Capítulo 8 #3
—La Orden del Acero arrestó a mis hermanos. Cuando los rescate, me llevaré también el espejo. Ese fue el trato que hice con el señor Lich. Pero no puedo aspirar a hacerlo sola.
—Vaya, vaya. ¿Y qué hicieron tus queridos hermanos, exactamente, para que la Orden los capturase?
—¿Acaso importa?
—Teniendo en cuenta que la alternativa a responder a mis preguntas es que te rompa el cuello, yo diría que sí. ¿O preferirías que te arrancara el corazón?
Eda se clavó las uñas en las palmas de las manos.
Tenía que ser cuidadosa. Si él descubría su conexión con el señor Noche, era probable que le negara la ayuda sin más.
O la mataría. El señor Noche lo andaba buscando y lo quería ver muerto: este demonio no accedería a nada que le obligara a cruzar caminos con su enemigo.
No obstante, si Eda había aprendido algo sobre cómo negociar las condiciones de un pacto, era que muchos acuerdos tenían resquicios legales. Mentir por omisión era uno.
—Somos los propietarios de un anticuario y un Portal fue a parar a nuestras manos. Los Aceros lo descubrieron. Eso es lo que busca Lich.
En la penumbra de las vigas, los ojos anaranjados ardieron como almenaras. Parecía algo sacado de una pesadilla.
—¿Y esos hermanos tuyos usan el Portal? ¿Confraternizan con los demonios? —Sonrió, quizá demasiado—. ¿Lo haces tú?
—Estoy confraternizando con uno ahora.
Eso le hizo gracia. Se dejó caer súbitamente, dándose la vuelta en el aire y aterrizando en el diván con suavidad. Se puso en pie con la misma rapidez. Eda reculó anonadada.
—Responde a la pregunta.
—Nunca he hecho un pacto previo a este. Ni mis hermanos.
En términos estrictos, decía la verdad. Eda permaneció impertérrita mientras la mirada del demonio le perforaba el cráneo.
—Me ocultas algo —musitó él—. Debería matarte, aunque solo sea por haber allanado mi morada.
—Le estoy diciendo la verdad. No tengo ningún interés en engañarle. Necesito su ayuda para salvar a mi familia y conseguir el espejo. Es lo único que me importa.
—¿Y tú qué me darás a cambio?
Eda meditó qué cantidad sería una oferta justa. Pedirle a un demonio que se jugara el pellejo interfiriendo en los asuntos de los Aceros no era cualquier cosa.
Eda apretó los dientes.
—Veinte años.
Él rehusó con una mueca.
—No me interesa.
Eda se quedó de piedra. «¿No le interesa?
». Los demonios no podían resistirse a los años.
Les tentaban más que el dinero, las sedas o las joyas.
El señor Noche se lo había dicho. Lich lo había confirmado.
«No hay nada que ambicionen tanto como la oportunidad de cruzar al reino de los mortales y firmar pactos que les alarguen la vida».
—¿Qué le interesaría?
—Nada que tú puedas darme.
—Por favor. —Eda apretó los dientes—. Puede quedarse treinta.
¿Qué estaba haciendo? ¡Era casi media vida!
Sin embargo, la idea de que condujeran a Ben y a Lawrie al patíbulo era tan horrible, tan nauseabunda, que no fue capaz de retirar la oferta. ¿Para qué querría esos treinta años si tenía que vivirlos siendo consciente de que los había conservado a costa de la muerte de sus hermanos?
—No me gusta repetirme, muchacha. Tú no…
—Cuarenta.
El corazón le latía ahora a toda potencia. Eda no podía pararse a pensar lo que estaba ofreciendo. Ni por un instante.
Se acordó de la discusión con Ben y Lawrie en la tienda, cuando se enfureció por su voluntad de sacrificar sus años para dejarla al margen. Se acordó de Bartholomew. De todos los donantes a los que tanto había despreciado: patéticos, desesperados, débiles.
Ahora ella no era mejor que ninguno de ellos.
Las pupilas del demonio se dilataron.
—No.
Eda avanzó un paso, envalentonada. «Mi oferta le tienta».
—Se lo ruego. Ayúdeme y yo… —Cerró los ojos—. Cincuenta. Le daré cincuenta años.
Mierda. ¿Le quedaban tantos, siquiera? De no ser así, la oferta no valdría nada y el demonio sin duda la despacharía.
Pero, cuando abrió los ojos, él la miraba con expresión ávida. Movió los labios: Eda no tuvo claro si para reprenderla o para aceptar.
Él se detuvo. Torció la cabeza.
—¿Qué pasa?
—Calla —le espetó él.
Eda se disponía a protestar cuando lo oyó también: pasos en el rellano. De varias personas. Pesados. El roce metálico de una armadura.
Se le heló la sangre en las venas.
— Vhesak —dijo el demonio entre dientes; una palabra que ella nunca había oído—. Los has traído a mi puerta.
—¡No! Nadie me ha seguido, lo juro. —Titubeó. Palideció—. Un momento. La mujer del piso de abajo. Debe de haber…
Él se volvió a mirar el recibidor, enroscado como una serpiente.
—Si voy a tener que salir de aquí por la fuerza, más me vale que merezca la pena.
Hizo un giro rápido de muñeca. Un gran trozo de pergamino se desenrolló desde su mano. Las letras color escarlata del encabezamiento brillaron ante ella. Parecían húmedas al tacto.
Pacto vinculante de trueque con humano.
La sangre de Eda rugía con tanta potencia que apenas podía pensar a derechas.
—Cincuenta años —dijo él con los ojos clavados en la puerta.
Ella alargó una mano temblorosa.
—Necesito un cuchillo.
Él procedió sin avisarla. Le deslizó una uña (una garra) por la palma de la mano. Ella contuvo el aliento y apartó la mano, pero él fue más rápido.
—¿Cómo te llamas?
—E-Eda Shaw.
Una voz gritó:
—¡Abra la puerta de inmediato! ¡Por orden de la Orden del Acero!
La mirada del demonio era tan intensa y penetrante que Eda apenas podía soportarla.
—¿Estás de acuerdo con los términos?
—Sí.
Presionó la herida de Eda contra la parte inferior del pergamino. Fue brusco, pero ella no sintió dolor. Quizá ya lo había superado.
La soltó. El pergamino desapareció como por arte de magia.
«He firmado un pacto».
¿Ya estaba? No sentía nada distinto. No tenía la sensación de que su esperanza de vida hubiera quedado reducida a nada.
Pero así era. Los años ya no eran de Eda: le pertenecían a él, como un puñado de monedas por un rescate.
Y en cuanto el demonio cumpliera su parte del trato, serían suyos para siempre.
Eda se llevó la mano sangrante al pecho. «Ni siquiera lo he leído de principio a fin».
La puerta traqueteó.
—Colócate detrás de mí.
Ella lo hizo.
—¿Cómo se llama usted?
Más que verla, Eda sintió la sonrisa fría del demonio.
—Soy Kit’rath Ansellis. Pero, dadas las circunstancias, puedes llamarme Kit.
La puerta reventó.