Capítulo 15 #2
Kit había elegido un corpiño ajustado de color verde musgo a juego con una camisa color crema decorada con bordados florales que se extendían a lo largo de los bajos.
También había unos pantalones de montar de cuero, suaves como mantequilla, del color de la corteza otoñal.
En el fondo encontró una capa de lana, más oscura y gruesa que la suya de siempre, con un broche de marfil en forma de nenúfar en el cuello.
Eda se quedó mirando la flor. Un nenúfar, precisamente.
Nunca había vestido unas prendas de tanta calidad. De hecho, eran preciosas. Prácticas, bonitas y los colores la favorecían. ¿Lo habría tenido en cuenta Kit al elegirlas? No era demasiado probable que hubiera escogido esos tonos por pura casualidad.
—Son… bonitas.
—¿Y qué esperabas, un traje de bufón? —La miró por encima de los anteojos—. ¿Algo escotado y escandalosamente vulgar?
—Me quedaría bien de todas formas.
Esa muestra de seguridad en sí misma no reflejaba la realidad. No tuvo claro que Kit se hubiera dado cuenta, pues sus pupilas se dilataron de golpe.
—Eso no te lo puedo negar, querida.
El tono ronco de su voz aceleró el corazón de Eda, que tuvo que hacer un esfuerzo para no perder el equilibrio.
—Guárdate tus perversiones para ti.
—Si sigues dándome órdenes, va a ser imposible.
El rubor de Eda debió de ser evidente a cien pasos de distancia; se dio media vuelta. «Contrólate». Ponerse a flirtear con el demonio que le había arrebatado cincuenta años de vida sería caer realmente bajo.
Eda se escondió detrás de un carro de caballos abandonado al final del callejón para cambiarse. Kit montó guardia. Estaba decidida a lanzarle un zapato si se asomaba, pero él no miró.
Todo le sentaba de maravilla. Como una segunda piel que realzaba su silueta en lugar de ocultarla, y sintió que el pecho se le hinchaba por lo acertado de su atuendo.
Se sentía segura de sí misma. Eda deslizó las manos por el corpiño.
Aunque no debía sentirse halagada por el hecho de que él conociera sus medidas a simple vista, se dijo.
Solo se fijaba en ella porque era un sátiro repugnante.
Se planteó soltárselo a la cara cuando salió, dejando las prendas viejas abandonadas.
La expresión de Kit se lo impidió.
Fue algo breve, que se desvaneció al instante. Pero Eda lo vio. El gesto relajado de su boca. Una ternura que le suavizaba la mirada. Kit carraspeó y devolvió los lentes a sus ojos.
—¿Vamos?
Se adentraron en Bellmoor Heath. Kit la guio a la entrada en receso de un patio señorial protegido por altos muros.
Más allá, una fuente ornamentada borboteaba entre impecables plantas y parterres de flores.
Al fondo se erguía un edificio que rodeaba el jardín por tres lados.
Tres pisos de piedra oscura y elegantes ventanas batientes con vigas de madera y ladrillo en lugar de sauce y yeso.
Exactamente lo que cabía esperar de la residencia de un alto gobernador.
—¿Y ahora qué?
La única respuesta fue un lento parpadeo de ojos felinos antes de que Kit cruzara la verja. Eda se quedó indecisa, mirando en derredor. Llevaba el manto sobre su nueva capa, la capucha echada y el rostro embozado, pero le angustiaba la idea de quedarse sola en la calle.
Kit desapareció entre los rosales podados que crecían bajo una ventana abierta. Instantes después, un ratoncito negro corrió por el alféizar.
Esperó. Dobló los dedos una y otra vez, como si pudiera sacudirse el nerviosismo. Era la hora del almuerzo, ¿no? Eda imaginó a Kit transformándose entre una explosión de humo negro en la mesa del gobernador, a su esposa y a los niños volcando las sillas de la impresión.
Pero el caos no estalló. En vez de eso, se abrió la puerta principal.
Un portero cruzó el patio a paso vivo. Eda se dispuso a salir corriendo, pero el joven se limitó a abrir la verja.
Miró a un lado y a otro con expresión desconcertada.
Sus ojos vacilaron un instante cuando se posaron en ella y luego miraron a otra parte.
—¿Señorita…?
Ella carraspeó.
—Hola…
—¡Por todos los santos! ¿De dónde ha…? —El hombre se sonrojó. Los ojos abiertos de par en par la escudriñaron con asombro—. Eh, es decir…, pase, señorita. El señor la está esperando.
Ella le dio las gracias, consciente de que él guardaba las distancias mientras la acompañaba a través de la puerta principal.
Eda se apresuró a abrir el broche de pata de pollo y el manto resbaló por sus hombros.
Kit había insistido mucho en eso. Lo estrujó contra su pecho mientras el mayordomo la guiaba hacia un lujoso vestíbulo embaldosado y, a continuación, hacia la escalinata doble.
Se detuvieron ante una puerta cuyo dintel estaba decorado con dos unicornios encabritados, tallados en hermosa madera de cerezo. El mayordomo le indicó que pasara. El interior estaba suntuosamente amueblado, todo en tonos cálidos y acogedores. Ella apenas se fijó.
Abelard Wolfram la fulminó con la mirada.
—¿Es ella?
Eda tardó un momento en percatarse de que le estaba hablando a Kit.
El demonio estaba recostado con languidez contra una ventana de la pared izquierda.
Lechosos rayos de sol le iluminaban el cabello y los hombros.
Las motas de polvo bailaban sobre él. De no ser por esos ojos líquidos que tenía, habría podido pasar por un santo en el fresco de una casa templo.
—Abelard, te presento a Eda Shaw.
El alto gobernador estaba de pie junto a su escritorio, cruzado de brazos. Miró fijamente a Eda, luego a Kit, y por fin de nuevo a ella.
Su aspecto era ordinario. Eda había visto a Wolfram desde la distancia, pues solía supervisar los actos públicos, pero de cerca no se parecía en nada a lo que ella había imaginado.
De estatura media y cabello salpimentado, el gobernador era apuesto, aunque algo avejentado.
Las arrugas en torno a la boca y los ojos sugerían falta de sueño, pero había inteligencia en su mirada azul cuando la evaluó. Astucia.
—Es un honor, señor —consiguió articular Eda.
Se aferró a la capa como si fuera un escudo. Era una mujer buscada por la ley, y si alguien tenía el poder de enviarla directamente al cadalso era él. «Tengo que confiar en Kit. No me habría traído aquí si pensara que corro peligro».
Wolfram no respondió. Se sirvió un vaso de líquido ámbar de una jarra.
—Por si no fuera ya bastante desafortunado que te persones aquí cuando insistí en que no lo hicieras, Kit’rath, encima traes a mi casa a una mujer acusada de asesinato.
Su voz era tranquila, con ese tono diplomático que es propio de los políticos. Algo más duro acechaba debajo.
—Mis hijos están jugando ahí fuera.
Kit miró por la ventana.
—Tus dos hijos menores, ¿no? Hyacinth y Faron.
Wolfram sujetó el vaso con más fuerza.
—Me has pedido que dejara entrar a la chica. Lo he hecho. Ahora hazme el favor de explicarme de qué va todo esto. —Se fijó en la preciosa chaqueta de Kit—. Últimamente te sirves de mis recursos a tu antojo.
Eso explicaba la cuenta del sastre.
—Cuidado, alto gobernador. Puede que tu cargo te otorgue autoridad sobre la mayoría, pero no sobre mí. ¿O acaso has olvidado quién te proporcionó esta magnífica mansión? —La sonrisa de Kit era desagradable—. Todo lo que tienes ha llegado a tus manos gracias a mí.
Wolfram se tensó.
Eda los miró alternativamente. Wolfram y Kit habían firmado un pacto, pero ella apenas había sido capaz de creerlo hasta este momento.
El alto gobernador era una figura insigne en la ciudad, representante electo y supervisor jefe de todos los que vivían en ella.
Se suponía que debía ser irreprochable. Tenía sentido, supuso, que el líder de un lugar como Blackbridge fuera corrupto.
¿Sería el caso también de los altos gobernadores de otras grandes ciudades?
¿Alderport, Dawnmouth, Netherton? ¿Habían accedido a sus cargos de forma honrada o también ellos habían firmado un trato funesto para ganarse los votos de la nobleza?
—Cómo olvidarlo. —Los ojos de Wolfram se desviaron hacia Eda—. He pagado mi deuda. Y todavía la pago.
—No te preocupes por ella. Eda Shaw está al corriente de nuestros acuerdos.
Wolfram giró la cabeza hacia Kit con brusquedad.
—¡No puedes comentar los términos de nuestro acuerdo con nadie!
—No lo hice… directamente. La señorita Shaw acudió a mí con conocimientos previos. Yo me limité a no sacarla de su error.
Wolfram la miró con renovada desconfianza.
—Hiciste otro pacto.
A Eda no le gustaba que hablaran de ella como si no estuviera presente. Trató de imprimir desdén en su voz al decir:
—Lamento la impertinencia, señor. No he venido para… para chantajearle ni amenazarle en ningún sentido. Simplemente necesito su ayuda.
—¿Ah, sí? ¿Y cómo diste con Kit’rath de buen comienzo? ¿Qué sabías de nuestra conexión y cómo llegaste a enterarte?
Eda titubeó. No le parecía el momento ideal para mencionar que trabajaba con Severin Lich.
—Eso es… complicado.
Él esbozó una sonrisa burlona.
—Me imagino que sí.
—Centrémonos en el tema —intervino el demonio—. Únicamente conoces las mentiras que se cuentan sobre Eda Shaw. Ten por seguro que ella no es la villana que estás buscando.
Kit se paseaba junto a las paredes de la sala, pasando las yemas de los dedos por los cuadros y los candelabros de bronce.
—Ha firmado un pacto contigo —dijo Wolfram—. Eso habla de su carácter con la suficiente claridad como para que desconfíe de ella.
—Le dijo el cazo a la sartén…
—No digo que yo esté exento de culpa. Pero eso no cambia mis objeciones. Si ella no es la responsable, ¿a quién debemos atribuirle la presencia de esas horripilantes bestias en la ciudad?
Eda miró a Kit. Él enarcó una ceja. «Supongo que ha llegado el momento».
—Eso no es obra mía, gobernador. El responsable se llama Florian Fane.
Abelard abrió los ojos de par en par.
—¿Acusas a un clérigo de la Fe?