Reap & Sow (Reap & Sow 1) Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

El obispo se llevó una mano al pecho, donde brillaba un vial de plata coloidal.

Eda lo miró. Era auténtica, por descontado, fabricada por el Claustro de los Alquimistas, el célebre gremio de los hechiceros consagrados a la Hermandad de la Fe y a sus abundantes decretos.

Eda los veía de vez en cuando en el centro de la ciudad, enfundados en sus túnicas azul pálido.

—¿Ha venido a hacerse cargo de la casa templo, padre? —gritó una mujer.

Se oyeron murmullos de interés; un pequeño gentío se congregó alrededor del carruaje. Los Aceros los fulminaron con la mirada desde sus monturas, pero no los ahuyentaron.

Sin inmutarse ante tanta atención, el obispo Florian esbozó una sonrisa beatífica.

—Me complace responder que sí, señora. Que en paz descanse el obispo Emery.

—Se llevó el dedo índice a la frente en un gesto de bendición.

Unas cuantas personas se apresuraron a hacer lo propio—.

He venido desde el lejano Alderport a reunirme con vosotros.

Su excelencia el Patriarca alberga el ferviente deseo de que se nombre a un sucesor antes de su fallecimiento.

El próximo Cónclave de Clérigos se celebrará aquí mismo, en Blackbridge.

—La multitud murmuró emocionada—. Ante la inminencia de ese acontecimiento sagrado, me he comprometido a prestar mis servicios aquí, donde la guía de la Hermandad de la Fe es tan necesaria.

Blackbridge es una ciudad antigua y orgullosa, la más antigua de Wesland.

Sin embargo, en esta ciudad con una historia tan larga aún persisten los ecos de un pasado menos grato.

«Un Cónclave». Habían transcurrido varias décadas desde que se celebrara el último y otras tantas desde el anterior.

Cada una de las ciudades se turnaba el honor de albergarlo.

La elección de un nuevo Clérigo Principal, sucesor del propio Patriarca, provocaría un gran revuelo en Blackbridge tan pronto como se corriera la voz.

Puede que la piedad hubiera perdido su atractivo en estos lares, pero una excusa para el jolgorio sería bien recibida.

Eda se quedó parada, escuchando el discurso de Florian Fane con intriga. El obispo emanaba un carisma ambiguo. La sonrisa cálida. El tono amistoso de su voz algo chillona de tenor. Quizá solo fuera el hecho de que era joven y apuesto, demasiado atractivo para el hábito clerical.

—Portales de tiempos pretéritos aún perduran en nuestra hermosa isla.

El Patriarca es del parecer que por ese motivo vosotros, gentes de bien, todavía batalláis contra la nefasta influencia de los pactos demoniacos en mayor medida que cualquier otra ciudad wéslica.

—Su tono cambió—. Si acaso alguien está empleando esos Portales para aprovecharse de los desfavorecidos de Blackbridge, los responsables rendirán cuentas ante la justicia sin tardanza. Tenéis mi palabra.

Una sensación gélida ascendió por las mejillas de Eda.

A su lado, la postura de Lawrie se crispó.

Los pensamientos se arremolinaron en la cabeza de la joven.

«Es la primera vez que envían a alguien de la capital».

No era ninguna sorpresa que el Patriarca culpara a los demonios de la depravación y el desgobierno de Blackbridge, en lugar de atribuir los problemas a las malas condiciones de vida, a la corrupción y al desempleo.

Pero eso significaba que los Aceros buscarían hasta debajo de las piedras.

Fundada sobre los ideales de la Hermandad de la Fe, la Orden del Acero se aseguraba de que se cumpliera la ley en todas las ciudades estado de Wesland, pero la lucha contra los demonios seguía siendo su principal razón de ser.

No era de extrañar que el gran mariscal los hubiera enviado a prestar apoyo a la misión del obispo.

No con un Cónclave de Clérigos en ciernes.

Eda se mordió el interior del carrillo. «Tenemos que conseguir un último pacto. Cuanto antes».

El obispo Florian levantó las manos y la cháchara nerviosa cesó.

—No temáis. Me propongo trabajar sin descanso junto a la Orden del Acero para restaurar la Fe en Blackbridge, no solo con la intención de que el Cónclave discurra sin incidentes, sino por el bien de la ciudad. No fracasaremos. Vuestra salvación está próxima.

Unos cuantos aplausos cautos mudaron con rapidez en una ovación entusiasta. Eda solamente oía un zumbido horrible y desafinado.

La gente se agolpaba en torno a él como abejas en una colmena. El obispo estrechó la mano de un hombre. Se inclinó para saludar a un niño.

—Vamos —susurró ella, aferrando a Lawrie de la muñeca para arrastrarlo a través de la multitud.

Notaba los ojos de los Aceros en la espalda como rachas de viento que anuncian tormenta.

Eda llevaba encadenada a la tienda, a Blackbridge, toda la vida.

La dolorosa historia de su familia estaba grabada en cada adoquín.

Si acaso existía un lugar donde la Fe no se cerniese sobre ella y los traficantes de almas no acechasen bajo la superficie, lo encontraría.

Abandonar esa ciudad maldita sería el primer paso que daría por sí misma, tras toda una vida sin posibilidad de elegir.

Hasta entonces, tenía trabajo que hacer.