—. Si acaso existe algún modo de devolver lo que se entregó libremente, yo no lo conozco.

—¿Ah, no? Pues yo sí.

Ben aferró la espada que había dejado apoyada contra la cabina.

—¡Ben!

Su hermano la empujó. Apuntó a Kit con la espada en señal de desafío.

—Ella recuperará sus años si te corto esa asquerosa cabeza tuya.

—No. Debería ser Eda quien lo hiciera.

Con una ondulación como la de un espejismo, el verdadero rostro de Kit emergió: piel cenicienta, cuerno roto, cola ondulante. Su brazo herido no lograba disminuir la imponencia de su figura.

—Pero, te lo ruego, no te prives de intentarlo.

Ben se precipitó hacia él con un rugido.

—¡Basta ya!

Kit lo esquivó y Ben lo persiguió con el rostro desfigurado por el odio.

Robin asomó la cabeza por la puerta de la cabina.

—¡Llevad esta competición de machos alfa fuera de mi barco! ¡Ahora mismo!

Ben blandió el arma, demasiado cegado por la ira para luchar con destreza, pero con la fuerza suficiente como para hacer retroceder a Kit. El demonio solo estaba jugando con él. Por débil y herido que estuviera, si realmente quisiera lastimar a Ben, lo haría sin más, pensó Eda.

Su razonamiento quedó demostrado cuando Ben levantó las dos manos para asestarle a Kit un mandoble y dejó el cuerpo expuesto.

Kit esquivó el golpe con facilidad y agarró a Ben por el cuello.

Con la otra mano le aferró el brazo que empuñaba la espada y se lo retorció con tanta fuerza que le arrancó un grito. El arma cayó al suelo con estrépito.

—Echas en saco roto el trabajo de tu hermana al tentar al destino, muchacho —gruñó Kit. Sus garras arañaron el cuello de Ben, y la sangre brotó como rubíes—. Podría destriparte como a un cerdo por tu falta de respeto.

Eda agarró a Kit por el brazo y tiró con furia, aunque no le sirvió de nada. Era firme como una roca.

—¡Suéltalo, Kit! Suéltalo ahora mismo.

Él no la miró. Tras un momento de tensión, aflojó la presión del puño.

Ben cayó hacia atrás. Se frotó el cuello ensangrentado con una expresión funesta.

Eda se interpuso entre los dos.

—No te atrevas —le advirtió al demonio.

—Le vendría bien que le inculcaran un poco de sentido común.

—Entonces tendrás que golpearme a mí primero.

Los ojos de Kit destellaron. Con un remolino de humo negro, se transformó en un pájaro. Revoloteó un rato en torno a la cabeza de Ben antes de planear hacia el bosque, no sin antes arañarle la oreja.

Eda suspiró.

—Ve adentro, Ben. Yo iré enseguida.

—Cabrón… ¿Se ha marchado? ¿Para siempre?

—No, seguro que está cerca.

—No te dejaré sola mientras él siga merodeando por aquí.

—Kit no me hará daño.

—¿Por el pacto?

—En parte. Pero creo que me aprecia lo suficiente como para no destriparme, en cualquier caso.

La broma no tuvo gracia. Ben quería seguir discutiendo, pero Robin le tocó el brazo.

—Entra, muchacho. Tu hermano pregunta por ti. Prepararé más té.

Parecía indeciso, pero finalmente se dejó arrastrar al interior. En cuanto la puerta se cerró tras ellos, Eda saltó a la orilla y se encaminó a los árboles, que se erguían altos y oscuros más allá de la luz del fuego.

«Aún no he terminado contigo, lord Fantoche».