Capítulo 5
CINCO
E n la mente aturdida de Eda solamente cabían dos pensamientos. El primero: un puñetazo dolía horrores. El segundo: tenía que escapar. De inmediato.
Hizo caso omiso del dolor ardiente que notaba en la boca (tenía un corte en el labio) y gateó para ponerse de pie. Gregory se abalanzó sobre ella. Eda tomó aire para gritar, pero la mano del hombre le estrujó la garganta.
Él blandió el atizador con ademán amenazador.
—Haz un solo ruido y te aplasto el cráneo.
Eda no podría haber gritado ni aunque hubiera querido.
El hombre era sorprendentemente pesado. Supuso que se debía a la cota de malla, que ahora asomaba por el cuello de la camisa.
Las lágrimas anegaron sus ojos mientras el miedo y la rabia batallaban en su interior. «Ben tiene razón. Soy una idiota».
—Levanta. —Gregory acompañó la orden con un tirón a su mano.
Sujetándole el cuello con el atizador, hundió la mano en el bolsillo y sacó una delicada daga de plata esterlina que brilló entre las sombras.
El corazón de Eda le golpeaba las costillas con tanta intensidad que él debía de notarlo—.
¿La llave está en la tienda, dices? ¿No me engañas?
—La hoja resbaló por su brazo—. No me obligues a ir a buscarla.
—En el bolsillo —jadeó Eda—. En el bolsillo derecho.
Él rebuscó por el interior. Mientras tanto, Eda hundió la mano en la chaqueta y sacó la navaja automática que llevaba escondida.
Gregory resopló enfadado.
—No hay nada aquí dentro, pequeña…
La hoja le traspasó el muslo como una brocheta traspasa la carne. El hombre gritó. Eda retorció la navaja con una mueca. Gregory la soltó y ella le atizó un codazo en la cara. Él cayó hacia a atrás.
—¡Ben! —chilló Eda corriendo entre las estanterías—. ¡ ben !
El Acero renqueó tras ella. Eda derribó una vasija de piedra para dificultarle el paso.
—¡Detente! —rugió Gregory—. ¡Quedas detenida bajo sospecha de tráfico de almas en nombre de la Orden del Acero!
Eda no oyó la llegada de Ben entre el revuelo, pero de súbito ahí estaba.
La sujetó mientras ella se apresuraba hacia la tienda.
Se detuvo solo un momento para serenarla y luego salió disparado por donde ella había venido.
Aún tenía el pelo revuelto de la cama y vestía la camisola de dormir, pero su expresión era dura coma la piedra.
Eda le miró aterrada mientras él avanzaba en silencio hacia el Acero.
Gregory se detuvo. Levantó la daga.
—¡Quédate donde estás!
Ben echó mano de otro atizador, de la misma colección que el de Eda, sin apenas reducir el paso.
El Acero debió de comprender el peligro que corría, porque se acercó a los labios el silbato que llevaba colgado del cuello con ademán frenético.
Un silbido agudo y penetrante inundó la tienda, tan estridente como para despertar a media calle. Volvió a soplar.
El atizador le golpeó la cabeza. El cuello de Gregory cayó hacia atrás. Trastabilló al tiempo que blandía el cuchillo a ciegas.
Ben le golpeó por segunda vez. La sangre se proyectó en el aire.
Gregory cayó, pero Ben siguió descargando el atizador una y otra vez.
Golpeaba con tanto ímpetu que los músculos de la espalda se le marcaban como los de un caballo de tiro.
Zac, zac, zac . Las piernas del Acero se estremecieron. Se quedó quieto.
Eda no distinguía gran cosa en la oscuridad, pero vio lo suficiente. Gimió y se aferró a los estantes para no caerse.
De repente Lawrie estaba allí, rodeándola con los brazos. Su aroma a pergamino y tinta inundó las fosas nasales de Eda.
—¡Edie! ¿Estás herida? ¿Qué ha pasado?
La sangre le manchaba las líneas de la mano, advirtió ella aturdida. Había apuñalado a Gregory.
Gregory, que ahora yacía muerto en el suelo.
Eda se oyó balbucear. Las lágrimas contenidas le entrecortaban la voz. Fue un milagro que Lawrie entendiera una sola palabra.
—…y entonces me golpeó. Intenté escapar…
Ahora apareció Ben, que le sujetó el mentón para obligarla a mirarle. Gotas de sangre le salpicaban la mandíbula.
—Eda, escúchame. Hay Aceros en el exterior y entrarán dentro de nada. ¿Tienes la llave del sótano?
Solo entonces Eda cayó en la cuenta: formas oscuras se congregaban al otro lado del escaparate. «El silbato. Era una señal».
Ella ignoraba que la Orden actuase al margen de las patrullas uniformadas.
Defendían sus principios con firmeza: «A plena luz servimos, desde el honor protegemos».
Los Aceros no eran un clan que actuara con alevosía en las sombras.
Esa actitud era indigna de ellos, de ahí que los Shaw hubieran vivido tranquilos en su territorio de tinieblas.
Pero algo había cambiado.
—El obispo —musitó Eda—. El obispo de la capital…
La puerta traqueteó contra sus goznes.
—¡Eda, la llave!
Bang .
—De-debajo del mostrador.
Lawrie corrió a buscarla. Ben se abrió paso entre las estanterías, haciendo caso omiso del cuerpo que yacía desmadejado sobre la alfombra.
Eda estuvo a punto de tropezar con él, de caer encima del cadáver.
Una cabeza abierta, irreconocible. Manchas rojas, carnosas.
Tejido resbaladizo bajo las botas. Le entraron arcadas.
Ben era el autor de esa atrocidad.
—Ben, lo siento mucho. Lo siento muchísimo.
Él no dijo nada hasta que llegaron a la puerta del sótano.
—Eso ahora no importa. Conserva la calma.
Eda asintió, aunque la desesperación le desgarraba las entrañas. «Esto no puede estar pasando. No ahora, después de todos estos años».
Llegó Lawrie a la carrera. Le temblaban las manos mientras manipulaba la cerradura del sótano. La puerta se abrió justo cuanto un fuerte trompazo reverberaba por toda la tienda. Órdenes a voz en cuello. Los ruidos de un pelotón desplegándose por la tienda: pasos pesados, espadas desenvainadas.
Los Shaw entraron en el sótano a toda prisa. Lawrie forcejó para cerrar la puerta. La oscuridad era total.
—No encuentro el hueco de la cerradura. ¡No lo encuentro!
Los roces de una mano rebuscando y por fin una pequeña llama cobró vida. Ben había encontrado el montoncito de cerillas que guardaban debajo del primer aplique. No le temblaban las manos cuando lo encendió, y luego el siguiente.
—Vuelve a probar.
Lawrie lo hizo. El terror le daba un aspecto cadavérico mientras los pasos atronaban sobre los tablones del otro lado. Consiguió asegurar la puerta en el mismo instante en que alguien intentaba abrirla. Se sacudió con violencia.
—¡Están ahí!
Lawrie la arrastró por la tortuosa escalera. Las piernas de Eda temblaban como cerillas, tenía la cabeza repleta de furiosas abejas. «Todo esto es culpa mía».
Con un gruñido, Ben retiró una rejilla metálica del suelo: la trampilla por la que se accedía al alcantarillado.
Casi todos los edificios de Blackbridge construidos a nivel del suelo la tenían, lo bastante grande para dar cabida a una persona.
La entrada estaba provista de estrechos travesaños a un lado del conducto para facilitar el paso a los trabajadores de mantenimiento.
El plan era el mismo desde hacía años. Si las cosas se torcían, si les descubrían y no tenían otra opción, esta sería su vía de escape. El sistema de túneles que discurría por debajo de Blackbridge era repulsivo y peligroso, pero cualquier cosa sería mejor que ser capturados por los Aceros.
—Eda, entra.
El tono de voz de Ben no admitía discusión.
Ella se encaminó hacia el conducto al mismo tiempo que discurría con frenesí.
—Podríamos usar el espejo. Llamar al señor Noche. Él podría protegernos…
—No vuelvas a pronunciar ese nombre. Estamos solos. ¡Ahora entra!
Eda no se atrevió a discutir. A pesar de la rabia que trataba de contener, Ben le sostuvo la mano mientras ella entraba en el pozo y buscaba los travesaños con cautela.
El pánico prestaba torpeza a sus movimientos, pero se las arregló para ir descendiendo hasta que solo su cabeza quedó expuesta.
Un hedor húmedo y fétido ascendió hacia sus fosas nasales.
Notaba los asideros fríos como el hielo en las palmas de las manos.
Arriba, algo rascaba la puerta. Lawrie tragó saliva.
—Están arrancando las bisagras.
—Ya lo sé. Métete en el pozo, rápido. Déjale sitio, Eda.
Ben se plantó en el centro del sótano. A su espalda, el resplandor anaranjado de las lámparas reflejaba la superficie lisa como una balsa de aceite del Portal.
Eda se dio cuenta de que su hermano todavía sostenía el atizador, enarbolado como una espada.
—¿Ben? ¿Qué estás…?
Bang . La puerta emitió un chirrido tortuoso al despegarse del marco.
Eda temió que el corazón se le saliera por la garganta.
—¡Ben!
Su hermano no la miró. Mantuvo la postura sin alterarse, como un soldado ante la proximidad de una horda. La ira y el miedo habían desaparecido; en su lugar, una expresión de sombría determinación.
—Hay una verja para los soldados que nunca se cierra, ¿os acordáis? Avanzad al este por los túneles hasta que encontréis otra trampilla. Salid de Blackbridge.
Bang . Las lágrimas emborronaron la visión de Eda.
—Ben.
Lawrie se arrodilló y le posó la mano en la mejilla.
—Haz lo que dice. Todo irá bien, Edie, pero tienes que marcharte ahora.
Le empujó el hombro para obligarla a seguir descendiendo.
Eda le aferró el brazo con expresión aterrada.
—Lawrie, no. ¡No! ¡No me voy a marchar sin ti! Mira, ya tienes sitio. Espera un momento… Solo…
La puerta reventó con un estrépito brutal.
Lawrie devolvió la reja a la trampilla obligándola a agacharse si no quería que se la estampara en la cara. Eda chilló y alargó las manos hacia él a través de los barrotes.
—Chist —susurró él en un tono curiosamente tranquilo.
Los pasos ya retumbaban en la escalera.
—Si nos quieres, te marcharás. No vuelvas, ¿me entiendes?
Eda no pudo hacer nada más que mirarle horrorizada. Los dedos de su hermano rozaron los suyos por última vez. Acto seguido, se incorporó.
Ben se abalanzó sobre el primer Acero y le asestó un golpe en el cuello. No pudo hacer nada más antes de que otros dos se precipitaran sobre él y le derribaran con brutalidad. Con la cara pegada al suelo, buscó los ojos de Eda. Ella vio alivio en su rostro, pues no la habían descubierto.
Lawrie asestó un puñetazo a uno de los Aceros que sujetaban a Ben; el golpe fue castigado al momento con el pomo de una espada en su cara al tiempo que le obligaban a arrodillarse.
Eda aferró la reja con los dedos. Las lágrimas rodaban por sus mejillas. «Todo es culpa mía, culpa mía, culpa mía».
Había cinco Aceros en total y un sexto encima de ella, en las escaleras. Eda vio una capa roja y unas recias botas de cuero. De súbito, se apartaron.
Aparecieron otros pies: más airosos, de paso más ligero. Eda observó agitada cómo los delicados pies descendían con andares pausados. Levantaron a sus hermanos de un tirón. Ella vio el cambió de expresión en sus rostros antes de atisbar al recién llegado.
La luz de las llamas iluminó una figura esbelta y angulosa. El cabello rojo brilló inconfundible contra las sombras. A Eda se le cayó el alma a los pies.
—Vaya —dijo el obispo Florian Fane—. ¿Qué tenemos aquí?