Capítulo 12 #2
«Con ayuda de tu poder, podría lograr que lo demoniaco esté más presente que nunca en esta ciudad. Acudirán en masa a la Fe en busca de protección; y yo se la brindaré».
Esto era obra del señor Noche. Esto era lo que le había dado al obispo a cambio de la promesa de tantísimos años.
El infernal no se había marchado porque Florian poseyera alguna clase de poder místico, sino porque esgrimía el poder de un demonio.
Las gentes de Blackbridge lo considerarían un milagro.
Y le entregarían valiosos años de su vida a cambio de protección.
Eda se mareó.
Kit se puso en pie.
—Esto es cosa de Baelion, aunque no entiendo qué papel tiene el obispo.
La figura ágil y musculosa, cuyo atractivo había fascinado a Eda un instante atrás, ahora se tensó como un gato montés. Kit empezó a leer la octavilla con una mueca de desdén hasta que algo le llamó la atención. Se quedó muy quieto.
Eda alargó la mano.
—¿Me lo dejas ver?
Sus ojos de fuego líquido parpadearon. Ella podría haberse acobardado, teniendo en cuenta lo fácil que le resultaría al demonio arrancarle el brazo de un tirón, pero se mantuvo firme hasta que él se lo entregó.
—No te va a gustar —dijo.
Eda ojeó el titular: siete muertos por ataques demoniacos y bajó la vista por la página hasta que vio un titular más pequeño, pero no menos espeluznante.
En busca y captura por sospecha de implicación: Eda Shaw, 20 años .
A continuación la noticia ofrecía una concisa descripción de su estatura y aspecto.
No se mencionaba nada del arresto de sus hermanos ni del espejo.
Tan solo terminaba diciendo: «Shaw está considerada una criminal peligrosa.
La Orden de la Espada ofrece una recompensa de 50 marcos de oro a quien la entregue con vida».
Eda se quedó mirando las palabras. Bailaron sobre el pergamino hasta tornarse ilegibles.
—Me culpa de los ataques —susurró indignada. Y luego, como no había una forma elocuente de decirlo—: Ese cenutrio caraculo.
Tripp dijo:
—¿Qué es un cenutrio, mortal? ¿Qué es?
Kit se limitó a mirarla. El calor de su mirada atrajo los ojos de Eda como una llama a una polilla.
—Conoces a este obispo —dijo él con frialdad.
No tenía sentido negarlo.
—Fue él quien arrestó a mis hermanos. Conseguí escapar antes de que enviara a los Aceros a por mí. Supongo que soy un buen chivo expiatorio, ahora que han encontrado un Portal en nuestra tienda. Una culpable creíble de esas… fechorías maléficas.
Le temblaba la voz.
—¿Por qué no me lo habías dicho?
Eda se volvió hacia él, demasiado indignada como para ser cautelosa.
—No me pareció relevante. ¡Tampoco escuchas nada de lo que te digo, de todos modos!
Tripp se crispó de pies a cabeza.
—¿Cómo te atreves a…?
—Y tú cállate la boca, horrible pedazo de mierda. —Eda dio un paso hacia él con la intención de lanzarlo por la borda. Tripp retrocedió alarmado—. ¡Como te vuelvas a meter conmigo te arrancaré esas estúpidas alas y te las haré tragar!
No lo haría, pero Tripp no lo sabía. Se refugió detrás de la pierna de su señor y la miró con recelo. Fue extraño, porque era la mirada menos hostil que le había dirigido hasta el momento. Quizá debería amenazarle con hacerle daño con más frecuencia.
—Cuidado, querida —advirtió Kit—. Te estás excediendo.
—Tú no puedes darme órdenes y no puedes ahogarme en el río como si fuera un gato. Así que deja de intentar intimidarme.
La expresión pétrea de Kit mudó en algo parecido a hilaridad.
—¿Intentar?
Se acercó a Eda hasta que sus ropas se rozaron. Súbitamente alargó la mano y la aferró por la camisa.
Toda la fanfarronería de Eda se desvaneció al punto. Dejó caer la cesta y agarró la muñeca del demonio.
—¡Suéltame!
—No puedo causarte daños, en eso tienes razón. Pero siempre hay resquicios. —Eda vaciló sobre el borde de la barcaza—. Así que no me tientes.
Y la empujó por la borda.
Eda fulminaba con la mirada el otro extremo del claro.
Kit se mordisqueaba las uñas con una cadera ladeada. Estaban esperando a que Robin les desvelara su creación en el círculo de velas que había preparado bajo los árboles; las sombras envolvían la figura encorvada de la anciana mientras la desenvolvía.
Eda sabía que debería prestar más atención, pero aún le escocía el inopinado chapuzón en el Embel del día anterior, así como la sonrisa satisfecha de Kit mientras la miraba con malicia desde la barca.
«¡Maldito imbécil! —le había gritado furiosa mientras vadeaba el agua hacia la orilla, empapada—. ¿Y si no supiera nadar?».
«En ese caso, habría tenido que rescatarte, supongo —respondió él—. Sea como fuere, he dejado claro mi punto de vista».
Si Kit notaba ahora la furia de su mirada asesina, no lo dejaba entrever.
Robin les había pedido que se reunieran con ella en la arboleda cuando la luna alcanzara su cenit. Eda todavía no tenía ni idea del motivo de tanta ceremonia.
—Estás exagerando un poco, ¿no te parece, Robin? —dijo Kit—. Las velas, el bosque a la luz de la luna. Afirmas que no eres bruja, pero te estás esforzando mucho en ajustarte al estereotipo.
—Cállate. —La anciana se incorporó algo falta de aliento—. Las cosas deben hacerse de cierta manera o de lo contrario todo mi trabajo habrá sido en vano.
Dicho eso, levantó una capa corta y enmarañada.