Reap & Sow (Reap & Sow 1) Capítulo 4
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Capítulo 4

CUATRO

E l interior del Crooked Hand estaba abarrotado.

El ambiente estaba cargado de humo de pipa y carcajadas estrepitosas, y el tufo penetrante de la cerveza barata lo impregnaba todo.

Eda se desabrochó la capa para poder respirar mejor entre la neblina caliente, pero no se retiró la capucha.

Ahora entendía por qué Ben y Lawrie iban a ese local.

Una variopinta galería de personajes atestaba las mesas y la barra, casi todos con el aspecto de la clase de personas que ella solía evitar.

Ningún caballero ni dama nobles se acercaría a un kilómetro de ese lugar. No a cara descubierta, al menos.

Unas cuantas miradas curiosas se desviaron hacia ella, pero casi todos los ojos estaban absortos en sus copas, miraban al vacío o a sus compañeros de charla.

«Necesito una bebida. Eso me ayudará a pasar desapercibida».

Eda se encaramó a un taburete desvencijado, junto a la barra.

—Disculpe… Una sidra, por favor.

El arisco tabernero se quedó mirándola un momento antes de echar mano de un vaso.

Ella sintió deseos de abofetearse. «¿Disculpe?

Los clientes de este sitio no dicen “disculpe”, idiota».

Estaba demasiado azorada como para mirar al hombre a los ojos cuando él le dejó la bebida en la barra.

Eda escondió la cara en el vaso y bebió un largo trago.

Sabía más a malta que la sidra a la que estaba acostumbrada y se preguntó si la rebajaban con cerveza, pero no estaba allí para criticar la decepcionante oferta de bebidas del Crooked Hand.

Eda observó a la concurrencia.

Un hombre que olía vagamente a pescado, sentado a dos taburetes de distancia, miraba su vaso con una expresión tan desdichada como si quisiera ahogarse en él.

«Quizá». En torno a una mesa cercana varios viejos cascarrabias fumaban en pipa y discutían entre sí.

«No. Tienen un aire demasiado despreocupado».

Una pareja de mujeres de rostro ajado y manos nudosas y castigadas pegaban las cabezas junto a la ventana.

Reían a carcajadas mostrando sus dientes negros. «Cotillas. Demasiado arriesgado».

De súbito, un rugido de furia. Eda alargó el cuello para mirar.

En el rincón más alejado, junto a un hogar moribundo, había cuatro hombres sentados en torno a una mesa repleta de cartas y vasos volcados. Uno se levantó tan bruscamente que tiró la silla.

—¡Eres un maldito tramposo!

Otro levantó las manos sin molestarse en ocultar su sonrisa petulante.

—¡Es lo que hay, amigo! ¡Qué mal perder!

Los demás estallaron en carcajadas.

El primer tipo estaba rojo de rabia y rígido como una tabla.

—No puedo perder tanto. Es todo lo que tengo. Venga, juguemos otra mano. Tengo una muela de oro…

—¡Bah! —Un tercer hombre, calvo como un bebé, agitó la mano con asco—. No queremos una muela repugnante, majadero.

—Sí, yo me conformo con esto.

El ganador arrastró un montón de monedas de cobre deslustradas y una petaca hacia su cuerpo.

—Entonces… encontraré otra cosa. Dejad que juegue otra mano ahora y mañana os traigo lo que os deba por la apuesta. Tenéis mi palabra.

—Me estoy hartando de ti. He dicho que no.

El tono de la mesa cambió. Las risas se apagaron.

Llevaban pantalones limpios y tenían el aspecto fornido de alguien bien alimentado, advirtió Eda, a diferencia de la mayoría de los clientes. Pero estaban ahí, en un tugurio de Gaffham igualmente, peleándose por las sobras como perros hambrientos.

Durante un momento, el perdedor hizo amago de seguir discutiendo. Pero luego hundió los hombros. Retrocedió, casi tropezando con su silla.

—Follacabras.

—¡Lárgate y no vuelvas!

La mesa estalló en abucheos.

El hombre trastabilló hacia la barra. Se detuvo tambaleándose. Cambió de idea y se encaminó a la salida.

El pulso de Eda se aceleró. Se volvió hacia el tabernero y le dejó una moneda de cobre.

—Gracias.

El perdedor cruzó la puerta dando tumbos. Entró una brisa gélida que hizo titilar las lámparas de aceite. Eda sujetó la hoja antes de que se cerrara y salió tras él.

El hombre se quedó parado bajo el brillo del cartel, acuclillado en mitad de la calle con la cabeza entre las manos y musitando maldiciones. Parecía muy pequeño, enfundado en el enorme y basto jubón. Vulnerable.

Eda se preparó. No podía permitirse sentir nada, ni culpa ni compasión. «Solo es un objetivo más. Si vende los años suficientes, podría ser el último».

—¿Cuánto has perdido? —le preguntó.

El hombre se volvió a mirarla.

—¿Eh?

—No he podido evitar oíros. Te han dejado limpio, ¿no?

Él entornó los ojos.

—¿A ti qué te importa?

—Nada en absoluto. Pero podría ofrecerte una manera de recuperarlo. Todo lo que has perdido y algo más.

Se acordó del señor Noche. De la confianza en sí mismo que emanaba, tan natural, de su porte erguido y seguro. Eda enderezó los hombros, tratando de imitarle.

—Podría hacerte rico como un rey. Más rico.

Un bufido.

—¡Ja! ¿Ah, sí? ¿Conoces algún rey, por casualidad?

—Conozco a un demonio.

La sonrisilla irónica del hombre se esfumó. La miró de hito en hito.

Eda frotó el suave mango de la navaja que llevaba en el bolsillo del jubón. Esperaba no tener que usarla.

El desconocido no dijo nada. «Tranquila. No te alteres».

—No tienes que comprometerte a nada aquí y ahora. Pero si estás cansado de revolcarte en el fango sin un penique en el bolsillo, ten presente que un pequeño pacto pondría fin a esa situación. Unos pocos años por la vida que deseas. Cualquier cosa que quieras.

Los labios del hombre dibujaron una línea muy fina. Miró a un lado y al otro, pero la calle estaba oscura y desierta.

—¿Te acompaña la Hermandad de la Fe?

A Eda le dio un vuelco el corazón.

—No te estoy tendiendo una trampa.

—¿No? ¿Y tú qué ganas con esto entonces? No te voy a pagar nada. Al fin y al cabo no tengo una mierda, como tan amablemente has señalado.

—No quiero tu dinero. Yo obtengo otras ganancias.

El hombre se acercó arrastrando los pies. Bajó la voz.

—Y si una persona estuviera interesada en… eso… ¿Qué…, bueno…, qué tendría que hacer?

Ella reprimió una sonrisa. La esperanza la aturdió; Eda intentó que eso no le arrebatara la compostura.

—Hay un lugar en Crowgate, cerca del Saint’s Waterway, entre el cruce del mercado y las floristas de Riverplace. Una tienda en la que se vende historia.

Antigüedades Shaw era la repuesta obvia para cualquiera que tuviera dos dedos de frente, pero al menos así tenían la opción de negarlo. Unas indicaciones en forma de acertijo tonto no podrían considerarse una prueba si acaso alguien iba con el cuento a los Aceros.

—Cuando estés dispuesto, solo tienes que encontrar el lugar y pronunciar cierta frase. Es…

—No necesito ninguna contraseña. —El rostro del hombre se endureció—. Estoy dispuesto ahora.

Ella le miró con perplejidad.

—Quieres decir que…

—Quiero hacerlo. Un pacto.

Lo susurró como una maldición, como si fuera tabú pronunciar la palabra en voz alta siquiera. Eda supuso que lo era.

—Demuestra que no hablas por hablar. Llévame allí, ahora. Estoy harto de vivir así. Quiero hacerlo.

Los pensamientos se agolparon en la mente de Eda. Miró con atención a ese hombre que apenas se tenía en pie por los efectos del alcohol e intentó evaluar los riesgos a toda prisa. Parecía sincero. Ella misma le había visto perder el poco dinero que le quedaba.

Estaba borracho. Era pobre. Estaba desesperado.

Era perfecto.

El trayecto de regreso fue extraño.

Eda miraba de reojo al hombre que la acompañaba (Gregory, le había dicho que se llamaba) por miedo a que se esfumara en la noche. A que cambiara de idea o gritara para que alguien la arrestara.

No hizo ninguna de las dos cosas. Gregory parecía conforme con seguirla en silencio, algo que a Eda le parecía de maravilla. De todos modos, ¿qué clase de charla educada se podía mantener de camino a pactar con un demonio? Qué buen tiempo hace este otoño, ¿no? Una temperatura muy agradable.

Si bien el camino a Gaffham se le había antojado eterno y cada uno de los minutos, pesado como una losa, el regreso a casa transcurrió en un instante.

Pensar lo que iba a hacer le provocaba temor y emoción a partes iguales y, como suele ocurrir con las cosas que inspiran terror, el punto de no retorno se acercaba implacable.

Al cabo de nada habían llegado a la puerta de Antigüedades Shaw.

Gregory observó la pintura descascarillada, de un verde intenso, las majestuosas ventanas en saledizo y el letrero dorado.

—¿Es aquí?

—Baja la voz —susurró ella mientras introducía la llave—. No digas nada. Si alguien se despierta arriba, esto habrá terminado antes de empezar.

Abrió la cerradura con tiento e hizo una mueca cuando chasqueó.

—¿Qué pasa? ¿No saben que tienen un Portal en la tienda?

—Baja. La. Voz.

Él resopló como si le hiciera gracia. Aún estaba un poco borracho.

«Puede que sea mejor así. Quizá no habría venido de haber estado sobrio».

—Solo preguntaba. ¿Quién hay ahí? ¿Mamá y papá?

Eda se detuvo. Se volvió a mirarlo.

—¿Por qué?

—Vaya, perdona por mostrarme amistoso.

Ella negó con la cabeza y abrió la puerta lo más aprisa que se atrevió antes de empujar a Gregory al interior. La campanilla, advirtió complacida, permaneció silenciosa cuando Eda le siguió a la tienda y cerró la puerta.

Él se quedó en la entrada y abarcó el establecimiento con la mirada según observaba el laberinto de estantes, la ecléctica colección de curiosidades que atestaba los laterales. Sonrió y articuló con los labios:

—Qué bonito.

Eda puso los ojos en blanco.

Le indicó que se encaminara a la trastienda a través de las estanterías. Gregory se dio la vuelta y levantó una mano en señal de asentimiento. Al hacerlo, la manga le resbaló. Un destello de luz de luna iluminó algo brillante antes de que el hombre se internara en la oscuridad.

Eda se detuvo en seco. Le dio un vuelco el corazón.

Una cota de malla.

No. Solo estaba nerviosa. Por eso sacaba conclusiones absurdas. Pudo ser cualquier cosa. Una pulsera de plata, quizá.

«En la muñeca de un hombre que en teoría no tiene nada».

Una vocecilla interior muy parecida a la de Ben le susurró: «Ha intentado averiguar si alguien te está protegiendo».

Los hombres pobres que apostaban a las cartas no llevaban cotas de malla.

Ningún ciudadano normal tenía acceso a algo así y menos un motivo para llevarlo.

¿Estaba borracho siquiera? Eda cayó en la cuenta de que no había visto a Gregory beber ni un trago en el Crooked Hand.

No olía a alcohol. En cuando al grupo que le acompañaba…

Ninguno de ellos había bebido tampoco. Iban limpios y parecían bien alimentados.

Había reparado en todo eso y a pesar de todo no se había parado a pensar qué significaba.

La posibilidad le silbó en los oídos como un viento ululante: un Acero.

Eda no tenía la menor idea de que actuaban de incógnito.

«Se va a dar cuenta de que no le sigo. Notará que algo va mal».

Aturdida, Eda siguió los pasos de Gregory culebreando entre los estantes.

Discurrió qué hacer con frenesí, cómo escapar del entuerto, cómo borrar lo sucedido.

Tal vez estuviera equivocada, pero… Por todos los santos.

Ben y Lawrie dormían arriba; no tenían ni idea de que…

«Tranquilízate». Esta vez la voz era blanda como la mantequilla y oscura como azúcar quemada. Pensó en unos ojos astutos, semejantes a esquirlas de hielo. «Sabes perfectamente lo que hay que hacer».

Eda observó los estantes y maldijo su vista mortal. Un arma. Se sentiría mejor con algo más contundente que su pequeña navaja, por si se daba el caso de que tuviera que usarla.

Palpó los artículos del estante inferior, desesperada.

«¡Ahí!». Un atizador perteneciente a una colección de mediados de siglo que Lawrie arreglaba con tanta meticulosidad como si fueran flores en un jarrón.

Lo reconoció sin necesidad de ver el diseño en espiral.

Eda lo extrajo y lo escondió a su espalda.

Al otro lado del siguiente recodo, la oscura silueta de Gregory aguardaba junto a la puerta del sótano. Volvió la cabeza hacia Eda.

—¿Por qué tardas tanto?

Ella había atribuido a la clásica bravuconería de borracho la calma con la que el hombre se había tomado la idea de hacer un pacto. Quizá todo hubiera sido una actuación. Una trampa en la que ella había caído.

—Lo siento.

El corazón le latía con fuerza. «Golpéale —le susurró esa voz aterciopelada, con urgencia—. Golpéale ahora, mientras está desprevenido».

Eda no distinguía la expresión de Gregory.

—¿Está ahí, verdad? —preguntó él—. El espejo.

Eda se quedó helada. La palma sudorosa de su mano aferró con fuerza el atizador. Muy pocas personas sabían la forma que solían adoptar los Portales y ella nunca había mencionado un espejo. No a él.

—Yo… Necesito la llave. Está en la tienda. Voy a…

Dio media vuelta. Tenía que despertar a Ben y a Lawrie. No podía atacarle sin más, no sin ayuda. No si existía alguna posibilidad de que estuviera equivocada.

Oyó pasos que corrían hacia ella.

Eda se giró asustada. Se dispuso a golpearle.

Él fue más rápido. Le aferró la muñeca para detener el brazo. La pálida luz de la luna se reflejó en los ojos de Gregory cuando lanzó una mirada elocuente hacia el atizador, que había quedado atrapado entre los dos como una espada.

—Eso no está nada bien.

Y golpeó a Eda en la cara.