Reap & Sow (Reap & Sow 1) Capítulo 19 #3
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Capítulo 19 #3

Eda conocía la distribución del bloque de celdas. Doblaron un recodo que daba a un almacén abarrotado de cajas y objetos confiscados. Había un único aplique de aceite encendido. Eda deslizó los dedos por la pared del fondo, sin aliento a causa del miedo creciente.

—¡Se supone que está aquí!

—¿El qué?

Encontró una hendidura en la piedra.

—Un pasadizo… Uno muy antiguo. Aquí había una puerta que daba al exterior cuando se construyó la fortaleza, antes de que añadieran la Gran Casa Templo junto a ella. Ahora conecta los dos edificios, pero…

La puerta no estaba ahí. Solo piedra encajada en lo que fuera una vez un marco rectangular. Únicamente la hendidura permanecía.

La voz de Ben sonó débil.

—La han sellado.

—Eso no aparecía en los planos. ¡Debería seguir aquí!

Los ojos de Kit brillaban como velas en la oscuridad.

—Puede que aún esté.

—¿Qué?

La adelantó y pasó las manos por la ranura.

—Esta es la puerta. Dijiste que el hombre que construyó este lugar era un viejo muy astuto, ¿no?

—En teoría…

—Un pasadizo secreto —intervino Lawrie, emocionado.

Se acobardó cuando Kit lo miró—. L-Lord Merein.

Fue el primer comandante de los Aceros y declaró que la fortaleza de Fell nunca sería invadida.

Por eso la llamó así: Fell, letal. Una ironía, supongo.

Se rumoreaba que había construido pasadizos secretos para que la gente entrara o saliera.

—Tú debes de ser el listo —observó Kit.

Eda frunció el ceño.

—Pues ábrela tú, si tanto sabes.

Tripp apareció en la penumbra.

—¡Ya vienen, mi señor!

Fue como si todos se quedaran sin aire. Unos pasos estrepitosos reverberaban por las escaleras de la prisión y a lo largo de las paredes. El terror de Eda se tornó frío como el hielo.

—Buscad una forma de abrir esa puerta. —Kit exhibió los dientes con un gruñido—. Yo los mantendré a raya.

Ella le agarró la muñeca.

—No… No mueras.

La expresión del demonio se suavizó.

—Ya que me lo pides con tanta amabilidad, querida…

Y se marchó.

—Deprisa —dijo Lawrie mientras apartaba cajas y deslizaba las manos por las paredes—. Tiene que haber algo aquí. Una palanca o algo parecido.

Buscaron con frenesí. Si no conseguían abrir la puerta, estarían atrapados.

Eda dudaba que ni siquiera Kit pudiera sacarlos de allí si un grupo de Aceros les rodeaba en un espacio tan reducido.

¿Los matarían en el acto o se limitarían a devolverlos a las celdas?

Más allá de la puerta, oyó fuertes voces.

El chirrido del metal contra la piedra. Gritos ahogados.

«Mierda. Mierda».

La cámara estaba abarrotada de trastos viejos. Ni siquiera sabían qué buscar.

Eda por poco pisó a Tripp.

—Cuidado con…

—¡Aquí, humanos!

El diablillo tiró de un largo estante de armas apiladas contra la pared. Eda le ayudó. Todo el estante se volcó; lanzas y virotes se escamparon por el suelo.

Detrás asomaba una pequeña piedra. Eda le pegó un golpe con la parte inferior de la palma.

Zunk.

En algún lugar detrás del basalto, viejas cadenas de hierro traquetearon y gimieron. La puerta de piedra se deslizó lateralmente sobre unos rieles metálicos antes de desaparecer en una cámara ingeniosamente camuflada en la pared.

—¡Tripp, diablillo genial! ¿Cómo sabías que estaba ahí?

—La vista de los mortales es lamentable. ¿Cómo no lo viste tú?

Criatura horrible. Le habría besado.

—Rápido.

Ben fue el primero en entrar en el oscuro pasadizo.

Un grito de dolor a lo lejos detuvo a Eda en seco.

«Kit».

Se dio media vuelta.

—¡Eda!

—Estoy justo detrás de ti. Es solo que…, tengo que…

No había tiempo para explicaciones. Agarró al vuelo una ballesta que yacía en el suelo y un único virote.

El gruñido indignado de Ben la persiguió hasta la puerta.

Eda se apresuró a cargar el virote, algo que solo había visto hacer de pasada, y salió al pasillo.

Se asomó por el recodo. Le temblaban las rodillas.

Sangre. Mucha sangre. Una mujer había muerto aún aferrada a su espada, con la boca entreabierta y los ojos fijos.

Tenía el vientre abierto y su carne viscosa se derramaba por el suelo.

Otro hombre yacía desmadejado con el cráneo reventado, todavía encajado entre los barrotes de una celda.

Eda no tuvo tiempo para asombrarse ante la pura barbarie de lo que estaba viendo, porque entonces atisbó a Kit.

Era una silueta oscura bajo la bota de Martine Tenelle.

Ya no mostraba su apariencia humana; era todo colmillos, piel gris y cuernos curvados.

Al principio, Eda no entendió la escena: ¿por qué yacía de bruces a los pies de la comandante?

Hasta que vio la reluciente espada de Tenelle clavada en su antebrazo, que lo inmovilizaba contra la piedra. La herida siseaba y proyectaba humo.

Eda había visto a Kit experimentar dolor otras veces, pero nunca de ese modo.

Sus ojos brillaban con lágrimas contenidas.

Exhibía una mueca feroz que le dejaba a la vista los colmillos y azotaba el suelo con la cola.

Llegaron cinco Aceros más. Uno inmovilizó el otro brazo de Kit.

Otro desenvainó la espada con la intención de atravesarle el corazón.

Eda disparó.

No tenía buena puntería: el virote apenas rozó el hombro del Acero y repicó contra la coraza de Tenelle.

Pero fue suficiente. Kit aprovechó la sorpresa de la comandante para enrollarle la cola al tobillo y hacerle perder el equilibrio; se estrelló contra el suelo.

El hombre que le inmovilizaba el brazo cayó hacia un lado.

Puede que Kit no pudiera transformarse con una espada de plata clavada en el brazo, porque se la arrancó gruñendo del esfuerzo.

Al instante la blandió contra los Aceros, obligándoles a retroceder.

—¡Corre! —gritó Kit.

Eda se percató de que se lo decía a ella. Salió disparada y al momento la alcanzó un gato negro que dejaba un rastro de sangre tras él según se apresuraban hacia el almacén. Ben se tambaleó de alivio al verlos llegar. Se amontonaron en el oscuro y estrecho pasadizo.

A su zaga, una mujer rugió con rabia. Al cabo de un momento Tenelle irrumpió en la habitación envuelta en una furia ardiente.

—¡Cerradlo! —chilló Lawrie.

El mecanismo era más accesible en la parte interior. La puerta se deslizó con un chirrido áspero. Tenelle se estrelló contra ella, clavando su espada a través del hueco menguante. Alguien tiró de Eda justo a tiempo.

Ella se quedó mirando el hueco, jadeando, mientras la mirada venenosa de Martine Tenelle desaparecía en la penumbra, detrás de la piedra.