Reap & Sow (Reap & Sow 1) Capítulo 16 #3
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Capítulo 16 #3

—Un vividor de mala fama aparecerá, un vizconde de ambición desmedida, que a la doncella de un cortejo no deseado rescatará y en la perdición de su enemigo resultará.

Con malas artes traman y conspiran, ¡pero escuchad!

Pues el verdadero amor todo lo puede y jamás se doblegará ante la astucia mortal.

Con una reverencia histriónica, se retiró tras las cortinas envuelto en aplausos.

Eda aplaudió aturdida. «Donde una bella dama lamenta un destino funesto y negocia el trato más impuro para eludir su mal».

Miró de reojo a Kit. La obra se acababa de estrenar o, cuando menos, eso afirmaba el folleto.

¿Seguro que el demonio no había visto antes la función?

No le extrañaría que la hubiera traído aquí solo por esa frase.

Probablemente le había parecido gracioso.

Dos actores salieron a escena. Uno era el muchacho del vestido rosa con el que se había tropezado (ahora en posesión de su huidiza peluca) y el otro un hombre vestido de criada. Este último declamó con una ridícula vocecilla aguda:

—¡Buena señora, vuestro prometido os espera, y vuestro señor padre vendrá en persona a sacaros a rastras si no acudís!

—Ordenaría a mis pies que me llevasen, nodriza, de no ser por su temblor. Si mi padre estuviera en mis zapatos, sin duda saldría corriendo de aquí a toda prisa».

—Imposible, mi señora. A su excelencia jamás le cabrían sus chinelas de seda.

El público soltó una risita. Eda profirió una carcajada que la sorprendió. Se tapó la boca y miró de reojo al demonio. Kit apartó la vista a toda prisa. Puede que le viera tragar saliva, pero era difícil saberlo en la oscuridad.

La historia se fue desplegando. La joven Viola era una dama de alta alcurnia cuya familia quería desposarla con el salvaje barón de Greaves.

Cuando el libertino vizconde Crispin regresaba de un viaje al extranjero, su antigua rivalidad con Viola volvía a prender.

Sin embargo, a pesar de la mutua antipatía, decidían aliarse y aparentar un cortejo a fin de librar a Viola de un matrimonio no deseado y ayudar a Crispin a acercarse al barón, su enemigo de toda la vida.

Eda se sorprendió riéndose de los disparates de la obtusa criada; conteniendo el aliento cuando Crispin y el barón estaban a punto de llegar a las manos; e incluso suspirando, a pesar suyo, cada vez que Viola y Crispin intercambiaban pullas a modo de coqueteos apenas velados.

Hacia el final de la obra, cuando Viola comprendió que tendría que casarse con el barón a pesar de todos sus esfuerzos, Eda se llevó las manos a la cara, horrorizada.

Los amantes en ciernes se encontraban a la orilla del mar la víspera de la boda. Se acercaban. Cuando Crispin agarró la mano de Viola y se arrodilló ante ella, su angustia resultaba creíble incluso desde la distancia.

—¡Largo tiempo me habéis atormentado, Viola, y mucho más que cualquier otra! Sois tanto la espina desdeñosa como la flor encantadora, el veneno amargo y el néctar dulce a la vez. Sois la fuente de todo mi sufrimiento… y de todo mi anhelo.

El público suspiró. La oscuridad era tan densa que podía engañar a cualquiera haciéndole creer que el mundo exterior no existía en absoluto.

Allí dentro, reinaba la noche de la costa forisiana, con las estrellas girando en espiral sobre sus cabezas como polvo de hadas.

Eda casi podía oír las olas rompiendo en una playa estival.

Su corazón latía con fuerza. ¿Qué harían? ¿Cómo se libraría Viola de la boda? Tenía que hacerlo… ¡No podía casarse con ese déspota!

—Espero que puedan estar juntos —musitó—. Odio los finales tristes.

Kit no dijo nada. El silencio se alargó tanto que ella apartó la mirada del escenario para volverse a mirarlo. Tragó saliva.

Él no estaba observando a los actores. La estaba observando a ella. Eda tenía la extraña sensación de que llevaba un rato mirándola.

Por fin, Kit le dijo en voz baja:

—¿Te arrepentirías de haber venido, si el final te entristece?

Abajo, Viola se apartó de Crispin para proclamar entre lágrimas que el tiempo que habían pasado juntos estaba a punto de llegar a su fin.

—No. Es maravilloso. Me alegro de que me hayas traído.

No había tenido intención de decir algo tan sincero.

Los ojos de Kit eran fuego líquido. Se arrimó hasta que sus hombros se rozaron. ¡Ese aroma! Cómo le gustaba: vino, lluvia, relámpagos.

—Podría mostrarte mucho más que esto —le susurró él al oído—. Hay teatros más grandiosos que el Maiden’s Lyre. Producciones cien veces más espléndidas. Comedias, romances, aventuras, tragedias…

—Nada de tragedias.

—Nada de tragedias —rectificó él—. Y conciertos, también. Sinfonías que hacen vibrar los huesos. Y poesía. Poesía capaz de arrancar lágrimas al corazón más endurecido con su belleza.

El cuerpo de Kit estaba tan cerca que Eda notaba su calor en el costado.

—¿Te gusta la poesía?

Él lo preguntó como si realmente le importara la respuesta. Eda entrelazó los dedos en el regazo. De repente, no se estaba enterando de lo que decían los actores.

—Yo… no conozco ninguna.

—Quizá seas más musa que poeta.

—¿Musa?

—Alguien que inspira las palabras.

Eda se rio entre dientes.

—Dudo que yo inspire a nadie.

—Sí —replicó él de inmediato—. Ya lo creo que inspiras.

Se volvió a mirarla. Los rostros de ambos estaban a pocos centímetros de distancia. Eda nunca había visto los ojos de Kit tan oscuros: los iris de lava casi devorados por las pupilas negras. Una mirada así la habría asustado en una época reciente. Debería asustarla ahora.

El hecho de que no lo hiciera era lo más inquietante de todo.

Abajo, la música aumentaba de volumen mientras los actores cambiaban de escena. El público aplaudía. La mirada de Kit se posó en sus labios. Los de Eda se entreabrieron, como si quisiera pronunciar unas palabras que sencillamente no acudían.

Una oleada de calor la estremeció por dentro.

Pensar que un ser como ese pudiera encontrarla atractiva era tan absurdo como emocionante.

Él había disfrutado de las atenciones de otras amantes mortales, Eda estaba segura.

Sin duda todas eran grandes bellezas: esbeltas, altas y delicadas.

Nobles, como él. Eda no era nada de eso.

¿Era un truco? ¿Un modo retorcido de humillarla? Quizá le atraía la idea de llevarla a la cama solo para luego menospreciarla. Algo más de lo que alardear: también eso se lo habría entregado ella voluntariamente. ¿Qué podía significar Eda para Kit, al cabo, sino una diversión pasajera?

Eda se obligó a respirar y a mirar a otra parte. «Recuerda dónde estás. No olvides quién es él».

—Nunca seré musa ni poeta, lord Ansellis. No espero vivir lo suficiente para ninguna de las dos cosas.

Notó que él se crispaba y oyó cómo se le cortaba la respiración. Kit se apartó una pizca. Bien, se dijo Eda. Si ella no podía olvidar su situación, él tampoco lo haría.

Alguien gritó.

Eda se puso alerta de golpe. Recorrió el escenario con la mirada, preguntándose qué se había perdido para que un personaje lanzara un grito tan terrible, pero los actores estaban paralizados en el sitio. Kit y ella se miraron con desconcierto. El público murmuraba ofuscado.

Otro grito. Y luego muchos más, que se elevaban como una ola. Procedían del exterior del anfiteatro, amortiguados por las paredes. Parte del público se puso en pie y miraron en derredor asustados.

Un hombre trastabilló hacia el escenario, a punto de caer en su precipitación.

—¡Cerrad las puertas! —gritó—. ¡Es un monstruo! ¡Un engendro!

En ese momento estalló el caos.