Capítulo 17
DIECISIETE
A Eda se le heló la sangre en las venas.
La gente se puso en pie al momento. Gritaban y tropezaban unos con otros mientras corrían por doquier.
La luz estridente del día inundó el teatro por las puertas abiertas de par en par.
La gente intentaba entrar desde la calle y se organizó un tumulto cuando los que estaban dentro trataron de impedírselo.
Kit se puso en pie con expresión sombría.
Eda dejó que la ayudara a levantarse.
—¿Es otro infernal?
—Sí. —No sabía cómo podía estar tan seguro—. No podemos quedarnos atrapados aquí arriba.
La acercó a su cuerpo y se asomó al vacío.
Eda notó una sensación vertiginosa cuando Kit aferró el borde del techo de la galería y se columpió con destreza hacia los palcos sujetando a Eda con un brazo.
Una mujer chilló asustada y se cayó de su asiento, pero todos los demás ya habían huido.
Eda se apresuró a comprobar que los planos que llevaba en la capa no se hubieran caído.
—Vamos.
Kit la arrastró por las escaleras aferrándola con todas sus fuerzas. De haber ido solo habría podido transformarse en pájaro y volar, pero, en lugar de eso, se abrió paso entre la multitud para hacerle hueco a Eda, empujando a la gente a un lado con brutalidad, implacable como un ariete.
Un hombre intentó apartar a Eda de un codazo. Kit se giró con un gruñido y rechazó al agresor con tanta violencia que ella oyó un crujido. El hombre aulló antes de caer bajo una avalancha de cuerpos agitados.
Lograron llegar a las puertas principales y salieron a la luz del día. Eda parpadeó, desorientada. Tardó un segundo en darse cuenta de que no veía doble: había dos.
Los infernales eran tan monstruosos como los recordaba. Uno se encorvaba sobre el cuerpo ensangrentado de un hombre, con la boca chorreando sangre. El otro deambulaba sobre los adoquines balanceando la cabeza de un lado a otro como si no supiera a quién destrozar a continuación.
Kit la empujó en sentido opuesto.
—No puede ser una coincidencia —dijo Eda—. El que los infernales estén justo donde estamos nosotros, igual que la última vez. ¿Nos estarán siguiendo?
«¿Me estarán siguiendo a mí?».
Un rugido interrumpió lo que sea que Kit fuera a responder.
Un tercer infernal hizo aparición cuando doblaron la esquina del teatro.
Tenía la boca ensangrentada y sus ojos saltones recorrieron la marea de gente a la fuga hasta que avistaron a Eda.
La mirada del monstruo la atravesó. Kit se puso tenso, pero el engendro se distrajo cuando una desdichada mujer pasó a la carrera; salió disparado tras ella.
Eda agarró a Kit por la manga.
—Ayúdalos.
—¿Qué?
—Ayúdalos. A esta gente. Protégelos como harías conmigo.
Las narinas del demonio se dilataron.
—No es lo mismo. Ellos no son asunto mío.
—Por favor.
—No.
Eda lo empujó con una rabia repentina.
—¿Así que te importan el arte, la música y la moda humanos, pero dejas al margen a las personas que lo crearon todo? —Le empujó de nuevo, con saña—. Eres un auténtico…
Kit le agarró las muñecas.
—Llámame lo que gustes, querida. Tú viniste a mí. Tú firmaste el pacto. Sabías lo que yo era y aceptaste mi ayuda por propia voluntad. No te indignes ahora, solo porque acabas de decidir que te importan tus semejantes. Yo no estoy aquí por eso.
Eda detestó que en buena parte estuviera en lo cierto.
—Puede que tengas razón sobre todas las cosas horribles que ha hecho el señor Noche, pero al menos él nunca fingió ser algo que no es.
Se te da bien hacerte pasar por un ser humano, pero todos los actores tienen que quitarse el disfraz tarde o temprano, ¿verdad?
No sé cómo he podido olvidarlo. —Eda se zafó de sus brazos.
Imitó la mueca burlona de Kit—. Gracias, demonio, por recordármelo.
El encanto de los ojos de Kit se desvaneció cuando se cernió sobre ella; dos pozos de lava la abrasaron hasta los huesos.
—Cuidado con el tono que usas conmigo.
—¿Por qué? ¿Qué vas a hacer? ¿Arrojarme a otro río? Puede que sea egoísta, pero al menos yo no soy una hipócrita.
Vagamente, Eda reconoció la falsedad. Su rencor estaba fuera de lugar: era ella quien había proclamado que el destino de Blackbridge no le importaba.
Tan solo deseaba la seguridad de sus hermanos, y al cuerno con lo demás.
Pero ser testigo del desprecio de Kit por este nuevo horror era como mirarse al espejo, y no le gustó lo que vio. Si él era un hipócrita, ¿qué era ella?
Kit se crispó mostrando sus colmillos blancos…
—¡Atrás!
Por la calle avanzaba un contingente de Aceros, resplandecientes en rojo y plata. Y a la cabeza…
A Eda le dio un vuelco el estómago.
El obispo Florian Fane avanzaba a grandes zancadas sobre los adoquines, junto a la gente que miraba por las ventanas y arañaba las puertas cerradas. Todos se quedaron petrificados al verlo.
—¡Atrás, todos! Este mal conocerá la ira del Señor Padre.
Levantó los brazos; su anillo dorado destelló a la luz menguante.
Los infernales se giraron a la par. Una mujer escapó a rastras por debajo de los engendros. Tenía las piernas ensangrentadas. La dejaron marchar. Ahora los tres acechaban al obispo como lobos que acorralan a una nueva presa.
Kit cuchicheó:
—Tenemos que irnos ya.
—¡ Vade retro ! —rugió el obispo con la autoridad de un rey—. ¡Dejad en paz a esta gente, criaturas del pecado!
Los infernales se estremecieron y trastabillaron en el sitio. Sacudieron la cabeza. Retrocedieron como perros acobardados.
—Acudo ante vosotros como siervo del Señor Padre. Abandonaréis este lugar y volveréis al abismo del que procedéis. Yo os lo ordeno.
Gruñendo, las criaturas dieron media vuelta y huyeron. La gente estaba estupefacta. Se apartaban a toda prisa del camino de los monstruos, que escapaban a la carrera. Florian se dirigió a los Aceros.
—¡Seguid a los engendros! ¡Acabad con ellos!
Los Aceros obedecieron con las espadas en ristre.
Kit le tiró de la manga.
—Eda.
—Espera.
Los ojos de Fane recorrían la calle como si buscaran algo.
Cuando su mirada alcanzó el umbral en penumbra en el que se habían refugiado, Eda perdió el aliento.
Pero el obispo no conocía a Kit y sus ojos resbalaron sobre Eda como si no la viera.
La capa era fea e incómoda, pero en ese momento ella habría besado a Robin en los labios.
La multitud se agolpó alrededor del obispo. Le daban las gracias a gritos, le besaban las manos, le agarraban la túnica. Él les dejó hacer.
—¡Escuchad, gentes de bien! El Señor Padre me ha hablado.
Me ha encomendado la misión sagrada de liberar a esta ciudad de la plaga que la azota.
La impiedad que durante tanto tiempo ha asolado a Blackbridge ha traído a estos seres, pero no temáis.
Dentro de dos días ofreceré un sermón, y cada tarde a partir de entonces.
Si deseáis compartir la misma protección que el Señor Padre me ha otorgado, debéis demostrar que estáis dispuestos a cumplir su voluntad.
Acudid a la Gran Casa Templo y ofrecedle un compromiso.
No faltéis, por el bien de vuestros hijos.
De lo contrario, estos seres no dejarán de multiplicarse.
Que el Señor Padre os bendiga y os proteja.
La multitud se abalanzó hacia delante, como polillas hacia la llama. El obispo se arrodilló junto a una mujer herida y la ayudó a ponerse en pie, desentendiéndose de la admiración que se le profesaba.
La ira de Eda se endureció como magma que cristaliza en la más negra obsidiana.
Fuera lo que fuese el Señor Padre en realidad, muchos lo consideraban una presencia real.
La fe los reconfortaba de un modo que nunca la reconfortó a ella, y Fane había tergiversado esa fe para satisfacer sus intereses egoístas. Se estaba burlando de ellos.
Kit no tuvo que tirar de ella. Eda se dio media vuelta y emprendió la marcha en sentido contrario al de la multitud. Le importaba poco que él la siguiera o no.
—Ya estoy harta de perder tiempo —dijo—. El sermón será dentro de dos días. Entonces rescataremos a Ben y a Lawrie.
No estaba de humor para tener en cuenta la cortesía mientras apartaba a la gente a empujones.
Kit la seguía como una sombra amenazadora. A él la gente sí lo veía venir y se retiraban rápidamente a su paso.
—¿Y el obispo?
Eda hizo una mueca.
—Me aseguraré de que se arrepienta de haber cruzado el umbral de la tienda.
—Nunca accedí a ayudarte con eso.
—No te estoy pidiendo ayuda. Una vez que haya recuperado a mis hermanos y el espejo, daremos el pacto por finalizado. Entonces tú y yo no tendremos que volver a vernos nunca más.
Eda se negaba a mirarlo. Esperaba que él dijera algo despectivo. Que la criticara, que se riera, que la llamara loca. Pero Eda se sentía muy cuerda. Jamás en toda su vida había tenido las ideas tan claras.
Quizá Kit también lo intuyó, pues al final se limitó a responder:
—Como desees, querida.