Capítulo 11
ONCE
A falta de una capa, Eda se conformó con la manta que le habían prestado. Se la echó sobre los hombros y salió a hurtadillas. Rodeando la cabina, avanzó con pasitos cortos por la estrecha pasarela. La barcaza se balanceaba imperceptiblemente.
No intentaba moverse en silencio, pero la ceja enarcada de Kit logró que se sintiera como un buey desbocado.
—Verdaderamente…—dijo él con tono afectado—, ¿no sabes moverte en el mar?
—Estamos en un río.
Un amago de sonrisa asomó a los labios de Kit.
Eda reunió valor y se sentó, dejando una distancia prudencial entre los dos.
Jamás se habría sentado así, sin ser invitada, junto al señor Noche.
Los demonios eran peligrosos, fuera cual fuese la máscara que utilizaban.
Sin embargo, mientras que el señor Noche se mostraba indefectiblemente cordial, Kit’rath Ansellis era descarado, tenía una lengua afilada y carecía de filtros.
Eso, por extraño que sonara, la tranquilizaba.
No llevaban juntos ni doce horas y ya le había mostrado su verdadero rostro.
—¿Qué estás haciendo? —le dijo Kit mientras ella se ceñía la manta.
La fulminaba con la mirada.
—Sentarme.
—¿Y por qué te sientas tan cerca de mí?
—Quería hacerte algunas preguntas.
—No me digas. En ese caso me tiraré por la borda. —Su ceño se transformó en una sonrisilla irónica—. O mejor… ¿Sabes nadar?
—¿Por qué?
—Por nada.
—Mira, si vamos a pasar juntos un tiempo, creo que es justo que aclaremos unas cuantas cosas. Empezando por el pacto. —Alargó la mano—. Quiero verlo.
Para su sorpresa, Kit no dudó ni un instante. Agitó la muñeca y el pergamino apareció en su mano. Eda cogió el pacto con cautela. Era la primera vez que tenía uno en las manos. «Y es el mío».
El texto de color rojo óxido se había secado hacía rato.
—¿De verdad es tu sangre?
—No podría ser de otro modo. Expresado del modo más básico, los pactos son magia de sangre.
El borrón del margen inferior era de Eda. Le escoció la mano al recordarlo.
—¿Cómo se redacta algo así tan rápido?
Siempre se lo había preguntado, pero nunca se atrevió a interpelar al señor Noche.
—Voluntad. No todos los demonios poseen el poder suficiente para firmar pactos, si acaso tienen ocasión de venir a este mundo. Es una habilidad que a pocos se les permite aprender.
Una respuesta vaga pero interesante. A Eda nunca se le había ocurrido que algunos demonios no pudieran firmar pactos.
Pero Lich le había hablado de la jerarquía demoniaca.
Tenían sociedades y estructuras de poder, igual que el mundo humano.
Algunos eran más poderosos que otros. El señor Noche era uno de los seis archiduques del Otro Mundo, así que por fuerza poseía destrezas singulares. Pero Kit…
—¿Eso significa que eres una especie de noble en tu mundo? —preguntó ella—. ¿Si puedes firmar pactos y cambiar de forma?
La expresión del demonio se ensombreció.
—Lo era.
—Tiempo atrás, quieres decir. Robin me dijo que llevas veinte años sin abandonar el mundo humano.
La pregunta «por qué» estaba implícita y Kit, obviamente, la escuchó.
—Recuérdame por qué no debería tirarte al río sin más.
—Porque podría resfriarme, sufrir hipotermia y morir. Cosa que vulneraría los términos de nuestro acuerdo, ya que no puedes matarme. Mmm… No puedes, ¿verdad?
Eda echó un vistazo al documento.
—Estás bajo mi protección hasta que cumpla mi parte del trato. Todo está ahí.
Así era, comprendió ella.
Cláusula 3: Hasta la finalización de este contrato, el portador del mismo debe (1) abstenerse de infligir intencionadamente lesiones corporales graves al abajo firmante y (2) evitar que algún efecto le cause dichos daños, siempre que sea posible.
La muerte prematura del abajo firmante implicará la pérdida de los años adquiridos y la deducción de los mismos del portador.
Eda frunció los labios. Eran las condiciones habituales, pero estaba claro que había margen para la interpretación. ¿Qué consideraba él «daños físicos graves»? No creía que tirarla al río contara.
Una parte pequeña y traicionera de sí misma se moría por rasgar el pergamino por la mitad. Borrar aquel horrible día y recuperar sus años. Pero Eda sabía que no se rompería aunque lo intentara. Ni se quemaría, ni se desharía ni se desintegraría en el agua.
—Quédatelo, si así lo deseas —le dijo Kit como si le leyera el pensamiento—, pero no te molestes en tratar de destruirlo o desecharlo. Siempre encontrará la manera de volver a mí.
—No lo haría. Lo firmé por una razón.
—Lo sé. Me lo has dicho.
Eda se mordió el interior del carrillo.
—Pensé que colarte en la fortaleza te resultaría sencillo. Eres un metamorfo, así que…
Dejó la frase en suspenso, por si le estaba ofendiendo.
—¿Te parezco poca cosa, querida?
Eda hizo una mueca compungida.
—No. Es solo que… nunca me había planteado cómo cumplían los demonios su parte del pacto. Suponía que todos erais tan poderosos que nada escapaba a vuestra capacidad.
—Puede que eso fuera cierto en otro tiempo. Mi pueblo siempre ha tenido talento para la magia, pero antes nuestra capacidad era mucho mayor. Con el paso de los siglos, nos… debilitamos.
—¿Por qué? ¿Qué pasó?
—Nadie lo sabe con certeza. Muchos os culpan a vosotros, los humanos.
Eda conocía esa teoría: la idea de que cualquier magia que pudieran obrar los alquimistas humanos, por insignificante que fuera, llegaba del Otro Mundo filtrándose como la savia entre la corteza.
Una idea denunciada por la Fe como una locura herética, por supuesto, pero no por ello menos intrigante.
—Bueno, pues nadie roba vuestra magia adrede. ¡Que acusación tan injusta!
Kit estudió su rostro como si fuera una pintura interesante.
—Eres peculiar.
—¿En qué sentido?
—Me has visto desgarrarle la garganta a un hombre y estás hablando conmigo tranquilamente, sin hacerte pis encima de miedo, para empezar.
A Eda le repugnó que hablara de ello con tanta naturalidad, como si no importara.
—Quizá me esté reservando el «pis» para la próxima vez que me cojas en brazos sin mi permiso.
No pretendía ser tan grosera, pero Eda seguía molesta por la caída mortal desde la ventana.
Kit se limitó a sonreír.
—Supongo que te pareció divertido —le escupió ella— matar a esos hombres. Desde luego, no parecías molesto.
La sonrisa se desvaneció.
—¿Debería llorar por aquellos que desean mi destrucción?
—¿Deberías deleitarte en la de ellos?
Los ojos del demonio eran duros.
—En el lugar de donde vengo, la sangre cae con la misma facilidad que la lluvia. Así que quizá su derramamiento no consiga afligirme. Eso no significa que me regodee.
Eda apartó la mirada, reacia a seguir hablando de eso.
—¿Era cierto lo que dijiste sobre el Señor Padre? ¿Que era un…?
—Carece de importancia. Los hechos y las creencias rara vez tienen demasiado en común. Con el tiempo suficiente, todo se transforma en un mero relato. Tu Fe se limitó a reescribir la historia de Dominor a su antojo.
Eda meditó las palabras. ¿Qué otros aspectos de la cultura humana se habían interpretado de manera falaz, tergiversando la historia del otro lado?
El Códice Sagrado enseñaba que el Señor Padre (Dominor, suponía) sabía que la humanidad permanecería vil y anárquica como los animales si seguía al cuidado de los otros dioses, y por eso los desterró al Otro Mundo.
Allí se desviaron y se corrompieron: así surgieron los primeros demonios.
Ella nunca le había otorgado demasiado crédito a esa historia.
Sin embargo, al oír sus dudas articuladas, al pensar que el antiguo panteón siempre estuvo constituido de demonios venidos del Otro Mundo…
La idea tenía tanto sentido que Eda se sintió conmocionada.
Era más lógico que cualquier cosa que hubiera leído en las escrituras.
Le parecía natural que los seres humanos les hubieran adorado como a dioses.
¿Qué era un pacto sino una plegaria atendida?
Y entonces la incipiente Fe irrumpió como un castigo ardiente que erradicó a los paganos y a sus dioses antes de forjar un nuevo icono divino a partir de las cenizas.
Y si el Señor Padre no era real, entonces ningún ser omnipotente tenía la capacidad de someter a los Shaw a un juicio divino.
Una corriente de alivio borboteó en su interior como un arroyo al descongelarse, aunque no se sintió mucho mejor.
Eda y sus hermanos habían arrastrado a muchas personas a las garras del señor Noche, y la confundía darse cuenta de que eso todavía la angustiaba.
La fe, obviamente, no tenía nada que ver con la propia moral.
Sería mucho más fácil, pensó, carecer de ambas.
De súbito, fue como si el aire reventase. La aparición de un ser pequeño y grotesco terminó de arrancarla de sus cavilaciones.
Eda gritó dando un respingo.
—Cuidado, Tripp. Le vas a provocar a la pobre muchacha espasmos en el corazón.
Agachada entre los dos había una figura encorvada y nudosa, apenas más alta que las rodillas de Eda.
Tenía la piel parda y correosa, como musgo seco.
Sus pies parecían patas de gallina: tres dedos largos rematados en garras.
También estaba dotada de alas, semejantes a las de un murciélago, que brotaban de una columna vertebral nudosa.
Una toga sorprendentemente delicada confeccionada con tela de color burdeos y bordada con hilo negro le colgaba en torno a la pequeña barriga y le ascendía por el hombro.
El ser la miró fijamente por encima de la larga nariz ganchuda y le mostró los dientes, afilados como agujas.
Eda recordó los motivos tallados alrededor del Portal. Los rostros afilados y sonrientes que se asomaban entre las enredaderas y las hojas. «Un diablillo. Es un diablillo».
—¡Señor, quas van’ik ? —chilló la criatura con voz estridente—. ¡Cómo se atreve a sentarse tan cerca! ¡Baja la mirada en presencia de mi señor, escoria!
El diablillo se precipitó hacia ella, pero Kit lo agarró por la túnica.
— Hirath, Tripp. Esta es Eda Shaw. Tenemos un pacto.