Capítulo 20
VEINTE
L a oscuridad era total. La memoria de Eda fluctuaba en el estrecho pasadizo.
Había perdido por completo el sentido de la orientación.
Sabía que estaban atrapados en un hueco de la pared entre la fortaleza y la casa templo; sabía que viraba a la derecha y conducía a una escalera, pero solo lo descubrieron cuando Eda tropezó con el primer escalón.
—La he encontrado —bromeó sin mucha convicción.
Kit los guio a partir de ahí. Tripp había desaparecido, ahora que había cumplido su papel, así que Eda ocupó su puesto a la espalda del demonio.
Él le pidió que se agarrara a su jubón mientras ascendían.
El demonio veía bien en la oscuridad, o eso afirmaba.
Desde luego, no tropezaba como hacían los Shaw.
Kit debía de estar pasándolo mal. La espada le había atravesado el brazo casi por completo.
Eda vio la piel sembrada de ampollas alrededor de una herida supurante.
¿Tenía el brazo roto? Tenelle podría encontrar el mecanismo de la puerta y seguirles el rastro en cualquier momento para rematar la faena.
La condena silenciosa de Ben le quemaba la espalda. Sin duda estaba deseando interrogarla. Había ido a rescatar a sus hermanos (una empresa temeraria, en el mejor de los casos), pero ¿con un demonio a cuestas? Era un milagro que Ben aún no hubiera empezado a despotricar.
Una luz gris asomó a lo lejos, filtrada por las rendijas de una puerta.
Le bastó oír el sonido para saber que Kit se transformaba: un suspiro sibilante como vapor proyectado contra piedra. Su pequeño cuerpo se coló por un hueco próximo al suelo. Un momento después, el pomo chirrió.
Accedieron a una torreta circular, cubierta, construida en la esquina del templo.
Era pequeña y parecía en desuso, cubierta de polvo y telarañas grandes como mantas.
A través de las troneras, Eda divisó el borde del tejado de tejas vidriadas y la calle de abajo.
La hiedra cubierta de rocío envolvía el Jardín Botánico y la niebla se aferraba a los adoquines.
Blackbridge era una ciudad hermosa. Y terrible. Quizá ambas cosas pudieran ser ciertas.
Kit probó la siguiente puerta. Chirrió, pero se abrió con facilidad. En algún lugar, muy por debajo, resonó una voz.
—¿Adónde da eso?
—A la galería.
Lawrie tragó saliva.
—Hay gente ahí fuera.
—Entonces más os vale que esos uniformes cumplan su función y os camuflen.
Kit se desplomó contra la pared, con el brazo izquierdo doblado como un ala rota. La manga colgaba húmeda y empapada de sangre. Le corría por la mano y los dedos, contrastando con la piel cenicienta.
Ben y Lawrie se mantenían a buena distancia. Nunca habían visto el verdadero rostro de un demonio.
Eda se acercó.
—Tu brazo.
—No es nada. Podría haber sido peor, pero… —Kit parecía perplejo y encantado a partes iguales—. Has vuelto.
La intensidad de su mirada la hizo sentirse cohibida. Ben se crispó, como si estuviera a punto de interponerse entre los dos.
Eda carraspeó.
—Salgamos de aquí antes de que Tenelle alerte a toda la congregación.
—Sí, id —dijo Kit—, y no os apresuréis. Mantened la calma.
—¿Adónde vas tú? —le preguntó Ben.
—No puedo entrar en la casa templo sin activar más encantamientos. Seguid a vuestra hermana. Cruzad la galería y bajad las escaleras hasta la entrada principal. Nos reuniremos en las puertas.
—¿Estás diciendo que salgamos por la puerta principal? ¿Como si nada?
—Sois Aceros, ¿recuerdas? ¿Qué tiene eso de extraño?
Kit miró de nuevo a Eda: a la manifiesta inquietud que debía de reflejar su rostro. Se acercó a ella. Se detuvo. Apretó la mandíbula y se dio media vuelta.
Le costó cierto esfuerzo transformarse. Eda se tragó su preocupación mientras él salía torpemente por la ventana pertrechado con alas oscuras; no podría volar muy lejos. Se armó de valor antes de conducir a Ben y Lawrie al vestíbulo.
Cuando llegaron a la galería, toda la majestuosidad de la Gran Casa Templo se desplegó ante ellos como una caverna dorada.
El techo estaba compuesto de onduladas bóvedas de crucería, pálidas y rematadas por nervaduras doradas.
Grandes vidrieras se alineaban entre la piedra grisácea.
La galería bordeaba tres paredes del templo, de tal modo que ofrecía vistas despejadas de la nave principal.
Esa zona estaba reservada para visitantes ilustres y mecenas adinerados, pero hoy también se había permitido el acceso a la plebe.
Eda vaciló al ver la murmurante multitud. Intercambiaban susurros al tiempo que contemplaban, embelesados, el altar de la parte inferior.
Sabía que el manto funcionaba, pero eso apenas la tranquilizaba mientras se obligaba a pasar junto a ellos. No tenía motivos para preocuparse. Eran Ben y Lawrie los que llamaban la atención. Ben apartó la vista, como si eso pudiera ocultar su ojo hinchado.
Más adelante, divisaron una vieja puerta de madera que estaba entreabierta. La escalera. El corazón de Eda se aceleró, presa de una esperanza vertiginosa. Solo un poco más.
—… Pero ahora, en el momento de mayor necesidad, nuestras oraciones han sido escuchadas. Al derramar sangre aquí, en este templo de oración, cada uno de nosotros sellará un pacto. Una promesa de devoción eterna.
Eda se quedó parada.
El discurso del obispo Fane, que estaba de pie ante un atril de oro macizo, reverberaba por toda la nave. Una fila de Aceros permanecía en posición de firmes tras él. Vestían túnicas color crema, relucientes e inmaculadas.
—He hablado con el Consejo de Clérigos. Soy de la creencia de que todos vosotros podéis participar de este poder que yo ostento.
Su excelencia el Patriarca ha reconocido las bendiciones que se me han concedido y ha autorizado, con la sabiduría que le caracteriza, que este ritual sagrado sea ofrecido a cualquier fiel en busca de protección.
La voz de Fane era resonante y autoritaria. Hablaba con las inflexiones deliberadas de un político, como si cada palabra rezumara sinceridad. De no haber sabido la verdad, Eda le habría creído.
La ira la recorrió como bilis. Qué fácil le resultaba al obispo ocultar su verdadero rostro. Qué sencillo.
—Eda.
Ben le pegó un codazo. La gente los miraba torciendo el gesto. Les tapaban la vista.
Abajo, sobre el estrado, descansaba un gran cuenco de latón, tan grande como la rueda de un carruaje. Una fila discurría entre los bancos. El primero se arrodilló en los escalones del estrado. Fane sacó una pequeña navaja.
Los ojos de Eda se clavaron en la escena como anzuelos. ¿Qué había dicho Kit? «No es extraño que un contrato lo firmen varios en lugar de uno solo».
De modo que era así como pensaba hacerlo.
Una sangría en masa, disfrazada de promesa de devoción sagrada.
La mezcla de la sangre de innumerables personas, lista para ser añadida a un pacto.
Observó cómo Fane le hablaba al hombre en voz baja y este asentía una y otra vez en señal de acuerdo.
Le estaba informando de los términos, supuso.
No se podían extraer años contra la voluntad del donante.
¿Qué le estaba diciendo? ¿Qué lenguaje retorcido utilizaba?
«¿Ofreces años de tu vida mortal a cambio de la salvación?
¿Entregas libremente lo que el portador de este poder te solicita? ».
El hombre tenía una herida en la mano. La sangre goteó en el cuenco dorado justo cuando Martine Tenelle cruzaba las puertas de la capilla.
Por todos los santos.
Ben la empujó. A un lado y a otro la gente alargaba el cuello con curiosidad mientras Fane escuchaba las palabras que Tenelle le susurraba al oído. El obispo miró hacia arriba. Eda no sabía si podía verla a ella o solo a sus hermanos. No importaba. Salió disparada.
Descendieron en fila por la escalera de caracol.
Ella notó un cosquilleo gélido en el cuerpo igual que cuando huyeron al sótano la noche que llegaron los Aceros.
«No pueden atraparlos de nuevo. No lo permitiré».
Había sacrificado cincuenta años de vida por esto.
Tendrían que liquidarla antes de que viera a Ben y a Lawrie arrastrados de vuelta a una celda.
Los tres irrumpieron en el recinto. La multitud se giró en sus asientos para mirar. Los Aceros se apresuraron por los laterales de la nave, con Tenelle a la cabeza.
—Mantengan la calma —gritó Florian. Levantó los brazos, todavía empuñando el cuchillo sanguinolento—. No corren peligro aquí.
Tenelle desenvainó su espada.
—Corred —ordenó Eda.
Cruzaron las puertas a la carrera y se adentraron en la luz violeta del atardecer. Había tres Aceros apostados al pie de las escaleras que se volvieron a mirarlos sorprendidos.
Ben esgrimió la espada que había robado. En teoría sabía usarla, pero estaba desnutrido y débil. Eda solo tenía un cuchillo y Lawrie carecía de armas. ¿Dónde se había metido Kit?
Los Aceros se abalanzaron sobre ellos. Ben recibió al primero con una descarga feroz, plata contra plata.
«¡No me ven!» Con el corazón desbocado, Eda rodeó al segundo Acero, que avanzaba hacia Lawrie, y le asestó un tajo en el costado.
Con un rugido, el hombre blandió la espada a ciegas y estuvo a punto de derribarla.
La sangre caliente salpicó los adoquines.
Eda pensó en Gregory y notó ascender las náuseas como una ola en un mar estival.
El tercer Acero la vio en ese momento. Alto y corpulento, podría derribarla de un golpe, pero no le hizo falta; levantó la ballesta. Lawrie gritó para advertirle.
Una ráfaga de plumas negras arremetió contra la cabeza del Acero, chillando y arañando con saña. El hombre soltó el arma y apartó a Kit de un manotazo furioso justo cuando Martine Tenelle aparecía en lo alto de la escalinata.
Ben trataba de esquivar a su oponente. Luchaba a la defensiva; no era rival para un guerrero entrenado.
—¡Marchaos, los dos!
Eda agarró a Lawrie por el jubón robado y lo arrastró a la calle.
Había albergado esperanzas de que Kit sacara a sus hermanos de la ciudad a caballo antes de que nadie se diera cuenta de que debían perseguirlos.
Ahora eso era imposible. Lo mejor que podían hacer era tratar de escapar de los Aceros antes de que…
Algo la derribó.
Su hombro se llevó la peor parte. Un dolor agudo le atravesó el costado; Eda jadeó, aturdida. Intentó apoyar las rodillas. Los adoquines estaban húmedos y resbaladizos mientras se esforzaba por incorporarse. Una voz gritó frenética como un animal acorralado. Sus dolores mudaron en meros ecos.
Lawrie. Lawrie estaba gritando. Eda se volvió a mirar.
Su hermano se retorcía con los ojos desorbitados por el miedo mientras algo lo arrastraba por el suelo.
Un infernal le había clavado los dientes en la pantorrilla.
El horror se abatió sobre ella. Eda permaneció un momento inmovilizada bajo su peso aplastante. La sangre fluía entre los dientes del engendro.
—¡Lawrie!
Se precipitó hacia él. El infernal lo arrastró de un tirón. Por el rabillo del ojo vio a Ben y a los Aceros detenerse, anonadados. Incluso Tenelle se quedó muda de horror.
Eda se abalanzó de nuevo hacia Lawrie. Se aferró a sus hombros y rugió a la cara del ser:
—¡Suéltalo!
El hocico arrugado del infernal se alisó cuando abrió las fauces. Ella vio su propio reflejo en los ojos negros y saltones del engendro, que le lanzó un gruñido metálico y pútrido.
La espada de Ben descendió con un zumbido. El infernal aulló. Sus garras arañaron la piedra mientras se retorcía e intentaba ahuyentarlo.
—¡ Vade retro ! —Plantado ante las puertas del templo, Fane esgrimió su frasco de plata coloidal. Su voz resonaba como un trueno al otro lado de la calle—.¡Atrás, fétida criatura de la oscuridad, en nombre del Señor Padre! ¡Yo te lo ordeno!
Eda trató de incorporar a Lawrie, pero Ben ya estaba allí. Juntos lo pusieron en pie. La pernera de su pantalón estaba empapada de sangre.
El infernal gruñó. Con visible renuencia, se dio la vuelta y se alejó al trote. Sus pálidas ancas se ondularon cuando escaló a toda velocidad la fachada del edificio más cercano y se alejó por el tejado.
El ruido de unos cascos retumbó en la calle. Kit frenó en seco entre ellos y la casa templo. Subieron a Lawrie a la grupa del caballo.
—Órdenes, comandante —gritó un Acero.
Vacilaban ante las puertas de la casa templo mientras observaban los colmillos al descubierto de Kit, antinaturales y pesadillescos. Tenelle se quedó clavada en el sitio, con los ojos oscuros yendo y viniendo entre los componentes del extraño grupo. Cerró la mano sobre la empuñadura de su espada.
Echó un vistazo a Fane. Las mejillas del obispo estaban exangües mientras los miraba con ira, y Eda de repente lo entendió.
Fane había cometido un error. Quizá había olvidado los rostros de Ben y Lawrie o ni siquiera se había percatado de que eran ellos.
En cualquier caso, sin pensar lo que hacía, había enviado a un infernal contra ellos para impedir su huida.
Pero si Eda realmente controlaba a esas viles criaturas, nunca habría usado a una para atacar a la misma familia a la que intentaba salvar. Tenelle lo había comprendido.
Con manto o sin él, Fane avistó a Eda en ese momento. Ella casi le dedicó una sonrisa burlona.
Ben se encaramó a la espalda de Kit y le tendió la mano.
—¡Eda, rápido!
Pero no había sitio para tres. Ella le dijo al caballo:
—Llévalos con Robin. No me busques hasta que estén a salvo.
—¿Qué estás…?
Lo único que pudo hacer Ben fue aferrarse a Lawrie mientras Kit emprendía la marcha a una velocidad prodigiosa. Gritó el nombre de su hermana, pero el pura sangre no redujo el paso. Se alejaron como una flecha negra y roja.
Tenelle salió de su estupor.
—¡Id a buscar jinetes! ¡Seguidlos! —Apuntó a Eda con su espada —. Niña, no me obligues a perseguirte otra vez.
El corazón de Eda latía como un tambor.
—Para eso tendrás que encontrarme primero.
Eda llevaba toda su vida escondiéndose a plena vista. Aferrando el manto que le cubría los hombros, salió corriendo por el mismo camino que había tomado Kit, rezando para que su buena estrella durara un poco más.