Reap & Sow (Reap & Sow 1) Capítulo 11 #3
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Capítulo 11 #3

A pesar del limitado descanso, Eda se sintió mejor por la mañana.

Robin le mostró un minúsculo cuarto de baño en la cubierta inferior: un cubículo con aroma de pino situado frente a la misteriosa puerta del camarote, donde pudo asearse como es debido por primera vez en varios días.

Tenía el pelo un poco sucio, pero se apañaría.

Con un cordel que Robin le había prestado, se lo recogió en una trenza desigual pero aceptable.

El desayuno fue extraño. Robin deambulaba por la cocina preparando el té. Eda se ofreció a ayudar, pero la mujer se limitó a observarla con evidente desconfianza.

—No permitiré que las manos de ninguna extraña anden rebuscando en mis ollas. Además, no hay suficiente espacio. Siéntate y no estorbes.

Eda tomó asiento ante la mesa plegable, sin saber muy bien qué hacer con las manos.

Pálidos rayos de sol se filtraban por las portillas.

En el exterior, los pájaros intercambiaban trinos.

Los patos graznaban en el río. Viejo Cascarrabias se desperezó con parsimonia y luego se dignó a olfatear la mano de Eda.

Al encontrarla aceptable, frotó la cabeza contra sus nudillos ronroneando.

Robin arqueó las cejas.

—Debes de gustarle.

Dejó un generoso cuenco de gachas de avena con manzana y miel delante de Eda.

—Puede que se le dé bien juzgar el carácter de las personas. —Eda rodeó el cuenco caliente con las manos y miró a Robin a los ojos—. Gracias.

«No solo por las gachas». Fueran cuales fuesen los motivos de Robin, se estaba tomando muchas molestias al alojar a Eda en su casa.

El gesto en los labios de Robin se suavizó, como si la entendiera.

—Bueno. ¿Y dónde está lord Fantoche esta mañana?

Al oír ese apodo inesperado, Eda se atragantó con la avena.

—¡No lo sé! Yo no soy su guardiana.

—Recuperar a esos hermanos tuyos será más rápido si lo planeáis juntos.

—Lo único que necesito son sus poderes. Me las arreglaré con el resto.

—Entonces tienes un plan…

Robin se sentó delante de ella a tomar una taza de té recién hecho.

—Sí, lo cierto es que sí. —Eda lo había estado pensando toda la mañana—. Estoy segura de que tienes razón acerca del lugar donde los tienen retenidos. Pero Kit no podrá entrar así como así, ¿verdad? Ni siquiera disfrazado de… gato, ratón o lo que sea.

—No. Abrirse paso entre una caterva de Aceros en plena calle es una cosa, pero enfrentarse a ellos en su territorio es una misión suicida. No hay lugar mejor protegido contra el poder demoniaco que la fortaleza de Fell.

—Lo sé. Tendría que ser yo quien los liberara. Kit podría hacer algo para distraerlos, tal vez. Si armara suficiente jaleo, la atención de los Aceros se desviaría. No podrían hacer caso omiso a un demonio que se presenta en su puerta.

Robin no se dejó impresionar.

—¿Y cuál sería tu ingenioso disfraz? Hay muchas posibilidades de que te reconozcan, y aunque no lo hicieran, no van a dejar que nadie se cuele en su fortaleza. Y mucho menos que salga tranquilamente con dos prisioneros a cuestas.

Eda se mordió la lengua para no replicar. Era demasiado temprano para sacar las uñas.

—Todo eso ya lo sé. Salir es otro problema, y ya me ocuparé de ello. Pero antes necesito una forma de entrar. Lord Fantoche mencionó su anillo anoche. Al parecer, tú se lo fabricaste.

Robin frunció los labios.

—Mencionó muchas más cosas, por lo que oí. ¡Menudo palique!

—Ya me disculpé por eso. Lo que quiero decir es que el anillo lo oculta de su… de otros demonios. No sé cómo lo hiciste, pero…

No había pensado en recurrir a la ayuda de Kit de esta manera, pero lo haría.

—Sé a qué te refieres, pero un anillo de protección no es algo fácil de replicar.

Tardé semanas en fabricarlo. Semanas de las que tú no dispones.

A Kit’rath le funciona porque es un demonio; ellos se perciben desde cierta distancia.

En ese sentido, se parecen bastante a los animales.

Lo único que hace el anillo es amortiguar su marca demoniaca para que los demás no puedan percibirla.

No ofrece protección alguna contra los humanos.

Bebió otro sorbo de té. Eda la miró con impaciencia, deseando que se diera prisa. Sentía tentaciones de preguntarle a Robin cómo había adquirido sus conocimientos esotéricos, pero no quería mirarle los dientes al caballo regalado.

—Me estás pidiendo algo que impida que otros humanos reparen en ti. Algo que te oculte de la vista de los demás más que enmascarar tu presencia, lo cual es bastante más difícil.

—Pero ¿puedes hacerlo? —insistió Eda—. ¿Es posible?

Robin jugueteó con el colgante dorado que llevaba al cuello.

—Es posible.

—¿Cuánto tiempo tardarías?

Había leído un poco sobre alquimia. Los demonios podían alterar la gravedad y cambiar de forma sin tener ni que pensar.

Para los mortales, en cambio, el proceso era bastante más complejo.

La magia solo se podía obrar del mismo modo que uno cocina a partir de ingredientes crudos: con tiempo, esmero y una elaboración minuciosa.

—No sabría decir cuánto tiempo. Fabricar algo que se adapte a tus necesidades va a requerir un trabajo intenso… y sangre. —Los ojos de Robin destellaron con una luz extraña—. ¿Estás dispuesta a pagar el precio?

Eda se aferró a la mesa. «Ya he pagado el precio más alto».

—Dime lo que necesitas.