Reap & Sow (Reap & Sow 1) Capítulo 16
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Capítulo 16

DIECISÉIS

S alieron por una puerta cubierta de hiedra del jardín trasero, Eda andando y Kit trotando a su lado con sus ágiles patas.

Eda se ajustó el manto, atenta a los planos encuadernados en cuero que llevaba doblados en el bolsillo.

No paró de parlotear mientras caminaban, aunque solo fuera porque él no podía interrumpirla.

—Podría dar resultado. O sea, son documentos históricos auténticos. ¡Tienen más de doscientos años! El gobernador también mencionó los protocolos de seguridad, cosa que será de gran ayuda. El hecho de que nos haya prestado esto siquiera…

Se detuvo. A la sombra de un puente elevado, Eda miró a su compañero felino con recelo. Casi había olvidado por qué el gobernador les había entregado unos documentos tan valiosos.

—No hablabas en serio, ¿verdad? Cuando amenazaste a sus hijos.

Kit se transformó entre una espiral de humo.

—Funcionó, que era lo que queríamos.

La indignación se agitó en el interior de Eda.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Abelard creyó que les haría daño si me sentía obligado.

—¿Y serías capaz?

La expresión del demonio era indescifrable.

—Si no hubiera más remedio…

—No te creo. No me creo que seas tan… tan insensible, tan brutal.

—El mundo es un lugar brutal para los niños. Tanto tu mundo como el mío.

A Eda se le revolvió el estómago al pensar en la niña asesinada en la calle.

—Razón de más para no aumentar su crueldad. Si trabajan juntos, el alto gobernador y Tenelle podrían desenmascarar al obispo Fane. Toda esta locura terminará.

—¿Sí? Florian Fane no es más que una sombra más en la lista de villanos de esta historia. Mi hermano siempre puede hacer más tratos. Mientras demonios como él sigan campando a sus anchas por el mundo mortal, habrá vidas destruidas.

—Lo sé. Solo quería decir que alguien debería plantarle cara a gente como el obispo. Al menos él es mortal. Se le puede detener.

—¿Y esa persona serías tú, querida? ¿Te crees una especie de heroína popular? —Kit esbozó una sonrisilla irónica—. Cuánto interés te inspira de súbito el obispo. ¿Acaso has adquirido de pronto sentido de la moral?

Eda se crispó.

—Eso no es… No veo por qué el hecho de querer que Fane se hunda en la miseria me convierte en una hipócrita, si es eso lo que estás insinuando. A mí también me beneficiaría.

—Los mortales sufren a diario, ya sea una niña asesinada en plena calle, ya muriendo de hambre en silencio, en una casa destartalada con demasiadas bocas que alimentar.

La única diferencia es que tú presenciaste el primer caso, y eso te ha provocado un arranque de fervor beato.

—Su acritud era palpable—. Los poderosos como mi hermano y el obispo, incluso Abelard Wolfram, solo harán lo correcto si les beneficia.

La justicia que buscas la reparten los poderosos, y los poderosos han llegado adonde están velando por sus propios intereses.

¿Quieres enfrentarte a gente como ellos?

Olvídate del honor y la misericordia, porque en ellos no encontrarás ni lo uno ni lo otro.

—Y eso te exime de culpa, ¿verdad? ¿Amenazar a los niños en lugar de salvarlos está bien, porque es lo que se suele hacer?

—¿Por qué no? —replicó él con rabia—. A mí nadie me salvó. Nadie intentó rescatarme.

Las palabras de Eda se apagaron. Viéndolo ahora, con los puños apretados, lo comprendió súbitamente. Su verborrea de ideales heroicos había echado sal en una herida muy antigua. Su ira vaciló.

—Yo… Lo lamento. Lo que sea que Baelion te hiciera cuando eras niño. Siento que nadie te protegiera. Deberían haberlo hecho.

Kit se quedó quieto, con una expresión vagamente perpleja. A Eda se le encogió el corazón. ¿Acaso nunca había oído una palabra amable?

Él se recuperó.

—No importa. Todo eso fue hace mucho tiempo.

No para ti, pensó ella con tristeza.

—¿Y tú qué? —Los ojos del demonio se posaron un instante en los de ella—. Tu evidente ausencia de resentimiento hacia mi hermano no tiene razón de ser. ¿No estás enfadada por tu propia infancia perdida?

—Fue mi padre el que nos metió en este lío.

—Ah. En ese caso, él es el verdadero villano.

Eda intuyó que se estaba burlando.

—Después de lo que le hizo a mi madre, a nosotros…

—Eso no fue obra suya. ¿Crees que tu doliente padre sabía dónde se metía cuando hizo ese trato con Baelion?

Dijiste que pidió que trajera a su esposa de vuelta.

Baelion conocía la imposibilidad de revivirla tal y como era en vida, pero aceptó el pacto de todos modos.

Una mentira por omisión sigue siendo una mentira.

—Apretó los labios—. A mí me parece que el único delito de tu padre fue amar tanto a su esposa que perdió el juicio.

Se olvidó de ti. Cúlpalo de eso, pero no por lo que hizo con tu madre.

La culpa de esa crueldad en particular recae de pleno en mi hermano.

Eda se miró las botas y tragó saliva. Solo conocía la codicia y la debilidad de sus semejantes, pero ¿cuántos, como ella, hacían tratos por pura desesperación?

La madre de la niña asesinada por el infernal…

¿De verdad Eda podría culparla si suplicara a cualquier poder que le prestara oídos que le devolviera a su hija?

Pensó en su padre. Quizá él solo hubiera sido una víctima más.

Lawrie le había dicho que Oswin actuó por amor; ¿no había negociado ella con Kit precisamente por la misma razón?

El señor Noche se habría burlado de ella de haberlo sabido y no hacía mucho tiempo ella habría reaccionado igual. Esa idea la avergonzó.

Eda se pellizcó el puente de la nariz. La angustia le anudó la garganta.

—Sea como sea, yo tengo la culpa. De todo. A veces pienso que mi nacimiento fue un mal presagio. Maté a mi madre en el parto. Provoqué la captura de Ben y Lawrie. —Se rio con una risa hueca—. Si el señor Noche tiene la culpa, yo también.

Una mano aferró la suya sin previo aviso. Eda se sobresaltó.

Kit la miró con ira.

—Nunca —le espetó— te compares con él. Tú vales mil veces más que ese imbécil.

Ella se lo quedó mirando. Tenía la mano muy caliente, suave y sin callosidades.

«Jamás en toda tu vida has tenido que trabajar con las manos, ¿verdad?», podría haberle espetado, pero no podía articular palabra. Los dedos largos se curvaron sobre los suyos. El pulgar se deslizó por su palma, resiguiendo las líneas.

Eda no recordaba haberse sentido nunca tan alterada por la proximidad de otro. El aroma de Kit, el roce de su ropa contra la suya. La forma en que sus ojos parecían traspasarla. Sentía que él la veía tal como era.

La mirada de Kit se posó en sus labios. Se quedó anonadada. El calor se apoderó de su bajo vientre.

«Ya basta».

Eda carraspeó.

—Es… muy cortés por tu parte. Nunca me habían dicho que mi valor equivale a mil imbéciles.

Se suponía que era una broma. Temía que hubiera sonado como el croar de una rana afónica.

Sin embargo, el hechizo se rompió. Kit parpadeó y la soltó. Retrocedió medio paso. No había nada cortés en el modo en que la había acorralado, y él debía de saberlo. Tuvo la decencia de parecer desconcertado.

—Sí, bueno. No te acostumbres.

Eda sonrió sin saber por qué. Él se mostró aún más turbado.

—Dejando de lado los principios morales, sigo sin tener claro que esté de acuerdo contigo en cuanto a los méritos del mundo humano. En particular aquí. La mayoría de la gente considera Blackbridge poco más que un estercolero, a menos que vivas en Cannington o en Bellmoor Heath.

—No finjas que no vivirías en las partes más bonitas de la ciudad si pudieras, querida. No vas a conseguir que me disculpe por disfrutar de mi riqueza.

—De la riqueza del alto gobernador, quieres decir.

—Semántica. En cualquier caso, hay placeres que descubrir en todos los rincones de Blackbridge, si sabes dónde buscar. Están en todas partes: arte, música, literatura. Maravillas sin fin justo delante de tus narices.

Algo casi infantil cruzó su rostro, una emoción genuina que ella no sabía que Kit era capaz de sentir.

—Seguro que Alderport tiene más que ofrecer.

—Visitaba la capital a menudo cuando era joven.

Fue allí donde el espejo de Ansellis me estuvo escupiendo durante un tiempo: en un gran almacén propiedad de una banda de contrabandistas.

Unos tipos encantadores. Uno de ellos me enseñó a jugar a las cartas, aunque creo que temía que le matara si no lo hacía.

—Sonrió con sorna ante la expresión anonadada de Eda—.

El espejo se desplazaba a menudo, antes de que tu padre se hiciera con él.

Visité casi todas las ciudades de Wesland.

Pero Blackbridge era mi favorita. Me atraían la arquitectura y el ambiente libertino…

—Así que decidiste establecerte aquí. —Eda no entendía nada—. ¿No hay arte en tu casa?

—Infernus no es mi casa. Y no, no como tal.

Si las esculturas no se tallan para honrar el poder de un duque, o si la caligrafía no se aprende para transmitir órdenes, tienen poco valor.

La música, por ejemplo, apenas ha cambiado a lo largo de los siglos.

Son muy pocos los que se molestan en estudiarla.

Es un lujo reservado para entretener a los nobles.

—Entonces, nada de espectáculos de marionetas ni malabaristas.

La risa de Kit sonó como un ladrido. Sin poder evitarlo, a Eda le emocionó ser la causa.

—Las recreaciones de grandes batallas son lo más parecido que he visto.

—¿Entonces son buenas? ¿Las obras de teatro de mi mundo?

—¿Nunca has ido al teatro?

—No podemos permitirnos malgastar dinero en ese tipo de cosas.

Kit negó con la cabeza, desesperado.

—El desarrollo del alma no es ningún desperdicio. De hecho, me ofende que carezcas de intereses artísticos.

Ella contuvo una risa. Hablaba igual que Lawrie.

—¿Crees en las almas?

—Es una forma de hablar, pequeña pagana. Pero con eso queda zanjado el asunto. Vamos.

Eda se apresuró a seguirlo.

—¿Adónde vamos?

—A ampliar tu educación cultural. Sería cruel no hacerlo, teniendo en cuenta que pronto serás una exiliada sin blanca.

—Eso no tiene gracia.

A juzgar por la carcajada del demonio, sí la tenía.