Capítulo 19
DIECINUEVE
S e despidieron de Robin, que murmuró una antigua bendición wéslica y apretó las manos de Eda antes de dejarla marchar. «Buena suerte a los que hacen buenas obras».
Al acercarse a la ciudad, Eda pensó que quizá se encaminaba directa a su propia defunción. Una parte cobarde de sí misma anhelaba volver a las sombras de la noche anterior, cuando nada era real más allá del círculo de luz que proyectaba la fogata.
Le habría gustado que Kit pudiera hablar con ella bajo esa forma.
«¿De verdad estás tan seguro de ti mismo como aparentas?
—le habría preguntado—. ¿Piensas sinceramente que los sacaremos de ahí?
¿Adónde irás una vez que nuestro pacto haya expirado?
¿Qué harás con los cincuenta años que te di?
¿Me echarás de menos, aunque sea un poco? ».
Pero Eda solo podía contemplar la crin azabache y las orejas aterciopeladas mientras trotaban a buen ritmo junto al río.
Desde que había aparecido por la mañana, él había hecho gala de una profesionalidad sombría al tiempo que evitaba sus ojos.
Algo había cambiado después de que ella lo dejara plantado junto a la hoguera.
O tal vez fuera lo contrario: una pieza del rompecabezas que por fin había encajado en su sitio.
En Blackbridge, poca gente se demoraba en las calles.
El día era húmedo y frío: la niebla flotaba en las márgenes de los canales.
El miedo acechaba como lluvia que se avecina.
Pero Eda captó susurros mientras Kit y ella se abrían paso hacia el corazón de la ciudad: murmullos entrecortados y esperanzados.
Al parecer, se había corrido la voz sobre el sermón de la tarde.
Se encaminaron a las altas murallas de los Jardines Botánicos.
Construidas en los cuatro puntos cardinales, había estatuas de santos notables cubiertas de pátina, instaladas en el muro como guardianes.
Kit se transformó a los pies de santa Aurelia, que miraba tanto a la Gran Casa Templo como a la fortaleza de Fell.
Tomó a Eda en brazos sin pronunciar palabra y saltó una altura imposible para encaramarse a los hombros redondeados de la santa.
Eda notó un vuelco en el estómago: provocado por el salto, se dijo, y no por hallarse en sus brazos.
La estatua se encontraba en el interior de un nicho que la protegía de lo peor del caprichoso clima de Wesland.
La hiedra que colgaba de la pared era lo bastante densa como para ocultarlos de miradas indiscretas.
A través de la maraña verde, atisbarían la llegada de la plebe.
Eda se aferró al cabello suelto de Aurelia mientras Kit se acuclillaba sobre el otro hombro de la santa.
—Ya no tardarán mucho —dijo él.
Si el obispo Florian había sembrado el miedo y la promesa de salvación con eficacia, pronto se reuniría una gran multitud.
Eda se mordió el labio.
—¿Cómo se cobrará Fane todos esos años?
—Eso no lo sé. Necesitará su sangre. No es extraño que un contrato lo firmen varios en lugar de uno solo. Siempre y cuando el obispo pueda disimular el verdadero propósito del documento…
Se encogió de hombros.
—Las sangrías no son habituales en los templos —observó Eda.
—Pero la alquimia sí lo es. Quizá finja que las ofrendas de sangre forman parte de su hechizo de protección.
La voz de Kit rezumaba desdén. Podía despreciar el engaño todo lo que quisiera, pero eso no significaba que no fuera a funcionar. El obispo Florian tenía a un demonio de su lado, a la postre.
Eda miró preocupada las imponentes torres de la casa templo, recortadas en negro contra el cielo grisáceo. «Pero yo también».
Un pequeño estallido rasgó el aire.
—Aún no te necesitamos, Tripp.
Tripp se inclinó ante su patrón, encaramado a la palma abierta de santa Aurelia.
—Tripp lo sabe, milord, pero quería estar preparado.
—¿Recuerdas lo que tienes que hacer? —preguntó Eda.
—¡Por supuesto que sí!
—¿Y no te da miedo tener que pasar entre los Aceros?
El diablillo hinchó su pequeño pecho.
—¡Tripp moriría por su excelencia! ¿Acaso cuestionas mi valor?
Eda contuvo la risa. Que los santos la ayudaran, pero la criatura era tan ruda y cascarrabias que resultaba casi encantadora.
—Eso jamás, buen señor. Podrás tener muchos rasgos cuestionables, pero el valor no es uno de ellos.
Tripp la miró con atención, como si intentara entender aquel cumplido ambiguo.
—Hum. —Se rascó la nariz ganchuda. De no ser tan correosa su piel, quizá incluso se habría sonrojado—. Eres inteligente. Para ser una mortal.
Eda sonrió. Miró a Kit. Él apartó la mirada de golpe, como si la hubiera estado observando, y la sonrisa de ella se desvaneció.
Se mostraba reservado en extremo. Ni bromas pícaras, ni burlas afables. ¿No debería alegrarse por ello? El baile tonto a la luz del fuego había sido un error. Ahora que Kit por fin respetaba los límites que siempre debieron existir entre los dos, ¿se iba a disgustar?
«Me parece que realmente soy una hipócrita».
Esperaron a que el sol se ocultara detrás las nubes.
Ahora proyectaba una luz lavanda sobre los adoquines.
Las sombras se tornaron más densas, más largas.
Las gentes de Blackbridge comenzaron a llegar.
Se agolparon alrededor de las puertas de la casa templo como una manada de ciervos asustados, mirando a un lado y a otro con los niños de la mano.
Solo la perspectiva de la salvación eclipsaba su miedo.
Los Aceros también estaban allí. Montaban guardia junto a las grandes puertas de plata forjada, en la calle, a lo largo de las murallas. Eda se preguntó si el obispo Fane ya estaría dentro.
—Ahora o nunca —dijo Kit.
Cuando la puerta este de la fortaleza de Fell se abrió de par en par, Eda estaba preparada.
Se coló detrás de un grupo de comerciantes que acudían a entregar pienso y heno para los caballos.
Mientras ellos esperaban a que revisaran su carro, Eda se escabulló con la cabeza gacha y la mirada huidiza.
La capa le arañaba la garganta. Se la ciñó con manos temblorosas, pensando que alguien le daría el alto, pero nadie lo hizo.
Miraba a todas partes a un tiempo, sin perder de vista las hogueras de advertencia.
Los fuegos crepitaban anaranjados e imperturbables.
Esta era la parte fácil. Aquí, en el patio interior, toda clase de trabajadores deambulaban de un lado a otro: mozos de cuadra, herreros, mensajeros, repartidores.
No llevaban uniforme. Eda no destacaría ni aunque se quitara la capa.
Una vez dentro de la fortaleza, todo cambiaría.
«Mantén la calma, cíñete al plan», repetía como un mantra para aplacar los nervios.
Habían dedicado buena parte de la mañana a repasar los pasos, pero muchas cosas podían torcerse.
Eda entraría con Kit. Una vez dentro, dependería ante todo de él y de Tripp.
Necesitaba los poderes del demonio para llegar adonde estaban Ben y Lawrie, y confiaba en que él lo conseguiría.
Pero salir significaba fiarse de los planos que Wolfram les había dado.
«Los documentos originales muestran pasadizos olvidados que oficialmente no existen», les había dicho, y tenía razón.
Eda no quería obligar a Kit a abrirse paso por una fortaleza llena de Aceros, pero si el pasadizo que necesitaban no estaba realmente allí…
Algo le correteó por la espalda.
—Vuelve a la capucha —le siseó al ratón negro que se había posado en su hombro.
Él la miró parpadeando y agitó las orejas antes de obedecer.
Los planos habían revelado que el terreno sobre el que se había construido la fortaleza de Fell ahuyentaba a los demonios. La piedra estaba bendecida, desde los cimientos hasta las murallas del patio. Kit no activaría las señales de alarma… siempre y cuando no tocara nada.
Eda se dirigió rauda hacia el portón levadizo, con cuidado de no interponerse en el camino de nadie. Era una sombra, una ráfaga de viento pasajera. El manto solo funcionaría si no llamaba la atención.
Estaba a punto de llegar cuando un sonido grave y chirriante reverberó a través de la piedra. La reja levadiza… ¡Mierda!
Estaba descendiendo.
Eda aceleró el paso. «No, no, no». En teoría no la cerraban tan pronto, no hasta el atardecer.
Prácticamente echó a correr. Un hombre musculoso con un delantal de hule se cruzó en su camino; ella correteó a un lado para esquivarlo.
Él se volvió a mirarla sorprendido.
—¿Qué…? ¡Eh!
Eda se coló por debajo de la reja. Dobló la esquina y se pegó a la pared respirando con agitación. A su espalda, la puerta se encajó con un golpe metálico. El hombre no había vuelto a llamarla, pero no convenía quedarse allí.
Por un instante Eda no se atrevió a moverse, por miedo a llamar la atención. Kit correteó por la capucha, subió a su hombro y se escondió debajo de su cabello.
Se encontraban en un pasillo amplio e imponente.
Tapices y armaduras de antiguas batallas decoraban las paredes, que desembocaban en un recodo en cada extremo.
No había ventanas. Los pesados braseros de hierro forjado ya estaban encendidos.
Eda notaba en la espalda la piedra fría, que se elevaba hacia un techo alto hasta los aleros.
Frente a la entrada principal, unas puertas envejecidas estaban abiertas de par en par; al otro lado había un salón con mesas alargadas y un enorme hogar.
Un pequeño grupo de Aceros comía y reía en el interior.
Eda conocía de memoria la distribución de la fortaleza de Fell gracias a las horas que había dedicado a estudiar los planos.
El pasillo en el que ahora se encontraba constituía una especie de borde cuadrado alrededor del salón central.
Había otras salas en la primera y segunda planta, a las que se accedía a través de sinuosas escaleras ubicadas en los torreones, pero Eda no quería ir a ninguna de esas estancias. Ellos necesitaban bajar.