Capítulo 3 #2
—Estoy llorando porque no sé lo que vamos a hacer. No estoy triste porque haya muerto. Debería estarlo, pero no es así.
El demonio se limitó a sonreír. Alargó la mano para enjugarle la lágrima que rodaba por su mejilla.
—Haces bien en reservar tu dolor para alguien que lo merezca, dulce Eda. Ahora duerme. Todo irá bien.
Eda, entonces de siete años, desesperada y llorosa por saberse huérfana, aferró la manta y susurró:
—¿Me lo prometes?
—Lo sé.
«Ahora soy una mujer adulta y él tiene exactamente el mismo aspecto».
Se sentó junto al demonio, dejando una distancia prudencial.
—No esperaba volver a verte tan pronto.
—Es de suponer. Me desagrada vuestro mundo mortal, tan ruidoso y desordenado. Pero me gusta hablar contigo, querida mía.
Se giró hacia ella con las manos unidas sobre el regazo. Era una postura artificial, como si posara para un retrato. Desprendía un olor invernal y antiguo.
Eda escogió las palabras con cuidado.
—¿De qué te gustaría hablar?
—De nuestro pacto, naturalmente. Hablaba en serio el otro día.
Deberías estar contenta ahora que tienes la libertad al alcance de la mano.
Pero mi querido Benjamin está siempre de un humor sombrío.
Desconfía de mí, a pesar de que nunca le he dado motivos.
—Entornó los ojos plateados—. ¿Tú también desconfías de mí?
Eda recordó las lágrimas que él le había enjugado cuando tenía siete años. Siempre fue una presencia constante en su vida, cuando le veía y cuando no. Era espeluznante. Era peligroso. Tenía la vida de Eda en la palma de esa mano pálida y cruel.
Aparte de sus hermanos y la tienda, era la única compañía que había disfrutado.
—Quizá debería. —Eda contempló las llamas que bailaban en el hogar—. Ben piensa que tienes intención de engañarnos.
—Benjamin es un necio. Tú no.
El elogio la reconfortó.
—Tú ves la codicia y el egoísmo de los hombres igual que yo, Eda Shaw.
Tus hermanos y los demás desprecian a los míos, por más que anhelen nuestros dones; nuestro poder.
La hipocresía forma parte de vuestra naturaleza.
Igual que la atracción por las cosas valiosas forma parte de la mía.
—La borrosa luz anaranjada le desdibujaba los contornos—. Y nada es tan valioso como el tiempo.
Por eso nunca envejecía. Los demonios se apoderaban de la vida ajena para alargar la suya propia.
«Y una vez que hayamos cumplido nuestra parte del pacto, el señor Noche no tendrá a nadie que le sirva años como uvas pasas en bandeja».
No había tenido que mover ni un dedo en dos décadas. ¿Renunciaría a eso sin más?
—¿Qué pasará una vez que la deuda esté saldada? El Portal sigue ahí abajo. ¿Esperas… que sigamos ocupándonos de él?
Las palabras surgían densas como melaza, de tan reacia que era a articularlas.
—No albergo expectativas más allá del cumplimiento del pacto que firmé con tu padre. Entregadme esos diez años y tu vida será solo tuya.
Eda se mordió el labio. La lógica le decía que no debía confiar en el señor Noche, si bien él nunca había hecho nada para merecer desconfianza aparte de ser quien era.
¿Por qué tendría que guardarle rencor cuando fue su padre el que les sometió a la servidumbre del señor Noche?
Por terrible que fuera su poder, por más años que hubiera robado, Eda podía fiarse de su naturaleza egoísta.
De que exigiría lo que se le debía y nada más.
Los seres humanos, por lo que ella había descubierto, nunca eran tan francos.
—Ha llegado un clérigo nuevo a la ciudad. Está buscando a gente como nosotros. Ben y Lawrie no quieren seguir buscando objetivos. Piensan que las aguas volverán a su cauce antes de la cosecha de otoño, pero…
Eda no se sintió capaz de verbalizarlo. «Pero si no es así, nos quitarás la vida».
Quería que él le dijera que nunca lo haría, fuera cual fuese el acuerdo.
Sin embargo, no le costaba imaginarlo mirándola con esos ojos afilados y diciendo: «Un trato es un trato».
Como si la vida de Eda no tuviera la menor importancia.
Y tal vez fuera así. En su caso, veinte años equivalían a veinte minutos.
¿Qué afecto podía sentir por una conocida tan reciente?
Eda quería inspirarle afecto. Seguramente era una insensata (algo funcionaba muy mal en su materia gris), pero no podía evitarlo.
Sus hermanos siempre habían tratado al señor Noche con odio y terror, así que él nunca acudía a ellos por propia voluntad.
En Eda, en cambio, había hallado un oído dispuesto.
Una chica tan ofuscada como fascinada por el ser procedente de otro mundo.
Él la había visto crecer y ella le había devuelto la mirada, a ese extraño y pálido reflejo de un hombre.
El señor Noche le ofrecía indulgencia cuando Ben la criticaba, la animaba cuando Lawrie dudaba de ella.
La escuchaba. La conocía, en ocasiones mejor que sus hermanos.
Y sin duda mejor que Oswin la había conocido nunca.
El señor Noche no era parte de la familia. Eda se preguntaba en qué clase de persona la convertía el hecho de que ansiara su aprobación como si lo fuera.
—No quiero esperar a que mis hermanos se decidan —confesó—. La inseguridad de Ben podría condenarnos a todos. Yo podría encontrar un último pacto. Sé que podría.
El señor Noche se inclinó hacia ella. Eda contuvo el aliento cuando le rozó el pelo a la altura del hombro.
—Hazlo, dulce Eda, y el miedo te abandonará. Eres más que capaz. Nunca he dudado de tu destreza. —La voz del demonio se suavizó—. Nunca he dudado de ti.
Ella sopesó las palabras. Sus voces internas más hirientes a menudo se hacían eco del tono del señor Noche, quizá porque él repartía su desprecio con prodigalidad y Eda temía que alguna vez estuviera dirigido a ella.
Pero eso hacía que su aprobación se le antojara aún más embriagadora.
El demonio tenía razón: el pacto de su padre había perjudicado a Eda tanto como a Ben o a Lawrie.
Tenía derecho a tomar medidas. Retirarse una temporada para evitar la horca estaba muy bien, pero ¿de qué les serviría si el señor Noche les quitaba la vida igualmente?
«Más vale diablo conocido…».
Eda escudriñó sus ojos.
—Pareces muy seguro.
Él esbozó una sonrisa lobuna.
—Lo estoy.
Pasaron dos días antes de que Eda reuniera el valor necesario para actuar.
Ben y Lawrie siempre habían sido los encargados de buscar donantes en potencia, pero Eda no desconocía el método. Sabía cómo se hacía.
Lo primero y más importante: no revelar la propia identidad.
Frunció el ceño ante el espejo. Ocupar un cuarto del desván implicaba que la pared estaba muy inclinada, así que tenía poco sitio para ponerse de pie y examinar su atuendo, pero se las arregló.
Había tomado prestados unos pantalones de Lawrie del cesto de la ropa sucia, porque así no los echaría en falta, y se había recogido los bajos con tres vueltas.
Llevaba puesto un viejo jubón de Ben que él le había regalado años atrás.
El corte no le favorecía, pero abrigaba.
Por último se cubrió con la capa de lana, una prenda de un marrón parduzco, larga y con capucha.
Se la echó sobre la cabeza para apreciar el efecto del conjunto.
Eda tenía un aspecto anodino, prácticamente informe. Dudaba que ni siquiera la cotilla de Ferelith Dunn, del otro lado de la calle, la reconociese.
«Mejor, imposible».
El disfraz solo era una precaución. Era sumamente improbable que alguien la reconociera una vez cruzada la frontera de Crowgate. Pero Ben y Lawrie nunca se arriesgaban. Y ella tampoco lo haría.