Reap & Sow (Reap & Sow 1) Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

Se encaminaron hacia el sudeste, en dirección a Pitchford.

Solo cuando dejaron atrás varios teatros, lonjas y comercios Eda se dio cuenta de que estaban en las Plazas: una calle comercial que se consideraba la versión del refinamiento de los barrios bajos.

Aquí se podía encontrar todo tipo de entretenimiento, aunque no tan elegante como el que se ofrecía al norte del río.

Había puestos variados atendidos por artesanos, músicos que tocaban a cambio de monedas y niños reunidos alrededor de una caseta de madera en la que bailaban marionetas pintadas, movidas por hilos.

Lo más llamativo era la cantidad de vendedores ambulantes que ofrecían frascos de la supuesta plata coloidal.

Más de los que Eda había visto jamás. Los multarían si llegaba a oídos de los Aceros, pero eso nunca les había detenido.

Eda supuso que los últimos ataques estaban resultando excelentes para el negocio.

Crowgate se encontraba a solo media milla al oeste. Su hogar. ¿Estaría la tienda tapiada, vigilada por los Aceros día y noche, convertida en la comidilla de los chismosos? ¿Sería un cascarón vacío, despojado de todos los tesoros que tan meticulosamente habían reunido a lo largo de los años?

El anticuario había sido el sueño de su madre. ¿Qué sería de la tienda ahora?

—Hay demasiada gente aquí —cuchicheó Eda, tratando de ajustar el paso a las largas zancadas de Kit.

—Mucho mejor para callejear.

—Tenemos los planos. Deberíamos estar pensando en cómo sacar a Ben y a Lawrie de la fortaleza. Wolfram dijo que solo queda cosa de una semana antes de que…

No fue capaz de pronunciarlo en voz alta.

—No te creas todo lo que dice Wolfram. Es un político, algo que equivale a decir que es un imbécil. De todos modos, ¿pretendes que nos colemos en la fortaleza esta misma noche?

—No, pero…

—Entonces no seas boba. Una hora más en la ciudad no te hará daño.

Eda no daba crédito a esa actitud despreocupada.

—Podrían estar maltratándoles en este mismo instante. Golpeándoles. ¡Torturándoles, incluso!

—Qué mente tan retorcida. —Kit se abrió paso entre la multitud—.

Puede que el obispo les dispensara un trato brusco a tus parientes, pero ahora se encuentran bajo la tutela de Martine Tenelle.

Al decir de todos, ella es un dechado de integridad, ¿no?

Una mujer así no tolerará brutalidad innecesaria en sus prisiones.

—¿Aunque piense que arrancarles información podría servir para proteger a inocentes?

Él se dio media vuelta y caminó hacia atrás.

—Por eso he dicho «innecesaria». Tus hermanos no poseen información que sea del interés de Tenelle. Ella se dará cuenta enseguida.

La expresión de Kit se tornó ansiosa.

—Ven. Ya casi hemos llegado.

Kit la condujo a uno de los edificios más vastos de la calle, alto y combado por su propio peso, pero construido con solidez.

La fachada se curvaba hacia el exterior como la proa redondeada de un barco, surcada de vigas entrecruzadas.

Las puertas estaban abiertas. Había una multitud congregada en el exterior, esperando a que una joven les cobrara la moneda de cobre de la entrada.

Arriba, un letrero pintado anunciaba: Teatro Maiden’s Lyre .

A Eda el lugar le resultaba familiar. Seguramente había pasado por allí antes y nunca le había prestado atención.

—¿Vamos a ver una función?

El tono de incredulidad de ella no le disuadió.

—Dijiste que nunca habías ido al teatro. ¿No te apetece?

Nunca había ido. Claro que le apetecía. Eda se mordió el labio.

—¿Y si alguien me reconoce?

—Llevas la capa. Pero, de todos modos, no nos sentaremos entre el populacho.

Le ofreció la mano.

Aceptarla allí, a la vista de todos, se le antojó más trascendente que las otras veces. Kit agitó los dedos.

«No has venido a esto —susurró esa voz sedosa—. No puedes entregarte a placeres egoístas, Eda. Estás por encima de eso».

Pero Eda sospechaba que no era así. Era la voz del señor Noche la que oía cada vez que sus pensamientos viraban hacia el desdén y el resentimiento; él había sido durante mucho tiempo quien los alimentó.

¿Cuántas cosas no había visto, no había hecho, no se había permitido sentir, por escuchar los elogios que le susurraba?

Se había mantenido al margen de sus semejantes por un orgullo mal entendido.

Pero ¿qué había conseguido a cambio? El señor Noche la había utilizado para sus propios fines, como haría con cualquier otro mortal.

Y luego estaba Kit. Eda vio comprensión en sus ojos; cariño, si se atrevía a llamarlo así.

Eda había estado al borde de las lágrimas bajo aquel puente y Kit se había dado cuenta.

Ahora estaba haciendo algo al respecto, distrayéndola.

Eda no quería su compasión, pero también percibía su entusiasmo.

Una emoción rara y genuina por compartir con ella algo que le importaba.

Se preguntó si alguna vez había llevado a alguien a un espectáculo. O si Eda sería la primera.

Si se sentía tan solo como ella.

Eda deseaba con toda su alma ver su mundo a través de los ojos del demonio.

Aceptó la mano tendida. «Una hora, puedo divertirme una hora».

Rodearon juntos el teatro. Él se transformó en un ratoncito negro y se coló por una puerta lateral. Un hombre con la cara empolvada y un traje llamativo estaba sentado allí, fumando en pipa. No se fijó en Kit y sus ojos resbalaron sobre Eda como si fuera una mera brisa.

Un escalofrío recorrió el cuerpo de ella. A menudo había lamentado tener que ir por el mundo sin ser vista, pero no podía negar el poder de pasar desapercibida y de que nadie la molestara. Quizá por eso Severin Lich gestionaba sus asuntos bajo tierra.

Dentro reinaba el bullicio, gente yendo de acá para allá y actores disfrazados murmurando sus papeles.

Estaban entre bambalinas, comprendió Eda.

La intensa mezcla de olor corporal, polvos faciales y tejidos de pelo animal resultaba empalagosa.

Un escenario alargado con las cortinas echadas ocultaba al público, cada vez más numeroso, que ocupaba el patio de butacas.

El ambiente zumbaba como un rayo encapsulado. «¡Qué emocionante!».

Eda quería verlo todo, pero no podía arriesgarse a perder de vista a Kit. Se apresuró tras él por una escalera de caracol.

Un chico enfundado en un vestido rosa chillón le rozó el hombro y se sobresaltó, como si ella hubiera aparecido de la nada.

—Eh, ¿eres una de las costureras? ¿Has visto mi peluca?

—No, lo siento.

—Mierda.

El chico se alejó a toda prisa. Un folleto revoloteó tras él. Eda lo recogió.

Viola y el vizconde.

Miró a Kit, que estaba en el escalón superior.

—¿Una comedia? Pensaba que tenías unos gustos más refinados.

Él le mostró unos dientes pequeños y desconcertantemente afilados antes de reemprender la marcha correteando.

En lo alto de las escaleras, una estrecha pasarela colgaba suspendida sobre el escenario.

Kit la recorrió y giró a la izquierda por una viga de madera aún más angosta que se extendía por el centro del anfiteatro, justo por encima del público.

A Eda se le anudó el estómago.

—No. ¡Vuelve!

Pero sus frenéticos susurros no fueron escuchados.

«Apuesto a que disfruta con esto». Como no tenía más remedio que seguirle, pisó la viga maldiciendo entre dientes.

Eda intentó no mirar abajo. Le flaqueaban las piernas a cada paso.

Abajo, casi todas las butacas estaban ocupadas.

En la platea reverberaban el murmullo de conversaciones emocionadas y el susurro de los folletos.

Dudaba que nadie se molestara en levantar la vista y fijarse en ella, aunque no llevara la capa, pero sin duda se darían cuenta si se caía y se estrellaba contra ellos.

—Si me dejas caer, consideraré nuestro contrato anulado —gruñó, y la idea le dio fuerzas para seguir adelante.

Confiaba en que Kit cuidaría de sus intereses, cuando menos.

Él la esperaba con su apariencia mortal en una cornisa del fondo de la sala.

El techo de la galería, comprendió ella.

Los palcos estaban reservados para los que tenían dinero a manos llenas, como los comerciantes o la pequeña nobleza.

En el interior de la galería, avistó movimiento: el susurro de una elegante falda de lana cuando una dama tomó asiento.

Kit les había conseguido los mejores asientos del teatro sin pagar ni un céntimo.

Se sentó torpemente a su lado, sin aliento. La mano de él buscó su brazo a fin de prestarle equilibrio, pero ella estaba demasiado molesta para valorar el gesto.

—Podrías haberme avisado de este detalle.

—Te habrías negado a venir.

Era cierto. Eda dejó las piernas colgando.

En aquella zona, muy por encima de las velas de sebo de las paredes, las sombras los engullían.

Ni siquiera los actores los verían, pero Eda y Kit tenían vistas excelentes del escenario.

El nerviosismo de ella se transformó en algo efervescente y estimulante.

—Reconozco que desde aquí se ve de maravilla.

—¿Acaso esperabas menos?

—Teniendo en cuenta la generosidad para contigo del alto gobernador, supuse que normalmente pagabas por un palco. Seguro que no llamas la atención entre los potentados.

—Exacto. Pero prefiero quedarme aquí contigo.

Eda abrió la boca sin saber qué responder. Fue un alivio que las lámparas se apagaran de repente, aunque solo fuera para ocultar el rubor de sus mejillas. Se hizo el silencio en el patio, salvo por algunas risitas emocionadas.

—¿Ya empieza?

—Sí, guarda silencio o te lo perderás.

Ella se movió inquieta, rebosante de emoción. Kit sonrió.

Con el público sumido en la penumbra, solo el escenario permanecía bien iluminado. Un hombre corpulento, con un jubón de vivos colores y un gorro emplumado, apareció entre las cortinas. Extendió los brazos.

—Disponeos a presenciar una historia de amores inciertos. En costas extranjeras se sitúa la escena, donde una bella dama lamenta un destino funesto y negocia el trato más impuro para eludir su mal.

La voz resonó nítida por todo el anfiteatro, seguida de un silencio hipnotizado.