Capítulo 15
QUINCE
C uando Eda despertó a la mañana siguiente, tenía delante unos ojos negros y brillantes como cuentas.
—¡Oh, por todos los…! ¡Ay!
Se golpeó la cabeza contra el casco de la barca cuando pegó un respingo de alarma.
Tripp siseó y se retiró a la mesa.
—Tranquila. Vas a asustar a Viejo Cascarrabias.
Robin estaba en la cocina, friendo pan en manteca. El gato en cuestión estaba descansando en su estante. Fulminó a Tripp con la mirada al tiempo que agitaba la cola con violencia.
—¡El diablillo me miraba como si se propusiera devorarme mientras dormía!
—Tripp nunca se rebajaría a comer esa horrible carne humana. Cartílago repugnante y bocados nervudos, nada más.
—¿Y cómo lo sabes exactamente?
Los afilados dientes del diablillo destellaron cuando sonrió.
—Ya basta. —Robin ahuyentó a Tripp de la mesa como si fuera una mosca, cosa que le valió un gruñido. Lo demoniaco no parecía inspirarle el menor temor—. ¿Dónde está el terco de tu señor esta mañana? No le he visto desde que le limpié la pierna.
—Los asuntos de mi señor son cosa suya, vieja bruja.
—Ah. Así que tú tampoco lo sabes.
—¡Tripp es el servidor más fiel de lord Kit! Siempre ha disfrutado de su confianza.
—Pensaba que había prescindido de tus servicios —dijo Eda, deleitándose en la furia del diablillo.
—¡Tripp ha velado por su señor desde que era un infante en la cuna y morirá a su lado! Cuando recupere el título familiar, Tripp también estará allí.
Eda estudió al diablillo. La ferocidad de su expresión solo podía interpretarse como afecto genuino. Era extraño percibirlo en un rostro tan monstruoso.
—¿Serías capaz de morir por él?
—Tripp es el familiar de Kit’rath Ansellis.
Como si eso lo explicara todo.
—Le tienes cariño.
Tripp abrió la boca, pero la cerró de golpe. Hinchó el pecho.
—Una simple mortal no puede entenderlo.
«Es casi conmovedor». Robin preguntó:
—¿Y tú, corderita? Después de lo de ayer, me parece que tendrás que ocuparte de ese obispo. A menos que quieras pasar el resto de tus días huyendo de la Fe…
—Ese es el menor de mis problemas. En cuanto libere a Ben y a Lawrie, tendremos que llevarle el maldito Portal a Severin Lich. Si no lo conseguimos, habrá que abandonar Wesland. Marcharnos a Forisia, tal vez. O a las Islas.
—Los criminales sin blanca perseguidos tanto por clérigos como por señores del crimen no suelen vivir mucho tiempo.
—De todos modos, no voy a vivir mucho más —replicó Eda.
Las palabras flotaron amargas en el silencio subsiguiente—.
Lo siento. Es solo que… no puedo pensar en lo que pasará después.
Si acaso consigo rescatarlos, mis hermanos y yo aún tendremos que entregarle al señor Noche sus últimos diez años.
Después de eso… no lo sé. Al menos seremos libres.
—Quizá. Pero ¿por cuánto tiempo?
A Eda no le gustaba ese tono de voz en particular: suave y compasivo.
Le disgustaba aún más carecer de una buena respuesta.
Cualquier futuro posterior al rescate de sus hermanos era tan difuso como el humo.
Pensar que podría pasar sus últimos y preciados años huyendo de las garras de la Fe, o de Severin Lich, escondida como un zorro en una madriguera…
Robin tenía razón. Solo sería cuestión de tiempo antes de que les capturaran, les quitaran la vida o murieran de hambre como mendigos en alguna calle extranjera.
¿Era ese el destino que les aguardaba a Ben y a Lawrie después de todo lo que había hecho para salvarlos?
El rostro de Florian Fane se dibujó ante sus ojos. Se aferró los pantalones. «Quiero que se arrepienta de haber ensombrecido nuestra puerta con su presencia». Más que eso, quería que Ben y Lawrie sobrevivieran. Aunque Eda no estuviera allí para verlo. Aunque ella no llegara a tener una vida propia.
Desenmascarar al obispo. ¿Sería suficiente para limpiar los nombres de sus hermanos y recuperar su libertad?
Una corriente de aire circuló por la cabina. Kit apareció en la puerta de entrada y se apoyó en la jamba.
—¿Preparada para otro paseo a caballo, querida?
—¿No puedes convertirte en una mula? ¿Algo que no sea tan alto y tan… rápido?
—El aprendizaje de un cambio a una forma concreta requiere años de estudio y práctica. Solo conozco cinco. ¿Crees que malgastaría el esfuerzo en una maldita mula?
Eda contó con los dedos.
—Gato. Ratón. Caballo. Pájaro. ¿Cuál es el quinto, pues?
No creía que el rostro de Kit, tan parecido al suyo verdadero, contara como transformación. Si el señor Noche era capaz de lo mismo, no podía ser un truco exclusivo de los metamorfos.
—Deja de ser tan fisgona.
—Todavía no me has dicho quién es ese «amigo influyente». De hecho, no creía que tuvieras amigos —dijo en tono sarcástico.
—Es un término intenso, lo reconozco. Firmamos un pacto.
Eda se atragantó con el té.
—Espera. ¿Te refieres a Abelard Wolfram? ¿El alto gobernador Abelard Wolfram?
Casi había olvidado por completo ese pequeño detalle. Las sospechas de Severin Lich de que Wolfram era un tipo peligroso la habían conducido a Kit de buen comienzo.
—A menos que haya otro por ahí del que no haya oído hablar. El de Abelard es el único pacto que he firmado desde que llegué, sin contar el tuyo.
—Él paga tu apartamento —meditó Eda. «Y el desmesurado estilo de vida, sin duda»—. ¿De verdad le ayudaste a convertirse en alto gobernador? ¿Cómo?
—Merodeando, investigando, chantajeando. Sembrando pruebas falsas para aplastar a sus rivales. En un caso concreto, colgando a un hombre por los tobillos de la ventana de un tercer piso.
—Estás describiendo un trabajo de mercenario al uso.
Eda se había preguntado si los demonios iban por ahí cumpliendo pactos de formas prosaicas. Ahora, conociendo los límites de su magia, la noción no le sorprendía; aunque dudaba de que la mayoría de los donantes lo supieran. Un demonio jamás admitiría tal carencia.
—Te agradecería que no me compararas con un simiesco matón a sueldo, pequeña pagana.
¿Alguna vez te has colado entre las bisagras de una caja de seguridad?
No, no lo has hecho, porque no puedes convertirte en un ratón, y aun así entrar a presión fue un asunto endemoniado.
¿Estás preparada para que nos marchemos o no?
Eda dio un sorbo apresurado al té y se puso en pie, haciendo caso omiso de la mirada asesina de Tripp y de la sonrisa burlona de Robin.
—Lista.
Kit puso cara de asco al ver el antiestético manto y los pantalones heredados.
—Te buscaremos unas prendas más elegantes antes de reunirnos con él. No puedes presentarte allí con el aspecto de una delincuente sin hogar.
—Soy una delincuente sin hogar.
—El gobernador se tomará mejor nuestra visita sorpresa si no pareces una bruja chiflada salida de un lodazal. Mi atractivo físico solo puede compensar hasta cierto punto tu aspecto.
—No tu personalidad insufrible, qué duda cabe.
Kit le tendió la mano.
Eda la tomó al mismo tiempo que se preguntaba cómo alguien tan grosero podía tener, al mismo tiempo, unos modales tan exquisitos. Y por qué, al notar el roce de su piel, un pequeño escalofrío le recorría el brazo.
Su recorrido por Blackbridge transcurrió, por fortuna, libre de incidentes.
En cierto momento Kit la arrastró por un estrecho callejón del barrio comercial de Bellmoor Heath.
Aparte de Cannington, era el distrito más próspero de la ciudad.
Las tiendas exhibían fachadas imponentes y vigas talladas, escaparates de cristal y figuritas de yeso.
A su lado, Antigüedades Shaw parecía un cuchitril.
—¿Qué hacemos aquí?
—Vamos de compras. Como ya te dije.
—¿Vas a pavonearte por una tienda como si nada?
—Yo no me pavoneo.
Echó un vistazo por encima del hombro.
—No se me ve la cola, ¿verdad?
—No…
—Entonces deja de quejarte. Tú no puedes entrar, pérfida señora de los infernales, pero es improbable que a mí me reconozcan.
Eda seguía farfullando cuando él la adelantó con elegancia al tiempo que se tapaba los ojos con los anteojos tintados.
—Pero ¿tienes dinero?
—Tengo una cuenta.
—¿Una qué?
Kit cruzó la calle con andares despreocupados.
La ciudad parecía más tranquila de lo habitual.
Adormilada. Ni siquiera la presencia de monstruos podía detener el ajetreo de la villa, no cuando había trabajo que hacer, pero el temor se respiraba en el ambiente.
Eda se preguntó si la gente de Lich todavía le seguiría el rastro.
Supuso que sí. El manto la ocultaba, pero Kit llamaba la atención lo suficiente como para que aquellos que le buscaban pudieran dar con él.
«Y si Lich tiene controlado a Kit, a mí también».
Eda se pegó a las sombras del callejón y aguardó.
En parte esperaba que estallara algún tipo de alboroto.
Gritos, divanes lanzados por las ventanas, ese tipo de cosas.
Pero después de quince minutos de angustia, Kit reapareció por la puerta principal de la sastrería cargado con un gran paquete.
Cuando estuvo a punto de chocar con dos damas, se disculpó con una reverencia histriónica.
Las mujeres se sonrojaron y le lanzaron miradas de admiración por encima del hombro.
Una susurró algo al oído de su amiga. Compartieron risitas.
Eda no se lo podía reprochar. Kit lucía un nuevo jubón y un coleto corto de brocado negro con ribetes dorados: el epítome de la riqueza discreta.
Los anteojos con viseras laterales que le cubrían los ojos le conferían un aire de rebelde misterio.
Si antes era guapo, ahora resultaba sencillamente irresistible.
«Menos mal que yo era el motivo de esta pequeña excursión».
Él le tendió el paquete.
Eda lo desenvolvió.