Reap & Sow (Reap & Sow 1) Capítulo 14 #3
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Capítulo 14 #3

El tapiz que era Kit’rath Ansellis representaba ahora algo casi comprensible.

Un demonio que no firmaba pactos. Que se escondía en una vivienda humana y coleccionaba arte humano, bebía vino humano, disfrutaba con la moda humana.

Imitaba su tono y copiaba su forma de hablar.

No solo por necesidad, sino por un deseo de pertenencia.

No le cabía en la cabeza. El señor Noche despreciaba las cosas de los mortales.

Estaban por debajo de él, algo del todo lógico, pues ¿qué podía codiciar un ser dotado de tal elegancia y poder del ser humano?

Eda nunca se lo diría en voz alta a Ben o a Lawrie, pero habría preferido ser el gobernante que la sirviente. ¡Ay, quién fuera tan poderosa!

Sin embargo, tenía delante a un demonio que lo rechazaba todo.

Eda se sintió de repente separada de sí misma, como si un viejo grillete se hubiera aflojado.

Por fin era libre de mirar desde una perspectiva o la otra, de ver las cosas desde nuevos ángulos, aunque no tenía claro que le gustara lo que veía.

Kit hablaba de la humanidad con más empatía de la que ella jamás había sentido. ¿Era una falla del demonio o suya?

Algo parecido a la vergüenza la indujo a carraspear.

—¿No quieres recuperar tu ducado?

—Nunca fue mío.

—Podría serlo.

—Hablas igual que Tripp.

—Supongo que tendrías que…

«Matar a tu hermano».

Eda se concedió permiso para imaginarlo: el señor Noche, muerto.

La cosecha de otoño llegaría y pasaría sin más.

El obispo perdería sus ilícitos poderes sobre los infernales.

Los Shaw serían libres por fin. Los pactos se extinguían con la muerte del demonio que los forjó, y ellos no le habían entregado al señor Noche años de vida; no hacía falta que fueran ellos el brazo ejecutor.

Además, sería absurdo que lo intentaran. Pero si Kit pudiera hacerlo…

Un pensamiento embriagador hasta extremos peligrosos.

—Baelion tiene tanto derecho al ducado como yo. Por mí puede quedárselo.

—¿Aunque tu pueblo prefiera seguirte a ti?

El tono de Kit se tornó gélido.

—Te gusta opinar de asuntos de los que nada sabes.

Se estiró la pernera del pantalón.

«Y tú tienes miedo». Contempló su perfil, iluminado por el cielo del atardecer.

Más allá de la piel gris, los cuernos curvados y la boca repleta de brutales colmillos, había miedo.

Kit le tenía miedo al señor Noche. Eda supuso que ya eran dos.

«No seré libre mucho tiempo, ni aunque matemos a Baelion.

Estoy condenada, al margen de cómo acabe esto».

Un terror frío la embargó, como ocurría cada vez que se permitía pensar en su pacto.

¿En qué estaba pensando? ¿Por qué charlaba con este demonio como si nada de todo eso importara?

Había vendido cincuenta años de su vida, y él los había aceptado sin pestañear.

No era un amigo ni un confidente. No debía olvidarlo.

Eda se puso en pie.

—Tienes razón. Sé muy poco de ti, y tú muy poco de mí. Una vez que liberemos a mis hermanos y encontremos el espejo, nuestros caminos se separarán.

Él también se levantó.

—¿Y el obispo? ¿Dejarás a esta gente a su merced?

—Igual que tú dejas a tu pueblo a merced de Baelion, supongo.

El gesto de Kit se crispó.

«Adelante —pensó acalorada—, acúsame de ser egoísta».

Pero Kit fue lo bastante sabio como para no decir nada. Eda se alegró. El escaso margen que tenía para preocuparse estaba reservado a su familia. Ya había pagado un precio bastante alto. El destino de Blackbridge no era su problema.

Sin poder evitarlo, pensó en la sangre sobre los adoquines. Los gritos de una niña pequeña, truncados. Se mordió la lengua para contener las náuseas.

Desesperada por cambiar de tema, Eda preguntó a bocajarro:

—¿Qué palabra era esa que dijiste? Cuando los Aceros irrumpieron en tu casa.

—¿Cuál?

—Sonó como si fuera un improperio. «Vepak-algo». «Vanash». «Vek»…

La carcajada de Kit fue tan repentina que Eda dio un respingo.

—¿Quieres decir vhesak ?

—Esa misma. ¿Qué significa?

—La traducción más aproximada sería «joder», supongo.

—¿Y cómo se dice «que te jodan»?

Él parecía encantado con ese interrogatorio.

— Vhesak’din. ¿Por qué?

—Presiento que le voy a dar uso durante el tiempo que pasemos juntos.

Kit esbozó una sonrisa burlona.

—Tomo nota. A la Oriana, pues. Tengo que amenazar a Robin para que le eche un vistazo a esta pierna. —Se fijó en el pañuelo empapado de sangre que yacía arrugado en el suelo. Su expresión se suavizó—. Tienes mi gratitud. Por… eso.

Con las mejillas ardiendo sin saber por qué, Eda se limitó a asentir.

—No podemos perder más tiempo. No estamos más cerca de saber cómo sacar a mis hermanos de allí.

—En eso te equivocas, querida. Ahora sabemos que esas hogueras de aviso cumplen su función. Sabemos que el obispo te ha señalado a ti como la responsable de los infernales. Y sabemos que los Aceros te reconocen, por lo que vas a necesitar ese manto.

Eda frunció el ceño.

—¿Y se supone que eso son buenas noticias?

—Entender algo es el mejor modo de desarticularlo. Ahora solo tenemos que averiguar qué hay más allá de ese portón. Una vez que lo sepamos, podremos planear el modo de entrar y salir.

—Y supongo que casualmente han llegado a tus manos unos detallados planos de la fortaleza.

—A las mías no —respondió Kit alargando las palabras—, pero tengo un amigo en las altas esferas.