Capítulo 6
SEIS
L os Aceros encendieron los apliques restantes. El sótano se inundó de luz. Eda se encogió por miedo a que alguien la viera, pero los bordes de la estancia permanecían en sombras y la escalera la ocultaba. Ya debería haberse marchado.
Sus pies no se movieron.
Eda tenía que saber qué iban a hacer con ellos. Tenía que verlo.
Florian Fane se acercó a sus hermanos con las manos unidas. Le había parecido atractivo la primera vez que lo vio. Ahora su presencia solo le revolvía las tripas. «¿Por qué? ¿Qué haces aquí?». Era un obispo, un clérigo demasiado importante como para supervisar personalmente un arresto como ese.
—Permitan que me presente como es debido. Mi nombre es Florian Fane y acabo de ser nombrado obispo de Crowgate. Hace poco tuve el dudoso placer de conocer al señor Lawrence Shaw. Pero a usted, al mayor de los Shaw, no le conozco. Benjamin, ¿cierto?
Los rizos claros de Lawrie colgaban delante de sus ojos, pero Ben sostuvo la mirada de Fane sin pestañear. El espejo era una presencia siniestra y aciaga a su espalda.
—Disculpe mi lenguaje, padre, pero déjese de rollos. ¿Va a arrestarnos o no?
Uno de los Aceros blandió el puño; Fane lo disuadió con un gesto desdeñoso.
—No es necesario, gracias. Aunque quizá sea una muestra de clemencia mayor de la que merece, señor Shaw, teniendo en cuenta el espantoso estropicio que ha dejado arriba. —Señaló la camisa ensangrentada de Ben—. Fue obra suya, entiendo.
Ben no respondió. Fane se volvió a mirar al Acero que aún estaba en las escaleras.
—Jessen, ¿has inspeccionado las habitaciones?
—Sí, padre. No hay nadie más en la casa.
—Hum. —Fane se dirigió a los hermanos de Eda—: ¿Dónde se encuentra la señorita Eda?
Eda notó el bombeo de la sangre en la cabeza.
—No está aquí.
—¿Y dónde está?
No recibió respuesta. Fane suspiró.
—Muy bien, señor Jessen, si es tan amable.
Jessen declamó con un timbre profundo:
—Lawrence y Benjamin Shaw, por hallarse en posesión de un objeto demoniaco, quedan detenidos bajo la sospecha de asesinato y tráfico de almas. Tendrán que abandonar su vivienda en este mismo instante a la espera de que se celebre el juicio.
«El juicio —pensó Eda aturdida—. No hay juicios».
Tal vez los acusados de asesinato se libraran de la horca, si acaso contaban con una buena representación legal, pero si alguna vez un traficante de almas había burlado el patíbulo, ella no se había enterado.
Esas historias siempre acababan de igual modo.
Los Aceros sacaron a sus hermanos del sótano sin contemplaciones.
Eda tuvo que recurrir a toda su fuerza de voluntad para no gritarles que se detuvieran, para no salir de su escondrijo y precipitarse en su ayuda.
Sentía deseos de arañar a los Aceros que los retenían.
Obligarles a soltarlos, gritando de furia.
Pero el sentido común la mantuvo inmóvil en el sitio.
Si revelaba su presencia ahora, la capturarían a ella también.
No podía hacer nada más que mirar.
—Le recomiendo que espere fuera hasta que lleguen más Aceros, padre. Ese espejo es peligroso.
—No se preocupe por mi seguridad, señor Jessen. Soy consciente de que su orden es experta en el sometimiento de los demonios, pero la Hermandad de la Fe cuenta también con sus propias protecciones. Me gustaría disfrutar de unos instantes a solas para bendecir el Portal.
—La comandante Tenelle insistiría en que…
—Jessen. —La sonrisa de Fane se endureció—. Tenelle no está aquí. Unos instantes, te lo ruego. Entra solo si te aviso.
Se oyó un rumor de pies.
—Sí, señor.
La puerta del sótano se cerró a su espalda.
Eda frunció el ceño. Los Aceros no eran únicamente el brazo militar de la Hermandad de la Fe; poseían las armas y el entrenamiento suficiente como para enfrentarse a los demonios.
Un obispo no debería quedarse a solas con un Portal, ni siquiera para bendecirlo.
A pesar de todo, no se lo habían impedido.
Fane contempló el espejo en silencio. Vestía el mismo atuendo que cuando Eda lo vio en la casa templo: una sotana blanca con adornos en tonos amatista y dorado. Solo le faltaba la capa a juego.
Pasado un momento, se acercó al Portal.
El obispo Florian posó una mano sobre la superficie negra e insondable del espejo. Lucía un anillo de oro en el dedo medio, incandescente a la luz de las llamas.
—Demonio —susurró—. Yo te invoco.
Eda notó frío en las mejillas. «Está invocando al señor Noche».
La superficie del espejo se onduló, brillante como aceite.
Los diablillos sonrientes y los caballos asustados del marco parecían moverse y respirar por efecto de las sombras movedizas, como si hubieran cobrado vida.
El obispo apenas tuvo tiempo de retroceder antes de que el señor Noche cruzara el espejo.
Eda había atisbado muchos amagos de emoción en el rostro del demonio a lo largo de los años: irritación, desdén, hilaridad. Pero nunca le había visto enfadado.
La imagen era de difícil contemplación. Los ojos del señor Noche ya no eran plateados, sino de un anaranjado líquido, como la lava volcánica de la que procedía su Portal. El ceño que le dividía la frente era directamente malévolo. Sus manos se curvaron como garras.
Eda las miró fijamente.
Eran garras. Uñas largas y blancas, afiladas como escalpelos, remataban los dedos del señor Noche, tan pálidos y delgados como siempre.
—¿Quién eres? —preguntó el demonio con rabia.
Fane tardó un momento en recuperar el habla.
—Soy el obispo Florian Fane. Clérigo de la Hermandad de la Fe, sirviente del Señor Padre. Y me gustaría hacer negocios contigo.
Eda estuvo a punto de caerse de la escalera. «Un pacto. Un clérigo de la Fe ha venido a hacer un pacto». Parecía el principio de un chiste de mal gusto.
El señor Noche no se inmutó.
—Los Shaw son los guardianes de este espejo, por propia voluntad. Están vinculados a mí, por mor de su pacto. ¿Dónde se encuentran?
—Los he arrestado.
Los apliques parpadearon indignados. El señor Noche avanzó un paso amenazador y Fane se apresuró a añadir:
—Nadie les ha hecho daño. Tu pacto con los Shaw… Entiendo que te están entregando años. Sea lo que sea lo que estén obligados a darte, yo puedo ofrecerte mucho más. Los años del propio Blackbridge. —Elevó la voz con un tono arrogante—. Te puedo ofrecer las almas de toda la ciudad.
Eda se quedó helada. Notó el corazón pesado como una roca en el pecho.
El ceño del señor Noche mudó en algo que rozaba la intriga. Sus ojos cambiaron de nuevo al gris.
—No puedo firmar un pacto que interfiera con otro. Por más… audaz que sea la oferta.
—Puede parecer audaz, pero es del todo plausible.
En cuanto a los Shaw, su arresto era necesario para evitar sospechas si quería invocarte de este modo.
—Fane torció la cabeza, cada vez más seguro ante la reacción del señor Noche—.
Este Portal lleva un tiempo en la familia, ¿no es cierto?
¿Les falta mucho para cumplir su parte del acuerdo?
Por un momento, Eda no tuvo claro si el demonio respondería. El señor Noche observaba a Fane con la curiosidad de un ave de presa.
—Deben diez años.
—¿Y cuánto tiempo les queda para traerte esos años? He leído mucho sobre el tema. Todos los pactos incluyen condiciones.
El señor Noche empezó a caminar alrededor de Fane, igual que había hecho con Bartholomew. Si la plata coloidal que colgaba del cuello del obispo le inquietaba, no lo dejó entrever.
—Cincuenta años antes de cada cosecha de otoño. Ese es el trato.
Fane permaneció muy quieto.
—En ese caso, están casi fuera de plazo. ¿Qué castigo les aguarda en caso de no cumplir la cuota?
—La muerte.
Eda se sintió desfallecer. Estaban hablando de su vida, de la vida de sus hermanos, como quien habla del tiempo.
«No me creo que estés considerando su oferta», pensó, furiosa con el demonio.
Recordó su dedo sobre una mejilla mojada de lágrimas.
Toda una vida de sonrisas comprensivas y palabras pacientes, de tranquila confianza en ella. «No puedes estar haciendo esto».
—Permite que te hable con franqueza. No vas a tolerar que los Shaw mueran mientras tu pacto con ellos siga vigente.
Lo entiendo y lo respeto. Vivirán. Pero sería ajeno a tu influencia que no pudieran cumplir el acuerdo para la cosecha de otoño, por la razón que fuere.
¿Correcto? —Fane debió de interpretar el silencio del señor Noche como una confirmación—.
Los Shaw permanecerán bajo la custodia de los Aceros hasta la cosecha de otoño y no serán capaces de entregarte los últimos diez años.
Sin embargo, yo puedo atemperar ese pequeño golpe.
Puedo entregarte miles de años de una vez.
Eda miró la parte trasera de su cabeza. «Miles de años…».
—¿Cuántos? Concreta.
—Dos mil.
—Cinco.
Fane entornó los ojos.
—Tres.
La expresión del señor Noche no reveló nada salvo un destello de pura y visceral avidez.
—Muy bien. ¿Y cómo, joven obispo, te propones reunir una cantidad tan grande en tan pocas semanas?
—Blackbridge es un forúnculo supurante en el rostro de Wesland.
Sus gentes han olvidado las costumbres de la Hermandad de la Fe.
Para que vuelvan a la luz del Señor Padre, deben sentir las consecuencias de su impiedad.
Con ayuda de tu poder, podría lograr que lo demoniaco esté más presente que nunca en esta ciudad.
Acudirán en masa a la Fe en busca de protección; y yo se la brindaré.
A cambio, solo tendrán que acceder a consagrarse al Señor Padre.
Una promesa formal, sellada con sangre. Cuando hayan firmado los suficientes, la paz volverá a reinar.
Se hizo un silencio oneroso. Luego el señor Noche lanzó una carcajada fría.
—Pretendes engañar a la ciudad para que me entregue sus años.
—Solo unos pocos cada uno. Nada que despierte sospechas. Si firman los suficientes, no necesitarás más. Y firmarán. —Fane adoptó un tono más grave—. No estarán libres del miedo hasta que lo hagan.