Reap & Sow (Reap & Sow 1) Capítulo 14
38%

Capítulo 14

CATORCE

N inguno de los dos pronunció palabra hasta la puesta de sol.

Encontraron un refugio temporal en la azotea de un edificio de viviendas. Era el más alto de la calle y ofrecía vistas excelentes de los tejados renegridos y del humo que se elevaba de las chimeneas.

Se sentaron codo con codo en el borde de la azotea. El demonio se remangó el pantalón, aspirando aire entre dientes.

—¿Duele?

—No, querida. De hecho, me produce un cosquilleo agradable.

—Puedes caminar por las paredes y convertirte en distintos animales. Que tuvieras una alta tolerancia al dolor no sería tan sorprendente.

Sin embargo, al ver el estado de su piel desnuda, era imposible imaginar que no sufriera.

La plata coloidal apenas habría teñido la piel de un mortal de un color gris azulado.

A Kit, le había corroído la pantorrilla dejando surcos ensangrentados allí donde su carne se había derretido como pegamento caliente.

—La plata es… diferente. —Hizo una mueca—. Dejará cicatriz. Pero se curará.

Eda ya estaba rebuscando en el bolsillo de sus pantalones el pañuelo arrugado que Lawrie había dejado allí.

Kit se sobresaltó cuando ella alargó la mano.

—¿Qué haces?

—Limpiar la herida.

Los ojos de lava parpadearon. De haber sido aún un gato, tendría las orejas pegadas a la cabeza, imaginó Eda.

—¿Por qué?

Ella frunció el ceño.

—Para evitar que empeore. No tengo agua limpia, pero podemos eliminar cualquier resto de plata que aún te esté quemando.

Impaciente, le rodeó la espinilla con la mano.

Kit siseó y la retiró bruscamente.

—¡No seas tan infantil! Quédate quieto.

Eda limpió con cuidado los bordes ensangrentados de la herida. Se sonrojó al notar la pierna firme y caliente contra su mano. «No le mires».

A pesar de la tensión que prácticamente le vibraba a través de la piel, Kit se sometió a sus cuidados.

—Puedo hacerlo yo —dijo entre dientes.

—Ya lo sé. Pero te hiciste daño por defenderme. Por favor, deja que te cure.

Se hizo el silencio. Kit pareció relajarse poco a poco bajo sus dedos. Cuando Eda se atrevió a levantar la mirada, él estaba contemplando el paisaje con expresión nostálgica.

—Es precioso con esta luz.

El sol se había hundido aún más en el horizonte tiñendo el cielo de un rojo sangre.

El perfil de la ciudad era un juego de contrastes: agujas oscuras contra los tonos rosados y anaranjados del cielo.

Salpicando la oscura silueta de la arquitectura de Blackbridge, pequeñas farolas cobraban vida en la calle, los fuegos en los hogares. Estrellas contra un manto crepuscular.

La melancolía de su tono la pilló por sorpresa.

«Precioso». Eda nunca lo había pensado. Abajo, entre la suciedad de las calles y la humedad de los canales, Blackbridge siempre se le había antojado un inmenso nido de miseria humana, y ella, tan solo otra rata correteando por la inmundicia. Pero ahí arriba…

—Supongo que sí.

Le sorprendió descubrir que hablaba en serio.

Por muy gloriosa que fuera la puesta de sol, era Kit quien absorbía su atención.

Él seguía adoptando su forma mortal, aunque no estaba claro por qué lo hacía: no había nadie alrededor para verlo.

Eda observó el resplandor rojizo del cielo en su rostro y se preguntó en qué estaría pensando.

Si echaba de menos su mundo. Si le molestaba tener que quedarse en este, con hermosos horizontes o sin ellos. Sin duda al señor Noche le molestaría.

Pero en Kit no percibía resentimiento.

Eda tragó saliva. Buscó una parte del pañuelo que no estuviera empapada de sangre.

—Esa niña…

La imagen de las mandíbulas del infernal cerrándose sobre el cráneo de la pequeña estalló como un fogonazo detrás de sus ojos.

—Así son los infernales, para tu información.

—Pero se inclinó ante mí. ¿Por qué haría eso?

—Nadie puede culpar al obispo de controlarlos si se someten de forma manifiesta a otra persona. Sospecho que tienen órdenes de mostrarse sumisos en tu presencia. Qué suerte para ti que la propia comandante de los Aceros lo viera en acción.

Eda se mordió el interior del carrillo. Le limpió la parte más afectada de la pierna.

—Estropeo todo lo que toco —susurró.

Ahí estaba ella, intentando arreglar las cosas (una herida que limpiar, unos hermanos a los que salvar) y, sin embargo, le parecía inevitable que acabara causando algún nuevo daño. Como un perro que se persigue la cola, trataba de alcanzar sus errores y arreglarlos antes de cometer otro.

—Errar es humano —murmuró Kit de repente.

Ella levantó la vista.

—¿Poesía?

—Mmm. Vosotros, los mortales, tenéis facilidad de palabra.

Un sentimiento de culpa insidioso se instaló en el estómago de Eda.

La ayuda de Kit le había costado muy cara, pero no dejaba de ser ayuda.

Sin él, no tendría el manto de ocultación.

Ningún refugio seguro donde descansar por las noches.

Nadie que la defendiera de los infernales o de los Aceros, ni ayuda para entrar en la fortaleza.

No quería ni pensar en las escasas posibilidades que tendrían sus hermanos sin él.

Pero, por encima de todo, él la había tratado bien, sin contar la excursión sorpresa a las aguas del Embel. No tenía por qué hacerlo.

Observó la herida de Kit con una mueca. Estaba corriendo un gran peligro para cumplir con su parte del pacto.

¿La falta de honestidad de Eda respecto al señor Noche lo colocaría en un peligro aún mayor?

El secreto había sido vital para conseguir la ayuda de Kit, y le preocupaba demasiado su reacción como para confesarlo todo una vez firmado el pacto.

Pero ahora, con esos infernales merodeando, la verdad parecía tan inevitable como el sol naciente.

El señor Noche le había prometido a Fane una recompensa a cambio de que matase a Kit; el obispo lo haría si se le presentaba la ocasión.

Eda se armó de valor. «Confío en que tirarme de este edificio al suelo cuente como “lesiones corporales graves”».

—No he sido del todo sincera contigo sobre mi pasado. Sobre cómo llegué aquí.

—Qué sorpresa. Desarróllalo.

—Los Aceros encontraron un Portal en nuestra tienda y arrestaron a mis hermanos. Fue el obispo Florian quien lo hizo. Pero nunca te conté como llegó a nuestras manos el Portal.

—Nunca te lo pregunté.

—Lo sé.

Una brisa sopló sobre la azotea. Eda se estremeció bajo la capa.

—Cuando era un bebé, mi padre le siguió el rastro. Lo utilizó para firmar un pacto. Mi madre murió de parto, en mi nacimiento, y él quería recuperarla. Con toda su alma.

Se interrumpió, previendo alguna broma macabra o una interrupción inapropiada, pero Kit guardó silencio.

—Consiguió lo que quería, pero nuestra madre estaba…

Ya no era nuestra madre. Yo no lo recuerdo, pero Ben y Lawrie sí.

Era un ser vacío, hechizado. No hablaba.

No comía. Era un cadáver andante. Los chicos eran pequeños, pero incluso ellos sabían que no era Emmeline.

No se acercaban a ella. Nuestro padre se vio obligado a encerrarla en el sótano de tanto que les aterraba.

Un día se olvidó de cerrar la puerta con llave. Ben la encontró de pie junto a mi cuna.

La herida de Kit había dejado de sangrar. Tenía el mejor aspecto que podía tener mientras no pudiera tratarla como era debido. Eda siguió limpiándola, como excusa para no mirarle a los ojos. Era una historia que nunca le había contado a nadie.

—Emmeline no hacía nada. Solo me miraba.

Pero sostenía un cuchillo. Ben la llamó.

Recordaba lo triste que parecía. Y entonces ella…

Bueno. Dice que, en realidad, no recuerda cómo lo hizo.

Quizá era demasiado joven y su mente lo borró.

Pero, cuando Oswin llegó a casa, encontró a Emmeline muerta en el suelo junto a mi cuna.

Se había clavado el cuchillo. —Eda dobló los dedos para que sus manos entraran en calor—. Resulta que es posible morir dos veces.

Finalmente se echó hacia atrás y miró a Kit a los ojos. Se le antojaba peligroso, aunque agradable en parte, disfrutar de toda su atención.

—Tras eso, Oswin aún tenía un pacto que cumplir. Había prometido entregarle al demonio mil años, un mínimo de cincuenta antes de cada cosecha de otoño. Pero murió de viruela cuando yo tenía siete años, y nosotros heredamos su deuda. Te cuento esto porque…

—Porque el demonio con el que estáis endeudados es Baelion —terminó él en tono monocorde.

Eda se estremeció.

—¿Lo sabías?

—Había contemplado la posibilidad.

—No sabía que era tu… No hasta que Tripp mencionó el trato con Florian Fane. Yo lo conocía como el señor Noche.

Kit parpadeó.

—¿Qué nombre de mierda es ese?

—Éramos niños. Siempre aparecía de noche. Simplemente cuajó.

—Me sorprende que no os destripara tan solo por falta de originalidad.

«Sigue bromeando. Eso tiene que ser una buena señal».

—¿No estás enfadado?

—Por supuesto que estoy enfadado. Tú y tu familia de mentecatos me habéis empujado de pleno a los asuntos de mi hermano, que es precisamente donde no quiero estar.

Pero —continuó antes de que ella tratara de defenderse— yo elegí firmar un pacto sin conocer todos los detalles. Esa majadería tiene mi sello personal.

—¿Por qué lo hiciste?

—¿Sinceramente? Supongo que estaba aburrido. Y entonces una joven guapa y chiflada irrumpe en mi casa pidiéndome un pacto y dispuesta a ofrecer tanto a cambio… —Se encogió de hombros—. No pude evitarlo.

Eda intentó no concentrarse en el hecho de que se hubiera referido a ella como «guapa».

—Tripp te dijo que debías recuperar el trono que es legítimamente tuyo. ¿Eso significa que Baelion es un usurpador? ¿Eres uno de los archiduques?

—¿Qué interés tienes en saberlo?

—Quizá solo esté aburrida —le remedó ella.

No era cierto, por supuesto. La curiosidad la devoraba viva. Pero la respuesta había merecido la pena, aunque solo fuera para provocar esa encantadora mueca en sus labios. Eda buscó su mirada escrutadora y se preguntó si acaso él también conocía esa soledad que la inducía a revelarle sus secretos.

Él la correspondió con una explicación cauta.