Capítulo 3 #3
Salió al pasillo. Se quedó escuchando un momento por si alcanzaba a oír algún ruido al otro lado de la puerta del dormitorio que compartían sus hermanos.
Estaban acostumbrados a los crujidos de los suelos de madera durante la noche (las visitas rituales de Eda a la cocina o al aseo lo garantizaban), pero ella caminó con el máximo sigilo.
Ben tenía el oído tan fino como un murciélago y siempre estaba pendiente del paradero de su hermana o de si andaba tramando algo.
¡La cara que pondría cuando le dijera que la deuda estaba pagada!
Tendría que reconocer que ella tenía razón. Por fin.
En la tienda, solo la luz de la luna reflejada en los charcos del exterior le iluminaba los pasos. Buscó las llaves que guardaban detrás del mostrador y desbloqueó la puerta de la calle.
Clic.
Eda se quedó paralizada. Como nadie bajó a investigar, cogió un taburete que había por allí cerca, se subió, introdujo su pañuelo en la campanilla de latón y lo ató al badajo. «Más me vale que funcione».
Se bajó y empujó la manilla con suma lentitud.
La puerta se abrió con un crujido. La polea provocó el movimiento de la campanilla, pero únicamente sonó un golpecito sordo. Eda respiró aliviada. Se puso la capucha, salió con sigilo y cerró la puerta tras ella.
Ahora venía el paso siguiente: encontrar un territorio de caza adecuado.
En Blackbridge abundaban los tugurios: tabernas de mala muerte, antros clandestinos…
Serviría cualquier lugar al que los desesperados y los parias acudiesen como ratas.
Ben y Lawrie los conocían casi todos. Eda recordaba haberles oído mencionar uno en particular, en la margen sur del río, en la frontera entre Crowgate y el municipio vecino de Gaffham.
Si Crowgate tenía sus más y sus menos, Gaffham era inhóspito sin paliativos.
Dondequiera que sus hermanos hubieran encontrado a Bartholomew, seguro que no había sido allí.
Los clásicos nobles aburridos a menudo cruzaban el umbral de Antigüedades Shaw, pensando que sus eclécticas curiosidades tal vez pudieran brindarles entretenimiento, pero la mayoría de los donantes eran pobres.
En Blackbridge, las personas sin blanca solo tenían dos opciones: vender el cuerpo o vender el alma. Era más fácil renunciar a unos años cuando no sabías cuántos te quedaban, de todos modos, ni lo que valían.
Eda recorrió un estrecho callejón por debajo de un viejo paso elevado.
Atisbó palomas a la luz de la luna, siluetas oscuras que descansaban bajo los aleros ornamentales.
En la ciudad había incontables puentes, pues estaba construida sobre marismas propensas a las inundaciones.
Prácticamente no había ni un solo edificio cuya azotea no estuviera conectada al contiguo por una pequeña pasarela o paso elevado.
Eda se ciñó la capa.
Casi nunca se aventuraba a salir tan tarde y notó la diferencia de inmediato.
Balckbridge cobraba vida por la noche. No con el bullicio vibrante del día, sino al modo de un bosque repleto de seres acechantes y furtivos, que solo salían al amparo de la oscuridad.
Los edificios se recostaban unos contra otros como borrachos y el paso del tiempo había deformado los muelles.
Los renegridos frontones de los tejados a dos aguas se fundían con el firmamento nocturno, donde torres afiladas como agujas atravesaban la luna de otoño.
La ciudad se elevaba como una ola oscura y encrespada.
Había pocas probabilidades de que encontrara un donante esa noche. Ben y Lawrie salían casi todos los días y aun así experimentaban dificultades para encontrar algo interesante, a veces durante meses. Pero tenía que empezar por alguna parte.
Eda evitaba el contacto visual con los vagabundos que deambulaban por las calles y sorteaba los excrementos procedentes de los orinales.
Un perro temblaba en un portal. Alguien discutía a gritos más adelante.
Las mujeres de la noche, agrupadas junto a escaparates grasientos, la abuchearon cuando pasó por delante.
Desprendían un tufo como a rosa mustia y a cerveza rancia.
Entre ellas había un hombre que se tambaleaba; apartó la cara de un pecho agitado para lanzarle una mirada lasciva. Eda apuró el paso.
«Solo un poco más…».
Sabía que llegaría a Gaffham cuando atravesara el puente arqueado que cruzaba sobre el canal del Este.
El agua negra chapoteaba debajo. Un ánade real graznó en su escondrijo.
Un grupo de hombres cantaba a voz en cuello en la noche, proyectando ecos en las paredes.
Eda salió a la calle principal. Detrás de unas cuantas ventanas se atisbaba la luz de las velas, pero casi todas las casas estaban sumidas en la más profunda oscuridad.
«Sé que está por aquí cerca, pero ¿dónde?
». Junto a la calle principal, había dicho Lawrie al pasar.
Eda giró la cabeza a derecha e izquierda, hasta que por fin…
«Ah».
En un callejón, entre dos escaparates, había un gran cartel de yeso iluminado desde abajo por una lámpara colgante. Pintada en el cartel había una mano huesuda con la palma hacia arriba en ademán de súplica. Eda se encaminó hacia allí.
The Crooked Hand.
Había llegado.
La inquietud le recorrió la columna vertebral.
«No te acobardes ahora —se dijo—. Si no, ¿para qué has venido hasta aquí?».
Eda inspiró hondo.
Había llegado el momento de sellar un último pacto.