Reap & Sow (Reap & Sow 1) Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

Ella había presenciado ese poder en acción de muchas maneras distintas.

Las espadas de plata de los Aceros, las grandes campanas de las casas templo, que repicaban por sí solas cada hora.

También en asuntos más pequeños y secretos: el caballito de juguete de un artesano ambulante, que relinchaba por obra de magia.

La anciana que vivía al final de su calle, capaz de curar casi cualquier dolencia.

La magia estaba viva y coleando en Blackbridge, pero fuera del Claustro de los Alquimistas, hacía tiempo que había quedado relegada a los márgenes de la sociedad.

Como un mendigo, a la vez visible e invisible mientras el mundo sigue su curso en derredor.

La magia era poder. ¿Por eso había admirado al señor Noche? Eda controlaba muy poco de su propia vida, pero él era el dueño de su destino. Un ser para quien los espejos eran puertas entre mundos y las sombras se portaban con la misma naturalidad que una capa.

Y entonces conoció a Kit. Poderoso, sí, pero también falible. «Cuando retiras la magia, ¿en qué se diferencian en realidad los mortales y los demonios?».

Las voces se propagaban sobre el agua corriente. Eda se quedó de pie, entumecida por el frío.

Llegaron a un tramo del río particularmente ancho.

Había decenas de barcazas amarradas en ambas márgenes.

Algunas flotaban en paralelo, en hileras de hasta cuatro embarcaciones.

En las orillas cubiertas de hierba ardían numerosas antorchas.

El propio cielo parecía brillar sobre un mar de fuego.

El humo espeso de un fogón se elevaba hacia la noche, donde tímidas estrellas empezaban a asomar como joyas lejanas.

La gente se saludaba, riendo y cargando provisiones.

La Oriana atracó allí donde no alcanzaba el resplandor de la última antorcha.

Los árboles se apiñaban en la ribera del río.

Las ramas amarronadas no podían ocultar las estructuras que se alzaban más allá: un imponente grupo de rocas monolíticas, cada una tan alta como una casa.

Las rocas estaban cubiertas de grabados, extraños símbolos ahora desgastados por la acción de los elementos.

La hiedra trataba de estrangular la formación vagamente circular, pero haría falta algo más que vegetación silvestre para derribar las Embel Morrow.

Eda había oído hablar de ellas. Solo le sorprendía que la Hermandad de la Fe aún no las hubiera destruido. Daban testimonio de una época ya lejana, cuando el pueblo wéslico adoraba a todo un panteón de dioses y no a un solo Señor Padre. Un panteón de demonios, si lo que Kit afirmaba era cierto.

Al parecer, la gente del río era fiel a las antiguas costumbres.

O quizá solo considerasen ese tramo del río un punto de encuentro adecuado para las fiestas de la cosecha de otoño.

En su día la cosecha fue una festividad pagana, pero la Fe todavía conmemoraba la fecha con banquetes y oraciones.

«Supongo que uno puede elegir qué partes del paganismo conserva si le sirve de excusa para embriagarse».

—Sigue frunciendo el ceño así y te saldrán arrugas.

Robin se acercó.

—No viviré lo suficiente para tener arrugas.

Pretendía ser una broma, pero la alegría de Robin se esfumó.

—Siempre hay resquicios, corderita. Ya lo sabes.

—¿Como cuáles? Por favor, si se te ocurre algún modo de esquivar los dos pactos en los que estoy atrapada, me encantaría oírlo.

—Ya sabes cómo. Pero debes ser tú quien lo haga.

Eda tragó saliva. Claro que lo sabía. Matar al señor Noche. Matar a Kit.

—Es más fácil decirlo que hacerlo, ¿no?

—No es fácil, no. Pero sí posible.

Al ver que Eda no respondía, Robin prosiguió en tono quedo:

—¿Tanto te molesta que muera? ¿Aunque eso signifique salvar tu propia vida?

Eda levantó la vista de golpe.

—Eso no es… Ni siquiera vale la pena considerarlo. El señor Noche es demasiado poderoso…

—Me refiero a Kit’rath. —La expresión de Robin era engañosamente apacible, casi inquietante de tan estática—. Él te aprecia. Y tú a él. Lo noto.

Eda la miró boquiabierta.

—Te voy a dar un consejo de anciana, corderita. Los demonios y los humanos tienen más cosas en común de lo que les gusta reconocer, pero nuestras diferencias son innumerables. Para superar tales obstáculos se requiere… sacrificio.

Volvió el rostro hacia el río. Una expresión extraña y melancólica le suavizó las arrugas alrededor de los ojos.

—Un corazón vale más que cualquier cantidad de años, y es aún más difícil de recuperar. Elige muy bien a quién le entregas el tuyo.

Eda estaba anonadada.

«Estás dando muchas cosas por sentadas —quería replicar—. Mi corazón no corre ningún peligro, y mucho menos por culpa de Kit’rath Ansellis».

Sin embargo, las palabras se le atascaron en la garganta y una vaga sensación de pánico burbujeó en su pecho. ¿Por qué de repente se sentía como un animal acorralado?

La anciana la miraba sin desprecio ni enjuiciamiento, con un fulgor en los ojos oscuros.

Eda se preguntó hasta dónde alcanzaban los poderes de Robin.

Cuán profundo era el pozo de su magia. Poseía una presencia potente e insondable que Eda nunca había percibido en otro mortal, pero tal vez eso fuera común entre los alquimistas.

No había conocido a otro, y la magia y sus mecanismos eran un misterio para ella en general.

Considerada herética tiempo atrás, la Fe renombró la magia como alquimia tras descubrir sus inmensas utilidades.

Ahora, el Claustro era un gremio a la vez venerado y sometido a un intenso control en Wesland: un arma misteriosa que guardaban enfundada.

A Lawrie le entusiasmaba hablar de esas cosas y compartir lo que aprendía en su colección de libros prohibidos de sociología.

A Eda le dio un vuelco el corazón. Al día siguiente. Al día siguiente los rescataría.

—Me retiraré pronto —anunció, ansiosa por fingir que aquella extraña conversación nunca había tenido lugar—. Partiremos a la ciudad por la mañana.

Su nerviosismo debía de ser evidente. La mirada de Robin se suavizó.

—La noche aún es joven. No te servirá de nada quedarte a solas cavilando. Ven a comer y a beber un poco, al menos.

—No creo que…

—Soy una anciana. Podría caerme del barco si no me ayudas.

—Robin.

—¡Escucha cómo crujen estos huesos como mástiles de velero! Necesito a una muchacha joven y fuerte a la que agarrarme.

—Todos sabemos que eso es falso.

Pero Robin ya estaba entrelazándole el brazo y tirando de ella hacia babor con una fuerza sorprendente.

—Lo que sí es cierto es que huelo avellanas tostadas y chicharrones de cerdo, y te echaré una maldición si me privas de cualquiera de las dos cosas.

A Eda le caía demasiado bien Robin como para decepcionarla.

Atravesaron la hierba pisoteada y se unieron a la multitud reunida ante la línea de árboles.

Eda nunca había hablado con la gente del río, pero a nadie le importó.

Robin la presentó como la hija de una vieja amiga que había venido de visita, y no hizo falta nada más.

La obsequiaron con una taza de sidra caliente, un plato de carne de pato aderezada con hierbas, nueces tostadas y legumbres.

Cuando se sentó en un tronco frente a una alegre fogata, el frío que la calaba hasta los huesos por fin la abandonó. La noche ya se había apoderado del firmamento, cuajado de más estrellas de las que Eda había visto jamás. «Cuánto espacio hay aquí fuera».

Se deleitó en el calor de la hoguera y en el sonido de las alegres risas.

Incluso el aire era refrescante y limpio, tan diferente de la brisa viciada de la ciudad.

¡Cuánto le habría gustado que Ben y Lawrie estuvieran allí!

Eda cerró los ojos e imaginó que estaban sentados con ella, uno a cada lado, sus risas entremezcladas con las demás. No les fallaría. No podía hacerlo.

—Un lugar extraño para echarse una siesta.

Eda dio un respingo. Kit estaba sentado justo a su lado. ¿Cómo lo había hecho?

—Estaba disfrutando del fuego.

En los labios de él se insinuó una sonrisa.

Era injusto, pensó ella, lo increíblemente guapo que estaba a la luz de la hoguera.

Ahora más que nunca parecía una criatura hecha de sombras y secretos.

Sus ojos eran de un marrón chocolate. Eda se dio cuenta de que los prefería tal como eran en realidad.

—Estás nerviosa por lo de mañana.

No sentía deseos de mentir.

—Aterrorizada.

—No dejaré que te pase nada.

—Lo sé. No es por mí por quien temo.

—Los rescataremos. De una forma u otra.

Era fácil creerle cuando hablaba con tanta convicción. Parte de la animosidad entre ellos se disipó. Quizá ninguno de los dos tenía energías para mantenerla.

—En realidad, temo más lo que vendrá después.

Tengo que llevarle ese espejo a Severin Lich, o tendré a un señor del crimen persiguiéndome aparte de todo lo demás.

Aunque nada de eso importará si no consigo entregarle al señor Noche sus últimos diez años.

—Se mordió el pulgar—. Nos matará cuando llegue la cosecha de otoño.

Quedaba poco más de una semana.

La mano de Kit se crispó sobre su muslo, como si pretendiera alargarla hacia la de Eda.

En lugar de eso, cerró el puño. Eda se alegró de que guardara silencio.

No quería tópicos vacíos ni pobres palabras de consuelo.

Su realidad era un asco y Kit lo sabía. No era asunto suyo lo que le pasara a Eda una vez que Ben y Lawrie fueran libres y hubieran dado con el espejo.

Eso no le impedía desear que las cosas fueran distintas.

A pesar de todo, Robin tenía razón. A Eda le gustaba Kit. Le gustaba cómo la escuchaba con atención plena, como si sus opiniones y sentimientos realmente merecieran ser escuchados. La forma en que su mano entre las suyas la hacía sentir reconocida. «Te veo. No eres mala persona. Eres importante».