Capítulo 14 #2
—Baelion y yo somos hermanos por parte de madre —empezó Kit—. Ella era archiduquesa. Al no tener hijas que pudieran heredar el título, recaería en uno de nosotros. Baelion nació mucho antes que yo, pero la edad influye poco en la sucesión en Infernus. Solo los más fuertes tienen preferencia.
Eda lo meditó. El señor Noche parecía tan joven como Kit, pero, como bien sabía, nunca le habían faltado años humanos para prolongar su existencia.
—Baelion era hijo de un consorte de bajo rango. Mi padre era muy amado por nuestra madre y uno de los favoritos de la corte. Cuando empecé a exhibir destreza mágica siendo muy joven, todos susurraron que yo era la elección más obvia como sucesor.
—¿Baelion no puede cambiar de forma? ¿Ni caminar por el techo?
—No. Muy pocos pueden. Mi hermano es experto en magia de sombras y poco más. Una habilidad útil, pero considerada trivial por la mayoría. Una sombra no puede mutilar ni matar. Baelion acabó dependiendo de su destreza física para demostrar su fuerza. Es un luchador excelente.
—Pero él trajo de vuelta a mi madre.
—No lo hizo. Debió de solicitar ayuda a algún otro demonio para revivirla. Uno con el poder de la reanimación: otro talento poco habitual. Es frecuente que los demonios intercambien favores o riquezas para cumplir los pactos.
La sorpresa la dejó sin palabras. La condenada resurrección de su madre les hizo pensar que el señor Noche ostentaba un tremendo poder, por no mencionar todas las formas retorcidas en que otorgó a los donantes exactamente lo que habían negociado.
Se acordó de las piedras convertidas en monedas de oro, de los anillos encantados y los hombres cegados.
Sin embargo, nada de eso había sido obra suya.
—La magia es poder —prosiguió Kit—. Me granjeó popularidad. Ni siquiera mi madre trató de ocultar su favoritismo. Baelion no podía soportarlo.
Eda hizo una mueca al oírlo. Recordó el momento en que el señor Noche se enfrentó con el obispo, la furia latente que le desencajaba las apuestas facciones.
Con ellos siempre fue un dechado de serenidad, pero los Shaw nunca se habían atrevido a contradecirle.
No le costaba imaginar la terrible ira que reservaba para quienes lo hicieran.
«Mi pueblo siempre ha tenido talento para la magia —le había dicho Kit—, pero antes nuestra capacidad era mucho mayor. Con el paso de los siglos, nos… debilitamos». Al parecer el señor Noche no era una excepción. No era de extrañar que le molestara tener un hermano tan singularmente dotado.
—Es habitual que un hermano acabe con la vida de otro —prosiguió Kit como si estuviera hablando del tiempo—.
Solo uno puede heredar el título familiar.
Baelion lo sabía. Me habría aniquilado sin dudarlo en la cuna de no ser por nuestra madre.
Mientras que otros padres habrían apoyado las luchas internas para asegurarse el sucesor más fuerte, ella estaba decidida a que ambos viviéramos.
Al no poder matarme directamente, Baelion encontró…
otras formas de dar rienda suelta a sus celos.
Las palabras fluían ahora con rapidez, como si hubiera esperado una eternidad para liberarlas.
—Él y sus pequeños amigos jugaban a atormentarme.
Pretendían intimidarme tanto que no me atreviera a enfrentarme a él cuando llegara el momento.
Crecí con miedo. Le repetí una y otra vez que no le disputaría el ducado, que no sentía interés por gobernar.
Pero mis promesas no fueron suficientes.
Contaba con el favor de la corte de mi madre, y eso me convertía en una espina en su costado. No descansaría hasta arrancársela.
El viento le empujó el pelo oscuro hacia atrás.
—Cuando nuestra madre murió, supe lo que iba a pasar.
Las campanas de luto aún resonaban cuando sus serviles aduladores vinieron a por mí.
—Se rio sin alegría—. Baelion pidió que me condujeran ante él para poder ejecutarme en público y convertir mi muerte en un espectáculo.
Ese fue su error. Debería haberles pedido que vigilaran el espejo de Ansellis antes que nada.
—El Portal —susurró Eda al atar cabos—. Huiste a través de nuestro Portal.
—El Portal de Baelion —la corrigió él—. Pero sí. Escapé y fui a parar a un pequeño sótano humano. El pobre tipo que estaba allí debió de llevarse un susto de muerte. —La miró—. Acabo de descubrir que era tu padre, con toda probabilidad.
Kit había estado allí. En el sótano de Eda, en su casa, mientras ella dormía en la cuna en el piso de arriba. Solo por un instante sus destinos se habían cruzado, para luego separarse durante los siguientes veinte años. «Y aquí estamos de nuevo, unidos como el hilo de una tela».
—De modo que buscaste a Robin para que encantara ese anillo y desde entonces te escondes de Baelion.
—Mientras tú vivías a su lado. —Su expresión se ensombreció—. Me extrañó tu serenidad cuando viniste a verme por primera vez. El motivo es obvio, supongo. Cómo ibas a sobrecogerte ante mí después de vivir bajo el yugo de mi hermano toda tu vida.
—No es… No es así. Él nunca fue cruel con nosotros.
Recordó el dedo pálido sobre su mejilla, la sonrisa cariñosa que el demonio reservaba solo para ella.
—Qué suerte la tuya —dijo Kit—. No tanta para esa niña esparcida sobre los adoquines, me temo.
La frialdad con la que habló de lo sucedido revolvió el estómago de Eda. De nuevo recordó su alarmante insensibilidad ante la barbarie, por más que él afirmara no regodearse en ella.
—Fue Florian quien la mató. Los infernales obedecen las órdenes del obispo.
—Con el poder que Baelion le ha concedido. ¿Piensas que a mi hermano le preocupa lo más mínimo lo que les pase a las gentes de esta ciudad, sabiendo que sus vidas prolongarán su existencia?
No. Sin duda le traía sin cuidado. Egoístamente, Eda tan solo había esperado que el señor Noche sintiera cariño por ella.
—Es Florian Fane el que orquesta este espectáculo. El señor Noche solo hace lo que hacen los demonios.
—No sabes nada de demonios. —Con un temblor difuso, la piel de Kit se tiñó de gris.
Los colmillos destellaron—. No sabes nada del mundo del que procedo.
Es violento y despiadado, te lo concedo, pero Baelion no tiene parangón.
¿Crees que le conoces? Te equivocas. —Se llevó una garra al cuerno roto—.
No lo perdí por accidente. Solo era un niño en aquel entonces. Me inmovilizaron. Baelion se rio.
Eda observó las grietas finas como cabellos que se extendían por el muñón. No le habían serrado el cuerno, comprendió, sino que se lo habían partido en dos por la fuerza.
—Yo solo digo que la gente pide pactos y emplea su nuevo poder e influencia para el mal. Los humanos son tan malos como los demonios. A veces, peores.
—Qué mala opinión tienes de tu propia especie.
—Como si tú no pensaras lo mismo de nosotros.
—¿De los humanos? ¿Por qué motivo?
Ahora le tocaba a ella mirarle con atención. Pensó en la voz del señor Noche en la oscuridad de su salón, la luz del fuego sobre su rostro de mármol. «Tú ves la codicia y el egoísmo de los hombres igual que yo, Eda Shaw».
—Pero… a tus ojos debemos de ser poco más que animales jugando en el barro. Con tus poderes, tu larga vida. ¿Qué somos los mortales, comparados con eso?
Menospreciarse era fácil cuando una estaba convencida de la propia inferioridad. Kit, en cambio, la miraba con expresión impasible. No respondió. Se hizo la luz en la mente de Eda.
—A ti te gusta vivir aquí.
Tembló un músculo en la mejilla del demonio. Apartó los ojos ardientes, atraídos de nuevo por el horizonte crepuscular.
—Crecí colándome en vuestro mundo cada vez que tenía oportunidad. Cuando Baelion me mantenía vigilado o cuando la presión de haber sido educado para gobernar se me antojaba insoportable, escapaba a este mundo. Los pactos me traían sin cuidado. Paseaba por las mugrientas calles humanas y fingía que…
Dejó la frase en suspenso.