Reap & Sow (Reap & Sow 1) Capítulo 10
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Capítulo 10

DIEZ

E da no tenía la menor idea de cuánto tiempo llevaban huyendo. Tan solo era consciente del entumecimiento que notaba en las manos y en la cara, y del interminable desfile de rostros atónitos según recorrían las calles al galope.

Le ardían los muslos; Kit tomaba las curvas a toda velocidad y zigzagueaba entre los obstáculos con una furia imparable.

Eda se alegraba de sentir ese dolor. Le impedía pensar en otras cosas.

Se agachó sobre el lomo del caballo, bloqueando así la oscura vorágine de la ciudad.

No sabía adónde se dirigían. Tampoco preguntó.

En algún momento, súbitamente, Eda fue consciente de que estaba lloviendo; el hedor húmedo de los canales se había disipado. Kit redujo la marcha. Ahora avanzaban a medio galope.

Campos. Uniformes tierras de cultivo que se extendían a lo largo de kilómetros.

Avanzaron por la carretera de los mercaderes y siguieron el curso del río Embel, un afluente del Saint’s Waterway que serpenteaba hacia el noreste.

Algunos días de verano, los Shaw se desplazaban en carreta a las orillas meridionales, como hacían muchos plebeyos cuando el calor de la ciudad se tornaba insoportable.

Lawrie saltaba al río igual que un perro, desnudo de pies a cabeza y riendo a carcajadas mientras Ben sostenía a Eda con paciencia para que aprendiera a nadar.

Esos días fueron quedando atrás junto con su infancia, pero Eda los recordaba bien: la luz brumosa y empapada de sol; la hierba áspera bajo los pies descalzos. La sonrisa de Ben.

Miró hacia Blackbridge por encima del hombro.

Era un lienzo de torres oscuras en el horizonte.

Un edificio en particular se erguía por encima del resto con su único campanario puntiagudo y sus contrafuertes arqueados, como el espinazo de una gran bestia.

La Gran Casa Templo. Detrás se alzaba la fortaleza de Fell, bastión de los Aceros.

En algún lugar de las mazmorras, sus hermanos esperaban la ejecución.

La última conversación que mantuvieron fue una discusión. Eda había declarado que no veía el momento de marcharse. Entonces llegaron los Aceros y todo mudó en una pesadilla hecha realidad. ¿De verdad todo había sucedido la noche anterior?

Apartó la mirada.

Kit la llevó a través de pueblos, granjas y huertas.

Abandonó la carretera de los mercaderes y se desvió hacia el río, cambiando a un trote tranquilo a lo largo de la orilla.

Se detuvo a la sombra de un enorme roble.

Sus flancos subían y bajaban rápidamente contra sus piernas. Giró la cabeza para mirarla con ira.

—¿Quieres que desmonte?

Eda interpretó su mirada asesina como un asentimiento.

Llevaba tanto tiempo aferrada a su crin que le dolió soltarse. Privada de la protección de su capa, el frío le había entumecido las articulaciones y la palma de su mano era una carnicería escocida y ensangrentada. Apenas había pisado el suelo cuando Kit se transformó con un revuelo de humo negro.

Adoptó su apariencia mortal, para alivio de Eda, pero sus ojos no perdieron el inquietante tono incandescente.

Tenía el antebrazo irritado y sembrado de ampollas, a juzgar por lo que asomaba bajo la manga.

Eda lo observó mientras él se tambaleaba como un borracho hacia el roble, buscando el apoyo del tronco.

«Parece ser que los demonios también se cansan».

—¿Te encuentras… mal?

La mirada de Kit resbaló hacia ella.

—Algunas formas requieren más esfuerzo que otras. Llevaba mucho tiempo sin usar esta.

En la cabeza de Eda se agolpaban multitud de preguntas sin respuesta. En ese momento solo una le preocupaba realmente.

—¿Cuándo podremos liberar a mis hermanos?

—La paciencia no es tu virtud, ¿me equivoco?

—Hemos firmado un pacto. Prometiste…

—Conozco los términos.

—Pues yo no. Ni siquiera tuve ocasión de leerlo.

—Y, sin embargo, lo firmaste. Un descuido monumental, si me permites que te lo diga, pero no se me puede achacar a mí.

La miró con desdén, como un señor a su criada.

—No padezcas. Me pediste ayuda para rescatar a tu familia y te la voy a prestar. Pero antes… —Se señaló los pies con un gesto impaciente—. Me gustaría hacer constar que estoy condenadamente descalzo.

Eda parpadeó. Lo estaba.

—¡Descalzo! ¡Como un animal vulgar y corriente!

—Caminó con cautela sobre la hierba mojada.

Había llovido y la tierra estaba embarrada—.

Como si no tuviera bastante con que esos ganapanes mojigatos me hayan destrozado el apartamento.

Ahora también me arruinan los pantalones.

¡Me los confeccionaron a medida con una mezcla de lana forisiana!

Eda no pudo hacer nada más que corretear tras él, atónita, mientras Kit avanzaba hacia la orilla del río.

—No sabía que los demonios sintieran debilidad por la moda humana.

—No nos metas a todos en tu mismo saco, querida. Algunos tenemos buen gusto.

La miró de arriba abajo.

Menudo imbécil. Solo el miedo residual que le inspiraba le impidió soltarle una réplica mordaz. Recordaba muy bien su sonrisa ensangrentada, la garganta abierta del capitán.

—Si fueras tan amable de responder a mi primera pregunta… ¿Cuándo podremos rescatar a mis hermanos?

—Eso depende. ¿Tienes un plan?

Eda titubeó.

—Pues… no. Todavía no. Pensaba que…

—¿Pensabas que me teletransportaría a su celda, los sacaría por arte de magia y todo arreglado?

«Puede ser».

—No exactamente.

—No puedo materializarme a mi antojo, mal que me pese. Aunque pudiera, los Aceros los habrán encerrado bajo la Gran Casa Templo. Ese lugar está protegido con más celo que las bragas de una Hermana Sagrada. Nadie lo sabe mejor que yo.

Eda prefirió no preguntar si se refería a su conocimiento personal de la prisión o de la ropa interior de una mujer santa.

—Este heroico rescate requerirá una planificación adecuada… ¿Cómo te llamabas?

—¡Eda Shaw! Ya te lo he dicho.

—Ya, bueno. Tengo mala memoria para las personas aburridas.

Eda apretó los dientes. Quizá no debería esperar buenos modales por parte de un demonio que le había arrancado la garganta a un hombre hacía apenas una hora. Si lo peor que le lanzaba a ella eran palabras hirientes, debería considerarse afortunada. Solo el pacto la protegía.

—¿Es eso lo que vamos a hacer ahora? —insistió—. ¿Idear un plan?

—Eso, y buscar cobijo, porque gracias a ti, Eda, me he quedado sin hogar. Espero que ella nos acoja un tiempo.

—¿Quién?

Kit no se molestó en responder. En vez de eso, se acercó a una barcaza de manga ancha, pintada de un azul encantador, que estaba amarrada allí cerca.

Eda no le había prestado demasiada atención; vivía mucha gente en ese tramo del río.

Era una embarcación de doble casco, más ancha que las chalanas estrechas preferidas por las gentes del río.

Una cabina central la atravesaba a lo largo y contaba con una estrecha pasarela en torno a la borda.

Bajo la cubierta asomaba una gran rueda de paletas que se accionaba manualmente mediante la alta manivela que sobresalía de la popa.

En un costado del casco, pintado en un blanco florido, se leía el nombre oriana .

Eda se quedó rezagada mientras Kit saltaba ágilmente a la cubierta como si la barca le perteneciera. Rodeó las macetas agrupadas y llamó a las puertas de la cabina, quizá con demasiado ímpetu. Algo se movió detrás de una de las portillas.

—¿Quién es esa persona, exactamente? ¿Podemos fiarnos de ella?

—Yo me fío de ella.

—Eso no me tranquiliza.

La respuesta de Kit quedó ahogada cuando las puertas de la cabina se abrieron tan repentinamente que estuvieron a punto de golpearle en la barbilla. El demonio dio un respingo al tiempo que siseaba.

—¡Ten cuidado, bruja!

—¿Por qué? —Una mujer alta, entrada en años, salió a la cubierta—. ¿Tan frágil te has vuelto que te magullas como una fruta madura?

—Eso no importa ahora. Robin, necesito…

—Me importa un comino lo que necesites. —Sus ojos se posaron en Eda, que seguía parada en la orilla cubierta de hierba —. Y traerme a una vagabunda atractiva no me hará cambiar de parecer. Es demasiado joven para mí.

—No soy una vagabunda —le espetó Eda.

—¿Qué eres, entonces?

—Es mía —dijo Kit—. Por ahora.

Eda contuvo el aliento. La mujer se fijó en su mano.

—Has hecho un pacto —le lanzó una mirada a Kit—. Lo ha hecho contigo.

—Es una historia de lo más fascinante. ¿No quieres invitarnos a pasar, para que pueda deleitarte con todos los detalles escabrosos? Son tus favoritos.

Robin frunció el ceño.

—Hace años que no me obligas a soportar tu presencia, bastardo egoísta. Y ahora que buscas algo, ¿reapareces de repente?

A Eda le daba vueltas la cabeza. ¿Quién era esa mujer, que se permitía bromear con un demonio con tanta naturalidad?

—No te pongas en evidencia fingiendo que no estás encantada.

Me sorprende que no hayas expirado de aburrimiento en mi ausencia.

—Adoptó un tono de voz dulce y astuto—. Os ruego humildemente que me dejéis pasar, bella doncella.

Una oportunidad para hablar y una taza de vuestra deliciosa infusión de menta es cuanto os pido.

—¿Bella doncella? Acabas de llamarme «bruja».

—No hables en esos términos de ti misma.

Robin los evaluó a los dos con la mirada y un suspiro de resignación escapó de su pecho.

—Muy bien, subid a bordo. Pero más vale que sea una historia condenadamente buena.

Empezaba a anochecer cuando terminaron de poner al día a Robin de todos los detalles, en parte porque se pasó la primera media hora regañando a Kit por hurgar en sus armarios y atormentar a su gato.

—¿Cómo se llama? —preguntó Eda, por entablar una conversación trivial. Alargó la mano hacia la enorme bola de pelo atigrada, que le respondió con una mirada de infinito desdén.

—Cascarrabias —dijo Robin.

—¿Perdón?

—Es su nombre. Viejo Cascarrabias, en realidad. Ya empieza a ser mayor.