Capítulo 19 #2
Reunió el coraje necesario para avanzar muy despacio pegada a la pared, esquivando las picas y los escudos colgados en exposición.
Ecos de voces lejanas rebotaban en las piedras.
El suave murmullo de la vida resonaba por doquier en la fortaleza, pero era un sonido hueco; ese día muchos de los Aceros estaban apostados en la Gran Casa Templo.
Eda notaba el cálido cuerpecito de Kit apretado contra su cuello y lo agradeció; su contacto la ayudaba a no sentirse tan sola.
Se cruzaron con poca gente: dos Aceros desarmados, enfrascados en conversación de camino a alguna parte; un sacerdote de la Fe hojeando un libro. Un optimismo cauto enraizó y floreció en el interior de Eda. Nadie le dio el alto. Nadie la miró siquiera. «Ben, Lawrie, ya voy».
Al doblar la segunda esquina, Eda se detuvo en seco. En el centro del pasillo había una amplia hornacina excavada en la piedra que rodeaba una abertura en el suelo: una escalera descendente. Estaba custodiada por dos Aceros.
«Las mazmorras». Al menos en eso no habían mentido los documentos. Esperaba encontrar dos guardias, y eran dos exactamente los que necesitaban. Apretó los puños. Los bigotes de Kit se crisparon al ritmo del pulso de Eda. Sin duda alcanzaba a oír cómo se aceleraba.
Eda susurró:
—Date prisa. No tendremos mucho tiempo.
Extendió la mano. Kit se deslizó por su brazo. Conteniendo el aliento, lo dejó en el suelo.
En cada extremo del pasillo, los braseros en forma de cuenco parpadearon de naranja a azul. Para cuando el primer guardia se percató del resplandor gélido que se proyectaba en la mampostería, Kit ya se deslizaba invisible entre sus piernas.
—Por todos los santos —masculló el Acero, volviéndose hacia su compañero—, ¿eso es lo que creo que es?
Un humo negro se elevó tras ellos.
—N-no. Aquí no. No puede haber un verdadero…
—Demonio —dijo Kit casi a modo de disculpa, y estrelló las cabezas una contra la otra.
Uno de los guardias se desplomó en el suelo.
El otro trastabilló, pero conservó la conciencia el tiempo suficiente para aferrar su espada; Kit lo lanzó contra la pared y quedó una marca sangrienta allí donde el cráneo se estampó contra la piedra.
Los ojos del guardia quedaron en blanco. Cayó sobre su amigo como un fardo.
—¿Están muertos? —preguntó Eda corriendo hacia ellos.
—Todavía no.
Kit se agachó como para rematarlos.
Ella le agarró la muñeca.
—No lo hagas.
Eda solo podía pensar en Ben. En otra vida, si sus sueños se hubieran cumplido, podría haber sido un Acero. Podría haber sido Ben el que estuviera aquí, donde no debían en el peor momento posible.
Kit frunció el ceño e hizo chasquear los dedos.
—Tripp.
El diablillo se materializó al instante.
—Señor.
—Ya sabes lo que hay que hacer.
Como en respuesta, un cuerno bramó en el exterior de la fortaleza. Las hogueras de aviso se habían encendido y ahora todo el mundo lo sabía.
—Tripp vive para serviros, milord.
Salió corriendo a cuatro patas y trepó por la pared como una araña gigante antes de desaparecer por una esquina.
Por más que los Aceros estuvieran entrenados en asuntos demoniacos, muchos alcanzaban el final de su vida sin llegar a ver a una criatura del Otro Mundo. La imagen de Tripp, correteando por ahí con sus relucientes ojos negros y sus dientes afilados como agujas, los aterraría.
—¿Seguro que se las arreglará?
Kit arrastró a los guardias por la escalera de caracol como si fueran sacos de harina.
—Los mantendrá ocupados todo el rato que pueda, pero no es tonto. Cuando regrese, sabremos que se nos ha acabado el tiempo.
Descendieron a toda prisa. Daban vueltas y más vueltas por esos peldaños combados en la parte central por siglos de tránsito.
Eda tenía los nervios a flor de piel, el cuerpo inundado de adrenalina.
Su respiración era rápida y superficial.
«Ya casi estamos». Rezó para que Tripp resultara una distracción lo bastante convincente.
Para que los Aceros atribuyeran el fuego azul al diablillo, al menos durante un rato.
Llegaron a un portón de hierro empotrado en otro arco.
Más allá se extendía una sala alargada, excavada en el basalto.
La luz del fuego se reflejaba en los barrotes de las celdas.
¿Cuántas almas desdichadas se habrían consumido en esa oscuridad, esperando la horca?
A Eda aún le costaba creer que sus propios hermanos estuvieran entre ellos.
Kit se transformó entre un remolino negro y corrió por debajo de la puerta con sus diminutas patas. Volvió a transformarse al otro lado.
—¿Alguno de ellos tiene llaves?
Eda rebuscó en la librea roja de los guardias con sus manos sudorosas.
—No puedo… no noto nada.
«No te dejes llevar por el pánico. Mantén la calma».
—A la mierda.
Kit agarró la verja con ambas manos. Afianzó los pies sobre la tierra y, haciendo una mueca, tiró con todas sus fuerzas. Los barrotes se separaron lentamente. Su rostro se contraía por el esfuerzo, dejando a la vista los colmillos.
Eda sabía que era fuerte, pero no hasta ese punto. El corazón le latió a un ritmo errático ante la cruda primitividad de aquel momento.
Cuando el hueco fue lo bastante grande, Eda se deslizó al otro lado, pero una voz la detuvo en seco.
—¡Eh, tú…! ¿Quién eres? —Un Acero apareció en la esquina más alejada de la sala. Desenvainó una espada corta.
Eda no se dio cuenta de que Kit se había transformado de nuevo hasta que algo siseó junto a su tobillo. Una forma oscura salió disparada, una que nunca había visto antes: una serpiente.
Del grosor de dos brazos y varias veces más largo, el cuerpo iridiscente, negro como el aceite, se deslizó sobre la piedra a velocidad vertiginosa. «Su quinta forma».
El Acero palideció.
—¿Qué demonios…?
Kit atacó. El Acero fue rápido y la esquivó justo a tiempo.
Dio media vuelta y descargó la espada con todas sus fuerzas.
Eda contuvo un grito, pero Kit se apartó con un horrible sonido sibilante y hundió los colmillos en el brazo que empuñaba la espada.
El Acero gritó al tiempo que aferraba el ondulante cuerpo de la serpiente a fin de arrancársela.
Kit aprovechó la distracción para enrollarse al torso del hombre e inmovilizarle los brazos.
Apretaba cada vez más mientras el Acero forcejeaba y caía de rodillas jadeando.
La enorme mandíbula de Kit se desencajó y volvió a morder: esta vez en el cuello.
Un sonido borboteante escapó del Acero, que se retorció abriendo y cerrando la boca como un pez moribundo.
Eda les dio la espalda. Hizo una mueca horrorizada, con la culpa como veneno en las entrañas.
Kit ansiaba la belleza y el refinamiento, pero estaba a sus anchas entre la sangre.
Esa era su verdadera naturaleza: un demonio que se sentía tan cómodo con la violencia como bailando alegre alrededor de una hoguera. Era demasiado fácil olvidarlo.
Trató de desconectar de los huesos que se rompían y de la carne que se desgarraba según avanzaba junto a las celdas.
—¡Ben! ¡Lawrie!
—¿Eda?
La voz sonó tan débil que, al principio, pensó que la había confundido con su propia respiración entrecortada. Desde la penumbra, un rostro demacrado se arrastró hacia ella, cubierto de la mugre de varios días.
Eda notó que le flaqueaban las rodillas.
—Lawrie.
Trastabilló hasta la puerta de la celda.
Extendió la mano hacia él. Su hermano pegó la cara a los barrotes, y ella no pudo evitar acariciarle la mejilla para asegurarse de que era real.
Sus ojos color avellana estaban inyectados en sangre.
Cuando el rostro de Lawrie se desdibujó, Eda se percató de que estaba llorando.
—Eda, ¿cómo…? ¿Qué haces aquí?
Estaba allí. Justo delante de ella.
—He venido a sacarte.
Una figura se movió por encima del hombro de Lawrie. Eda perdió el aliento.
Ben tenía el pelo grasiento y un ojo hinchado.
Ella tembló.
—Ben.
Su hermano alargó las manos para abrazarla a través de los barrotes. Le besó la frente.
—Niña estúpida. —No había ira en la acusación. Eda llevaba años sin percibir un temblor como ese en su voz—. ¿Qué has hecho?
—No hay tiempo. Tenemos que irnos.
—¿Pero qué demonios…?
Ben dejó la frase en suspenso y Eda supo sin mirar que Kit estaba tras ella.
—¿Quién eres? —le espetó Lawrie.
—Tus sueños hechos realidad, apostaría. Soy Kit’rath.
El demonio hizo girar un llavero alrededor de su dedo. Tenía las manos y la barbilla manchadas de sangre.
Ben se fijó en los restos rojos.
—¿Qué eres?
Permaneció inmóvil incluso cuando la puerta se abrió con un chirrido.
—Creo que ya lo sabes.
El gesto en los labios de Ben se crispó.
—No hay tiempo —repitió Eda. Abrazó a Lawrie, concediéndose un momento para aspirar su olor familiar bajo el sudor rancio: tinta, pergamino y barniz—. Daos prisa. Por favor.
La urgencia de su voz fue suficiente. Kit arrastró a los dos guardias a través de la puerta deformada de la prisión y se dispuso a desnudarlos.
Con repugnancia, los dos hermanos se enfundaron los uniformes arrugados; no eran de su talla, pero servirían.
Ben palideció al ver la figura destrozada en la esquina, aplastada y desgarrada hasta la muerte, pero cogió la espada del pobre desgraciado sin pronunciar palabra.
Lawrie se estaba poniendo una bota cuando Tripp se materializó de la nada.
—¡Maldita sea!
—No pasa nada, está conmigo. Con nosotros. Nos está ayudando.
Ben la fulminó con la mirada.
—Eda, ¿qué está pasando?
—¡No hay tiempo para parloteos humanos! —exclamó Tripp—. Hay demasiados Aceros. Me habrían atrapado, milord.
El diablillo se disculpó con una reverencia. Una de sus orejas puntiagudas sangraba, como si le hubiera alcanzado un rayo perdido. Tripp le había dicho que solo podía materializarse en Infernus o dondequiera que estuviera su patrón. De momento estaba atrapado con ellos.
—Lo has hecho bien —dijo Kit—. Quédate aquí y avísanos cuando lleguen.