Reap & Sow (Reap & Sow 1) Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

En teoría tenía razón. La calle se estrechaba en ese punto, encajada entre la muralla y los muros del Jardín Botánico, por los que resbalaban grandes cataratas de hiedra. No había nadie en las inmediaciones.

—Da igual. Hay lugares mejores para transformarse por arte de magia a plena luz del día.

—Vamos a saltarnos los sermones tediosos. Fuiste tú quien mencionó la garita de la puerta este, ¿no?

Eda frunció los labios.

—Porque la entrada principal es demasiado llamativa, como ya dije.

Solo se abre para las procesiones oficiales o las visitas diplomáticas.

Por aquí circula la mayor parte del tráfico diario y, con el manto, debería poder colarme sin que nadie repare en mí, mezclada entre la gente.

Los mozos de cuadra van y vienen constantemente.

Ben traía en persona los nuevos caballos castrados y las yeguas de las caballerizas.

Tú puedes adoptar la forma de un caballo, así que pensé…

Kit le lanzó una mirada tan fulminante que Eda empezó a dudar de su plan.

—Ya veo. Quieres meterme ahí dentro como si fuera un semental de primera.

—Si eso me permite entrar en el patio, sí. Eso del «semental de primera» no lo tengo tan claro.

Él hizo caso omiso del desaire.

—Se darían cuenta de que nadie está esperando la entrega.

—Eso da igual. Solo necesito tiempo suficiente para usar el manto y entrar. —Eda estudió la imponente reja levadiza del interior—. Pero no sirve de nada si la entrada está cerrada. Tenemos que averiguar cuándo suele estar abierta…

—¿Y eso qué es? —dijo Kit, señalando los grandes cuencos de piedra que coronaban cada lado de la entrada.

Eran grandes como tinas y albergaban alegres fuegos a lo largo de la muralla. Cada uno estaba dotado de una gran jaula que protegía las llamas de las inclemencias del tiempo.

Eda notó que se sonrojaba. «¡No me puedo creer que los haya olvidado!».

Los fuegos de aviso siempre estaban encendidos.

Los alimentaban con madera de fresno y polvo de plata, y el Claustro los bendecía cada mañana.

Se suponía que los fuegos se tornarían azules si el poder demoniaco traspasaba el perímetro.

Eda nunca había visto que ocurriera. Los demonios no solían frecuentar las fortalezas de la Orden.

Disfrazado de caballo o no, Kit no podía entrar trotando en el patio sin alertar a todos de su verdadera naturaleza.

—Claro. Sí. Eso podría… plantear un problema.

Una pieza de acero reflejó la luz del sol.

Era una mujer, imponente con la armadura de placas que le cubría medio cuerpo y un jubón escarlata que le llegaba hasta las rodillas.

A diferencia de los Aceros que habían atacado a Eda y a Kit, su coraza contaba con incrustaciones de oro y lucía hombreras a juego en forma de escamas.

Se ajustaba los brazales, atándoselos a los antebrazos mientras caminaba.

Un joven nervioso le hablaba tratando de ajustar el paso al suyo.

De piel oscura, con el pelo cortado al rape y una mandíbula afilada como una navaja, la mujer resultaba tan llamativa como intimidante. Eda la habría reconocido solo por su imponente altura y sus anchos hombros: medía más de metro ochenta.

Pegó la nariz a las puertas con expresión de admiración.

—Esa es Martine Tenelle, comandante de los Aceros. Solo el gran mariscal Tiernan ostenta un rango superior al suyo.

Kit emitió un murmullo reflexivo.

—Me recuerda a nuestras mujeres. Todavía se me antoja extraño que aquí tantos hombres ocupen puestos de liderazgo.

—¿Por qué? ¿Acaso vuestras mujeres son más fuertes?

—En cierto sentido. Históricamente, ellas han sido mejores ejerciendo el poder.

Los hombres tienden a emocionarse y cortan cabezas a diestro y siniestro o instigan guerras civiles, por lo que sus reinados suelen ser cortos y sangrientos.

Mi madre lo llamaba la «ceguera de la verga».

—Su sonrisa se desvaneció—. De los seis archiduques que hoy ostentan el poder, mi hermano es el único hombre.

Eda observó su regio perfil. La nariz recta, la frente exquisita, los pómulos delicados.

Hasta ese momento no se había planteado lo increíble que era que él procediera de otro mundo.

De repente la invadió un ferviente deseo de saber más: cómo era Infernus, qué comían, qué música escuchaban.

¿Tenían música? ¿Arte? Y la pregunta más apremiante: «¿Cómo era tu relación con el señor Noche? ¿Cómo acabaste aquí?».

Se obligó a apartar la mirada. Tenelle se había detenido junto a los establos. Estaba pegada al joven que tenía al lado, como si estuvieran intercambiando secretos.

—¿Qué crees que están diciendo?

—Le está diciendo al chico que los Hermanos de la Fe se entrometen demasiado en los asuntos de la Orden. Que no se despegue del obispo.

Eda se giró de golpe a mirarlo

—¿Puedes oírlos?

—Más o menos.

La emoción se apoderó de ella.

—Deben de estar hablando de Fane. ¿Qué dicen ahora?

—El chico forma parte del séquito del obispo. —Kit entornó los ojos. Se inclinó hacia ella y le susurró al oído—: Él le ha respondido que seguirá al obispo adondequiera que vaya. Que no fallará.

Eda se estremeció.

El muchacho le hizo una profunda reverencia a Tenelle. Se llevó el dedo índice a la frente; Tenelle le devolvió el gesto antes de alejarse por el patio.

Eda sacó conclusiones a toda prisa.

—Tenelle no confía en Fane. Habrá hecho algo que ha levantado sus sospechas.

Eso significaba que el hombre no era infalible, cuando menos.

En teoría, la Hermandad de la Fe y los Aceros debían trabajar como una unidad armoniosa, pero ninguna de las organizaciones estaba subordinada a la otra.

Si Tenelle le había pedido a ese chico que vigilara las idas y venidas de Florian, la semilla de la desconfianza ya había germinado.

Y si alguna vez descubría lo que realmente tramaba el obispo…

Tendría autoridad para condenarlo.

La esperanza prendió como yesca en el pecho de Eda, pero no podía despistarse. La idea de desenmascarar a Florian era emocionante, pero Eda necesitaba ante todo liberar a sus hermanos. Tenía demasiado en que pensar como para contemplar la posibilidad de limpiar su nombre.

—A menos que encerrar al obispo sirva para liberar a tus hermanos, de poco nos sirve todo eso —dijo el demonio.

Eda no tenía claro si le agradaba o no que su pensamiento y el de Kit tendiesen a discurrir en paralelo. Ben y Lawrie eran culpables de poseer un Portal y de matar a un Acero al margen de lo que pudiera pasarle a Florian. La culpabilidad del obispo no rebajaría del todo la de ellos. Pero…

—Si se hiciera público que el obispo firmó un pacto, todas sus afirmaciones se pondrían en entredicho. Las acusaciones que esgrime contra mí se desestimarían. Quizá las de Ben y Lawrie también.

—Qué optimista por tu parte.

—¿Podrías intentar no ser tan…?

Alguien gritó.

Eda dio un respingo. Kit corrió al centro de la calle como un perro en alerta máxima, la columna erguida mientras se volvía a mirar la zona de la que procedían.

Otro grito. Otro más.

Encajonada entre los muros del patio de armas y del Jardín Botánico, Eda tan solo veía una pequeña parte de lo que ocurría en la entrada de la calle.

Un flujo constante de gente avanzaba a la carrera por la avenida principal, tropezando según trataban de escapar.

Por todos los santos, ¿qué estaba pasando?

Los chillidos de terror se tornaban cada vez más agudos. Unas cuantas personas se internaron en la bocacalle en la que estaban Eda y Kit y pasaron corriendo por delante.

—¿Qué sucede?

Kit permaneció inmóvil, en silencio. Ladeó la cabeza como si aguzara los oídos.

Súbitamente se giró hacia Eda y la aferró con tanta fuerza como para imprimirle un cardenal. La empujó contra el patio de armas.

Asustada, Eda intentó protestar, pero no le salían las palabras.

Una niña tropezó y cayó entre la estampida de gente. Una mujer (¿su madre?) la oyó chillar. Se giró para ayudarla, pero ya era demasiado tarde.

Un cuadrúpedo descomunal apareció ante sus ojos, como surgido de una pesadilla.

Inmovilizó a la niña con una mano semejante a una zarpa.

El llanto de la pequeña se apagó de forma abrupta cuando el ser la aplastó bajo su peso.

Aterrorizada, la chiquilla agitaba los brazos y las piernas. Su madre aullaba.

Eda se quedó helada. «Que el Señor Padre me proteja».

El ser era del tamaño de un hombre. Más grande todavía.

Recordaba vagamente a un enorme perro famélico.

Su cuerpo era la repugnancia encarnada: una columna vertebral curvada y nudosa, un torso nervudo y gruesas articulaciones orientadas en sentido inverso.

Pero le bastó observarlo unos instantes para reparar en una realidad aún peor, si cabe.

El engendro tenía rostro humano. O casi: cráneo redondo y ojos hundidos, orejas en punta no muy distintas a las de Kit.

A pesar de la pelusa que le cubría la parte superior de la espalda y las nalgas, la criatura era toda pellejo rugoso y grisáceo.

Abría una boca húmeda exponiendo sus grandes caninos.

Cuando arrastró a la niña con sus garras, la sangre se extendió por el pequeño delantal.

Los ojos rutilantes del ser se desorbitaron de placer.

Eda se aferró del brazo de Kit. Sin él, temía caerse. Las piernas apenas la sostenían.

—Monstruo —chilló una voz desde el terror.

—Infernal —advirtió otra.

La madre de la niña se abalanzó hacia su hija, pero, mientras alargaba las manos para alcanzarla, las fauces del engendro se cerraron sobre la cabeza de la chiquilla.

Sacudió a la pequeña como un perro agitaría su hueso, un revuelo de brazos y piernas cual muñeca de trapo humana.

Sangre, sangre por todas partes, y el ruido…

Kit rodeó con las manos la cabeza de Eda y la acercó a su pecho para que no lo viera. Ella jadeó contra su jubón. «No —pensó, porque no había nada más que pensar—. No, no, no».

Un aullido horrendo y antinatural se elevó por encima del resto. La madre de la niña.

—Vámonos de aquí.

Kit la empujó en dirección contraria.