Capítulo 8 #2
Eda siguió subiendo con poco convencimiento. «Un gato». Trató de imaginarse al señor Noche adoptando a un gatito callejero y por poco suelta una carcajada en voz alta. La idea de encontrar a un demonio allí dentro le parecía cada vez más inverosímil.
Arriba solo había una puerta. Parecía idéntica a todas las demás.
Eda no tenía claro qué se esperaba: algo, cualquier cosa que indicara que un ser de otro mundo vivía en ese edificio.
Pero, por lo que parecía, no lo sabría con seguridad hasta que no hablara con él.
«Como una visita que viene a tomar el té».
De algún modo reunió el valor para llamar a la puerta.
Eda esperó. Nada.
Se mordió el labio. Golpeó la madera de nuevo, en esta ocasión con más fuerza.
Tampoco ahora obtuvo respuesta. ¿Adónde, en el nombre del cielo, iría un demonio en mitad del día?
¿De compras? ¿A dar un paseo por la orilla del río?
El señor Noche no sentía el menor interés por las trivialidades humanas, pero ese demonio se ocultaba en el mundo de los hombres por elección propia. «Puede que no todos sean iguales».
Eda se había convencido de que la convivencia con el señor Noche implicaba que estaba preparada para conocer a otro demonio.
Ahora no se sentía presta en absoluto. Si Severin Lich estaba en lo cierto y el Otro Mundo era tan tangible y complejo como el de los hombres, ¿no serían los demonios tan distintos entre sí como los seres humanos? ¿Igual de impredecibles?
—¿Señor Kit?
La intranquilidad le afinó la voz. «Es posible que no me oiga». Eda sujetó el pomo y lo giró, convencida de que hallaría resistencia… hasta que cedió con un chasquido.
La puerta se abrió de par en par.
—¿Hola?
En el interior encontró un recibidor breve y oscuro. Eda cruzó el portal con andares rígidos y atravesó la entrada hasta llegar a un salón amueblado con fastuosidad.
Las cortinas estaban entreabiertas y la luz lechosa del día se derramaba sobre una alfombra tejida en listas.
Las motas de polvo bailaban sobre el respaldo de un gran diván de terciopelo sobre el que descansaban varios almohadones de plumas.
Había cuadros en todas las paredes, forradas de madera, y copas vacías esparcidas por aquí y por allá.
En un rincón, una estatua de mármol que representaba a una mujer prácticamente desnuda sostenía flores mustias en la mano extendida, como si a alguien le hubiera parecido divertido dejarlas ahí.
La casa rivalizaba con los rincones más abarrotados de Antigüedades Shaw. Pero no cabía duda de que estaba habitada.
«No hay nadie en casa». Abatida, Eda dio media vuelta para marcharse.
La puerta se cerró.
Dio un respingo. Se le desbocó el corazón. Corrió hacia la entrada y probó el pomo, pero no se movía.
La sensación de inquietud se transformó en puro terror. «Santo cielo, ¿qué pasa aquí?».
—Déjenme salir —ordenó Eda en tono severo al principio y luego con creciente desesperación—. ¡He dicho que me dejen salir! Déjenme…
Se quedó paralizada. Se le erizaron los pelillos de la nuca.
Había alguien a su espalda.
El instinto le gritaba que se diera media vuelta. Aguzó los oídos por si oía pasos, una respiración, pero solo alcanzó a escuchar el golpeteo de la lluvia contra las ventanas.
«Échale valor, Eda».
Se volvió a mirar.
Había un gato negro sentado en el centro del salón. La miraba con vibrantes ojos anaranjados, la cola curvada alrededor de las patas.
Se rio en voz alta de alivio.
—Hola, gatito. —Se llevó una mano al pecho—. Me has asustado.
El gato se limitó a mirarla, inmóvil. La intranquilidad recorrió la columna vertebral de Eda.
Le gustaban los gatos. Siempre había querido tener uno, pero a Lawrie le irritaban los ojos.
Eda se consolaba acariciando a los gatos callejeros cada vez que podía.
Sabía muy bien cómo se movían, cómo se desperezaban, deambulaban y sacudían la cola.
Nunca había visto a uno instalado en una inmovilidad tan absoluta.
—No has sido tú el que ha cerrado la puerta, ¿verdad?
Lo expresó en tono de broma nerviosa, pero la ola gélida del discernimiento ya crecía en ella. ¿Qué le había dicho el señor Noche al obispo, respecto al otro demonio?
«Es un consumado metamorfo».
Se acordó de la anciana del rellano.
«Conozco mucho mejor a su gato».
Eda se pegó contra la pared como si pudiera fundirse con ella. Estaba encerrada. Encerrada con un…
Dobló los dedos. El gato no desvió la mirada.
Las palabras surgieron secas como pergamino.
—Demonio. Muéstrate.
Un movimiento de cola. ¿Se había confundido Eda? ¿Acaso la agitación de las últimas doce horas le habían provocado una especie de trastorno nervioso y finalmente se había vuelto chiflada?
Pero el gato ya no era un gato.
Sucedió tan rápidamente que apenas entendió lo que estaba pasando. El brillante pelaje negro del ser se onduló como una distorsión subacuática y luego se dispersó como humo. Las volutas oscuras fueron ascendiendo hasta dibujar la figura de un hombre. Todo en el transcurso de tres pestañeos.
El demonio se erguía impasible al final del pasillo.
—Tienes buen ojo —dijo con una voz de tenor cálida y melodiosa—. Dime qué haces aquí si no quieres que te arranque los dos.
Eda tragó saliva. Lo contempló largo y tendido sin poder evitarlo, lívida tanto de miedo como de fascinación.
El cabello del demonio era negro y sedoso, largo casi hasta los hombros.
El pecho ancho se estrechaba en una fina cintura, cosa que le prestaba a su figura una esbeltez irónicamente felina.
Iba descalzo bajo las calzas negras, advirtió Eda con sorpresa.
La camiseta interior color burdeos le quedaba holgada en la zona del cuello, de tal modo que dejaba a la vista más zona de su pecho color arena dorada de lo que podía considerarse decoroso.
Era imposible no compararle con el señor Noche, mortalmente pálido y anguloso de la cabeza a los pies: pómulos altos y mentón afilado.
Las lomas y valles de este rostro, aunque delgado, eran plácidos: más colinas onduladas que montañas escarpadas.
«Son sus verdaderos ojos —comprendió Eda cuando él los entornó—. Ese naranja intenso. El señor Noche siempre los mantiene ocultos». Para no parecer tan amenazador a ojos de los Shaw y de las personas que traían ante él, suponía ella.
Este demonio, como era evidente, no compartía esa inclinación. Su mirada era fija y malévola sin ambages.
Eda se humedeció los labios.
—He venido a hacer un pacto.
—Fantástico. —Frunció las cejas, oscuras pero delicadas—. Ven aquí.
Ella no se movió.
—Ven aquí —repitió el demonio despacio— o te arrastraré por el condenado cuello.
El pulso de Eda se aceleró. Ese tono aterciopelado pero autoritario le resultaba espeluznantemente familiar. «Si quisiera matarte, ya lo habría hecho —se dijo—. Aunque a los gatos les gusta jugar con su comida».
Él se apartó para cederle el paso al salón. Se quedaron cara a cara. Un rayo de luz cruzaba la mejilla del demonio.
Era apuesto. Eda ya se lo esperaba. No era la belleza etérea, casi feérica, del señor Noche, sino la que uno vería en la efigie de un antiguo óleo. Emanaba cierta altivez que evocaba a príncipes y señores tendidos con languidez en sus hermosos castillos.
Cada vez que Eda oía su pomposa voz se le erizaba el vello de los brazos.
—¿Cómo has sabido que me encontrarías aquí?
—No… No lo sabía. No con seguridad. Hay un hombre poderoso… Un señor del crimen. Sospecha que el alto gobernador ha firmado un pacto. Tenía suficiente información como para ofrecerme sus señas. Se propone chantajear al gobernador, creo. Si puede.
—¿Trabajas para él?
Empezó a caminar a su alrededor. Ese también era un baile con el que estaba familiarizada. El señor Noche siempre evaluaba a su presa.
—No. Se llama Lich. Fui a pedirle ayuda. Necesitaba dar con un demonio con el que pudiera pactar y él vio la oportunidad de que investigara para él mientras lo buscaba.
La sinceridad de Eda lo detuvo sobre sus pasos. Ella se moría por mirar por encima del hombro para no perderlo de vista. No saber lo que estaba haciendo se le antojaba insoportable.
—¿Y qué prueba te propones entregarle a ese señor del crimen? ¿O acaso tu sola palabra basta para implicar al gobernador?
Entonces era cierto.
—Claro que no. Me pidió algo más a cambio de prestarme ayuda. —El silencio fue tan amenazante que no tuvo más remedio que continuar—. Hay un espejo. Un Portal. La Hermandad de la Fe lo ha confiscado y yo he jurado proporcionárselo.
—¿Y cómo lo vas a hacer, querida?
«Querida». Esgrimió la palabra como una mofa.
—Voy a necesitar ayuda. La ayuda de un demonio.
—Mmm.
El murmullo sonó tan lejano que Eda se volvió a mirar… y chilló de la impresión.
El demonio estaba en el techo.
—¿Qué…?
Él la miró desde arriba con una mano en la cadera.
Tenía los pies plantados en las vigas con firmeza.
Ni sus ropas ni su cabello parecían experimentar los efectos de la gravedad: no se alargaban hacia el suelo.
Era como si el demonio se hallara en el interior de una burbuja propia, en la que abajo era arriba y viceversa.
Empezó a pasearse alrededor del candelabro del techo. Eda estaba sobrecogida.
«No se parece en nada al señor Noche». No únicamente debido a su indiferente ostentación de poder (estaba segura de que el señor Noche prefería no revelar el alcance del suyo), sino por la libertad que emanaba.
Las maneras lánguidas, los ropajes decadentes y la informalidad de sus palabras.
Si bien el señor Noche estaba familiarizado con el mundo humano, jamás habría podido pasar por un hombre normal.
Sus gestos rígidos y su espeluznante quietud delataban a gritos su otredad.
Pero este demonio… Resultaba convincente hasta extremos alarmantes.
Salvo cuando tomaba la decisión de empezar a pasearse por el techo, por supuesto.
—Dime. ¿Por qué quieres firmar un pacto?
Eda tragó saliva.