Capítulo 3
TRES
–S eremos discretos. —Ben se paseaba de un lado a otro.
Sus botas seguían embarradas tras la jornada de trabajo, pero no prestaba atención a las huellas de suciedad que imprimía en las alfombras—.
No podemos hacer nada más. Lawrie y yo dejaremos de buscar donantes hasta que ese obispo se canse y los ánimos se enfríen.
—No parece de los que se cansan, Ben —dijo Lawrie, que estaba sentado en las escaleras con aire abatido—. El Patriarca en persona le ha encargado que arregle el asuntillo de los demonios. Esto es muy serio.
Eda se frotó las sienes. Apenas había anochecido, pero estaba ya tan cansada como para meterse en la cama.
Una luz verdosa, tamizada por las ventanas, inundaba la tienda.
A este lado de los cristales se amontonaban algunos de sus artículos más vistosos: un enorme globo terráqueo de latón; una vajilla forisiana; un pavo real disecado, con su reluciente cola de plumas.
Ben estuvo a punto de derribarlo en su ir y venir, y Eda no pudo morderse la lengua más tiempo.
—Lawrie tiene razón. Portales, pactos, traficantes de almas como nosotros… Florian Fane sabe muy bien lo que busca. Y no se rendirá en unas pocas semanas, Ben. Yo le vi la cara. Va a por todas.
—El asunto del Cónclave ha desquiciado a la Hermandad de la Fe, nada más. No es la primera vez que los Aceros se ponen serios, y al final siempre abandonan. ¿Pensáis que alguien como Severin Lich ha llegado tan lejos sin saber cuándo ha llegado el momento de hacer un descanso?
Severin Lich estaba metido en unos cuantos negocios turbios: apuestas ilegales, extorsión, exportaciones. Pero el que su nombre se susurrara en los mismos tugurios y tabernas que Ben y Lawrie frecuentaban se debía a una razón muy concreta: tenía un Portal.
Lich llevaba más tiempo que los Shaw dedicado al negocio de las almas y le iba mucho mejor.
Era un personaje influyente en la parte alta de la ciudad, donde los nobles más corruptos de Blackbridge acudían a él como moscas a la miel en busca de pactos.
Tenían muy claro que Lich conocía la existencia del Portal de los Shaw (su esquivo mirón bigotudo lo demostraba), pero ellos nunca le habían arrebatado la clientela.
Quizá fuera eso lo único que había impedido que se convirtieran en el blanco de su ira.
—Lich es un hombre de negocios; no está endeudado, como nosotros. Él puede permitirse un descanso.
—Y nosotros no podemos permitirnos que nos pillen, Eda. —Ben se pasó una mano por la cara—. Ahora no.
El agotamiento de su hermano despertó la compasión de Eda.
Le recordaba jugando en la calle con una espada de madera y una expresión seria en el rostro, el gesto tenso de la concentración.
En aquel entonces soñaba con ser un Acero.
Eda sospechaba que todavía quería serlo, aunque nunca lo decía.
La Orden del Acero representaba todo aquello que Ben no podía aspirar a ser: noble, honesto, libre de culpa.
Un paladín de la gente corriente. En cambio, por culpa del pacto de Oswin, estaba obligado a comportarse como una sombra que les acechaba a cada paso, que se alimentaba de sus debilidades igual que un lobo hambriento.
Odiaba a los demonios aún más, si cabe, por estar obligado a trabajar para uno.
Ben era un caballero de corazón. Era una crueldad mayor que ninguna otra, pensaba Eda, acabar convertido en el monstruo que habías nacido para combatir.
Cuando Oswin murió, Ben aceptó todos los trabajos que pudo encontrar para que sus hermanos no pasaran hambre.
Su empleo actual como responsable de los establos de los Aceros era lo más cerca que estaría nunca de cumplir su sueño.
Le gustaban los caballos y le pagaban bien, pero no había duda de que solo se estaba castigando.
Ver desfilar a esos hombres y mujeres con sus brillante armaduras, día tras día, mientras él limpiaba el estiércol de sus monturas…
Nada de eso importaba. El empleo les reportaba dinero y el hecho de que Ben trabajara para los Aceros le mantenía prácticamente al margen de cualquier sospecha. Un simple mozo de cuadra no se atrevería a ejercer al mismo tiempo como traficante de almas en sus narices. O eso se decían.
Eda se bajó del mostrador, donde se había sentado.
—El obispo no se parece a ninguno que hayamos visto antes.
La Hermandad de la Fe siempre ha acusado a Blackbridge de ser la ciudad más depravada de Wesland.
Y ahora están decididos a hacer limpieza por fin.
No podemos quedarnos de brazos cruzados esperando a que las cosas se calmen.
Ni siquiera sabes cuándo se celebrará el Cónclave, y solo faltan tres semanas para la cosecha de otoño.
—¿Sugieres que nos comportemos como si todo fuera normal?
Solo es cuestión de tiempo que nos descubran.
No podemos ir por ahí diciéndole a la gente dónde puede conseguir un pacto mientras los Aceros estén removiendo cielo y tierra en busca de información.
Aumentarán las recompensas y el obispo ya está avivando el fervor religioso.
—Por algo escoges los objetivos con tanto cuidado. Esas personas desean un pacto aún más que la mísera suma que los Aceros les puedan ofrecer a cambio de información. Solo necesitamos uno más, puede que dos.
—No voy a discutir contigo.
Eda apretó lo puños.
—Bueno, pues yo sí que voy a discutir. ¿Lawrie?
Lawrie guardó silencio, pero Eda sabía lo que pasaría.
Todos conocían de sobra la escena: Ben se enfurruñaba, Eda le increpaba y Lawrie se mantenía al margen de la discusión, pidiendo paz.
Esa actitud no habría molestado a su hermana de no ser porque la idea que tenía Lawrie de una mediación equivalía a ponerse de parte de Ben en todas las ocasiones.
Era más fácil apaciguar a Eda que enfrentarse al hermano mayor al que tanto admiraba.
Pero ella no pensaba dejarse apaciguar.
—Ya conoces las condiciones. Si no le entregamos al señor Noche sus cincuenta años antes de la cosecha de otoño… —Le tembló la voz—. Nos matará, Ben.
Se hizo un silencio opresivo.
—Tal vez… —Lawrie carraspeó para aclararse la voz—. Tal vez podríamos arreglarlo entre nosotros. De ser necesario. Diez años entre los tres… no es tanto, ¿no?
Eda tardó un momento en entender lo que su hermano estaba sugiriendo. Lanzó una risotada chillona.
—Estamos hablando en serio.
—Tiene razón, Eda. —Ben miró al suelo con la mandíbula tensa—. Sería una medida desesperada, pero es una opción.
—¿Opción? —La mirada de Eda pasó de uno a otro, cada vez más tentada de lanzarles el maldito pavo real a esas cabezas tan duras que tenían—. ¿Qué clase de opción es esa? Ya le hemos entregado al señor Noche incontables años de servicio, gracias a Oswin, y ahora le queréis dar aún más…
—No metas a padre en esto —le espetó Ben—. Además, no se me ocurriría pedirte nada. Lo haríamos Lawrie y yo.
Lo dijo como si ya estuviera decidido. Eda por poco se ahoga de rabia.
—Que vosotros… ¿qué? ¿Has perdido el juicio? No permitiré que os hagáis cargo de la parte que me toca. Ni en sueños. Además, es una idea absurda. Nosotros no somos donantes.
—¡Ya basta! —Los ojos de Ben lanzaron chispas de advertencia—. Seremos discretos y no hay más que hablar. Hago esto para protegerte.
—Lo haces porque quieres controlarlo todo —gritó ella apuntándole con el dedo. La indignación inflamó su cuerpo como pólvora—. ¡Si hubieras permitido que os ayudara más, habríamos saldado la deuda hace años!
—¿De verdad piensas que el señor Noche nos dejará marchar, aunque consiga sus ansiados años? Olvidas, Eda, que siempre hay letra pequeña. El espejo sigue en el sótano. Es su puerta de entrada a nuestro mundo. ¿Crees que va a dejar que nos libremos de él?
—No siente ningún interés en convertirnos en sus prisioneros…
—¡Es un demonio! —rugió Ben—. ¿De verdad eres tan idiota, joder?
Lawrie contuvo el aliento de la impresión. Una conmoción fría como agua de lluvia se apoderó de Eda.
Ben nunca empleaba ese tono con ella.
Se miraron fijamente. Tras un silencio cargado de tensión, Eda recuperó la voz.
—Soy lo bastante lista para entender que en esta ciudad no queda nada bueno. No tendrás que preocuparte por mí mucho tiempo, Ben. En cuanto hayamos cumplido nuestra parte del trato, me marcharé.
Subió las escaleras como un vendaval. Lawrie la llamó. Eda hizo caso omiso. Odiaba ese escozor infantil en los ojos, el dolor punzante en la garganta. Contuvo las lágrimas hasta que llegó al dormitorio y cerró de un portazo.
Eda tenía el sueño ligero. Casi todas las noches recorría el pasillo en silencio, de madrugada, para servirse un vaso de agua.
Quizá por eso el demonio sabía dónde podía esperarla.
Los Shaw vivían en las dependencias que había sobre la tienda. La cocinita daba a una sala de estar exigua y abarrotada, que parecía una mera prolongación del desorden de la planta baja. Eda siempre acababa tropezando con alguno de los libros o los trastos que Lawrie dejaba por ahí.
Esta vez trastabilló al ver al señor Noche sentado delante de la chimenea.
—Buenas noches, Eda —la saludó con una inclinación de cabeza—. O quizá debería decir «buenos días».
Las llamas crepitaban alegres, renacidas de las brasas moribundas.
El señor Noche se había acomodado en el banco acolchado que los hermanos usaban para calentarse ante el hogar; le indicó que se sentara a su lado.
A Eda se le secó la boca. Podría contar con los dedos de una mano las veces que el demonio había aparecido sin ser invocado.
Lo hizo la noche del funeral de su padre; Eda se acordaba muy bien. El señor Noche nunca prometió proteger a Oswin de las enfermedades y el hombre sucumbió con rapidez. Después de que lo enterraran, el demonio se presentó en su alcoba.
Puede que fuera demasiado joven para comprender el peligro que corría o tal vez la gravedad del día la hubiera privado del sentido común. Pero Eda tan solo había sentido una intranquilidad efímera al ver al señor Noche sentado a los pies de su cama. Le dijo con voz ronca: