Reap & Sow (Reap & Sow 1) Capítulo 13 #3
36%

Capítulo 13 #3

Eda tuvo la sangre fría de decirle:

—Para.

—¿Qué?

—Las señales de alarma… Pruébalas.

—¿Ahora?

—Ahora —espetó, mareada—, mientras los Aceros aún puedan culpar al infernal.

Kit enarcó las cejas. Echó un vistazo al monstruo ocupado con su festín al final de la calle.

—Como desees, querida. Pero no te quites la capa. Y mantente alejada de ese horror.

Se desintegró en una nube de humo negro que se elevó en el aire hasta transformarse en un gran cuervo.

Eda le observó nerviosa según se apresuraba calle abajo. Kit voló directo al patio de armas, tan cerca como para agitar las llamas con la cola, pero las hogueras de aviso seguían ardiendo con un alegre color anaranjado. Nada.

Ella se volvió a mirar. Se le revolvieron las tripas.

La madre de la niña estaba arrodillada, llorando sobre la masa sanguinolenta y decapitada que yacía sobre los adoquines. Alrededor, la gente lloraba, corría y se llevaba un dedo a la frente para ahuyentar el mal. Y el engendro había desaparecido.

¿Dónde se había metido?

Kit aterrizó en el patio. Al instante, la hoguera de alarma más cercana mudó del naranja al azul gélido. A lo largo de toda la muralla, una tras otra, las hogueras fueron cambiando de color en una sucesión perfecta. En alguna torre de la fortaleza, un cuerno bramó.

«Así pues, el sistema funciona».

La verja se abrió con un chirrido. Una riada de Aceros salió a la calle a espaldas de Eda en dos filas ordenadas, con Martine Tenelle a la cabeza. La comandante empuñaba una hermosa espada que destellaba peligrosa a la luz del sol.

Se detuvo en seco al ver el sangriento espectáculo desplegado en el otro extremo de la calle y ladró órdenes a sus hombres para enviarlos en ambas direcciones.

Eda cogió aire entre dientes. Se aferró el manto con manos sudorosas y se dio media vuelta.

Y prácticamente se dio de bruces con el monstruo.

El horror la detuvo en seco, tambaleándose sobre los adoquines.

El ser había correteado por el muro del Jardín Botánico hasta la esquina y había saltado ante ella como para cortarle el paso.

Los ojos negros sostuvieron la mirada de Eda, aparentemente inmunes a la magia de la capa.

El monstruo se acercó con lentitud. Los omóplatos se le marcaban tensos como los de un felino salvaje que se dispone a saltar.

Todos los músculos de Eda se paralizaron de puro terror instintivo. La certeza de su propia muerte se precipitó sobre ella como la lluvia invernal y se le quedó la mente en blanco. No podía respirar.

Entonces, con movimientos rígidos, el infernal se postró ante ella.

Eda lo miraba sin pestañear. «¿Qué hace?».

Como el ser no abandonaba su deforme reverencia, una vaga sensación de urgencia acabó por imponerse al miedo. Eda se armó de valor para retroceder… y se estampó contra un pecho duro.

Un brazo le rodeó la cintura.

—Haces amigos por todas partes —le dijo Kit al oído.

La protegió con su cuerpo. Una magia indiscreta se extendió por su piel, presagiando el abandono de su apariencia humana. Afianzó los pies y dobló el cuello a un lado y a otro, preparándose para la lucha.

Pero el engendro se limitó a mostrar los dientes.

—¡Allí!

Aun a media calle de distancia, la furia que destilaban los ojos de Tenelle los hizo visibles cuando se posaron en los de Eda. Si el manto la había ocultado hasta ahora, Kit, que le protegía el cuerpo, y la criatura postrada ante ella señalaban a Eda como si fuera la Estrella Polar.

El asombro se disolvió para ceder el paso a la angustia. Vio al punto lo que Tenelle veía: un monstruo arrodillado ante Eda, como si esperara sus órdenes.

«Vaya —pensó aturdida—. Mierda».

—¡Es la chica Shaw! ¡Detenedla y acabad con la bestia!

Un gran silbido de aire fue la única advertencia que recibió Eda: su cabello se agitó cuando el infernal ser saltó para cargar contra los Aceros con la cabeza por delante. Los soldados se dispersaron. Gritos de alarma acompañaron a los frascos plateados que volaron hacia el terror que se acercaba.

Un frasco pasó de largo y se estrelló a los pies de Kit. Eda ahogó un grito. El gruñido de Kit delató dolor mientras la arrastraba para alejarla.

—¿Podemos irnos ya?

El infernal era feroz, pero Tenelle era implacable.

La comandante asestaba golpes rápidos y seguros.

Su acero cortaba el aire con tal potencia que la velocidad desdibujaba la hoja, y su juego de pies era impecable mientras mantenía a raya a la criatura.

Tenelle descargó la espada sobre los cuartos traseros del engendro.

El monstruo gruñó y saltó hacia ella, pero los Aceros lo rodearon.

A pesar de estar acorralado, logró derribar a un hombre y desgarrarle el costado antes de que otro poderoso golpe le cortara el cuello.

El infernal gritó; un sonido horriblemente humano. Sangre negra le corría por el pecho.

—Sí —dijo Eda—, vámonos. Por favor.

Se alejaron aprovechando la confusión y se perdieron en las sinuosas calles de la ciudad, raudos y silenciosos como sombras. Pero Eda no podía sacudirse la imagen del odioso ser inclinado ante ella como un servil cortesano ante su soberana.