Capítulo 12
DOCE
D urante los tres días siguientes, Robin se encerró en su habitación. Solamente salía para comer y atender a Viejo Cascarrabias. Al poco tenía las manos inflamadas e irritadas. Eda le preguntó más de una vez qué estaba haciendo; Robin le dijo que no metiera las narices.
Entretanto puso a Eda a trabajar.
«Enredaderas —refunfuñó ella para sus adentros, mientras se abría paso por un bosquecillo cercano—.
¿Para qué necesita enredaderas?». Eda no era una mujer de campo.
Apenas había salido de Blackbridge; su conocimiento de la flora autóctona de Wesland era deficiente en el mejor de los casos.
Sin embargo, salía a recolectar a diario, ya fueran plantas, plumas o alguna otra cosa prosaica y en absoluto mágica.
A Eda le gustaban los espacios abiertos.
Le agradaba el aire fresco, tan limpio en comparación con la empalagosa polución de la ciudad.
Le gustaba el canto de los pájaros en los árboles y el agua chapoteando contra el casco de la Oriana.
No le entusiasmaba ser la chica de los recados, comprendió, ni hurgar en la tierra como un cerdo que busca trufas.
En particular cuando tenía cada vez menos claro para qué estaba haciendo todo eso, exactamente.
Robin estaba confeccionando algo, y Eda se lo agradecía, pero no podía soportar la espera. Dudaba que fuera un anillo. ¿Una prenda de ropa, tal vez? ¿O una poción de invisibilidad? Había visto a un demonio transformarse en toda clase de animales; todo era posible.
Eda dio con las enredaderas tras una hora de búsqueda: tallos oscuros y gomosos que estrangulaban un fresno putrefacto en lo más profundo de la arboleda.
Extrajo un cuchillo del bolsillo de la falda que Robin le había prestado (sus prendas aún se estaban secando tras el lavado que tanto necesitaban) y procedió a cortarlos tal y como le habían enseñado.
Con cuidado, depositaba los largos rollos en su cesta de mimbre.
«Quizá habría acabado así —pensó Eda desconcertada—.
Convertida en una jornalera en el campo o en una más entre las gentes del río.
Levantarme, desayunar, recoger hierbas y plantas para elaborar infusiones… ».
Si se esforzaba lo suficiente, casi podía fingir que esa era su vida. Decidió que le gustaba estar en contacto con la naturaleza, aunque aún no la comprendiera del todo.
Eda regresó con andares pesados al río y descendió por la suave pendiente a la orilla.
Al llegar trastabilló sorprendida, pues Kit yacía tumbado en la proa de la Oriana como un gato que disfruta del sol del mediodía.
Hacía un día precioso, nada propio del otoño, y lo bastante cálido como para sudar bajo la luz directa del sol.
Quizá por eso llevaba la camisa abierta hasta el ombligo.
Eda notó un aleteo en el estómago al verlo, tan cómodo con su propio esplendor. No podía negar que era hermoso. Casi dolía mirarlo.
—Podrías echar una mano, ¿sabes? —le dijo Eda, haciendo un esfuerzo para no observarlo fijamente.
Subió a bordo y caminó despacio a la proa para que él pudiera apreciar la intensidad de su mirada asesina.
No tendría que haberse molestado. Kit se había agenciado un calzado adecuado en los últimos días y, por lo visto, también unos anteojos con los cristales tintados.
Tan solo las personas muy ricas podían permitírselos, y estos en concreto parecían caros: oscuros como el humo del petróleo y totalmente redondos, con viseras laterales para una mayor protección.
Se los bajó una pizca y enarcó una ceja.
—Tienes un pelo extraordinario. Parece haberse expandido desde la última vez que lo vi.
—¡Porque estoy agotada de cargar con todo el trabajo!
Él cruzó las manos detrás de la cabeza.
—No he nacido para el trabajo manual.
—¿Y yo sí? ¿La humilde mortal está en el lugar que le corresponde, hurgando en la tierra de rodillas?
—Nadie se arrodilla por mí a menos que lo desee, querida, te lo aseguro. Quizá si me pidieras ayuda con educación…
Sintió deseos de estrangularlo. En vez de eso, traicionándose a sí misma, se sorprendió examinando la topografía de su cuerpo. Kit era esbelto pero fuerte, dotado de una musculatura discreta. La luz del sol iluminaba su piel dorada como la arena y proyectaba sombras en sus abdominales ondulados.
Eda había visto a Ben y a Lawrie desnudos en incontables ocasiones mientras crecían.
El cuerpo masculino no le resultaba ajeno.
Pero Kit no era como sus hermanos: no recordaba haber sido nunca tan dolorosamente consciente de la presencia física de otra persona.
Ni siquiera Wymond, su primer y único amante, tenía ese aspecto.
Se mordió el labio. Eda recordó cómo era yacer con un hombre.
Besos febriles. Manos cálidas recorriendo la cara interna de tus muslos y tus pechos, un cuerpo firme pegado al tuyo.
Risas fogosas y jadeos compartidos en la oscuridad.
Su romance con Wymond había sido breve pero precioso, y aún le dolía el corazón cada vez que recordaba sus ojos cálidos y sus manos amorosas.
Santo cielo, cómo echaba de menos que la tocaran.
Kit se apoyó en un codo. Ella notó el escrutinio de su mirada incluso a través de los anteojos negros, intrigado por su silencio.
Se puso nerviosa. Apenas lo veía últimamente.
No comía con ellas y, cuando aparecía, hacía poco más que recibir un somero informe sobre los progresos de Robin.
Eda no tenía ni idea de dónde se metía cuando no estaba en la Oriana.
—Podrías echar una mano; es lo único que digo —murmuró ella.
—He instado a Robin a que se dé más prisa.
—¿Cómo?
—Le dije que haría mejor en concluir su pequeño proyecto mágico en el plazo de una semana porque, de lo contrario, ahogaría a Viejo Cascarrabias en el río.
—Estás bromeando.
Un amago de sonrisa asomó a los labios de Kit.
— Aathnur.
La palabra desvió la atención de Eda de inmediato.
—Ese idioma. Lo has hablado antes. ¿Es el lenguaje de los demonios?
—El infernal es la lengua de mi mundo, sí.
—Pero tú sabes hablar wéslico. Nunca he pensado en… Quiero decir… ¿Todos los demonios hablan el lenguaje humano? ¿También el forisiano? ¿El rakeshi? ¿El galdiniano? ¡Parece tan obvio, pero nunca me había parado a pensarlo! ¿Cuántos idiomas necesitas conocer para firmar pactos por todo el mundo?
Divertido por la fascinación apenas disimulada de Eda, Kit se incorporó y se apoyó los anteojos en la cabeza. Tenía una expresión risueña.
—Tantos como sean necesarios. Las lenguas mortales se enseñan en todas las casas distinguidas.
El wéslico está tan extendido en este mundo que ha sido la lengua favorita de las cortes de todo Infernus durante generaciones.
Incluso se espera que nuestros familiares y sirvientes lo hablen.
Se considera… trasnochado usar el infernal en las altas esferas.
«Igual que aquí se considera trasnochado vestir cualquier cosa que no sea la más exquisita lana forisiana», pensó Eda con ironía mirando sus pantalones negros.
A Wesland le encantaba tomar prestados (o robar) artículos de otras culturas para demostrar su propia riqueza y estatus.
Si los habitantes del Otro Mundo habían viajado aquí durante milenios, ¿acaso era sorprendente que hicieran lo mismo?
¡Crac!
Tripp apareció de repente justo a sus pies.
—¡Ah!
—¡Uf, cómo chilla la condenada! ¡A Tripp le duelen los oídos!
El diablillo se agarró la cabeza con un gesto teatral.
—Niños, por favor —dijo Kit en tono aburrido—, nada de peleas antes de comer.
—Pues dile que deje de materializarse bajo mis faldas.
—¡Tripp no viene a mirar la asquerosa ropa interior humana! Traigo noticias para su excelencia.
Kit suspiró.
—Adelante.
—Le he encontrado, señor: al clérigo humano. Se llama Florian Fane.
Una inquietud como agua helada inundó el estómago de Eda.
—¿Y?
—Tripp no puede acercarse demasiado. El obispo siempre está en esos lugares sagrados de los humanos o rodeado de guerreros con espadas de plata. Pero hoy ha dado un discurso público. La ciudad está sumida en el caos.
—¿Qué? ¿Por qué?
Kit no reprendió a Eda por interrumpir. Tripp estaba tan feliz de sentirse útil que, de hecho, le respondió directamente:
—-Se han producido ataques. Cinco o seis en cada barrio de la ciudad. Siete humanos muertos.
Les mostró la octavilla que se había guardado en la túnica. Debían de haberla impreso apenas unas horas antes. Eda alargó la mano, pero él se la tendió a Kit.
Los ojos del demonio ojearon el papel.
—¿Qué es?
—Describen los incidentes a partir de múltiples testimonios. Dicen que hay criaturas atacando a la gente por la calle. Al principio los tomaron por perros grandes, pero… —Dejó la frase en suspenso—. Yo sé lo que son. Infernales.
—No me obligues a preguntarte de nuevo de qué estás hablando —le espetó Eda.
—Los infernales provienen de mi reino. Cuentan las leyendas que en otro tiempo fueron una subespecie de demonios: criaturas inteligentes y pensantes. Pero los expulsaron a las profundidades, donde se volvieron salvajes y retorcidos. Rumores, en buena medida.
Su mano se tensó contra el pergamino.
—Si los infernales deambulan por una ciudad humana, es porque alguien les ha dejado pasar. En cierto modo, son como perros. Mi gente los ha sometido y controlado otras veces.
Eda entendió lo que estaba insinuando.
—Tu hermano. Crees que fue él quien los trajo aquí.
—¿Quién si no? En cuanto al motivo… —Miró a Tripp—. ¿Qué tiene esto que ver con el obispo?
—El obispo convocó una asamblea ante las puertas de la Gran Casa Templo, milord.
Afirma que los ataques demoniacos son consecuencia de la impiedad.
Un castigo del Señor Padre. —Sus labios dibujaron una mueca de desdén bajo la nariz ganchuda—.
Durante el discurso, otra criatura atacó.
¡El obispo la ahuyentó con un solo gesto de la mano!
Eda se quedó paralizada. Se sintió violentamente transportada a aquella noche en el sótano, cuando se había escondido en la oscuridad y había escuchado a Fane exponer sus planes.