Capítulo 8
OCHO
–¿E s aquí?
Hillock gruñó junto a su hombro.
—Este es el sitio.
Eda observó con recelo los edificios de pisos que se alineaban al otro lado de la calle. Todos eran de piedra, con los tejados de pizarra y cristales emplomados en todas las ventanas. Llamaban la atención entre el estuco desgastado y los maderos deformados de los alrededores.
Cannington era uno de los distritos más ricos de Blackbridge.
Allí, en Harecourt Road, las avenidas eran anchas, estaban adoquinadas y contaban con paseos que permitían evitar los carros que avanzaban con lentitud por la calzada.
Los edificios daban a una de esas calles.
Jóvenes carpes bordeaban la margen del río por el otro lado.
El Saint’s Waterway hedía igualmente, pero, por alguna razón, no ofendía tanto el olfato en un entorno tan cuidado.
Eda estaba lejísimos de Crowgate ahora.
Rara vez se internaba tanto en la parte alta de la ciudad, y no por falta de ganas.
Cuando era niña fantaseaba con perderse entre los vestidos con cuello y la lujosa arquitectura, aunque solo fuera para imaginarse que formaba parte de eso y que la suya era una vida totalmente distinta.
La realidad era tan elegante como sus fantasías.
Sin embargo, ahora que estaba allí, no sentía fascinación, tan solo una sensación sorda de indignación.
Tantos años soñando con conocer otros lugares y la primera vez que visitaba uno era para eso que llamaban vender el alma.
Por ella, como si un incendio arrasaba toda la calle.
—No me puedo creer que un demonio viva aquí, delante de las narices de las personas más poderosas de Blackbridge —dijo—. Es demasiado obvio.
Hillock resopló.
—Puede que sea por eso, señorita.
Lloviznaba, un agua menuda y persistente que era más neblina que lluvia.
Eda podría haberse retirado la capucha, refugiada como estaba bajo las ramas doradas de un carpe, pero no se atrevió.
Ya se sentía lo bastante expuesta por el hecho de estar en la calle, como si sus ropas fueran transparentes como gasa.
Los Aceros todavía la estarían buscando.
Otra persona más propensa a autoprotegerse ya estaría alejándose de Blackbridge en un barco.
Pero no era su propio pellejo el que pretendía salvar.
«Hay rumores —le había dicho Severin Lich por la mañana, después de permitirle que durmiera unas horas en su cuartel general— en torno al alto gobernador.
Muchos todavía se preguntan cómo se las ingenió para derrotar a rivales más poderosos en las votaciones.
Lleva casi veinte años siendo el representante de la ciudad.
Más que ninguno de los anteriores. Algunos bromean diciendo que recurrió a un demonio para conservar su posición».
Lich no conocía en persona al demonio que buscaba el señor Noche, pero tenía ojos y oídos por toda la ciudad.
La información, al fin y al cabo, era más valiosa que el oro en esos lares.
Veinte años atrás, el alto gobernador había comprado una residencia en Cannington, más o menos en la misma época en la que accedió al poder.
Lich había sospechado de alguna relación ilícita.
Una amante secreta a la que mantenía en la opulencia, tal vez.
Pero el gobernador Wolfram no había visitado la vivienda ni una sola vez.
Ahora el señor del crimen sospechaba de un vínculo mucho más diabólico.
Eda se mordió el interior del carrillo mientras observaba la planta central, tres ventanales que se alargaban hasta el piso superior.
Fuera cual fuese el motivo que había llevado al gobernador a comprar el apartamento en Harecourt Road, la vivienda no estaba vacía.
Los hombres de Lich habían avistado luces en las ventanas.
Las conversaciones con los residentes revelaron que se había visto a un joven yendo y viniendo a lo largo de los años.
Puede que sí fuera un amante o incluso un hijo bastardo a quien quería mantener oculto de miradas indiscretas.
Lich le había dado muchas vueltas al asunto, pero no se atrevía a entrometerse demasiado en los asuntos de Wolfram y menos en los de un demonio. Ya era admirable que hubiera descubierto la existencia del apartamento.
Se mostró encantado de que fuera Eda la que metiera las narices.
—¿Vamos a hacerlo?
Eda miró a Hillock con displicencia, se ajustó la capucha y cruzó la calle. Él la siguió de cerca.
Eda estaba acostumbrada a guardar las distancias con los demás. Esto era distinto. Pasearse entre la élite de Blackbridge habría intimidado a cualquier chica nacida en Crowgate, pero ahora…
Hillock la adelantó y avanzó por la avenida.
Eda se demoró, como habían planeado. Harecourt Road no estaba tan concurrida como lo habría estado si hiciera buen tiempo, pero la lluvia no podía detener todo el tránsito peatonal.
Aguadores, damas enfundadas en ceñidos vestidos, vendedores ambulantes que anunciaban su presencia con cascabeles…
El bullicio era suficiente como para prestarles cierto anonimato.
Había un portero custodiando el edificio. Vestía unos bombachos de corte austero y hacía guardia en lo alto de la escalinata que conducía a la doble puerta lacada. Observaba a los transeúntes con un ceño en el rostro.
Eda se detuvo y fingió tener problemas con la capa. «Prepárate».
—¡Ah! ¡Usted, si es tan amable! —Hillock adoptó el acento afectado que era característico de los habitantes de la parte alta, alargando a conciencia cada sílaba. Con su elegante túnica y las exquisitas botas de cuero, no parecía de origen humilde—. Seguro que me puede ayudar. Voy a Bellmoor Heath.
El portero se quedó desconcertado ante el pomposo despliegue.
—Me temo que aún le queda un buen trecho, señor. Bellmoor Heath está en el distrito siguiente, en dirección este.
—Eso me han dicho, pero carezco de sentido de la orientación. ¿Qué rumbo tengo que tomar desde aquí?
—En este momento no puedo atenderle, señor.
—Hágame el favor, se lo ruego. Vengo de la capital y me he perdido. ¿Está mucho más allá? —Hillock retrocedió y miró hacia la lejanía—. ¿Hacia dónde debo dirigirme una vez llegue al final de la avenida?
El portero suspiró y se despegó de la puerta. A Eda se le aceleró el corazón.
—En dirección contraria, señor.
Hillock se dio media vuelta.
—¿Por allí? Hay una bifurcación. ¿Qué calle debo tomar?
—La calle central le llevará directamente a…
—¿Cuál?
—Esa.
Eda se acercó un poco más.
—Uf, ¿le importaría señalarla? Estos dichosos ojos no me sirven de gran cosa a tanta distancia.
Visiblemente molesto, el portero bajó a la calle por fin y se situó junto a Hillock.
—Allí.
—¿Dónde?
El hombre estaba de espaldas. «Ahora». Eda corrió a la puerta y empujó una de las hojas. Hillock debió de verla por el rabillo del ojo, porque rodeó el cuello del portero con el brazo para pegarle la cabeza a su rostro.
—¿Usted lo ve? Porque yo no veo nada. Debo de estar ciego.
—¿Está loco? ¡Suélteme!
Eda contuvo el aliento, se coló en el edificio y cerró la puerta sin hacer ruido. Se detuvo en seco, momentáneamente aturdida.
Se hallaba en un vestíbulo amplio y acristalado.
Dominaba el espacio una escalera central, de doble tramo, reluciente de barniz y decorada con un untuoso camino de color rojo carmesí.
Arriba, una lámpara de araña de tres niveles iluminaba con velas nuevas, sin una mota de polvo a la vista.
Eda nunca se había sentido tan fuera de lugar.
Subió a toda prisa. En el primer piso se detuvo el rato suficiente para asomarse a la ventana. El portero estaba ahuyentando a Hillok. Los ojos de su acompañante miraron en su dirección. Le dedicó una sonrisilla antes de dar media vuelta.
Lich había cumplido su parte. El resto dependía de ella.
«Señor Padre, ¿cómo me he metido en esto?
». Eda no se sentía capaz de decidir qué le daba más miedo, si encontrar al demonio o no encontrar nada en absoluto.
Quizá las dos cosas por igual. Pero lo hacía por Ben y Lawrie, se recordó, no por egoísmo, codicia ni vanidad.
Lo hacía por su familia. Ella no era como su padre.
Y no daría media vuelta a estas alturas.
En cada rellano había dos puertas correspondientes a dos domicilios privados, cada una con una aldaba negra exquisitamente labrada.
Eda pasó de largo y prosiguió su ascenso.
Pensaba que su intrusión había pasado desapercibida hasta que llegó al tercer piso, donde se abrió la puerta de un apartamento.
Una anciana vestida de satén salió y se quedó paralizada. Eda se detuvo en seco también.
Se miraron.
—¿Quién eres?
Saltaba a la vista que se trataba de una mujer adinerada.
Los pespuntes de su corpiño verde reforzado con ballenas eran de hilo plateado y la gorguera blanca que le rodeaba el cuello lucía impecable y reluciente.
Eda fue dolorosamente consciente de sus rizos retrenzados y de la capa arrugada.
Saltaba a la vista que era una plebeya. Pero estaba preparada para esa situación.
—Discúlpeme por asustarla, señora. Vengo a hacer una entrevista para un puesto de criada en el piso de arriba. Me marcharé enseguida.
Era normal que las gentes humildes se disculparan por el mismo hecho de compartir espacio con personas como esas.
La mujer entornó los ojos con aire desconfiado.
—¿En el piso de arriba? Allí solo vive el señor Kit y nunca ha empleado sirvientes.
El señor Kit. ¿Sería el demonio? Solamente había una vivienda en la última planta.
—Me temo que no sé gran cosa del amo. Solo me dijeron que acudiera a esta dirección.
La anciana resopló.
—Yo tampoco te puedo decir demasiado, jovencita. Casi nunca veo a ese hombre. Conozco mucho mejor a su gato, si te lo puedes creer.
Dicho eso, cerró la puerta de su casa y empezó a bajar las escaleras. La cola de su vestido se arrastró tras ella como un suntuoso río de satén. La mujer le dirigió a Eda una última mirada desconfiada antes de perderse de vista.