Reap & Sow (Reap & Sow 1) Capítulo 12 #3
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Capítulo 12 #3

Al menos, se asemejaba a una capa, pensó Eda.

Entre la confusa dispersión de luz de luna, fuego y sombras, parecía casi informe: una prenda creada a partir de elementos naturales.

Reconoció varios objetos que ella misma había recogido: hojas y plumas de pájaro cosidas en una intrincada red de enredaderas que colgaba hasta la altura del codo.

Se cerraba al cuello mediante una pata de pollo seca doblada en un ángulo extraño para que hiciera las veces de broche.

Era lúgubre. Era estrambótica. Era…

—Es la prenda más fea que he visto en mi vida —exclamó Kit con deleite—. ¿Tendrá que ponerse eso? ¡Ja!

—No está hecha para llamar la atención —dijo Robin en tono cortante—, sino todo lo contrario.

Eda tragó saliva.

—Entonces… ¿ya está lista?

—Casi.

Robin les indicó por señas a ambos que entraran en el círculo. Eda se apresuró a obedecer, y Kit la siguió tras lanzar un suspiro de fastidio infinito. Los situó frente a frente. A continuación sacó un cuchillo.

Eda palideció.

—¿Qué…?

—Robin, qué traviesa eres. ¿Qué clase de ritual deliciosamente depravado nos has preparado, si se puede saber?

—Esto es un manto de ocultación. Está confeccionado a base de objetos secretos. Hojas del fondo de un montón, plumas de un nido abandonado, enredaderas que solo crecen en la sombra.

Eda entreabrió los labios. De súbito comprendía los absurdos recados que le había encomendado, siempre tan minuciosos.

—Si todo esto se cose en la oscuridad, sin testigos de su creación, lo único que falta es la sangre.

Robin buscó los ojos de Eda con una expresión elocuente.

Eda apretó los dientes.

—¿Qué tengo que hacer?

—Extiende la mano.

Lo hizo con vacilación.

—La otra.

Dudó. Su mano derecha ya estaba herida.

—Pero…

—Te cortaré en una zona distinta. Confía en mí, no querrás tener las dos manos lastimadas a la vez.

Eda hizo lo que Robin le pedía, haciendo esfuerzos por no temblar. La anciana le retiró la venda que protegía el corte que empezaba a cicatrizar en la palma de su mano. Luego se volvió hacia Kit.

—Ahora tú.

Él se mostró ofendido.

—¿Disculpa?

—La sangre del que vaya a portar el manto es necesaria, pero también la de un usuario de magia. La sangre mágica presta al objeto su poder. La mía podría funcionar, pero la tuya es más potente. Si quieres cumplir este pacto en las mejores condiciones, hay que hacerlo así.

Eda se sorprendió a sí misma sonriendo. La idea de que lord Fantoche tuviera que compartir una mínima parte de su propio tormento la complacía.

—Me parece bien. Solo así recuperaremos a mis hermanos. Me vas a ayudar, ¿verdad?

Kit entornó levemente los ojos. De súbito, una extraña neblina se despegó de su piel como vapor y la tiñó de gris ceniza.

Unos imponentes cuernos se materializaron sobre su cabeza entre una columna de humo negro.

Las orejas afiladas como cuchillos asomaron de su cabello oscuro.

Cuando se acercó, agitando la cola, Eda vislumbró el destello de un colmillo afilado.

—Ya que me lo pides con tanta amabilidad.

Extendió la mano.

Eda intentó no clavar la mirada en las garras de puntas negras.

Trató de no mirar fijamente ninguna parte del demonio, pero era incapaz de desviar los ojos.

No había podido ver bien su transformación en la ciudad, y la realidad era tan intimidante como su recuerdo fragmentado.

Casi había olvidado su verdadero rostro.

No sabía lo que reflejaba el suyo en ese momento, pero la sonrisilla de Kit se amplió.

Robin puso los ojos en blanco.

—Aunque podríamos ahorrarnos el histrionismo…

Levantó el cuchillo.

Eda retiró la mano por instinto. Unos dedos garrudos la detuvieron.

—Tranquila, querida.

La mano de Kit se cerró en torno a la suya con una dulzura sorprendente. Tierna y ardiente. Al tenerlo tan cerca, de nuevo percibió su olor: petricor y vino, el aroma primigenio y salvaje que anuncia una tormenta inminente. Un rayo que azota la tierra.

Robin aprovechó la sorpresa de Eda; la hoja le rozó rápidamente el dorso de la mano.

Ella jadeó. Fue un corte pequeño pero profundo que tardó un instante en sangrar.

Pronto la sangre empezó a resbalar por sus nudillos.

Le escocía con ferocidad. Eda no se consideraba aprensiva, pero ahora que la adrenalina de ser perseguida por los Aceros no corría por sus venas, la visión de su propia sangre se le antojó difícil de soportar.

Se quedó mirando cómo las gotas caían sobre la capa que Robin sostenía y luego desaparecían entre las plumas negras y las enredaderas.

«No te desmayes. Eso sería terriblemente embarazoso».

—¿Eres aprensiva? —Levantó los ojos y descubrió que Kit la observaba con expresión de guasa, pero le habló con amabilidad—. Mírame a mí.

Así lo hizo. Él apenas se inmutó cuando Robin cortó la mano que sostenía la de Eda. A pesar de sí misma, Eda le entrelazó los dedos para no marearse.

Algo parpadeó en la expresión de Kit.

Robin susurró unas palabras incomprensibles para Eda, quizá en wéslico clásico.

La anciana estaba sumida en una inmovilidad inquietante.

Una suave brisa hizo titilar las velas y agitó el cabello de Eda.

La atención de Kit se desvió hacia el baile de sus rizos.

Al punto reaccionó y devolvió la mirada a la anciana.

—Ya está —anunció Robin.

Kit la soltó. La ausencia provocó en ella una sensación de frío. Dobló los dedos; su sangre parecía negra como icor a la luz de la luna.

—¿Y ahora qué? —preguntó ella.

—Ahora te pruebas el manto.