Capítulo 10 #3
Fue un susurro, surgido sin intervención de su pensamiento consciente.
Había sacrificado tanto por esta única oportunidad de salvar a Ben y a Lawrie…
Toda una vida, una existencia tan abstracta que apenas parecía real.
Pero ahora, viendo las patas de gallo en torno a los ojos de Robin, algo dentro de Eda se marchitó y murió.
Ese futuro había sido real: una versión arrugada y canosa de sí misma que habría vivido, amado y perdido. Y había renunciado a ella.
Robin dio un sorbo ruidoso a su taza.
—Ninguno de nosotros sabe lo que está haciendo, corderita, por muy viejos que lleguemos a ser. Solo se nos da mejor fingir que sí.
—Te he dicho que no me llames así.
—No es un insulto. Solo eres una cordera en apariencia. —La sonrisa de Robin se afiló. Eda tuvo la sensación inquietante de que se parecía al señor Noche—. Al fin y al cabo, hiciste un trato con un demonio. Ni te inmutas cuando te mira. Creo que hay algo de lobo bajo tu piel de cordero.
Cuando cayó la noche, Kit aún no había regresado.
Y, aunque estaba agotada, Eda no podía dormir.
Robin le sirvió un sustancioso guiso para cenar y le prestó una gruesa manta para la cama, pero a pesar del estómago lleno y de un lecho aceptable, los pensamientos se arremolinaban en la mente de Eda. Una hora después de que la anciana se retirara al camarote todavía se revolvía en el banco.
Le dolía la pantorrilla donde la red la había rozado.
Notaba picazón en la mano vendada. Incluso la parte interior del labio («gracias, Gregory») era una distracción constante.
Eda pensó en el pacto que había firmado y el pánico le inundó la garganta como bilis.
Pensó en los ojos oscuros y astutos de Lich, y eso lo empeoró todo.
¿Cómo, por todos los santos del cielo, lograría agenciarse el espejo?
¿Cómo le iba a llevar al señor Noche los años restantes antes de la cosecha de otoño?
Luego estaban Ben y Lawrie.
Las imágenes desfilaban ante sus ojos, fragmentadas por el paso de los años: cómo le leía Lawrie cuando se despertaba llorando por culpa de las pesadillas, él mismo apenas un niño, cansado y con voz suave; cómo Ben aprendió por su cuenta a trenzarle el pelo, aunque la trenza siempre le quedaba deforme y torcida, porque Eda no tenía madre que le enseñara a hacerlo.
Lawrie expresaba su cariño a través del tacto.
La abrazaba, la perseguía chillando entre las estanterías, le hacía cosquillas cuando quería animarla.
Ben era quien le preparaba la comida y le ataba los zapatos, quien se aseguraba de que siempre tuviera ropa de su talla.
A pesar de su juventud, se dejaba la piel trabajando para que Eda y Lawrie pudieran mantener la tienda.
Debió de ser brutal el peso de esa carga. Solitario.
Cuánto los echaba de menos… Daría cualquier cosa ahora por oír a Ben regañarla o a Lawrie divagar sobre alguna antigüedad desconocida.
Eda se secó con furia las lágrimas que le empapaban el pelo.
Si no conseguía salvarlos, sus hermanos morirían con el recuerdo de una hermana desagradecida y miserable, que los despreciaba cuando ellos solo habían intentado protegerla.
Durante mucho tiempo había culpado a su padre de su situación, pero este fracaso era exclusivamente suyo.
«¿Y te sorprende? —entonó su voz interior, suave como la mantequilla.
Como siempre, sonaba idéntica a la del señor Noche—.
Tú tienes la culpa de todo lo que pasó. Si tu madre no hubiera muerto cuando te dio a luz, nada de esto habría ocurrido.
Todo este sufrimiento empezó contigo. Te mereces que te arrebaten esos cincuenta años».
Eda se subió la áspera manta hasta la nariz. Le había suplicado ayuda a un demonio, había caído mucho más bajo de lo que jamás creyó posible. La vergüenza era devastadora. ¿Qué la diferenciaba ahora de todos esos objetivos a los que tanto había vilipendiado?
«No es lo mismo. Yo no soy como mi padre».
Quizá estuviera destinada a vivir una vida aciaga.
Tal vez las sombras de las que se sentía prisionera fueran, en realidad, su hogar natural, la morada de una criatura nocturna que anhelaba un sol por siempre vedado.
De ser así, entonces ese futuro vago y resplandeciente que había imaginado más allá de Blackbridge nunca estuvo destinado a ser suyo.
Lo mejor que podía hacer Eda ahora era aceptar su destino y reparar el daño causado. Mientras pudiera.
Encima de ella, Viejo Cascarrabias se había abierto un hueco en una estantería atestada. Eda observó cómo la cola colgante se balanceaba de lado a lado. Sus pensamientos viajaron a otro gato: uno negro como la noche y liso como el aceite, con ojos del color del fuego.
Como si hubiera invocado al demonio, un golpe sordo se dejó oír en el exterior de la cabina. El agua chapoteaba contra el casco del barco. Eda se puso tensa.
Dudó tan solo un instante.
Viejo Cascarrabias la miró parpadeando con languidez. La luz de la luna se reflejó en los ojos rasgados del gato mientras ella apartaba la manta. Eda recorrió la cocina de puntillas y se asomó por una portilla.
Kit era una silueta oscura en la proa de la Oriana. Recortado contra el río plateado y ondulante, el contraste le prestaba una inmovilidad sobrenatural. Ningún mortal podía permanecer tan inerte mientras siguiera respirando.
Eda entrecerró los ojos.
Si no podía dormir, al menos obtendría respuestas.