Capítulo 15 #3
Ella respiró hondo y se lo explicó todo del modo más conciso que pudo.
Le habló del pacto de su padre y de su propia servidumbre por contrato.
Le contó lo sucedido la noche que apareció el obispo y el desesperado trato que Eda firmó con Kit.
Lo único que no mencionó fue a Lich y el deseo que al señor del crimen le inspiraba el espejo. Terminó diciendo:
—Ahora necesito rescatarlos, señor. A mis hermanos.
—Más concretamente —dijo Kit arrastrando las palabras—, yo necesito rescatarlos. Para cumplir mi parte del pacto, los chicos Shaw deben ser liberados de la fortaleza de Fell.
—Por todos los santos. Yo carezco de poder sobre la Fe y sobre los Aceros. Lo sabes.
—Claro que lo sé. Pero nuestra misión será más factible si sabemos lo que nos espera en la fortaleza, por dentro y por fuera. Tú nos puedes ayudar en eso.
Wolfram resopló una carcajada explosiva.
—¿Y por qué iba a hacerlo? ¿Sabes los problemas que me has causado, Kit’rath, al dejar que los Aceros te descubrieran como lo hicieron en Harecourt Road?
Veinte años llevaba pagando ese piso, manteniéndote en la más absoluta comodidad, y en una tarde todo ha salido a la luz.
Tenelle es como un perro con un hueso. He destruido hasta el último rastro documental que me vinculaba con el edificio, pero temo que no sea suficiente. Los Aceros son…
—Creía que los tenías en nómina— comentó Kit con ironía, inspeccionándose las uñas.
—A algunos sí, pero Martine Tenelle no es una mujer a la que se pueda comprar. Nunca debería haber ascendido al rango que ocupa.
—¿Porque es una mujer honorable? —preguntó Eda sin ser capaz de contenerse.
«Y llegó adonde está sin hacer ningún trato ilícito, supongo». Sin duda Tenelle era mejor persona que cualquiera de los que estaban en esa sala. Puede que la mujer quisiera la cabeza de Eda, pero no por ello la consideraba menos admirable.
Wolfram entornó los ojos.
—Yo en tu lugar me mordería esa lengua tan presuntuosa, jovencita. Ya están preparando la horca para las ejecuciones de este mes. He oído que tus hermanos están en la lista. El día después de la cosecha de otoño.
Eda palideció. «En menos de quince días». Fane no mataría a sus hermanos antes de la cosecha (se lo había jurado al señor Noche), pero si el demonio no los ejecutaba cuando expirase el plazo, Fane lo haría. Por lo visto, no pensaba perder el tiempo.
Kit la miró de reojo.
—Razón de más para resolver estos tediosos asuntos cuanto antes, Abelard. No te lo estoy pidiendo.
—¿Y si me niego? Mi dinero sigue siendo tuyo. No puedes hacerme daño mientras nuestro pacto siga en pie.
—No, en efecto. —Kit deslizó una uña por el escritorio, rascando la madera—. A tus hijos, sin embargo…
A Eda se le cayó el alma a los pies.
Wolfram dejó el vaso sobre la mesa.
—No juegues conmigo, Kit’rath.
—¿Quién está jugando?
—Te conozco desde hace cosa de veinte años. Poco hemos conversado en ese tiempo, pero no eres un desconocido para mí. Sabes cómo se llaman mis hijos. Los conoces desde la cuna. ¿Cómo te atreves a…?
—Y puedo conocerlos en la tumba, si decido llevarlos allí.
—Es un farol.
—¿Estás dispuesto a averiguarlo?
Wolfram vaciló. Raudo como el rayo, Kit sacó las garras. La ventana se abrió de golpe…
—¡Para! —gritó Wolfram.
Kit se detuvo, acuclillado como un animal salvaje en el alféizar. La risa juguetona de una niña llegó arrastrada con la brisa.
Eda se dio cuenta de que ella también había hecho amago de detenerlo con la mano extendida.
—Kit —cuchicheó.
Unos ojos de lava se deslizaron hacia ella en un rostro gris, sereno y calculador. El miedo la invadió como una marea. ¿Qué podría hacer ella si él realmente quisiera hacer daño a esos niños? ¿Qué podría hacer cualquiera? No lo haría, se aseguró a sí misma. No lo haría.
Odiaba no estar segura.
—Ya has dejado clara tu postura —dijo Wolfram agarrándose al escritorio—. Te ayudaré.
—¿Cómo? —Kit no se movió.
—Tengo… Puedo conseguir los planos de la fortaleza.
La distribución. Puedo pedir que me los traigan en menos de una hora.
Tengo a un hombre infiltrado en la Orden que podría extraerlos sin necesidad de una solicitud oficial.
La fortaleza es antigua y los documentos originales muestran pasadizos olvidados que oficialmente no existen.
Por algo la Orden mantiene en secreto esos documentos.
—¿Será suficiente? —se aventuró a preguntar Eda.
El desdén que le inspiraba el hombre disminuyó un tanto al verlo tan preocupado por sus hijos.
—Es lo máximo que puedo hacer sin implicarme a mí mismo. Me importa esta ciudad, señorita Shaw. Es mi ciudad. No puedo mantenerla a salvo desde el interior de una celda.
Al margen de que la codicia personal hubiera impulsado de inicio a Abelard Wolfram a hacer un trato con un demonio, su dedicación a Blackbridge no parecía insincera. La mente de Eda funcionó a toda prisa.
—Tenelle sospecha del obispo. Si quiere evitar señalamientos y ayudar a la gente, podría tratar de colaborar con ella para desvelar el papel de Florian en todo esto. El Portal… Florian aún debe de tener acceso a él. Podría ser suficiente para demostrar su traición.
Se hizo un silencio. Wolfram resopló despacio.
—Para ser una chica que ha tomado algunas decisiones muy desacertadas —sus ojos se deslizaron hacia Kit— no eres tonta de remate. Ahora entiendo por qué Kit’rath te eligió para romper su racha de abstinencia.
Eda apretó la mandíbula.
—En realidad, fui yo la que le eligió a él.
Kit soltó una risita. Parte de aquella tensión insoportable se disipó, pero Eda permaneció inmóvil bajo la mirada escrutadora de Wolfram. Se preguntó a quién estaba viendo ahora, si a la bruja o a la mujer.
Temía ser ambas cosas.