Reap & Sow (Reap & Sow 1) Capítulo 13
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Capítulo 13

TRECE

S iguieron el curso del río de regreso a Blackbridge, atravesando tierras de cultivo para evitar el tráfico constante de carromatos de la carretera principal.

Eda no tenía claro si habían alertado a la gente de que buscara a una mujer montada en un pura sangre negro (no se mencionaba en la octavilla), pero los Aceros estarían al corriente.

Sin embargo, hasta que estuvieran cerca de la ciudad, acordaron que esa sería la forma más rápida de viajar.

Los ocho kilómetros que separaban el amarre de Robin de Blackbridge se esfumaron en una hora gracias al trote de las largas patas de Kit. Algunos barqueros les lanzaron miradas curiosas, pero, por lo demás, el viaje transcurrió sin incidentes.

Llevaban fuera apenas una semana. Parecía más tiempo.

Las jornadas transcurrían a paso de tortuga en la Oriana, lejos del bullicio de la vida urbana.

Con cada hora que pasaba, el recuerdo de la situación de Ben y Lawrie se tornaba más angustioso para Eda.

¿Disfrutaban de unas mínimas comodidades?

¿Atendían sus necesidades básicas? ¿O los tenían encadenados a un frío suelo de piedra, golpeados y maltratados?

Eda no tenía manera de saberlo. Nunca había visto el interior de la fortaleza de Fell ni las mazmorras.

Quería creer que los Aceros se mostraban justos con sus acusados, pero se acordaba muy bien de cómo habían golpeado a Lawrie.

Cómo habían empujado a Ben al suelo como si fuera una oveja acorralada.

«Esperadme —les suplicó en silencio—. Solo un poco más».

El poder de Kit sobre la gravedad de Eda (y sobre cualquiera a quien tocara, al parecer) era innecesario a ese paso tranquilo.

No había necesidad de sujetarla al lomo como había hecho cuando huían de los Aceros, pero Eda no era una amazona experta.

Incluso al trote deseaba con vehemencia una silla de montar y unos estribos.

Desmontó tan pronto como avistaron la ciudad a una distancia prudencial.

—Gracias por el viaje.

Kit parecía más animado que en su primer trayecto, quizá porque no había tenido que emplear energía en mantenerla pegada a su cuerpo. Su expresión era traviesa.

—A tu servicio. Cuando quieras montar, ya sabes dónde encontrarme.

Eda no le dio el gusto de responder.

Cuando se unió al tráfico que se adentraba lentamente en la ciudad, con el gato demoniaco a la zaga, el valor la abandonó.

Pasaron por debajo de uno de los grandes puentes elevados y pronto se vieron rodeados de piedra oscura y vigas deformadas, tan familiares como el propio reflejo de Eda.

Pero, por primera vez, Blackbridge le resultaba extraña.

Amenazante. Los remates de los tejados eran dientes afilados; los numerosos callejones y callejuelas, bocas abiertas de par en par.

Eda siempre había soñado con abandonar la ciudad algún día.

Pensaba que no le importaría dejar de sentirse allí como en casa. Y, sin embargo…

Si no te fijabas en los ojos ardientes, Kit parecía un gato cualquiera. No le hablaba, así que supuso que no podía hacerlo. No obstante, su compañía la reconfortaba mientras se abría paso hacia el corazón de la ciudad.

Eda no se retiró la capucha. Era difícil saber si el manto de ocultación servía para algo, aparte de irritarla por lo mucho que abultaba sobre su chaqueta y porque se le enredaba con el pelo.

Nadie se fijaba en ella, pero eso no era inusual.

La gente de la ciudad estaba ocupada en sus asuntos y Eda no llamaba la atención a simple vista.

—¿Cómo sé que está funcionando? —cuchicheó.

Aun en su forma felina, Kit la miró con una expresión mordaz.

«¿Cómo voy a saberlo?», parecía estar diciendo.

La adelantó a un trote ligero, con la cola erguida.

Eda se vio obligada a apurar el paso. El esbelto cuerpo del animal se deslizaba con agilidad entre los pies de los transeúntes, bajo los carros que traqueteaban y a través de grupos de niños que chillaban.

Cuando empezó a corretear, Eda rozó el hombro de un hombre sin pretenderlo.

—Eh —le espetó una voz ronca—. Mira por dónde…

Se giró, dispuesta a disculparse, pero el rostro del hombre se relajó al punto.

Al parecer, lo que fuera que se disponía a decirle desapareció de su cabeza.

Eda se quedó helada —«me ha reconocido, va a llamar a los Aceros»—, pero los ojos del hombre se desenfocaron como si la traspasaran.

Parpadeó y se dio media vuelta igual que si ella nunca hubiera estado allí.

Eda soltó un suspiro tembloroso. Entonces no era totalmente invisible, pero quizá la capa dificultaba que se fijaran en ella. Como un espejismo. Una silueta que solo se alcanza a ver por el rabillo del ojo. Pero ¿cuáles eran sus límites?

—Ah. Ahí estás.

Eda se dio media vuelta. Reconoció al bigotudo de inmediato: era uno de los hombres de Lich.

Se había pasado semanas vigilando Antigüedades Shaw, observándolos desde el otro lado de la calle.

Bajo su gorra de plumas, sus ojos marrones vacilaban como si ella fuera menos sólida que la niebla.

Nunca le había visto de cerca; solamente le conocía como la sombra siniestra que merodeaba frente a la tienda de madrugada.

—Un truco ingenioso. Sabíamos que estarías con el metamorfo, pero al principio pensé que iba solo.

Menos mal que tropezaste con ese tipo. —Le echó un vistazo a Kit, que se interpuso entre ambos con el pelaje erizado—.

Tranquilo, demonio. Solo quería saludar.

Le hablaré al señor Lich de lo habilidosos que son sus nuevos socios, ¿te parece?

Le guiñó un ojo, se llevó un purito a los labios y se marchó.

Eda lo vio alejarse. Así pues, la gente de Lich sabía de su loca huida de la ciudad. Sabían que estaba con Kit. La tenían vigilada (¿estaban también en el campo?) y el encuentro había sido un claro recordatorio. Le debía una a Lich. Él no la dejaría olvidarlo.

Como si pudiera. Cualquier clase de vida que los Shaw pudieran recuperar a costa de tanto esfuerzo se iría al garete si Lich no conseguía su Portal.

El jefe del crimen no necesitaba magia para expresar su descontento.

Aquellos que se interponían en su camino acababan flotando en los canales o veían arder sus negocios hasta los cimientos.

Eda oyó una vez hablar de un tipo de Crowgate que regresó de Alderport con dos muñones sangrientos por dedos.

La gente de Lich se los había cortado, uno por cada cien marcos que debía.

También le cortaron una oreja: los intereses por haberles obligado a darle caza.

Nadie pudo demostrar que hubiera sido obra de Severin Lich. Pero todo el mundo lo sabía.

Eda no sentía ningún deseo de poner a prueba al hombre, y la repentina aparición de su subordinado la puso nerviosa. Pero al menos ahora sabía que la capa no podía ocultarla si tropezaba o hablaba con alguien.

Kit agitó la cola con aire intranquilo.

—Supongo que sí funciona, al fin y al cabo —murmuró Eda—. Vamos.

Cruzaron la vía fluvial por el puente San Leoric.

Era el más grande de Blackbridge, y en esa zona reinaba el bullicio que creaban el chapoteo de los remos y los gritos de los comerciantes, el olor a tabaco y el humo del aceite.

Un edificio ensombrecía por completo el río, tan solo eclipsado por el altísimo campanario de la Gran Casa Templo.

La Fortaleza de Fell. Era antigua, construida como baluarte en la época de los monarcas, mucho antes de que la ciudad surgiera alrededor.

La fortaleza en sí era un prodigioso edificio cuadrado con torres almenadas en las cuatro esquinas, construida con sillares decorados en plata.

El emblema de la Orden del Acero ondeaba en lo alto de cada torre: una espada blanca y un sol sobre un fondo rojo.

Un patio de armas rodeaba la fortaleza por tres frentes, con murallas de más de dos metros de altura que la separaban de la ciudad. Aparte de la garita de entrada, las troneras que salpicaban las murallas eran el único modo de asomarse al interior. Eda se puso de puntillas.

El patio era enorme, y en buena parte se destinaba al entrenamiento.

En el interior, las pequeñas construcciones estaban en plena actividad: una armería, una herrería, los establos.

Eda posó la mirada en la enorme compuerta que custodiaba la entrada de la fortaleza: una rejilla de hierro calado con incrustaciones de plata, reluciente y llamativa en contraste con la austera mampostería.

El Claustro de los Alquimistas había forjado esa puerta, según le dijo Ben en cierta ocasión, al igual que muchas de las defensas del lugar.

La fortaleza de Fell era un edificio bien protegido contra los ataques tanto de mortales como de demonios.

Plantada ante el castillo, Eda se sintió increíblemente menuda. Estaba familiarizada con la fortaleza. Ben trabajaba allí. ¿Cuántas veces había pasado por ese mismo sitio? Sin embargo, ahora le parecía manifiestamente hostil por el desafío que planteaba.

Un roce en la pierna la arrancó de sus tristes cavilaciones. Kit la miró a los ojos antes de escabullirse.

—¡Eh!

La condujo siguiendo la curva de la muralla hasta el lado opuesto del patio. Allí había otra puerta de entrada, más pequeña que la primera. Eda la conocía bien. Era la que usaba Ben para entrar y salir.

Asomándose a través de los barrotes forjados en plata, observó los establos.

Estaban limpiando y ensillando a los caballos.

Eda se preguntó quién sería ahora el jefe de los mozos de cuadra.

Si alguno de ellos se preguntaría qué le había pasado a Ben o si ya lo sabían.

Odiaba la idea de que todos cuchichearan sobre él, tomándolo por alguna clase de villano.

Notó un movimiento a su espalda. Se giró y dio un respingo.

—Mierda.

Kit prácticamente le respiraba en la nuca.

—¿Qué?

—No cambies así, de repente. Me estás robando años de vida —bromeó, pero la pulla solo sirvió para deprimirla—. ¿Y si alguien te ha visto?

—No hay nadie por aquí.