Reap & Sow (Reap & Sow 1) Capítulo 18 #3
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Capítulo 18 #3

Quizá no debería darle importancia, viniendo de un demonio. Pero para ella sí la tenía. Eda era más sombra que persona, apartada del mundo con sus hermanos como única compañía. Era un fantasma. Podría haber llevado el manto de Robin cosido a la piel toda la vida.

Pero Kit la hacía sentir real de un modo estimulante.

Se imaginaba yendo con él a ver otras obras de teatro, como Kit había sugerido en la oscuridad.

Se imaginaba que lo besaba. Que lo tocaba.

El calor de su piel bajo la suya, la presión de los músculos duros contra la carne blanda.

Esos ojos como dos llamas gemelas, oscuros y ávidos.

Eran pensamientos peligrosos, pero ¿qué daño podía hacer un pensamiento?

Hacía tanto tiempo que no estaba con alguien de ese modo…

Con toda probabilidad nunca volvería a estarlo.

¿Era tan malo querer vivir? ¿Que la abrazara alguien que no fuera a huir asustado?

¿Alguien que conociera sus secretos más oscuros?

«Él es uno de tus secretos más oscuros», le recordó aquella voz melosa.

Alguien tocaba un laúd. Otro le arrancaba un ritmo a un timbal.

Una melodía alegre y desenfadada llenaba el claro.

Ya fluía tanta bebida como para que la gente bailara alrededor del fuego.

Una mujer con una falda de varias capas superpuestas chillaba de alegría mientras giraba y giraba del brazo de una amiga, con los pies descalzos sobre la tierra.

Eda habría dado cualquier cosa por compartir esa despreocupación.

Kit le arrebató el vaso.

—¡Oye…!

—Tu abatimiento me deprime.

—Pues me iré a alguna parte a abatirme a solas.

Él la puso en pie con los dedos enroscados en su codo.

—Demasiado tarde, querida. Ya me has contagiado tu melancolía. No nos queda más remedio que corregirlo de inmediato.

—¿Ah, sí?

Sin despegarle los ojos, Kit dio un paso atrás y le hizo una profunda reverencia. Eda tragó saliva. Un pequeño escalofrío le recorrió la espalda.

—¿Me concedes este baile?

Ella se apresuró a repasar todas las razones por las que no debería bailar con él.

Abrió la boca. La cerró. Él permaneció inmóvil.

Había algo ilícito en que un señor de los demonios se inclinara a sus pies como un pretendiente cualquiera.

En que la mirara con esa… atención absoluta.

Como si ella fuera una magnetita en mitad de una vasta y laberíntica oscuridad.

—Yo… no conozco ninguna danza —tartamudeó finalmente.

A su alrededor, una pequeña multitud giraba y saltaba. Una flauta de pan se unió a la melodía, alegre y veloz.

Los labios de Kit se curvaron en una sonrisa.

—No hace falta conocerlas. No con la canción y la compañía adecuadas.

Un desafío. Un flirteo. Si Eda fuera sensata, volvería a la Oriana y lo dejaría allí plantado. Bailar alrededor de una hoguera de la mano de un demonio bajo la luz de la luna la convertiría en una auténtica bruja. Pero Eda era más rebelde que sensata.

Agarró su copa, bebió dos largos tragos y luego la cambió por la mano de Kit.

—De acuerdo, muy bien, milord —dijo ella—. Demuéstrame lo bien que bailas.

La expresión de Kit se relajó ligeramente cuando ella lo llamó «milord», algo de lo que Eda tomó nota para más adelante. Luego entornó los ojos y la arrastró rápidamente.

Ella gritó de la sorpresa. Kit la atrajo hacia su cuerpo.

Eda no sabía gran cosa de baile, pero eso importaba poco.

Él la guiaba con destreza entre los cuerpos que giraban, sin seguir ningún patrón concreto, pero ajustándose al ritmo de la música de todos modos.

Cuando se acercaban demasiado a otros bailarines, Kit los esquivaba fluido como el agua.

Giraron e hicieron piruetas, todo ello sin esfuerzo, como si sus pies apenas rozaran el suelo.

Quizá no lo hicieran. Puede que estuvieran bailando en el aire.

La cerveza, la luz del fuego y la alegre música llenaron a Eda como si ella fuera un pozo árido y sediento.

Se deleitó en la frágil belleza del momento y cayó en la cuenta de que estaba sonriendo.

Cuando la música se intensificó y la gente empezó a aplaudir, Kit la levantó de repente por la cintura.

Un grito de alegría se le escapó mientras él daba vueltas con ella aferrada a sus hombros.

La fiesta mudó en destellos en derredor: manchas de color y luz.

Eda volvió al suelo, pecho contra pecho, y acabó envuelta en los brazos de él.

Los dedos de sus pies apenas rozaban el suelo.

El corazón de Kit latía con fuerza contra su pecho.

Eda no se lo esperaba. ¿Por qué un simple baile le excitaba tanto?

Kit parecía haber olvidado que había más gente allí. Simplemente la abrazaba, con los labios entreabiertos. Sus ojos eran lava ardiente mientras buscaban los de ella.

La sonrisa de Eda se desvaneció.

—Tus ojos. Alguien se dará cuenta.

Al parecer, le daba igual. Los brazos de Kit la estrujaban como serpientes voraces.

—Estás distinta cuando ríes —le dijo con voz grave y ronca.

Se miraron largo y tendido. Un pulgar acarició la curva de la espalda de Eda, tal vez sin que él se diera cuenta. «Si te quedas aquí un instante más —le advirtió una voz lejana—, le besarás y entonces nunca podrás parar».

Eda le empujó con el corazón desbocado. Kit la soltó tras un momento de vacilación.

—Yo… Gracias. Por el baile. Debería descansar un poco.

Eda huyó. No, no estaba huyendo. Tan solo se le había hecho demasiado tarde y cuanto antes se acurrucara bajo la manta, mejor.

La advertencia de Robin reverberó en sus oídos de todos modos: «Un corazón vale más que cualquier cantidad de años, y es aún más difícil de recuperar».

Tuvo que recurrir a toda su fuerza de voluntad para no volverse a mirar la silueta de Kit recortada contra el resplandor de la hoguera.

Quizá debería haberlo hecho. Quizá esa imagen la habría ayudado a recordar quién era él.

Sin embargo, Eda se quedó dormida con el fantasma de sus brazos en torno a su cuerpo y el deseo culpable de que el día de mañana nunca llegara.