Capítulo 6 #2
El horror ascendió por la garganta de Eda en forma de bilis.
La magia demoniaca podía doblegar el carácter, pero no quebrarlo.
Ante todo, los demonios no podían alterar el libre albedrío.
No se podía obligar a ningún mortal a firmar un pacto.
Sin embargo, al parecer, sí se les podía engañar.
Si el texto se redactaba de la manera adecuada, si el significado se podía interpretar de otro modo…
Era evidente que el señor Noche también lo sabía. Descolló sobre Fane, presa de lo más parecido a la emoción que Eda había visto nunca en él.
—Y tú, Florian Fane, ¿tú serás él héroe que salvó a esta ciudad de la perdición?
—Mi único deseo es reinstaurar la Hermandad de la Fe allí donde es más necesaria.
El Patriarca es débil —escupió Fane con una expresión ardiente—, como lo fueron sus predecesores.
¿No debería un verdadero líder estar dispuesto a mancharse las manos si con eso puede devolver a su rebaño al buen camino?
¿A cambio de un bien mayor? Estoy dispuesto a llevar esa carga.
No soy sino un instrumento de la voluntad del Señor Padre.
Lo único que necesito es poder para alentarlos a hacerme caso.
—Sí —dijo el demonio con sorna—. Naturalmente.
La mandíbula de Fane se crispó.
—Habrá que discutir a fondo los detalles, por supuesto, pero esta es mi oferta… Suponiendo que puedas atender mi solicitud.
—Si es miedo lo que quieres, obispo, lo tendrás.
—Entonces ¿hemos llegado a un acuerdo?
Fane le tendió la mano con inseguridad.
El señor Noche ni siquiera se dignó a mirarla.
—Queda un asunto pendiente. Hay otro de los míos escondido en alguna parte de esta ciudad.
Se las ha ingeniado para eludirme, pero es esencial que muera.
—Su voz reverberó grave y fría—. Es un consumado metamorfo.
Si tus Aceros y tú acabáis con su vida, te concederé otro favor.
Cualquier cosa que esté en mi mano otorgarte.
Ahora le tocaba a Fane emocionarse.
—Acepto.
—Maravilloso. Ah, obispo. Acerca de los Shaw. Has dicho que los has arrestado.
—Así es.
—¿A los tres?
Fane titubeó.
—Una nos ha esquivado. Pero daremos con ella.
—Hum. Me aventuraría a decir que, dondequiera que esté, debería salir corriendo.
Los ojos del señor Noche se posaron de repente en los de Eda.
El horror se abatió sobre ella. Dio un respingo de la impresión y su pie emitió un chirrido al resbalar sobre el travesaño. Fane se dio media vuelta.
«Mierda».
—¡Jessen, rápido! —El obispo se precipitó hacia la rejilla, pero ella ya estaba prácticamente cayéndose por la escalera con la adrenalina corriéndole como un torrente por las venas.
Los ruidos de la conmoción reverberaban en el conducto, aunque ninguno sonaba tan alto como la risa siniestra y melodiosa del señor Noche.
El alcantarillado que discurría por debajo de Blackbridge era una ciudad en sí mismo: un antiguo laberinto de túneles que discurrían a lo largo de kilómetros como una inmensa madriguera de conejos.
El agua turbia y pestilente ondeaba y reflejaba los techos bajos forrados de piedra.
La ciudad subterránea transportaba tanto el agua potable como las aguas residuales de la superficie, pero el horrible hedor dificultaba imaginar que nada que no fuera repulsivo pudiera habitar esos canales.
Eda se apresuró por las estrechas pasarelas, aunque la urgencia no llegaba a vencer del todo su miedo a resbalar y caer. Apenas veía nada.
Los ecos resonaban a su zaga.
Los Aceros la perseguían.
«A la derecha. Por la verja de acceso. Sigue hacia el este». Se lo repitió una y otra vez hasta que avistó unos barrotes en la penumbra. Eda se abalanzó contra la puerta. No cedió. Buscó una cerradura a tientas, pero no la había. El óxido había pegado la puerta.
«¡Venga!». Embistió la puerta con el hombro por delante, con tanta fuerza como para magullarse. El hierro protestó traqueteando. Se desplazó un par de centímetros. Eda se abalanzó de nuevo contra los barrotes, desesperada, una y otra vez.
Las sombras aletearon en la última curva del túnel. Eda empujó con toda su alma, clavando los pies en el suelo, y la puerta, con un chirrido, cedió por fin lo suficiente como para que ella la atravesara.
—¡Está allí!
Eda corrió, esta vez indiferente a la humedad del suelo, desesperada por ampliar la distancia que la separaba de los Aceros. «Solo un poco más. Solo un poco…».
Algo tiró de ella por un lado. Eda chilló asustada. No había visto el estrecho túnel lateral, pero ahora la arrastraban hacia allí unas manos desconocidas que le tapaban la boca y le rodeaban la cintura. Chilló contra la tosca palma, pateó y forcejeó.
—Calla —cuchicheó una voz masculina— o atraerás su atención.
Eda se detuvo. Rígida como una tabla, dejó que el desconocido la internara más profundamente en las sombras hasta que doblaron otro recodo.
Enfilaron por un pasadizo distinto y se quedaron allí, pegados contra la piedra como si estuvieran tallados en ella.
Unos pasos pesados se aproximaron a la carrera.
En los túneles reverberaba el roce de la cota de malla.
Eda temió que los Aceros giraran por el mismo pasadizo, que la encontraran allí atrapada como un cordero de sacrifico, pero pasaron de largo a un ritmo constante.
Contó los latidos de su corazón hasta que los pasos se perdieron en la oscuridad. Entonces su rescatador la obligó a darse la vuelta.
El hombre, de ojos oscuros y cejas gruesas, tenía los hombros anchos y un ceño discernible incluso en la penumbra.
Pero nada de eso despertó el interés de Eda.
Solo veía la hermosa túnica de lana y el cuello de pieles.
Todo el mundo sabía que los vagabundos y los criminales se escondían en la ciudad subterránea, y saltaba a la vista que ese hombre no pertenecía al primer grupo.
Se zafó de la mano que le tapaba la boca.
—¿Qué crees que estás haciendo?
—Deberías formularte la pregunta a ti misma, señorita. Tú has atraído a los Aceros como un zorro que huye de unos sabuesos. ¿A qué se debe?
Eda echó un vistazo al túnel en el que se habían refugiado. Atisbó una tenue luz a lo lejos.
—No quiero saber qué haces tú aquí abajo y desde luego no voy a decirte qué me ha traído a mí. Solo estoy de paso. Tengo intención de salir a la superficie de inmediato.
—¿Acaso sabes cómo salir a la superficie sin toparte con más de ellos? —El hombre ladeó la cabeza—. No parecen muy amistosos.
Eda apretó los dientes. Habría dado cualquier cosa por llevar consigo su navaja, pero se le había caído en la tienda.
—¿Te estás ofreciendo a escoltarme? ¿Qué quieres?
—Que me digas qué hacías aquí abajo con la Orden pisándote los talones.
—No.
—Bueno, muy bien, estos túneles pertenecen a Severin Lich —dijo él, pronunciando las palabras con lentitud—. Y cualquiera que venga a causar problemas debería tener un buen motivo, por su propio bien.
Eda palideció. El miedo le oprimió los pulmones.
«Severin Lich». Santo Cielo, a ver si es que estaba realmente maldita… Había escapado de las garras de los Aceros solo para ir a caer en los brazos de un poderoso caudillo del crimen: uno que llevaba semanas vigilándolos. ¿Sería un castigo divino?
Se quedó mirando al hombre fornido que tenía delante.
Los Aceros habían apresado a sus hermanos y el señor Noche parecía encantado con dejar que las cosas siguieran su curso.
Eda sabía que no debería dolerle tanto, pero era un cuchillo clavado en sus entrañas igualmente.
Solo quedaban tres semanas para la cosecha de otoño.
Ben y Lawrie morirían, o bien a manos de Florian Fane o del señor Noche. Y Eda con ellos.
«Tengo que impedirlo». Su padre había provocado esa situación, pero Eda tampoco era inocente. Fue ella la que mató a su madre, la que lo desencadenó todo. Ahora, gracias a su bobo egoísmo, sus hermanos se enfrentaban a la muerte también. Ella tenía la culpa. Todo era siempre culpa suya.
Si pudiera liberar a Ben y a Lawrie, y conseguir los diez años que le debían al señor Noche…
Entonces los Shaw podrían dejarlo todo atrás, incluidos Blackbridge y el infausto destino que les aguardaba, fuera cual fuese.
Serían delincuentes a la fuga y en la ruina, pero al menos conservarían la vida.
No podía llevar a cabo una misión tan complicada ella sola. Eda no tenía nada y no conocía a nadie capaz de ayudarla. «Solo existe una clase de poder capaz de prestarme ayuda ahora».
Y si existía alguien en esa pestilente ciudad capaz de facilitársela, era un traficante de almas.
El miedo y la repugnancia le revolvieron las tripas.
Eda se quedó un momento paralizada, indecisa, presa de un odio visceral hacia sí misma.
Se acordó de su padre. De todos los donantes que habían llevado ella y sus hermanos ante el espejo como si fueran ganado de camino al sacrificio.
Hacer algo así, convertirse en una de ellos…
Y entonces pensó en sus hermanos.
Eda enderezó los hombros.
—¿Puedes llevarme ante él? ¿Ante Severin Lich?
—¿Y por qué iba a hacer eso?
—Tengo información que le interesará.
El hombre la observó con expresión taimada.
—No me digas. ¿Y qué esperas a cambio de esa información tan interesante?
Eda cerró la mente a la advertencia de su corazón desbocado.
—Necesito hacer un pacto.