Capítulo 10 #2
Con un bufido contrariado, Viejo Cascarrabias se acomodó en un extremo del banco acolchado de Robin, pegando el trasero a la pared de la cabina.
Kit se sentó en el banco de enfrente. La cercanía molestó a Viejo Cascarrabias, pues cada vez que los ojos del demonio se posaban en él, el gato emitía un grave gruñido de enojo.
«Muy sensato por su parte».
El interior de la Oriana era sorprendentemente acogedor.
Las paredes revestidas de alegre pino inundaban la estancia del aroma de la madera, y había una pequeña estufa de leña apagada en la esquina, junto a la entrada.
Dos bancos acolchados flanqueaban la cabina, situados a ambos lados de una mesa plegable para comer y arropados con almohadones tejidos a mano.
En el otro extremo había una pequeña cocina sobre la cual colgaban ramilletes de hierbas aromáticas.
Estantes repletos de ingredientes imposibles de identificar abarrotaban las paredes, intercalados con ollas y tarros de colores.
Unos escalones descendían de la pequeña cocina a la cubierta inferior; los aposentos de Robin, supuso Eda.
Nada de eso resultaba tan interesante como la dueña de la barcaza.
Robin era esbelta y elegante a su manera, a pesar de su indómita cascada de cabello gris y los ojos delineados con kohl.
Lucía un sencillo vestido color teja y una diadema.
Aros dorados adornaban sus orejas y muñecas, además de un colgante ovalado a juego sobre el pecho bronceado.
Eda sabía que la gente del río comerciaba con oro.
Normalmente viajaban en caravanas de varios cientos de barcos. Pero Robin estaba sola.
La mujer emanaba algo que inspiraba una extraña confianza, un talante que resultaba salvaje y tranquilizador a un tiempo. Una especie de intensidad. Eda no percibía en ella maldad alguna, pero la presencia de Robin dentro de la pintoresca cabina le hacía pensar en una tormenta en una taza de té.
Robin escuchó y sirvió té mientras Eda la obsequiaba tan solo con los detalles más pertinentes, cuidando de omitir cualquier mención al señor Noche.
—Ya veo —dijo finalmente la anciana—. La has fastidiado y ahora quieres arrastrarme a mí a tus majaderías.
—No la he fastidiado —replicó Eda, agarrando su taza con fuerza—. Sé lo que hago.
—Cincuenta años, corderita.
—No hace falta que me lo recuerdes. Y no soy una jodida corderita.
Robin enarcó las cejas. Por primera vez sonrió.
—Me disculpo. Esos bonitos ojos y esos rizos dorados confundirían a cualquiera. Pero una mujer con la boca tan sucia es una de las mías.
—Crecí con dos hermanos —explicó Eda, lacónica—. Y por eso hago esto. Por ellos. Morirían por mí, morirán por mí, si yo no puedo…
Tragó saliva.
«Llevo toda la vida viendo cómo otros renunciaban a sus supuestas almas —quiso decir—. Nadie entiende lo que he hecho mejor que yo».
No se podían firmar pactos si interferían con otro acuerdo, y el trato que había hecho hoy no afectaba de manera directa al que había heredado de su padre.
Pero Eda prefería evitar el tema por completo.
Kit no sabía que ella estaba vinculada a otro pacto, y ella no tenía prisa por desvelárselo.
Una vez que Ben y Lawrie estuvieran libres, y que ella recuperara el espejo, su camino y el de Kit se separarían.
Él no tenía por qué enterarse jamás de que Eda tenía tratos con el mismo demonio que lo perseguía.
La luz del anochecer se colaba por las portillas, bañando de oro el rostro arrugado de Robin. Echó un vistazo a la mano de Eda.
—Qué bruto eres —reprendió la mujer a Kit mientras cogía frascos de los estantes—. No hacía falta que le hicieras un corte tan grande.
El demonio estaba recostado con languidez en el otro banco, imperturbable.
—Tenía prisa.
Robin procedió a limpiar la herida de Eda. Ella se dejó hacer, desconcertada, pero dispuesta a aceptar ese gesto de amabilidad espontánea. Aspiró entre dientes mientras desaparecía la sangre seca y unos dedos callosos le untaban en el corte un ungüento denso de olor penetrante.
Eda se sentía desorientada. Había buscado a Kit por su poder (si un metamorfo no podía liberar a sus hermanos, nadie podría), pero sus esperanzas de un rescate rápido se esfumaban a toda velocidad.
Las destrezas de Kit, según él mismo admitía, eran limitadas.
¿Les pasaba lo mismo a todos los demonios?
¿También al señor Noche? Él resucitó a Emmeline de entre los muertos.
Era impensable que no pudiera remodelar la naturaleza del mundo con un mero gesto, que fuera otra cosa que omnipotente.
Y sin embargo, a pesar de todos los caminos milagrosos que tomaba para cumplir sus pactos, ella nunca los había presenciado en persona.
¿Y si fueran métodos prosaicos disfrazados de magia?
¿Técnicas teatrales y trucos de salón? Si el poder del señor Noche tenía algún límite, sin duda no querría que se supiera.
Puede que Eda hubiera sobrevalorado a los demonios. Fuera como fuese, no le había pedido a Kit su poder, sino su ayuda. Gracias a eso, quizá contara ahora con un refugio seguro donde descansar por las noches. Eso, admitió, era un buen comienzo.
—¿De qué os conocéis? —preguntó Eda.
Kit profirió un bufido de hilaridad.
—Yo estaba en la ciudad cuando Kit’rath llegó aquí por primera vez —empezó Robin—.
Estaba gravemente herido e hicimos un trato a cambio de mi ayuda.
No un pacto, entiéndeme, aunque él me lo ofreció.
Un simple intercambio. Unas virutas de su cuerno, un ingrediente raro y poderoso. Me da la lata desde entonces.
Se hizo la luz en la mente de Eda.
—¡Eres una bruja!
La mano de Robin se crispó en torno a la suya.
—Soy una estudiante de las artes alquímicas, igual que todos esos devotos de la Fe tan pretenciosos.
La única diferencia es que, cuando la Fe te autoriza, te consideran alquimista, y cuando no, eres una paria vendedora de hechizos.
—Envolvió la mano de Eda con vendas—. Puede que no tenga formación oficial, pero nunca la he necesitado.
Es una forma útil de ganar dinero en el río.
Los hechizos y encantamientos básicos se pagan bien.
La práctica de la magia no estaba estrictamente prohibida en Wesland, pero sin duda se consideraba tabú si no formabas parte del Claustro de los Alquimistas.
Esos dones tan excepcionales debían utilizarse al servicio de la Fe o no emplearse en absoluto.
Eda suponía que el imperativo tenía cierta razón de ser, pues al amparo del Claustro uno podía recibir la formación adecuada y destinar la magia a un uso probo.
O a aquello que la Hermandad de la Fe consideraba probo, cuando menos.
Kit dijo:
—Estoy dispuesto a desprenderme de otra parte de mi cuerno a cambio de alojamiento y comida, Robin.
La mujer y yo necesitamos un lugar seguro en el exterior de la ciudad hasta que haya cumplido mi parte del pacto.
Ni siquiera te voy a pedir que me ayudes con tus sortilegios.
Puedo rescatar a los hermanos por mi cuenta.
—Vas a necesitar algo más que fuerza bruta.
—Soy consciente de ello.
—¿Seguro? La fortaleza de Fell está bien custodiada. Las propias murallas repelen a los demonios. Habrás de tenerlo en cuenta.
Eda intervino.
—Déjame ayudarte —le pidió a Kit—. Son mis hermanos.
—Acabaremos antes si te mantienes al margen y me dejas trabajar.
—No estoy del todo de acuerdo —dijo Robin—. Puede que seas poderoso, Kit’rath Ansellis, pero te va a resultar difícil ocultar tu naturaleza a los Aceros. Utiliza a la chica. Ella es humana. Juntos, podríais formar algo así como un equipo equilibrado.
Kit hizo una mueca despectiva.
Eda se animó.
—¿Eso significa que podemos quedarnos?
—Mmm. Ya no me queda cuerno de demonio… Muy bien. Pero si algún Acero viene a husmear, os echaré a patadas y estaré navegando Embel abajo antes de que sus botas toquen el suelo de mi barca.
—Me parece justo —dijo Kit—. Adelante, pues. Trae el rallador de queso.
Eda no pudo contener la curiosidad.
—¿Por eso te falta un trozo de cuerno? ¿Se lo diste a Robin?
La expresión del demonio se ensombreció.
—No.
Le vinieron a la mente cien preguntas más, pero el recuerdo de la violencia de Kit embarraba su aparente cordialidad, así que se mordió la lengua. Se hizo un silencio incómodo.
Kit se puso en pie de repente. Cogió una manzana de la cesta de Robin antes de salir por la puerta de la cabina sin pronunciar palabra.
—No te preocupes —la tranquilizó Robin—. Puede que haya estado jugando a ser humano estos últimos veinte años, pero no es más que una fachada. No esperes que te cuente muchas cosas.
Veinte años. Kit llevaba toda la vida de Eda escondiéndose del señor Noche.
Desde que el espejo llegó a manos de los Shaw.
Eda jugueteó con su mano vendada mientras el peso del día finalmente se abatía sobre ella. Cerró los ojos y no vio nada más que sangre, garras y espejos oscuros e insondables.
—No tengo ni idea de lo que estoy haciendo.