Reap & Sow (Reap & Sow 1) Capítulo 9
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Capítulo 9

NUEVE

C uando los Aceros irrumpieron en la vivienda, Eda permitió encantada que el demonio, Kit, se enfrentara a ellos a solas. Se escondió detrás del costoso diván mientras los demás inundaban el salón. Él acababa de arrancarle cincuenta años, al fin y al cabo. Más le valía ganárselos.

Eran cinco como poco. Un hombre de cabello salpimentado posó la mano en la empuñadura de su espada. Observó a Kit, la estancia, a ella. Eda se encogió aún más, si cabe.

—Esto es por los libros de la biblioteca, ¿cierto? —dijo Kit. Ahora sus ojos eran de un marrón anodino—. Juro que pensaba devolverlos.

—Estamos aquí en nombre de la Fe. Tenemos motivos para creer que esta mujer —el capitán apuntó a Eda con un dedo— es una criminal.

Al darle cobijo y negarse a atender nuestras órdenes de que abriera la puerta, está obligado a acompañarnos para ser interrogado.

Si es inocente, no tiene nada que temer.

«No saben que es un demonio». Eda echó un vistazo a la plata coloidal que colgaba del cuello de cada Acero.

El Claustro de Alquimistas la imbuía de ciertas propiedades reactivas.

Le habían contado que, cuando un demonio empleaba sus poderes en un lugar cerrado, la plata burbujeaba y espumeaba en su recipiente.

El capitán de los Aceros aferró su vial con los ojos entornados.

—A menos que tenga motivos para resistirse.

Eda contuvo el aliento. Si Kit usaba sus poderes, sabrían al punto lo que era.

Si no los usaba, tendría que luchar con ellos a la vieja usanza.

Ella no había tenido tiempo de leer el pacto que había firmado, pero sin duda contenía una cláusula relativa a su protección.

El demonio no podía dejar que se la llevaran. ¿O sí?

Los Aceros se revolvieron en el sitio con aire nervioso. Las cotas de malla y las espadas se rozaban como uñas en una pizarra. Saltarían a la primera de cambio.

Kit suspiró. Echó mano de una botella de vino y apuró los restos de un trago. Un hilo rojo le resbaló por la barbilla. Se lo enjugó y alargó la botella hacia el capitán, como si le retara a un duelo.

—Cómemela.

Los Aceros se tensaron. Kit señaló al siguiente.

—Y tú me la puedes comer también. Y —torció el gesto—, tú no, eres feo como la mierda, y él igual.

El capitán desenvainó la espada.

—Una palabra más y te traspaso.

—Deja de flirtear. —Kit miró a Eda de reojo. Sus ojos mudaron de marrón a un naranja reluciente y un temblor asustado recorrió a los Aceros—. Me debes un nuevo apartamento, querida.

En el instante siguiente, la botella surcaba el aire. Se estrelló contra la cara del capitán, que cayó hacia atrás y se aferró los ojos.

—¡Demonio! —gritó—. ¡Demonio!

Los Aceros pasaron a la acción. Rodearon a Kit abarcando cada rincón de la estancia como una máquina bien engrasada.

Aunque tenía la visión mermada, el capitán echó mano de su vial sin vacilar.

Se lo lanzó a Kit, que saltó a un lado. El frasquito se estrelló contra la pared.

Dos Aceros ya se precipitaban hacia el demonio.

Eran raudos y eficaces; sus espadas cortaban el aire con precisión practicada.

Kit fue más rápido.

Una espada hendió el aire como un destello de mercurio.

Kit se agachó para esquivar el golpe y volvió a incorporarse en el círculo que formaban los brazos del Acero.

Le agarró la cabeza con las manos, y sonó un crujido nauseabundo cuando se la retorció.

El hombre cayó inerte. El demonio giró el cuerpo exangüe a modo de escudo para bloquear un ataque inminente: la espada de otro Acero atravesó la espalda de su compañero.

Kit sonrió por encima del soldado empalado y los empujó a los dos con tanta fuerza que salieron volando al otro extremo de la estancia.

Otra ampolla surcó el aire. Kit se agachó.

El frasco se hizo añicos contra la estatua de mármol y Kit gruñó con dolor: parte del contenido le salpicó el brazo.

Su piel chisporroteó audiblemente bajo la camisa.

—¡Ahora! —gritó el capitán.

Eda se volvió a mirar. Uno de los Aceros accionó la palanca de una ballesta que ella ni siquiera había visto. Una bola pálida y reluciente salió disparada del conducto y se agrandó hasta crear una red movediza tan grande como para atrapar a tres hombres.

Kit lanzó un gruñido cuando la envoltura descendió sobre él. Al punto desapareció bajo la red. El corazón de Eda dejó de latir.

Dos Aceros se acercaron a la trampa con las espadas en ristre.

—Ha desaparecido, capitán.

—No. Sigue ahí.

Eda estaba considerando la posibilidad de huir cuando atisbó una minúscula sombra en el suelo. La forma correteó hacia ella y desapareció debajo del diván que ella utilizaba como refugio.

Un ratón de brillante pelaje negro azabache.

Era listo el condenado.

Sin previo aviso, el ratón estalló en una bola de humo negro.

El diván abandonó el suelo y voló por los aires hasta golpear a los Aceros, que se estrellaron contra la pared con un desagradable golpe.

Una ventana se hizo añicos. Uno de los hombres borboteó incoherencias, atravesado por los cristales como carne en un tenedor.

El otro yacía desmadejado bajo el diván, inmóvil en una postura imposible.

Cuando Eda se atrevió a levantar la vista, cayó sobre el trasero, aterrada.

Kit se desplegó como una serpiente oscura y venenosa. Asomaron unas garras de puntas negras. Orejas afiladas como cuchillos entre el pelo oscuro. Hasta su piel exhibía ahora un tono gris sobrenatural: el color de las cenizas en el hogar. Y en la cabeza, entre la piel y el nacimiento del cabello…

Cuernos.

El derecho se arqueaba hacia atrás como una ola rompiente, rematado por una púa afilada que apuntaba al techo. Era del color del hollín y estriado como el cuerno de un carnero. Solo cuando el demonio giró la cabeza pudo atisbar Eda el izquierdo: había perdido la mitad.

—Que el Señor Padre nos proteja.

El capitán se llevó el índice a la frente en un gesto de oración.

Kit esbozó una sonrisa despectiva, exhibiendo unos caninos afilados.

—Tu dios no está aquí.

El Acero retrocedió un paso ante esa burla gutural. Miró a un lado y a otro. Eda vio lo mismo que él: la sangre de sus hombres empapando el suelo, las paredes, los muebles. Salpicaduras en la cara y el cuello del demonio.

La realidad de su situación se abatió sobre Eda como una avalancha de hielo. Si realmente existía eso que llamaban alma, Eda había vendido la suya. Se la había vendido a un monstruo.

Kit avanzó. El capitán tuvo la elegancia de no acobardarse ni tratar de huir. Empuñó la espada con ambas manos y adoptó una postura de combate.

—Hay más soldados rodeando este edificio ahora mismo, demonio. No podrás librarte de todos. El Señor Padre está con nosotros.

—¿No me has oído, pobre infeliz? A tu dios le importa un comino si vives o mueres.

Se acercó con andares parsimoniosos, insultantes.

—Supongo que conoces su verdadero nombre. Tus antepasados lo conocían. Le llamaban «Dominor».

Dominor. El nombre pagano del Señor Padre, considerado sacrílego por la Fe.

—No blasfemes ante mí.

Kit se rio. Un escalofrío recorrió la espalda de Eda.

—¿Llamas blasfemia a la verdad? Afirmas que Dominor fue el libertador de la humanidad. Que él desterró al resto del panteón a mi mundo para iluminar a los hombres bajo su gobierno absoluto.

En los labios del Acero se dibujó una mueca despectiva.

—Y eso provocó tu nacimiento y el de tus semejantes, escoria eternamente ávida de regresar al reino del que el padre os expulsó.

—Dominor no creó a los demonios. Él mismo era uno, necio. El primero en hallar un acceso al mundo mortal. Se trajo a otros consigo, y tus antepasados los adoraron como a deidades. Tu Señor Padre es lo mismo que tanto temor te inspira.

La respiración de Eda se entrecortó. Notó la mente ofuscada de la impresión.

—¡Silencio! —El rostro del capitán enrojeció—. Basta de bilis blasfema. Jamás persuadirás a los justos. Los Aceros se sacrificarán con orgullo para mantener esta ciudad a salvo de los de tu calaña. Y yo también.

—En ese caso tendrás que morir.

Kit se abalanzó contra él. La espada del Acero descendió con un destello letal.

No fue suficiente.

El demonio hundió sus garras en el cuello del hombre.

Le desgarró la tráquea de un tirón. El capitán soltó la espada y gorgoteó mientras su pecho se empapaba de cálida sangre.

Deslizó la mano por la herida abierta. El hedor metálico de la sangre era abrumador; Eda se agarró el cuello como si eso pudiera mantener el del hombre en su sitio.

El capitán se desplomó de bruces sobre la alfombra.

Eda debió de emitir algún tipo de sonido, porque Kit se dio media vuelta. Ella jadeó y retrocedió a toda prisa, pero el demonio pasó de largo camino de la ventana. Algo se agitó por detrás de sus rodillas: era una cola de color ceniza con la punta en forma de pica que azotaba el aire, inquieta.

«Me voy a desmayar».

—No ha mentido. Estamos rodeados. —Los ojos incandescentes miraron a un lado—. Es hora de irse.

—E-espera…

Eda no sabía por qué protestaba. El demonio estaba en lo cierto: no podía quedarse allí. Pero cuando él se agachó extendiendo hacia ella las garras ensangrentadas, pateó por instinto.

—¡No me toques!

Él esperó.

—No te haré daño. Tenemos un acuerdo.

«Un acuerdo». Eda soltó una carcajada.

—Sí. Sí, lo tenemos.

Se llevó las manos a la cara, aunque solo fuera para evitar que le temblaran. Aquello no se parecía a su acuerdo con el señor Noche. Cuando un donante intercambiaba sus propios años, solo había dos modos de recuperar lo perdido. O bien Kit’rath no era capaz de cumplir su parte del trato o…

«O le mato con mis propias manos».

Como si tuviera alguna posibilidad. Como si esa laguna jurídica tuviera la menor importancia.

Necesitaba su ayuda; muerto no le serviría de nada.

Súbitamente, Eda cayó en la cuenta de que, si Kit moría a manos de otro demasiado pronto, perdería sus años antes de recuperar a sus hermanos.

Una carcajada histérica le burbujeó de nuevo en el pecho, hasta que se sintió alzada en volandas.

Chilló. Hasta la última fibra de su ser se estremeció ante el contacto de ese cuerpo. Olía a sangre, a vino y a lluvia inminente.

—¿Qué estás…?

Sosteniendo a Eda con un brazo, Kit rompió una ventana y saltó con agilidad al alféizar.

Con un instante de retraso, Eda comprendió lo que se proponía.

El demonio caminó hacia el vacío.

Eda gritó.

La caída fue breve, pero infinitamente aterradora.

El viento le azotaba el pelo y rugía en sus oídos.

El aterrizaje fue igual de brusco. El golpe contra el hombro de Kit le arrebató el aliento, pero él ya la estaba dejando en el suelo.

Eda se tambaleó. Calle abajo, una marea roja y plata se precipitó hacia ellos. La gente chillaba, asustada.

—Monta.

Eda apenas había recuperado la visión cuando él volvió a transformarse. Las volutas negras se retorcieron hasta dibujar una nueva forma, inconmensurablemente más grande que la anterior. De nuevo Eda perdió el aliento.

Un imponente pura sangre negro doblaba una rodilla ante ella. Contempló su intimidante majestuosidad: los músculos fibrosos, las poderosas ancas, el cuello orgulloso y arqueado. Resoplaba por un hocico aterciopelado. Un ojo ardiente la fulminó, maligno y hermoso.

«Monta de una maldita vez», parecía decirle.

Tan solo el zumbido de las espadas desenvainadas la empujó a obedecer.

Con una mirada asustada en dirección a los Aceros, Eda aferró un puñado de largas crines y se dio impulso para subir.

Eran suaves como la seda. El imponente cuerpo de Kit se balanceó al ponerse en pie y ella se apresuró a acomodarse sobre el lomo.

Si le tiraba de la crin con demasiada fuerza, él no lo dejó entrever.

Un pequeño frasco se estrelló junto a los cascos de Kit. El demonio relinchó alarmado y se apartó. Otro pasó rozándole el hocico. Los Aceros les rodeaban; había diez, como poco, puede que más.

Eda no había montado a caballo desde la niñez. No podía hacer nada más que aferrarse con las piernas a los flancos y agarrarse con todas sus fuerzas a la crin. «No podías convertirte en un maldito poni, ¿verdad?», pensó alterada mientras observaba la enorme distancia que la separaba del suelo.

Los Aceros se abalanzaron sobre ellos. Kit giró bruscamente la cabeza, y entonces Eda lo vio: no poseía los dientes romos y cuadrados de un caballo normal, sino una hilera de colmillos carnívoros.

Eda sofocó un grito a su pesar cuando esos largos incisivos se cerraron sobre el hombro de un Acero.

El cuello del pura sangre dio un bandazo y el hombre, con el brazo amputado, se estrelló contra otro soldado.

Exclamaciones horrorizadas. Sangre en los adoquines. Y un aullido agudo y espantoso cuando el caballo se encabritó.

Eda se aferró a su cuello, aterrada. Se preparó para caer, pero una sensación grávida se apoderó de sus caderas y sus piernas, como si estuviera pegada a los flancos del caballo. No podría desmontar ni aunque lo intentara. Era magia. Magia demoniaca.

El ensangrentado hocico de Kit, con esa boca lobuna, y los ojos incandescentes se elevaron por encima de la multitud. Las pezuñas negras arañaron el aire. La imagen era tan antinatural, tan espeluznante, que por un momento incluso los Aceros permanecieron anonadados por el horror.

«Por todos los santos, ¿qué he hecho?».

Kit cargó hacia delante. Los Aceros fueron lo bastante sensatos como para dispersarse; de lo contrario, habrían salido despedidos.

Ella echó un vistazo a su espalda y gritó alarmada.

El demonio debió de entender la advertencia, porque viró bruscamente justo cuando otra red plateada se precipitaba hacia ellos; el borde golpeó la pierna de Eda y se enganchó en el dobladillo de su capa, arrancándosela.

Ella apenas lo notó. Tampoco era muy consciente del corte que rezumaba en la palma de su mano ni del viento frío según galopaban por la calle adoquinada.

La gente gritaba y saltaba a ambos lados.

Kit no aminoró la marcha. Sus cálidos músculos se tensaban y se relajaban con premura mientras galopaba a tal velocidad que Blackbridge mudó en un gran río de acuarelas grises, marrones y negras.

Tomaron rumbo al oeste siguiendo la margen del río.

Eda no se atrevió a volver la vista de nuevo.

No podía. Su antigua vida era algo extraño, secreto y preservado, pero era suya.

Ya no. Había renunciado a lo que quedaba de ella al entregársela a un monstruo con rostro de hombre.

En sus oídos todavía reverberaba el chasquido de la carne al desgarrarse.

El olor a sangre le inundaba las fosas nasales como un miasma.

Cuando brotaron las lágrimas, Eda fue incapaz de discernir si nacían del dolor o del azote del viento.

Jamás se había sentido tan sola.