Capítulo 18
DIECIOCHO
E da se alegraba de que Kit no pudiera hablar mientras se alejaban de la ciudad.
De todos modos, dudaba que tuvieran mucho que decirse.
Al desmontar a la sombra del gran roble, no fue capaz de mirarlo a los ojos.
Eda se alejó con paso firme hacia la relativa seguridad de la Oriana.
No sentía el menor deseo de hablar de nada que no guardara relación directa con el rescate de sus hermanos, y menos con él.
Se acercaba la cosecha de otoño. Y con ella, también, la defunción de Ben y Lawrie.
El día siguiente no fue mucho mejor. La fantasía de un respiro se desvaneció rápidamente cuando Kit decidió honrarlos con su presencia después del almuerzo. «¿Serías tan amable de largarte?», quiso decirle Eda, pero eso habría implicado reconocer su existencia.
Robin debió de notar el ambiente opresivo. Aceptó el relato de Eda sobre los acontecimientos del día anterior como explicación: había sido un viaje angustioso.
—¿Cómo van los preparativos? —preguntó, señalando con la cabeza los planos que se extendían sobre la mesa.
Una débil luz solar se colaba por las portillas de la Oriana. El agua golpeteaba el casco. Eda intentó que eso la tranquilizara mientras estudiaba los documentos. Los había examinado largo y tendido hasta bien entrada la noche.
—El sermón que mencionó Fane significa que habrá muchos Aceros apostados en la Gran Casa Templo. Así que sé exactamente dónde estarán destinados los que se queden atrás.
Volvió la vista hacia Kit. Se había deslizado a la barca para tumbarse en los escalones que descendían desde las puertas de la cabina.
Jugaba con una moneda de cobre haciéndola girar por los nudillos, sin ofrecer una idea ni un comentario despectivo.
Eda debería haber agradecido su silencio.
En cambio, la inquietaba. Le había lanzado críticas muy duras el día anterior, en la calle, pero no creía que sus argumentos fueran infundados. No se animaba a disculparse.
Robin la miró a los ojos y articuló con los labios:
—Está enfadado.
Eda casi sonrió. Por más que fuera un poderoso señor de los demonios, Kit seguía siendo un hombre.
Eda sabía bien cómo se comportaban los hombres cuando estaban de mal humor.
Ben y Lawrie le habían ofrecido una buena formación al respecto.
«Para que luego digan que las mujeres se dejan llevar por los sentimientos».
Robin se inclinó para echar un vistazo.
—Las celdas son subterráneas.
—Sí. El camino es relativamente directo desde la entrada principal hasta los niveles inferiores, que, según estos documentos, están siempre vigilados. La capa me ayudará a pasar desapercibida.
—No te protegerá si llamas la atención sobre ti misma —le advirtió Robin—. El manto es una ilusión ingeniosa, pero no es una capa de invisibilidad.
—Lo sé. No puedo abrirme paso por la fuerza sin más. Necesitaría una distracción.
Clavó la mirada en Kit.
Los ojos del demonio no abandonaron la moneda.
—¿Me lo estás pidiendo amablemente, querida?
«Ya lo creo que está enfadado».
—¿Es necesario? La única razón de que firmara este pacto fue poder contar con tu ayuda.
—Los buenos modales nunca están de más.
—En ese caso te sugiero educadamente que me proporciones la distracción que necesito.
—Armar jaleo en la calle está muy bien, pero dudo que haga salir a los guardias del interior.
—Entonces tendrás que armar jaleo dentro.
Sus dedos dejaron de bailar.
—Eso prenderá las hogueras de alarma. Sabrán que hay un demonio dentro.
—Y será un demonio lo que buscarán. Pero tú eres un metamorfo. Y uno muy hábil, ¿no es cierto?
Ahora Eda le dedicaba atención plena. A estas alturas, estaba segura de que los halagos eran su debilidad.
—Dudo que a los Aceros se les ocurra buscar a un ratón o a un gato.
Además, ahora sabemos que no es el perímetro de la fortaleza lo que está protegido, sino la piedra en sí misma.
—Golpeteó los papeles con el dedo—. ¿Lo ves?
Por eso las hogueras de aviso no cambiaron cuando volaste por encima.
Mientras no toques físicamente la piedra, no se activarán.
Kit frunció el ceño.
—No puedo sostener una forma de manera indefinida.
—¿Es renuencia lo que detecto, lord Ansellis?
Kit la miró por fin, con expresión irritada.
—Haré lo que me pidas, tal como acordamos. Eso no significa que vaya a dar saltos de alegría ante la perspectiva de colarme en un nido de víboras. En un ataque coordinado…
Ella sabía a qué se refería. Por muy poderoso que fuera, se vería muy superado en número por mortales con armas suficientes para provocar su destrucción.
—Por eso que no nos detecten es trascendente para el éxito del plan.
—¡Menuda estratega estás hecha! ¿Y qué me dices de tus hermanos? A menos que Robin tenga dos mantos más escondidos en el cajón de la ropa interior, les va a resultar muy difícil pasar desapercibidos.
Robin hizo chasquear la lengua y acarició a Viejo Cascarrabias, que se estaba acomodando en su regazo.
—Primero tendrá que colarse en la celda.
Eda se mordió el labio.
—¿No podrías fabricar algo, como hiciste con la capa? Una especie de llave maestra o… o algún encantamiento capaz de abrir cualquier cerrojo…
—No soy tu alquimista personal, muchacha. El valor del cuerno de demonio tiene un límite. Además, lo que me pides sería difícil de fabricar en tan poco tiempo. Ni siquiera lo he intentado nunca.
Kit enderezó la espalda.
—No necesitas los trucos de magia de Robin. Si de todos modos me voy a meter en la boca del lobo, es mejor que recurras a mí. Yo los sacaré de allí.
Eda no pudo disimular la sorpresa.
—Es una actitud casi caballeresca.
—Puedo ser un caballero cuando quiero.
Su sonrisa pícara no era en absoluto caballerosa, sino francamente peligrosa.
Y su aspecto también lo era. Despojado de todas sus capas de ropa excepto de la camisa color burdeos, que llevaba abierta sobre las clavículas, Kit parecía más un villano que un héroe.
Eda había pensado que las secuelas de la pelea rebajarían su reacción ante el atractivo físico del demonio, pero su cuerpo no estaba de acuerdo.
Examinó una marca sumamente interesante de la mesa del comedor y cruzó las piernas.
Robin jugueteó con el colgante que llevaba al cuello, un gesto que adoptaba cada vez que se sumía en sus pensamientos.
—Tendrás que comportarte lo mejor posible esta noche, Kit’rath. Navegaremos río abajo. Habrá mucha gente allí, así que nada de transformaciones. Ni ninguna otra sandez demoniaca.
Kit forzó una sonrisa sarcástica.
Eda se incorporó.
—¿Nos vamos?
—Yo me voy. Si eso no te conviene, puedes buscar otro alojamiento. La gente del río se reúne cada año en las piedras Embel Morrow cuando se acerca la cosecha de otoño. Abunda el negocio allí y necesito llenar las arcas.
—¿Está muy lejos de aquí? Tendremos que volver a Blackbridge.
—No te preocupes, corderita. No está ni a dos kilómetros. Pero recuerda —le apuntó un dedo a la cara—: nada de hablar de pactos allí ni de planes de rescate.
—Tampoco pensaba hacerlo.
Ahora Robin señaló a Kit con el dedo.
—Y ni se te ocurra…
—Nada de sandeces demoniacas. Ya te he oído, bruja.
—Eso incluye meterte debajo de las faldas de las mujeres disfrazado de ratón.
—No sé si puedo prometerte eso.
—Ahora resulta que eres un sátiro —lo acusó Eda.
—Es una broma, querida. En el lugar del que yo procedo, a un hombre le pueden cortar la cabeza de un tajo por tal falta de respeto. No me voy a arrastrar bajo las faldas de nadie.
La miró con aire digno.
—A menos que me inviten, claro.
A Kit le encantaba ruborizarla. Pero Eda estaba resuelta a dejarle muy claro que no estaba tratando con una virgen ingenua y vergonzosa a la que pudiera amedrentar como si fuera de mantequilla.
—Dudo que recibas muchas invitaciones. Te gusta tanto escuchar tu propia voz que es un milagro que te calles el tiempo suficiente como para darle un buen uso a tu boca.
El silencio reverberó. Las mejillas de Robin se hincharon cuando contuvo la risa. Pero la reacción de Kit fue mucho más interesante: su repentina y antinatural quietud. A Eda le emocionó saberse capaz de tanta arrogancia como para pincharle con descaro.
—Te lo aseguro, Eda Shaw. Cuando quiero estar callado, puedo estarlo durante mucho tiempo. —Él se inclinó hacia delante. Aunque era absurdo, Eda tuvo la impresión de que estaba a punto de atacarla—. Y cuando le doy buen uso a mi boca, no soy yo el que empieza a balbucear…
—¡Muy bien! —Robin se levantó con expresión asqueada. Viejo Cascarrabias saltó al suelo refunfuñando—. Me parece que ya va siendo hora de ponerse en marcha.
Eda se mordió el labio para no decirle alguna tontería del estilo de «¿y no se interponen los cuernos?», y ahora estaba pensando en los cuernos y en cómo, bien pensado, debían de ofrecer un asidero muy conveniente.
Kit la miró con atención, como si quisiera devorarla entera.
Eda apartó la mirada.
—Puedo ayudar. Estos barcos necesitan a varias personas para impulsarlos, ¿no?
Robin enarcó las cejas.
—¿Y cómo crees que me desplazaba, exactamente, antes de que aparecierais vosotros dos, pareja de idiotas?
—Hum…
Agitó los dedos ante la cara de Eda.
—Los encantamientos sirven para algo más que para hacer dinero, ¿sabes?
Ya seguían el curso del Embel cuando el sol empezó a ponerse en el horizonte. La Oriana se movía con agilidad para ser una barcaza de tal envergadura; sus cascos gemelos surcaban con precisión las aguas, que se rizaban como una cascada de cristales rotos bajo el crepúsculo.
Soplaba una brisa fresca. A pesar de eso, Eda se sentó y observó cómo la palanca que controlaba las ruedas hidráulicas giraba por sí sola, como si una mano invisible la accionara.
«Brujería», habrían susurrado algunos.
«Alquimia», habrían dicho otros.