Capítulo 7
SIETE
P ara ser una base de operaciones ubicada en las alcantarillas, el cuartel general de Severin Lich era de una fastuosidad desconcertante.
Eda siguió a su arisco acompañante por numerosos túneles de techo bajo e incluso por un breve tramo de peldaños que se caían a pedazos.
Una serie de antorchas les iluminaba el camino.
Algunos pasajes eran tan estrechos que tenían que caminar en fila.
El goteo del agua los recibió en una amplia caverna en la que desembocaban cuatro desagües distintos.
Todos iban a parar a un único canal circular, que rodeaba una gran isla de piedra como si fuera un foso.
El techo era una bóveda natural. Un haz de luz iluminaba el espacio inferior desde la cúspide, quizá cortesía de una boca callejera estratégicamente situada.
Accesible a través de puentes arqueados, la propia isla estaba repleta de gente que trabajaba con afán.
Una ecléctica colección de escritorios se extendía de un extremo al otro, ocupados por gente que discutía ante papeles, básculas y saquitos de monedas.
Un tipo le entregó a un niño una nota escrita a toda prisa; el golfillo cruzó el puente a la carrera y se perdió en la oscuridad de un túnel cercano.
Había una mujer encorvada sobre un reluciente montón de piedras preciosas con un enorme ojo que parpadeaba a través de una lupa mientras iba examinando las gemas.
Una chiquilla corrió hacia un grupo de hombres congregados junto a una pizarra.
Les tendió una hoja de papel y ellos se apiñaron alrededor para copiar los nombres.
Boxeo, comprendió Eda. Estaban recibiendo información instantánea sobre uno de los combates que se celebraban en la ciudad.
Era la extraña sede de una cofradía. Allí, en las profundidades del alcantarillado, todo un conglomerado de negocios funcionaba con tanta premura como en el mundo de arriba: un oscuro reflejo en un charco.
O en un espejo.
—No te entretengas —ladró el guía de Eda mientras se internaba en el primer puente.
Eda le siguió. Las borboteantes aguas parecían más limpias que las de los otros canales por los que había pasado.
El hedor era menos evidente, más semejante al olor de las algas que caracterizaba los canales de la superficie.
Algún sistema de filtrado debía de eliminar lo peor de la porquería antes de que el agua circulara por esa zona.
Captó unas cuantas miradas recelosas dirigidas a ella mientras se abrían paso entre el barullo, pero nadie dio muestras de excesiva preocupación al verla en compañía de su hostil guía, que la obligaba a avanzar como un perro sigue a su amo.
Eda se humedeció los labios con un gesto nervioso.
Supuso que su presencia en ese lugar no desentonaba.
Esas personas operaban en una zona de sombras y subterfugios, al margen del conocimiento de la sociedad bien pensante; igual que ella.
En otra existencia, los Shaw podrían haber dirigido un negocio idéntico a ese, de haber contado con la motivación necesaria.
Saberlo no suavizó su aprensión.
Al fondo de la oficina, el puente más septentrional se dividía en dos escaleras que iban a dar a un balcón de madera apoyado en un pequeño arco. Una elegante cortina ocultaba lo que había en el interior.
Su guía la llevó arriba y apartó la cortina. La invitó a entrar con un gesto burlón. «Imbécil».
En el interior, la piedra fría y el techo bajo le recordaron a Eda a su propio sótano.
Sin embargo, mientras que el de los Shaw carecía de cualquier adorno, el despacho de Severin Lich estaba decorado con todo tipo de lujos.
Los tapices adornaban las paredes de esquina a esquina.
Uno mostraba ciervos huyendo de una jauría de perros furibundos.
Otro representaba a un unicornio, que se abría paso entre las ramas de un bosque frondoso e imponente.
En los rincones había hermosos candelabros de hierro forjado, que bañaban la estancia de un cálido resplandor.
Una piel de oso yacía ante un escritorio de caoba.
Y sentado a ese escritorio estaba Severin Lich.
La intuición le dijo a Eda que era él. Esos ojos oscuros y astutos no podían pertenecer a nadie más. La inquietud le resbaló por la espalda como agua gélida.
Otro hombre, alto y delgado, le estaba contando algo. Se calló.
—¿Qué pasa?
—Perdone la interrupción, lord Lich. Encontré a esta dama huyendo de una tropa de Aceros por los pasajes del este. Dice que quiere hablar con usted de un asunto urgente.
El acompañante de Eda le pegó un empujón. Eda estuvo a punto de tropezar con la cabeza del oso. Le lanzó al hombre una mirada envenenada.
«Le ha llamado “lord”». Eda no sabía gran cosa acerca de Severin Lich, pero no era noble y desde luego no era un lord.
—¿Ah, sí?
Lich se retrepó en la silla. Era un tipo de mediana edad que vestía con elegancia y llevaba el pelo negro fijado con pomada.
Eda olió el fijador a distancia, un aroma vagamente floral.
Tenía las sienes plateadas y una barriga redondeada.
Sus dedos gruesos y romos se cerraban en torno a una pipa reluciente, que se llevó a la boca para dar una calada, todo ello sin dejar de mirarla.
El hombre de su lado se crispó.
—Hillock, serás gilipollas… ¿A santo de qué nos traes a una puta? Lord Lich y yo estábamos…
—Haya paz, señor Bindle. Déjame un momento a solas con nuestra joven invitada, ¿hum?
Bindle parecía molesto, pero no discutió. Mientras se encaminaba a la entrada, Lich tomó de nuevo la palabra.
—Bindle, ¿no olvidas nada?
—¿Milord?
—Le debes una disculpa a la dama. —Lich golpeteó la pipa contra un cuenco de bronce—. Le has faltado al respeto.
Bindle enrojeció. Le dirigió a Eda una torpe reverencia.
—Perdóneme, señorita.
—Fuera.
Bindle apartó la cortina para salir.
Hillock arrastró una silla acolchada sin pronunciar palabra.
Lich le indicó a Eda que se sentara. Despacio, obedeció.
El amistoso recibimiento de Severin Lich no la engañaba.
«Todavía no ha amenazado con degollarme o arrojarme a una cloaca, así que es un buen comienzo», se dijo.
Sin embargo, después de años viviendo a la sombra del señor Noche, había aprendido a percibir la oscuridad de una persona igual que una cierva se asustaría antes de ver siquiera al cazador.
De algún modo retorcido, esa familiaridad la animó.
Eda sabía conversar con aquellos que le inspiraban temor.
—Señor Lich, gracias por recibirme.
—¿Y tú quién eres?
Ella cogió aire profundamente, preparada para una gran variedad de reacciones.
—Me llamo Eda Shaw.
Lich interrumpió la calada a la pipa. El aroma de la pomada y del tabaco especiado formaban una combinación embriagadora.
—En ese caso, parece ser que yo también te conozco. —Los ojos del hombre no abandonaron el rostro de Eda—. Tu familia tiene un Portal.
«Directos al grano, pues».
—Sí, señor. Mis hermanos y yo estamos endeudados con un demonio a consecuencia del pacto que firmó nuestro padre. Heredamos su deuda.
Si eso había sorprendido a Lich, no lo demostró.
—¿No aceptáis dinero?
—No sentimos ningún interés en el tráfico de almas salvo para pagar la cuota de nuestro padre.
Nunca habían cobrado dinero. Una cosa era tentar a la gente con el espejo por necesidad y otra muy distinta aprovecharse de ello. Ben se negaba a caer tan bajo y Eda no se lo podía reprochar. Los donantes de la zona tampoco tenían mucho que ofrecer, de todos modos.
—Hablas de ello en tiempo pasado. No me tengas sobre ascuas, jovencita. ¿Qué ha pasado que te ha empujado a llamar a mi puerta?
Eda le relató lo imprescindible de todo lo acontecido desde que Florian Fane llegara a Blackbridge.
Repetir en voz alta su desastrosa incursión en Gaffham le resultaba humillante; sin duda sus mejillas se habían puesto rojas como un tomate.
De todos modos, no tenía sentido ocultarle demasiado a Severin Lich.
El hombre no se andaba con tonterías y, si la quisiera muerta, supuso que Hillock le rompería el cuello encantado antes de que ella llegara a enterarse de que la orden se había pronunciado.
Esperaba que su transparencia sirviera de algo.
Cuando terminó, Lich se recostó contra el respaldo de su butaca, sumido en sus pensamientos.
—¿Por qué me cuentas esto, señorita Shaw?
Los hermanos de Eda no querrían que hubiera venido. Le habían dicho que huyera de Blackbridge; que se alejara del mismo Wesland, de ser necesario, en lugar de seguir haciendo tratos con hombres peligrosos. Pero Eda solo había conocido aliados que se ocultaban en las sombras.
Y Ben y Lawrie no estaban allí.
—Florian Fane hizo un trato con el demonio que conocemos como señor Noche, para que los impíos vuelvan a las casas templo y ser él quien les ofrezca protección.
No sé cómo, exactamente, pero planea convertirse en el baluarte contra lo demoniaco en Blackbridge, aunque para ello tenga que recurrir al poder de un demonio.
—Hum, que hipócrita. Una enfermedad muy común en la Hermandad de la Fe.
Eda hizo una mueca. «La hipocresía forma parte de vuestra naturaleza», había dicho el señor Noche.
Eda no se había sentido concernida por esa despiadada crítica a la humanidad.
Sin embargo, qué poco había tardado en plantarse aquí a suplicar un pacto, después de haber despreciado a tantos por lo mismo.
«Esto es distinto. No actúas así movida por la avaricia, la vanidad o la rabia. Lo haces por Ben y Lawrie».
—Acudes a mí con advertencias relevantes, jovencita. Pero esos rumores no habrían tardado en llegar a mis oídos.
Lich enarcó una ceja. No formuló la pregunta, pero no hacía ninguna falta: «¿Qué esperas a cambio?».
Eda miró a un lado y a otro. No vio ningún Portal. Nada que le recordara a uno, cuando menos.
—Yo… Yo… necesito hacer un pacto.
Lich se puso en pie.
—Ya.
Ella intentó no entrar en pánico.
—No tengo dinero, pero he pensado…